Turismo con raíces: la agenda que debe llegar al territorio

Acapulco volvió a ser, el punto de encuentro del turismo mexicano. Pero esta vez no fue una edición más. La edición 50 del Tianguis Turístico tuvo un significado especial: regresar a la cuna de este encuentro, mirar hacia atrás para reconocer la historia, y al mismo tiempo mirar hacia adelante para definir qué tipo de turismo queremos construir en los próximos años.

Acapulco no es solamente una sede. Acapulco es memoria, resiliencia y confianza. Es un puerto que ha vivido momentos de gloria, de crisis, de reconstrucción y de esperanza. Por eso, que el Tianguis Turístico vuelva a reunir a México en este lugar manda un mensaje poderoso: nuestro país sabe levantarse, sabe reencontrarse y sabe mostrarse al mundo con dignidad.

En este marco tuve el honor de participar brindando el mensaje del sector empresarial. Lo hice con una convicción clara: el turismo mexicano necesita una agenda constructiva que no se quede en el discurso, sino que se convierta en mejoras concretas para los negocios que están en el territorio. Porque el turismo no ocurre solamente en las grandes cifras, ni únicamente en los centros de convenciones, ni nada más en las campañas internacionales.

El turismo ocurre todos los días en el hotel que recibe a una familia, en el restaurante que enciende su cocina, en la agencia que diseña una experiencia, en el guía que cuenta una historia, en el artesano que preserva una tradición, en el transportista que conecta destinos, en el mercado que ofrece identidad y en el negocio familiar que levanta la cortina antes de que salga el sol.

Ese es el turismo que debemos defender, fortalecer y proyectar. El turismo que vive en los territorios.

Desde 1975, cuando este encuentro nació en Acapulco como Feria Internacional de Hoteles y Agencias Turísticas, México ha cambiado profundamente. Han cambiado los mercados, los viajeros, la tecnología, las formas de promoción y las exigencias de competitividad. Pero la esencia permanece: el turismo sigue siendo una herramienta para conectar territorios, abrir oportunidades, generar empleo y convertir la identidad nacional en desarrollo. En aquel año, México era presidido por Luis Echeverría Álvarez y en CONCANACO SERVYTUR la voz del comercio y turismo organizado estaba encabezada por Jesús Vidales Aparicio. Desde entonces, nuestra Confederación ha acompañado la historia del turismo nacional, representando a quienes todos los días sostienen esta actividad desde la economía real.

Medio siglo después, el reto ya no es solamente atraer visitantes. El reto es lograr que cada visitante se traduzca en bienestar; que cada viaje deje derrama; que cada destino genere prosperidad; que cada estrategia nacional termine beneficiando a las comunidades; y que cada gran evento se convierta en una oportunidad para los negocios familiares.

Los resultados recientes muestran la dimensión de la oportunidad. En el primer bimestre de 2026 llegaron a México 16.85 millones de visitantes internacionales, con una derrama de 6 mil 746 millones de dólares, de acuerdo con información de la Secretaría de Turismo. Pero detrás de cada número hay una realidad humana y territorial: cuartos ocupados, mesas llenas, compras locales, empleos sostenidos, proveedores activos, transportes en movimiento y familias que encuentran en el turismo una oportunidad real de bienestar.

Por eso es justo reconocer el trabajo de la secretaria de Turismo, Josefina Rodríguez Zamora, así como el esfuerzo de las y los secretarios estatales de turismo. Promover a México no es una tarea sencilla. Requiere coordinación, visión, constancia y capacidad para entender que el turismo no es un sector aislado: se conecta con el comercio, los servicios, la cultura, la movilidad, la seguridad, la infraestructura, la gastronomía, el deporte, la inversión y el orgullo nacional.

También es importante felicitar a Roberto Monroy García, nuevo presidente de ASETUR. Su trayectoria tiene un valor simbólico y práctico, porque viene de la vida cameral, de CANACO Morelia, de ese espacio donde se forman liderazgos que conocen el territorio antes que el escritorio. En las Cámaras se aprende a escuchar al empresario que paga nómina, al pequeño hotelero que lucha por mantenerse competitivo, al restaurante que enfrenta trámites, al comerciante que necesita seguridad, al prestador de servicios que busca formalizarse, al negocio familiar que no pide privilegios, sino condiciones para crecer.

