Corría 1987 cuando El Heraldo de Aguascalientes comenzó a publicar una serie de relatos que parecían un mito: historias sobre túneles secretos, esqueletos y tesoros escondidos. El especial se titulaba “La Ciudad Subterránea” y entraba a los hogares hidrocálidos bajo la firma de Salvador Rodríguez, un periodista que durante dos años se dedicó a recibir cartas, escuchar leyendas y recolectar las pistas de una red de acueductos que lleva siglos oculta bajo las calles de la ciudad.
Para mí, Salvador era simplemente Chava, mi abuelo. Él nos dejó bibliotecas enteras sobre el pasado de la región, pero me adelantó algo especial para mis años de secundaria: un folder gastado, lleno de recortes y de cartas mecanografiadas o escritas a mano. Eran testimonios que aseguraban haber pisado la oscuridad de esos túneles o haber buscado fortunas en ellos.
Las páginas que siguen versan sobre esos misterios. No es solo la historia de mi herencia familiar, es el relato de una ciudad cuyas memorias fluyen en el subsuelo.
Josefina la Adivina y la búsqueda de un tesoro
“Muchachos, vamos a buscar un tesoro que está bajo el altar del Templo de la Merced. Estoy viendo varios túneles…” La orden la dio una tarde de 1914 Josefina Flores, conocida en los barrios de Aguascalientes como “La Adivina”. Al menos así lo narra una de las cartas enviadas a mi abuelo. Con los ojos vendados en medio de una sesión espiritista, Josefina habría señalado el piso de ladrillo de una casona en la calle Matamoros.
Al día siguiente, con pico y pala, un grupo de jóvenes abrió un boquete y bajó a un niño de nueve años, Refugio Robles (el autor del manuscrito enviado) con una soga hacia la oscuridad del subsuelo. Relata que avanzaba quitando escombros en un carrito de madera, temblando cada vez que un carretón de caballos pasaba por el empedrado de la calle, haciendo vibrar el techo sobre su cabeza con un estruendo que amenazaba con sepultarlos vivos.
El mito de la “ciudad subterránea” que atraía a los lectores de mi abuelo (y que llevó a Josefina y a esos muchachos a cavar a ciegas) no nació de la nada, sino de una impresionante herencia de ingeniería hidráulica. Aquellos túneles que los exploradores urbanos y buscadores de tesoros creían secretos eran, en realidad, qanats: una tecnología milenaria nacida en la antigua Persia. Según el historiador Jesús Gómez Serrano, este sistema de galerías subterráneas, diseñado para filtrar el agua del subsuelo y transportarla por gravedad, fue llevado por los musulmanes a España y, siglos después, los colonizadores lo replicaron en Aguascalientes con obras como el acueducto del Cedazo, iniciado en 1731. Lo que la gente del siglo XX pisaba con temor y fascinación no eran pasadizos de bandoleros, sino las venas que, en su momento, dieron vida a la villa.
La búsqueda en la calle de la Merced, según el relato, se habría interrumpido ese mismo año, cuando los carrancistas y villistas tomaron la ciudad por la Convención Revolucionaria, obligando a la familia a huir y dejando el supuesto botín enterrado para siempre.
Los pequeños exploradores del IV Centenario
Setenta años después de que el pequeño Refugio Robles explorara lo que había debajo del empedrado de la calle de la Merced, las cartas con estas historias comenzaron a amontonarse en las oficinas del periódico.
Don Chava era un periodista de calle. Bajaba a los túneles y organizaba el rompecabezas de testimonios que los hidrocálidos le hacían llegar.
Entre 1980 y 1985, mientras pulía las crónicas desde su máquina de escribir, su equipo de exploración más audaz (y que operaba sin permiso) estaba en su propia casa. Mi papá Sergio y mi tío Chava eran unos adolescentes que vivían en el IV Centenario, un fraccionamiento que aún en nuestros días es mayormente habitado por familias de ferrocarrileros. Lejos de las reconstrucciones, vías y parques que hoy habitan la zona, en aquellos años, El Cedazo era un monte inmenso y con gran potencial para ser un patio de juegos, en donde las mamás se permitían enviar a sus hijos para entretenerlos un rato.
Y se iban, en bolita, con los vecinos de entre 14 y 15 años, cargando una cámara Kodak y la curiosidad encendida por los mitos que hablaban de los tesoros del famoso bandolero Juan Chávez.
