A los 82 años, y con su salud mermada, el emperador de
Japón, Akihito, indicó en un discurso televisado el 9 de agosto que está
considerando abdicar a la monarquía hereditaria más antigua del mundo. En sí,
esta parecería una noticia sin nada especial, en especial fuera de Japón. En la
era de la postguerra, el Trono del Crisantemo ha sido drenado de casi toda su
potencia política, gracias en gran medida a una constitución escrita por los
estadounidenses después de la Segunda Guerra Mundial. Así, fue transformado el
padre de Akihito, el Emperador Hirohito, ante el mundo de ser un símbolo del
militarismo japonés —y, para los japoneses, un dios viviente— a ser un viejo
tranquilo y dócil con interés en la biología marina.
Akihito en gran medida ha conservado esa imagen apolítica,
y es ampliamente respetado. Por esa razón, en una sociedad que también está
envejeciendo, su deseo de dimitir en algún momento probablemente sea visto como
razonable, aun cuando la ley japonesa no contempla la posibilidad de la
abdicación imperial. El primer ministro Shinzo Abe dijo que “considerando la
edad de su majestad, la carga de sus deberes oficiales y sus ansiedades,
debemos pensar cuidadosamente lo que se puede hacer”.
El momento en que se da el deseo de Akihito de ceder el
trono a su hijo Naruhito, de 56 años, es delicado para Japón. Abe es popular,
conservador, y favorece las reformas a la constitución “pacifista” de Tokio que
permitirían un papel más robusto a los militares. Abe tiene una súper mayoría
parlamentaria que apoya el cambio constitucional, y él bien podría buscar un
referéndum.
La izquierda de Japón es profundamente suspicaz del deseo
de Abe de un cambio constitucional. Muchos lo ven como un nacionalista
peligroso ansioso de fortalecer a los militares de Japón, en especial como
respuesta a China. En sus tres décadas como emperador, Akihito ha dejado muy en
claro que él apoya la llamada constitución de paz de Japón, y al paso de los
años, ha expresado más directamente que su padre y varios primeros ministros
japoneses su arrepentimiento por el papel de Japón en la Segunda Guerra
Mundial.
En agosto pasado, que marcó el 70º aniversario del fin de
la guerra, el emperador dijo: “Al mirar el pasado, junto con hondo
remordimiento por la guerra, rezo para que esta tragedia de la guerra no se
repita y junto con el pueblo expreso mis sinceras condolencias a quienes
cayeron en batalla y en los estragos de la guerra”. Los intérpretes de las
afirmaciones imperiales en Japón creen que Akihito se opone así al cambio
constitucional.
También lo hace, según se piensa, su heredero natural.
Hace un año, el príncipe heredero dijo que aun cuando no “experimenté la
guerra, pienso que es importante hoy, cuando los recuerdos de la guerra se
desvanecen, mirar humildemente al pasado y pasar correctamente las experiencias
trágicas y la historia de Japón trazada desde la generación que experimentó la
guerra hasta aquellos sin conocimiento directo”. De nuevo, los observadores
imperiales tomaron eso como un golpe a quienes presionan por el cambio
constitucional.
Es poco probable que Abe retroceda; por lo que el
escenario podría estar puesto para un debate histórico —uno que tendría enormes
implicaciones regionales— con la clase política por un lado y el
ostensiblemente apolítico Trono del Crisantemo por el otro.
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Publicado en cooperación con Newsweek / Published in
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