Esa es la diferencia entre hablar del turismo desde arriba y entenderlo desde abajo.

En CONCANACO SERVYTUR tenemos claro que el turismo no debe medirse únicamente en llegadas, ocupación o derrama global. Debe medirse también en bienestar, ventas, seguridad, formalidad, inclusión, empleo y prosperidad compartida. Porque un destino puede recibir miles de visitantes, pero si esa derrama no llega al mostrador, si no fortalece a los negocios locales, si no mejora la vida de las comunidades, entonces el desarrollo queda incompleto.

Por eso, nuestra agenda tiene un propósito central: que la derrama turística llegue de manera directa a empresas, negocios familiares, prestadores de servicios y comunidades que sostienen la economía real del país. Ese fue precisamente el sentido de la ruta presentada en la 68ª Asamblea de ASETUR, en el marco del Tianguis Turístico de Acapulco, donde se planteó una agenda para articular turismo, comercio, servicios, cultura, deporte y consumo local.

La visión es clara: el turismo no debe quedarse solamente en los grandes destinos ni en los grandes complejos. Tiene que llegar a los negocios familiares, a los restaurantes, hoteles, comercios, agencias, mercados, transportistas, artesanos y prestadores de servicios que todos los días sostienen la economía real. Ese es el verdadero desafío de la política turística moderna: lograr que el crecimiento se distribuya, que la promoción se traduzca en ventas, y que la prosperidad no se concentre, sino que circule.

Para lograrlo, impulsamos una política nacional para negocios familiares del sector con componentes concretos.
Primero, combatir la sobrerregulación. Muchas veces el pequeño negocio no fracasa por falta de esfuerzo, sino por exceso de trámites, permisos, cargas administrativas y obstáculos que consumen tiempo, dinero y energía. La formalidad debe ser una puerta de entrada al crecimiento, no una carrera de resistencia que termine expulsando a quienes quieren cumplir.

Segundo, acelerar la digitalización. Hoy, quien no está en el mundo digital pierde visibilidad, ventas y oportunidades. Pero digitalizar no significa solamente abrir una red social. Significa tener herramientas de comercialización, métodos de pago, registro, promoción, capacitación, acceso a plataformas y capacidad para competir en un mercado cada vez más conectado. La digitalización debe llegar al pequeño hotel, al restaurante familiar, al artesano, al guía, al comercio local y al prestador de servicios.

Tercero, abrir mejores condiciones de financiamiento. Muchos negocios turísticos tienen potencial, pero no tienen acceso a crédito adecuado, oportuno y razonable. Sin financiamiento, no hay remodelación, innovación, expansión ni modernización. Si queremos que la calidad turística crezca, debemos lograr que los negocios familiares puedan invertir sin poner en riesgo su patrimonio.

Cuarto, fortalecer la seguridad pública. No hay turismo posible sin seguridad. El visitante necesita confianza, pero también la necesita quien invierte, quien abre su local, quien contrata personal y quien mantiene viva la economía de una comunidad. La seguridad no solo protege al turista; protege al negocio, al empleo y al territorio.

Quinto, construir un régimen fiscal y de seguridad social que permita crecer con formalidad. La formalidad no puede ser un castigo. Debe ser un camino viable, gradual, acompañado y justo. Necesitamos esquemas que reconozcan la realidad de los negocios familiares, de las micro y pequeñas unidades económicas, de quienes generan empleo desde la base comunitaria del país.

Estos ejes no son una lista de buenas intenciones. Son una agenda de trabajo para que el turismo se convierta en una verdadera política de prosperidad territorial.

Con la Presidenta Dra. Claudia Sheinbaum Pardo y su equipo hemos venido construyendo una agenda que reconoce a la economía real de los territorios. Esa economía que no siempre aparece en los grandes titulares, pero que todos los días sostiene al país: barrios, playas, pueblos mágicos, mercados, centros históricos, hoteles pequeños, restaurantes locales, comercios familiares y prestadores de servicios. Ese trabajo conjunto tiene un valor fundamental, porque parte de una idea sencilla: México no se fortalece si solo crecen los grandes indicadores; México se fortalece cuando crecen sus comunidades.

