Aumentan suicidios en oficinas

Un fiscal de París pidió recientemente que el director ejecutivo y seis altos gerentes de un proveedor de telecomunicaciones, France Télécom, enfrenten cargos penales por hostigamiento en el lugar de trabajo. Las acusaciones se dieron tras una larga investigación sobre los suicidios de cierta cantidad de empleados en la compañía entre 2005 y 2009. El fiscal acusó a la administración de “desestabilizar” deliberadamente a los empleados y crear un “clima profesional estresante” mediante una estrategia de “harcèlement moral” —intimidación psicológica— que abarcaba toda la compañía.

Todos negaron cualquier acto inmoral y ahora queda en el juez decidir si acepta la recomendación del fiscal o desestima el caso. Si continúa, sería un juicio penal histórico, con implicaciones más allá de una sola compañía.

Los suicidios en el lugar de trabajo han aumentado marcadamente a nivel internacional, con números crecientes de empleados quienes eligen quitarse la vida ante presiones extremas en el trabajo. Estudios recientes en Estados Unidos, Australia, Japón, Corea del Sur, China, India y Taiwán señalan a un aumento excesivo en suicidios en el contexto de un deterioro generalizado en las condiciones laborales.

El aumento en los suicidios es parte de las transformaciones profundas en el lugar de trabajo que se han dado en los últimos 30 años. Podría decirse que estas transformaciones tienen su raíz en el cambio político y económico hacia la globalización que ha alterado radicalmente la manera en que trabajamos.

En la era fordista de la industria de postguerra (liderada por el fabricante estadounidense de autos Henry Ford), los empleos generalmente daban estabilidad y una trayectoria de carrera clara a muchos, permitiendo que la gente definiera su identidad colectiva y su lugar en el mundo. Los sindicatos fuertes en sectores industriales importantes significaban que los empleados podían negociar sus derechos y condiciones laborales.

Pero el lugar de trabajo globalizado de hoy día se caracteriza por inseguridad laboral, trabajo intenso, reubicaciones forzadas, contratos flexibles, vigilancia al trabajador y protección y representación social limitadas. Por ejemplo, los contratos de cero horas son la nueva norma para muchos en las industrias de la hospitalidad y la atención médica.

Ahora, no es suficiente con sólo trabajar duro. En palabras del teórico marxista Franco Berardi, “el alma es puesta a trabajar”, y los trabajadores deben dedicar todo su ser a las necesidades de la compañía.

Para el economista Guy Standing, el precariado es la nueva clase social del siglo XXI, caracterizada por la falta de seguridad laboral e incluso de estabilidad básica. Los trabajadores entran y salen de empleos que le dan poco sentido a sus vidas. Este cambio ha tenido efectos nocivos en la experiencia laboral de mucha gente, con aumento en los casos de estrés agudo, ansiedad, trastornos del sueño, agotamiento, desesperación y, en algunos casos, suicidio.

Hacer responsables a las compañías

Aun así, los jefes de las compañías rara vez son responsabilizados por infligir tal miseria a sus empleados. Los suicidios en France Télécom precedieron a otro caso muy publicitado en una gran compañía multinacional —Foxconn Technology Group en China—, donde 18 trabajadores migrantes entre 17 y 25 años de edad trataron de suicidarse en una de las principales fábricas de Foxconn en 2010 (14 de ellos murieron).

Todas las víctimas trabajaban en la línea de ensamblaje haciendo dispositivos electrónicos para algunas de las corporaciones más ricas del mundo, incluidas Samsung, Sony y Dell. Pero fue Apple la que recibió más críticas, ya que Foxconn era su principal abastecedor por entonces.

Los activistas de los derechos laborales argumentan que corporaciones como Apple y sus abastecedores contratados deberían ser conjuntamente responsables por crear las condiciones laborales y la presión gerencial que pudieran suscitar suicidios en el lugar de trabajo. Entrevistas extensas con una de las sobrevivientes de Foxconn, una mujer llamada Tian Yu quien tenía 17 años cuando trató de suicidarse, detalló un duro régimen de producción. Ella dijo que había tenido que trabajar turnos de 12 horas, se había saltado comidas para trabajar tiempo extra y a menudo sólo tenía un día libre cada dos semanas.

Apple publicó una serie de estándares de cómo deberían ser tratados los trabajadores después de los hechos, pero sus abastecedores siguieron siendo acosados por acusaciones de que estos eran quebrantados. Por ejemplo, en diciembre de 2014, la BBC transmitió un documental titulado “Las promesas rotas de Apple”, el cual mostraba cómo la compañía había fallado en mejorar las condiciones laborales cuatro años después de la crisis. Una filmación encubierta mostraba trabajadores exhaustos quedándose dormidos en turnos de 12 horas y trabajadores a quienes los gerentes les gritaban repetidamente en el nuevo abastecedor, Pegatron Shanghai, donde se ensamblan los iPhone más recientes.

Pegatron dijo en respuesta a la investigación de la BBC que investigaría los reportes y tomaría las acciones necesarias si se hallaran deficiencias en sus fábricas. Apple sostiene que hace todo lo que puede para monitorear las prácticas de su abastecedor con sus reportes anuales de responsabilidad del abastecedor. Mientras tanto, activistas de derechos laborales e investigadores continúan alegando el abuso de trabajadores en las cadenas de abastecimiento de la compañía.

A finales del siglo XIX, el sociólogo francés Emile Durkheim sugirió que el suicidio era una especie de espejo de la sociedad que revelaba la naturaleza fundamental del orden social en un momento histórico dado. France Télécom y Foxconn están en extremos diferentes del espectro de la globalización: una emplea trabajadores de cuello blanco en ocupaciones de servicio de alta tecnología y la otra recluta jóvenes migrantes rurales para trabajar en la línea de ensamblaje. Pero los suicidios en estos dos lugares revelan el rostro común de un orden económico global que demasiado a menudo permite que las ganancias predominen sobre todo lo demás.

Mientras tanto, el negocio sigue como si nada para muchas de las corporaciones multinacionales más ricas del mundo. Pero ya va siendo hora de que todas las corporaciones a lo largo del espectro asuman la responsabilidad de sus propios abusos.

Sarah Waters es una alta profesora no numeraria en Estudios Franceses en la Universidad de Leeds y Jenny Chan es profesora no numeraria departamental en Sociología y Estudios de China en la Universidad de Oxford.

Este artículo se publicó originalmente en The Conversation.