Este miércoles tuvo lugar el Día de la Conmemoración de Vietnam. Es una fiesta nacional en Vietnam para recordar a los mártires y soldados heridos.
Si yo estuviera en Vietnam ahora, probablemente estaría sentado junto a mi abuelito (quien otrora sirvió en la fuerza armada del Ejército Popular de Vietnam), escuchando sus historias de guerra.
Cada vez que presenciaba cuando él contaba sus recuerdos de la Guerra de Vietnam, no podía evitar admirar y compadecer a mi abuelo, un soldado que arriesgó su propia vida y sacrificó todo lo que tenía por la ideología en que creía.
El Norte y el Sur estaban determinados a derrotarse uno al otro a toda costa. La Guerra de Vietnam fue de hecho una guerra ideológica. El Norte comunista y el Sur capitalista se veían mutuamente como una amenaza al bienestar de la nación.
Hanói se refería al gobierno de Vietnam del Sur como nguy quyen (que significa gobierno títere o ilegítimo). Consideraba a las autoridades del Sur como capitalistas “codiciosos” quienes traicionaron al pueblo vietnamita y vendieron el país a Estados Unidos, mientras que Saigón acusó al gobierno de Vietnam del Norte de convertir al pueblo vietnamita en esclavo de la China comunista, la Unión Soviética y el comunismo “sucio”.
Después de la división de Vietnam en 1954, ambas partes tomaron acciones acordes a la polarización política extrema. En el Norte, Ho Chi Minh llevó a cabo la “reforma agraria”, matando a más de 172,000 personas después de clasificarlas como ricos malos y terratenientes. Durante ese mismo período, Ngô Dinh Diem en el Sur lanzó la “Campaña de Denuncia Anticomunista”, ejecutando alrededor de 12,000 supuestos opositores y encarcelando a 40,000 presos políticos.
Siempre hay un costo
Los costos de la guerra fueron enormes. Pero en una época en la que ambos bandos estaban cegados por ideologías extremas, el análisis de costos y beneficios dejó de importar.
La Guerra de Vietnam mató alrededor de 2 millones de civiles vietnamitas, 1.1 millones de soldados norvietnamitas, 200,000 soldados sudvietnamitas y 58,000 soldados de EE UU. Aquellos heridos en combate sumaron decenas de miles o más. El bombardeo masivo de Estados Unidos arruinó mi país, y el Agente Naranja incapacitó a generaciones de personas en Vietnam.
Los costos de una división ideológica se extienden más allá de la guerra.
Después del 30 de abril de 1975, el gobierno de Vietnam del Norte implementó una serie de políticas “destinadas a eliminar capitalistas” en el Sur, que iban desde la socialización económica hasta la reforma de pensamiento y los campos de “reeducación”, dejando al país devastado. Entre 1975 y 1995, alrededor de 2 millones de vietnamitas abandonaron su país por cualesquiera medios, de los cuales sólo la mitad llegó a sus destinos.
Cuarenta y un años después de la guerra, las tensiones entre el Norte y el Sur siguen allí. Muchos sureños a menudo se refieren a los norteños como Bac Ky chó (un término sarcástico el cual quiere decir que los norteños son esclavos del comunismo y China) y los critican por ser poco educados, descorteses, violentos y deshonestos.
El día antes de que yo abandonara Vietnam para ir a estudiar en Estados Unidos, mi profesor de inglés tuvo que recordarme: “Si encuentras vietnamitas en EE.UU., habla en inglés. Tienes un acento norteño. Los norteños son pensados como comunistas. Sólo por tu seguridad, nunca hables vietnamita con vietnamitas; nunca les permitas saber que naciste y creciste en Vietnam del Norte”.
Vietnam del Norte, con su ideología comunista, ganó al final, sólo para adoptar la economía de mercado que el Sur otrora abrazó alrededor de 10 años después de la guerra. Después de todo el odio —todas esas muertes, pérdidas y destrucción— ¿qué fin tuvo la guerra después de todo?
La historia se repite
Este año tengo un internado de verano en EE UU y por lo tanto no puedo sentarme junto a mi abuelo y escuchar sus historias de guerra. Al estar aquí, presenciando la división cada vez más extrema entre los dos partidos y entre la gente, a veces me asusta. Me recuerda el mismo patrón que una vez sucedió en Vietnam.
Según una investigación del Centro de Investigación Pew, 43 por ciento de los republicanos y 38 por ciento de los demócratas ahora ven al partido opuesto en términos tremendamente negativos, y la gente en la derecha y la izquierda tiene más posibilidades de decir que para ellos es importante vivir en un lugar donde la mayoría de la gente comparta sus opiniones políticas.
Muchos de ustedes podrán argumentar que mi miedo es absurdo, porque no hay manera de que Estados Unidos pueda tener otra guerra civil. Pero si ustedes hubieran crecido en un país donde las heridas de la guerra todavía son evidentes en la vida cotidiana; un país donde en promedio cada familia vio por lo menos uno de sus miembros morir en la guerra; un país donde los compatriotas se mataron unos a otros, las madres perdieron hijos, y las esposas perdieron maridos; un país donde los soldados heridos todavía lidian con lesiones severas y los persiguen los recuerdos cada día, todo ello a causa de una profunda división en ideologías políticas, ustedes me entenderían.
Mi experiencia en Vietnam me ha enseñado a ser escéptico de toda propaganda: cada imagen, video y meme en los medios sociales. Leer entradas o artículos que dicen “he aquí la verdad”, “he aquí cómo callar a alguien en cinco minutos”, etc. —o ver a mis amigos negándose a debatir o borrando amigos de Facebook sólo porque “no puedo soportar estar rodeado de estos estúpidos republicanos”— me preocupa.
Si lo correcto y lo erróneo pudiera distinguirse como el blanco del negro, si la verdad pudiera hallarse tan fácilmente (en apenas un artículo pequeño o un video de dos minutos), mi país no habría tenido que pasar por la guerra.
El problema del conocimiento, como dice Friedrich Hayek, es que “nunca existe en forma concentrada o integrada, sino únicamente como los trozos dispersos de conocimiento incompleto y frecuentemente contradictorio que poseen todos los individuos por separado”.
Después de todo, como dice Viet Thanh Nguyen en su libroThe Sympathizer: “La tragedia no fue el conflicto entre lo correcto y lo erróneo sino de lo correcto y lo correcto, un dilema del que ninguno de quienes queríamos participar en la historia podíamos escapar”.
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Este artículo apareció primero en el sitio de la Fundación para la Educación Económica.
Publicado en cooperación con Newsweek / Published in cooperation with Newsweek