En ese sentido, la agenda programática de CONCANACO SERVYTUR busca conectar identidad, consumo, turismo y desarrollo económico. México Muy Mexicano es una plataforma de orgullo nacional, de reconocimiento a nuestras raíces, de impulso a lo hecho en México y de articulación de programas que pueden darle continuidad al consumo local. No se trata únicamente de una marca; se trata de una forma de ordenar esfuerzos para que la identidad se convierta en economía, y la economía en bienestar.

Viernes Muy Mexicano es uno de esos instrumentos. No es solo una campaña; es una herramienta de comercialización directa que democratiza la visibilidad y permite que desde el pequeño artesano hasta el restaurante local puedan promoverse, vender más y conectarse con consumidores que quieren apoyar lo mexicano. En el guion presentado ante ASETUR se subrayó que el objetivo es que el dinero circule en las comunidades y que la caja registradora suene en los negocios familiares de cada estado.

La Gran Escapada, el Buen Fin del turismo, es otro ejemplo de cómo una estrategia bien articulada puede dinamizar el consumo turístico. Su primera edición dejó una derrama estimada de 40 mil millones de pesos, más de 5,800 empresas participantes y más de 108 mil experiencias turísticas. Además, alcanzó una difusión nacional significativa y mostró que cuando el sector público y el sector empresarial trabajan juntos, los resultados pueden llegar a los destinos y a los negocios.

La siguiente edición, programada del 18 al 21 de junio de 2026, tiene un sentido estratégico: incentivar la planeación y compra anticipada de viajes previo a la temporada alta de verano, distribuir mejor la demanda turística y ayudar a que los estados identifiquen temporadas de menor flujo para promover experiencias, paquetes y rutas que mantengan viva la economía turística durante más meses del año. El turismo no puede depender solamente de los picos vacacionales. Necesita calendario, planeación y visión de largo plazo.

A esta agenda se suma Un Mundial Muy Mexicano. México será sede de la Copa Mundial 2026 y eso representa una oportunidad histórica. Pero debemos entenderla bien: el Mundial no se juega solamente en los estadios. También se juega en hoteles, restaurantes, tiendas, mercados, agencias de viaje, cafeterías, transportes, plazas comerciales, centros históricos y corredores turísticos. La emoción del Mundial debe convertirse en consumo local, orgullo nacional y derrama para los negocios familiares.

El objetivo es que el Mundial no sea un evento que pase por México, sino un legado que se quede en México. Que no se limite a las ciudades sede, sino que active destinos en todo el país. Que no beneficie solo a quienes están cerca de un estadio, sino también a quienes pueden ofrecer experiencias, gastronomía, cultura, hospedaje, servicios y productos mexicanos. Que el visitante que llega por futbol descubra también la profundidad de nuestra identidad.

Y porque un Mundial no debe ser solo economía, también debe tener una dimensión social. Por eso se ha impulsado la campaña “Balones para todos”, para que el espíritu mundialista llegue a niñas y niños en situación vulnerable. La idea es poderosa: recolectar balones, entregarlos en comunidades y convertir el deporte en convivencia, inclusión, salud, alegría y esperanza. Un balón puede cambiar el Mundial para un niño, porque puede darle una ilusión, un espacio de juego y una razón para soñar.

También se preparan exposiciones de artículos mundialistas, con más de 500 piezas distribuidas en distintas sedes, y dinámicas donde la participación ciudadana pueda vincularse con la donación de balones. Esto demuestra que los grandes eventos pueden ser también herramientas de cohesión social, promoción territorial y activación turística.

Otro componente fundamental es el 4º Congreso Mundial de Turismo Deportivo, que se llevará a cabo del 7 al 9 de septiembre de 2026 en el Autódromo Hermanos Rodríguez, en la Ciudad de México. Este encuentro, impulsado en coordinación con ONU Turismo y el Gobierno de México, representa una oportunidad para posicionar al país como referente internacional en turismo deportivo, así como para vincular a destinos, empresas, autoridades, organismos internacionales, federaciones deportivas y tomadores de decisión.

El turismo deportivo debe verse como una estrategia económica. El deporte no solo mueve atletas. Mueve visitantes, hoteles, restaurantes, transporte, comercio, patrocinios, experiencias, tecnología, salud, entretenimiento y promoción territorial. Un evento deportivo bien planeado puede detonar inversión, infraestructura, consumo, visibilidad internacional y desarrollo local.