Para mi familia, el subsuelo no era un proyecto arqueológico o hidráulico, sino un laberinto de infinitas posibilidades y aventuras. Con la valentía que solo da la juventud, mi papá y mi tío se aventuraban en las entrañas de la entonces conocida Cueva de la Virgen y la del Caracol, explorando un tramo de unos 300 metros de pura oscuridad. Cuando no llevaban lámparas, improvisaban antorchas con pedazos de cartón que encontraban en el monte, avanzando con cuidado para no quemarse.
Meterse ahí era un relajo: entraban a gatas, arrastrándose boca abajo por pasadizos estrechos, con la ropa llena de cardenches y la piel espinada. Adentro, las dimensiones engañaban; el túnel se abría tanto que un hombre de dos metros podía pararse erguido, para luego reducirse drásticamente a un embudo de lodo. El que iba a la cabeza de la fila tenía la sagrada obligación de gritar “¡tope!” para advertir a los de atrás sobre los pilares que sostenían la cueva y evitar un golpe en la frente.
“A mí me tocaba ir al final a veces”, recuerda Sergio, reviviendo la incertidumbre de ver cómo el trasluz de la entrada se iba haciendo pequeño, hasta desaparecer en la nada.
A veces la aventura rozaba el peligro real. Se metían a explorar incluso bajo tormentas, avanzando con el agua llegándoles a la cintura. Se detenían cuando el miedo los obligaba a calcular si el techo no se les vendría encima o si la galería se inundaría por completo. Afuera, en la superficie del cerro, los respiraderos y tiros de ventilación del sistema eran, de manera muy práctica, clausurados con tierra y escombros por los ladrilleros de la zona.
Mientras Don Chava rastreaba el origen de la ingeniería hidráulica colonial, sus hijos emergían del subsuelo todos empapados, cubiertos de lodo y con los ojos bien abiertos, trayendo consigo las pruebas fotográficas de que el mito, de hecho, respiraba bajo Aguascalientes.
La ciudad que quería creer… pero empezó a crecer
La euforia de las crónicas de mi abuelo en El Heraldo encendió una mecha en la memoria colectiva. El buzón de la redacción se inundó de confesiones de adultos que querían contar sus propias travesuras infantiles bajo la tierra. Entre los manuscritos que llegaron también estaba el testimonio de Rubén Ortega, quien recordaba cómo en 1940 se coló con sus amigos por un pozo de la hoy Casa de la Cultura. Armados con hojas de sus cuadernos encendidas a manera de antorchas, cruzaron a oscuras el subsuelo de la calle Carranza hasta salir, con sorpresa, en los patios de la escuela Reyes Martínez, junto a San Marcos.
También llegó la carta del ingeniero Leoncio Aguilera, quien confesó que en 1966 pasó meses arrojando “cuetes” y haciendo ruidos en su sótano de la calle Jesús Contreras solo para asustar a los inquilinos y obligar a su padre a meter un detector de metales. Al final no hallaron oro, sino una vieja noria conectada a un conducto que corría hacia San Marcos.
El subsuelo era real, pero en Aguascalientes los túneles se iluminaban con lo único que se tenía: la imaginación y la narración colectiva. El propio Don Chava buscaba respuestas más profundas. En agosto de 1987, mi abuelo publicó una nota clave rescatando un texto del historiador Agustín R. González de 1881, quien ya hablaba de una misteriosa “arquería subterránea” colonial bajo las calles de la ciudad, y lamentaba que los gobiernos ignoraran la obra. Mi abuelo cerraba con un llamado concreto:
“No se debe esperar a que vengan investigadores extranjeros y cumplan una labor que corresponde a los aguascalentenses”.
Hoy, hasta donde sabemos, no hay tesoros de bandoleros ni pasadizos de los cristeros. Lo que corre bajo el asfalto del centro y cruza El Cedazo es el esqueleto de una de las obras hidráulicas más fascinantes del Bajío del país.
A mí me tocó recibir el mapa de ese laberinto no en un plano estatal, sino en el folder gastado de Don Chava. Su herencia se ha consolidado en el conocimiento, y las historias manuscritas de una ciudad que (quiero creer) se niega a olvidar lo que respira bajo sus pies. Muy abajo, en el subsuelo, los túneles siguen esperando ser descubiertos, igual que la memoria colectiva sigue latente y con el potencial de contar historias con la misma fuerza que hace siglos.





