“La dominación de la mayoría por la élite es un fenómeno permanente” advirtió Pareto en 1916 (Tratado de Sociología General). Ello es posible por la legitimación que la minoría renueva frente a la mayoría. La construcción y mantenimiento de una sociedad civil activa, trasforma a la masa enciudadanía. El ciudadano es vigilante de la élite y exige cuentas desde el parlamento o desde la calle. La sociedad civil organizada genera una élite socialmente útil, basada en un liderazgo ético. La élite moderna es por naturaleza provisional. Su fecha de caducidad está determinada por su capacidad de innovación, por su dominio de la narrativa, por su exposición a las redes sociales, por el equilibrio que pueda mantener entre eficacia y posverdad. En sus dos vertientes, económica y política, la élite gobernante debe demostrar control. La pérdida de legitimidad redunda tarde o temprano en pérdida de control. Control de los medios de producción de bienes o de ideología; control de “los fierros” de la industria o de la fuerza legítima del Estado; en fin, control del monopolio de la producción de dinero e influencia.
Una sociedad corrupta genera élites corruptas. La élite así degradada institucionaliza la corrupción que es “la injusticia estructurada”. En la terminología de Asemoglu y Robertson (¿Por qué Fracasan los Países?, 2012) la corrupción es la forma de “extracción” de valor (élite económica) o de poder (élite política) de la masa. Bajo un ´régimen “extractivo” el pueblo bueno deviene en “sociedad incivil”. Kofi Annan, acuñó el término para referirse a redes transnacionales destructivas del orden públiconacional y regional. Annan advirtió que estas fuerzas explotan la globalización y la tecnología para desbaratar el progreso y la convivencia, es decir la “paz social”. El nacional populismo ha querido hacer pasar a la sociedad incivil como una externalidad del “neoliberalismo” depredador, y le ha servido de pretexto para ocultar su origen verdadero, el desmantelamiento del Estado-nación por las élites extractivas viejas y nuevas.
¿Cuánta sociedad incivil puede administrar un Estado exhausto por el ébola de la corrupción? México lo está averiguando. La solicitud de extradición de 10 “notables” mexicanos es un punto de inflexión, un camino sin retorno. Fue el cisne negro que el nuevo círculo rojo no quiso ver por ceguera estratégica. Hasta ahora, se ha intentado administrar las consecuencias inmediatas, torpemente. Asegura a sus élites extractivas, pero hipoteca a la nación mexicana. El déficit de Estado de Derecho en México está ya cronificado en la Historia que reivindica el nacional-populismo parroquial. Se fue construyendo durante el priismo setentero (Rodolfo Félix Valdez), se consolidó durante el panismo (Genaro García Luna) y se desfondó desde 2018. El punto de inflexión se profundiza con la capitulación de un Farías Laguna (abril, 23 en Buenos Aires), Mérida Sánchez (mayo, 11), Díaz Vega y Almanza Avilés (mayo 28). Llegará a crisis cuando sean requeridos Durazo, Villarreal y Audomaro. La Gran Estrategia del Leviatán anaranjado ya no se puede soslayar ni por nuestras élites extractivas, ni por su masa ahíta de mañaneras, subsidios.
Antes de 2030, México renovará sus élites. Las económicas y políticas, las civiles y militares, las federales y municipales, incluso la inciviles. Serán procesos múltiples, simultáneos y desordenados que se desarrollarán en un ambiente de nula seguridad jurídica y máxima polarización política, de creciente economía informal, de escarnio global y de ineptitud de los partidos políticos.
Para sobrevivir como unidad política, el Estado mexicano está obligado a reconstruir su Poder Judicial, su servicios sanitarios y hospitalarios, su servicio migratorio, sus sistemas autónomos de transparencia y rendición de cuentas, de derechos humanos, su sistema electoral, pero especialmente sus Fuerzas Armadas, su Servicio Exterior, su servicio de inteligencia civil para la seguridad nacional. También deberá crear lo que nunca tuvo: un sistema republicano de órganos legislativos, de procuración de justicia autónoma en lo político y solvente en lo técnico; cuerpos de policía que puedan distinguirse de la sociedad incivil, honrados y profesionales; centros penitenciarios eficaces para custodiar respetando derechos humanos y reinsertar con sentido humano;en fin, un servicio civil de carrera en todos los ramos de la administración pública municipal, estatal y federal. La tarea es colosal pero posible. Lo hicimos entre 1926 y 1960 con bemoles y retrocesos, pero México tuvo instituciones y liderazgo eficaces, aunque cuestionables. No se logrará viendo al pasado, con en el resentimiento social como cimiento, con los “grandes timoneles” vacíos de ideas y con una burocracia capturada por liderazgos improvisados.
La crisis de Estado de Derecho y de élites en la que estamos inmersos debería producir mujeres y hombres formados en la vocación de servicio público.Regidores, Ministros, Embajadores, Generales, Síndicos, Cónsules, Almirantes, Comandantes, Magistrados, Directores Generales, Auditores, Jueces. Deberán optar entre continuar la deriva o romper la inercia hacia liderazgos éticos, hacia un Estado sujeto al imperio de la ley y a un régimen de frenos y contrapesos constitucionales y sociales. Pero la “sociedad política” no basta.
La sociedad civil organizada debería se fortalecida “desde abajo”. Debe renovarse desde las organizaciones de madres buscadoras convertidas en forenses. También desde las universidades públicas y privadas, desde las organizaciones no gubernamentales que rechacen el morbo desde los podcasts disfrazados de “humanismo mexicano”, desde los medios de comunicación que no sirvan solo a magnates. Pero… ¿nos alcanzará el futuro?
MARIO VIGNETTES, Doctor en Derecho Internacional (Cédula 4258715), egresado BITAC DHS, analista estratégico (EC0329 folio 3728223) y educador.