Además, el Congreso Mundial de Turismo Deportivo puede abrir una puerta para que cada estado encuentre nuevas oportunidades: atraer eventos, generar alianzas, conectar con federaciones, presentar productos turísticos, promover destinos y construir proyectos de colaboración público-privada. De acuerdo con la presentación, este tipo de espacios permite vincularse con tomadores de decisión internacionales, secretarios y ministros de turismo, organismos internacionales, federaciones deportivas, destinos turísticos y empresas líderes en turismo, deporte, movilidad e infraestructura.

Esa es la visión que necesitamos: no esperar a que las oportunidades lleguen, sino construirlas con agenda, identidad y coordinación.

También hay que decirlo con claridad: el turismo mexicano no puede entenderse sin cultura. Cada playa, cada pueblo mágico, cada zona arqueológica, cada mercado, cada cocina tradicional, cada fiesta patronal, cada artesanía y cada historia local forman parte de una cadena de valor que no solo genera ingresos, sino sentido de pertenencia. El turista no viaja únicamente para dormir en un hotel; viaja para vivir una experiencia. Y México tiene una ventaja incomparable: su experiencia nace de su diversidad.

Pero esa diversidad debe protegerse. No podemos permitir que el turismo borre la identidad de los lugares; debe fortalecerla. No podemos construir destinos que expulsen a sus comunidades; debemos construir prosperidad con ellas. No podemos promover solo postales; debemos promover territorios vivos. El turismo con raíces es aquel que respeta la cultura, fortalece a las familias, cuida el entorno y permite que la derrama se quede en el lugar donde se genera.

Por eso, la frase “turismo que llega al mostrador” resume una visión de país. Porque el mostrador es mucho más que un punto de venta. Es donde se atiende al visitante, donde se conserva el empleo, donde se transmite una historia familiar, donde se paga la nómina, donde se sostiene una comunidad. El mostrador es el contacto entre la economía y la vida cotidiana.

Cuando la derrama llega al mostrador, se fortalece el empleo local. Cuando llega al mostrador, se compran insumos a proveedores cercanos. Cuando llega al mostrador, se mejora el negocio, se paga la escuela, se sostiene una familia, se invierte en la comunidad. Por eso, la política turística debe preguntarse siempre: ¿quién se beneficia?, ¿a dónde llega la derrama?, ¿qué negocios participan?, ¿qué comunidades se fortalecen?

El Tianguis Turístico de Acapulco nos recordó que México tiene todo para liderar: cultura, gastronomía, naturaleza, infraestructura, talento, hospitalidad, ubicación estratégica y una fuerza empresarial que nace en la familia. Pero también nos recordó que el liderazgo se construye con coordinación, planeación, seguridad, promoción, inversión, formalidad y trabajo en equipo.

El gran diferenciador será precisamente ese: el trabajo en equipo. Cuando Gobierno Federal, estados, municipios, cámaras empresariales, comunidades, hoteles, restaurantes, prestadores de servicios, dueñas y dueños de negocios familiares caminan juntos, México no solo compite: México lidera.

Acapulco inauguró más que un evento. Abrió una nueva etapa para entender el turismo como política de desarrollo territorial. Una etapa en la que cada visitante debe ser oportunidad; cada destino, prosperidad; cada viaje, bienestar compartido; cada evento, legado; cada programa, herramienta; y cada negocio familiar, protagonista.

La edición 50 del Tianguis Turístico no solo miró al pasado para reconocer una historia que comenzó en 1975. También nos obligó a mirar al futuro con responsabilidad. Ese futuro exige que la promoción internacional vaya acompañada de fortalecimiento interno; que la llegada de visitantes se traduzca en ingreso local; que la derrama llegue a los negocios familiares; que la identidad sea una ventaja competitiva; y que la agenda empresarial sea constructiva, territorial y de largo plazo.

México está de moda, sí. Pero más importante aún: México tiene alma, tiene raíces y tiene una economía real que todos los días abre sus puertas para recibir al mundo.

Que el turismo abrace esas raíces. Que la derrama baje al mostrador. Que los grandes eventos dejen legado. Que la política pública escuche al territorio. Que los negocios familiares sean el centro de una nueva etapa de prosperidad.

Porque cuando México viaja por México, México se fortalece. Cuando México compra en negocios mexicanos, México crece. Y cuando México se organiza con identidad, visión y calendario, los beneficios llegan a las comunidades.

Por el bien de todos, primero los negocios familiares. Nw