Los trabajadores del campo, su cadena productiva, el valor público, tienen una mezcla de frustración, agravio y desencanto histórico. El agricultor, el trabajador y el pequeño productor escuchan que vivimos la era de la inteligencia artificial, de la biotecnología, de la automatización, de los satélites, de la economía digital y de “la mejor democracia del mundo”. Sin embargo, cuando regresan a su realidad encuentran caminos destruidos, créditos inaccesibles, inseguridad, intermediarios abusivos y mercados que no recompensan su esfuerzo. Revisemos los signos, como dijera el Dr. García Ramírez, de la situación del campo mexicano: el productor recibe precios muy bajos por sus cosechas; los insumos (fertilizantes, transporte, financiamiento) están controlados por terceros; existen problemas de extorsión y presencia criminal; el gobierno presume programas de apoyo, pero éstos son insuficientes para garantizar condiciones económicas justas; se denuncia una cadena de intermediación donde quien produce obtiene una parte muy reducida del valor final.
La pregunta que emerge es casi existencial: ¿Cómo es posible que la humanidad haya llegado a Marte, desarrollado inteligencia artificial y secuenciado el genoma humano, mientras quienes producen los alimentos siguen enfrentando problemas que parecen medievales?
Nuestros agricultores padecen extorciones ya institucionalizadas. El problema, cuando hace crisis tiene estas respuestas: “… hay mesa de negociación, de análisis, de evaluación…,” pero son mesas de evasión. Padecen un fisco violento que tasa impuestos no reflejados en la hacienda pública, sino en tributo al crimen organizado, un cobro vergonzoso para una sociedad democrática. Los “vikingos del siglo XXI” no necesariamente son personas concretas, sino una metáfora que ofende a los poderes del Estado.
Los vikingos saqueaban riqueza sin producirla. Llegaban después del esfuerzo ajeno y capturaban una parte significativa de lo generado por otros. En la imaginación popular contemporánea, los “vikingos” son aquellos grupos, legales o ilegales, que se colocan entre quien produce y quien consume: monopolios; oligopolios; especuladores; intermediarios extractivos; burocracias ineficientes; organizaciones criminales; sistemas financieros que privilegian la renta sobre la producción.
Los productos agrícolas que deberían estar en la mesa para impulsar la salud de las y los mexicanos con la razonabilidad de la economía productiva, están convertidos en intimidación a la dignidad social en “modo caro”, subsumen el salario mínimo.
Manuel Castells y Thomas Piketty, dicen que la riqueza derivada del conocimiento y de la tecnología tiende a concentrarse más rápido que sus beneficios sociales. La sensación es que la tecnología avanza, pero la justicia distributiva no. Hay una paradoja notable: nunca hubo tanta capacidad tecnológica; nunca hubo tanta información disponible, nunca fue tan eficiente la producción. La sociedad nunca había sido tan permisiva con el engaño y la manipulación mediática de una sola ideología que se apoderó no solo de la mayoría política, también de las instituciones clave para el desarrollo democrático. Los medios de comunicación han estado estancados en la agenda que se dicta en las mañanitas políticas. Las frases: “los culpables del pasado, los conservadores explotadores, los enemigos, Calderón, García Luna…, ¡funcionaron muy bien!
La inteligencia artificial puede optimizar una cosecha, predecir plagas o mejorar la logística. Pero no resuelve por sí sola la captura del valor económico ni la desigualdad institucional. Un algoritmo puede indicar cuándo sembrar, pero no puede garantizar que el productor reciba un precio justo. Es preciso una crítica a la desconexión entre progreso técnico y ventura humana, desconexión violentada por los nuevos vikingos del camino. La angustia que se percibe no es nostalgia del pasado. Es la sensación de que las promesas de “justicia, de bienestar, primero los pobres, no mentir, no robar, no traicionar…” no han llegado.
Formulemos una pregunta que habría interesado tanto a Marx como a pensadores más recientes como Paul Ricoeur: ¿De qué sirve el progreso si quien trabaja, produce y alimenta a la sociedad no percibe sus frutos? Más ciencia, más técnica, más productividad, debía traducirse en más dignidad para las personas. Cuando eso no ocurre, surge la impresión de que los beneficios del progreso son capturados por “vikingos” que navegan en caminos y carreteras de nuestras localidades, en las nuevas rutas digitales, financieras o criminales, mientras quienes cultivan la tierra siguen explotados, son los proletarios del siglo XXI y la burguesía ostenta el poder público.
No hay rechazo al futuro sino exigencia de que llegue también a quienes sostienen la vida cotidiana de la nación. El sentimiento popular se expresa así: No importa cuánto aumente el salario si el costo de la vida aumenta más rápido que la capacidad de financiar la vida social, hay una advertencia sobre la distancia creciente entre los indicadores macroeconómicos y la experiencia económica cotidiana de las familias.
El debate no es cuánto gana una persona, sino cuánto le cuesta sostener a la familia, educación, salud, cultura, futuro…, ¡transformar el verdadero bienestar de su familia!