La matanza de Dallas podría poner de cabeza la contienda por la Casa Blanca

La emboscada de la policía de Dallas podría poner de cabeza la campaña presidencial, obligando a Hillary Clinton y a Donald Trump a navegar los temas de raza, violencia y observancia de la ley de maneras mucho más complejas de lo que era necesario en la tensa situación que imperaba antes del ataque del jueves, el cual dejó cinco policías muertos y otras seis personas con heridas de bala.

Por lo pronto, tras el incidente, Trump ha abandonado su habitual tono de autocomplacencia y sus característicos insultos. En una mesurada declaración, dijo: “Debemos restaurar la ley y el orden. Tenemos que restaurar la confianza de nuestro pueblo de estar seguros y a salvo en sus hogares y en la calle”, frases que hicieron eco de la campaña “ley y orden” de Richard Nixon, que en 1968 llevó al californiano a la Casa Blanca, luego de perder la competencia en 1960. Clinton mantuvo un perfil bajo, tuiteando que lamentaba la pérdida “de los agentes caídos en el ejercicio de su sagrado deber de proteger a los manifestantes pacíficos”. El presidente Barack Obama, en una comunicación desde Polonia, donde asiste a una reunión de la OTAN, calificó los actos de “despreciables”. Y Paul Ryan, presidente de la Cámara de Representantes, exigió “que se haga justicia”.

Escasas 24 horas antes, la atención del país estuvo puesta en las muertes recientes de hombres negros a manos de agentes de policía, esta vez en Luisiana y Minnesota; incidentes sangrientos que desencadenaron una serie de protestas en todo el país, incluida la de Dallas, donde miles se congregaron para una marcha que, hasta que ocurrió el ataque, fue tan pacífica y ordenada que algunos manifestantes se hicieron selfies con policías. El departamento de policía de Dallas ha sido elogiado por su estrategia de observancia de la ley de tono progresivo, basada en la comunidad. De hecho, la mayoría de los oficiales que estaban de guardia la noche del jueves, durante la marcha con el tema “Black Lives Matter”, solo vestían uniformes de verano con camisas de manga corta, para evitar la militarización casco-y-kevlar que ha sido tan ampliamente criticada por escalar las tensiones en las marchas de Ferguson, Missouri y otras ciudades. Fue esa falta de armamento lo que convirtió a los hombres y las mujeres de la policía de Dallas en objetivos aún más fáciles, si bien las armas pesadas utilizadas por el francotirador –o los francotiradores- pudieron haber resultado en la misma cantidad de víctimas, independientemente de cómo hubieran estado equipados los agentes de policía.

Ahora, la interrogante es si la masacre de oficiales, en lo que el jefe de la policía de Dallas ha descrito como un esfuerzo para matar “gente blanca”, cambiará la estrategia de las dos campañas presidenciales. ¿Obligará a Clinton a ajustar su retórica, ya cuidadosamente calculada, para brindar más respaldo a la policía que a las víctimas? ¿Forzará a Trump a adoptar un estilo menos maníaco e irresponsable, para actuar menos como populista y más como un estadista circunspecto? Es revelador que Trump, conocido por sus tweets nocturnos, no haya caído en la tentación de disparatar sobre lo que sentía en incrementos de 140 caracteres durante la larga noche de la matanza y en vez de ello, hiciera declaraciones moderadas sobre apoyar a la policía. Tanto Clinton como Trump dejaron de lado sus planes para actos de campaña multitudinarios este viernes.

El pasado no es parámetro confiable para lo que sucederá a continuación. En la década de 1960, a la saga de las protestas por la Guerra de Vietnam, Estados Unidos se inclinó a la derecha respondiendo al desorden en las calles, y sectores enteros de la nación –incluidas las etnias urbanas y los blancos rurales del sur- encontraron refugio en el abrazo del Partido Republicano. En cambio, en 1992, cuando Los Ángeles ardía en las llamas de las conflagraciones provocadas el indulto de los agentes de policía que golpearon brutalmente a Rodney King, muchos demócratas comenzaron a temer una fuga similar. Sin embargo, Bill Clinton, por entonces candidato presidencial, logró enhebrar la aguja política al condenar la violencia de Los Ángeles y mostrar empatía con los afro-estadounidenses hartos de la policía. Su discurso tras los disturbios incluyó un eco de la frase de Thomas Jefferson: “una alarma de incendio en la noche”, metáfora que, en el caso de Clinton, sirvió para describir el malestar social como una llamada de atención. Funcionó mucho mejor que la respuesta de George H. W. Bush quien, aunque hábil, no pudo competir con la retórica de Clinton. Incluso mientras recibía una paliza con acusaciones de infidelidad y evasión del reclutamiento de Vietnam, el ex gobernador de Arkansas se mostró más diestro en el tema más importante de controlar el desorden que el presidente en funciones.

Trump podría beneficiarse del caos, como hizo Nixon, mas la campaña de Clinton y un formidable conjunto de grupos externos, que ya están presentando a Trump como lo que Jeb Bush llamó “el candidato caos”, podrían ver fortalecida su afirmación de que Trump no es apto para el liderazgo sereno que se requiere de un comandante en jefe. No obstante, el nuevo paisaje político post-Dallas exige que Clinton mantenga energizada su base de minoría y no deje de lado su enfoque en la brutalidad policiaca.

El asesinato de Kennedy ilustra lo difícil que es predecir las consecuencias políticas. Casi nadie recuerda que el presidente John F. Kennedy voló a Dallas en noviembre de 1963 para reparar un rompimiento entre los conservadores y los moderados del Partido Demócrata. Dallas era un semillero de manifestantes anti-Kennedy y anti-derechos civiles que, unos meses antes, arrojaron huevos y golpearon con un cartel de protesta a Adlai Stevenson, embajador de Kennedy en la O.N.U. (y ex candidato presidencial). El asesinato del presidente –también perpetrado por un francotirador-desencadenó una marejada de compasión que, menos de un año después, condujo a la victoria aplastante del texano Lyndon Johnson y marcó el inicio de la ola de reforma liberal más activa desde el New Deal (Nuevo Trato), en la década de 1930. También preparó el escalamiento de la guerra de Vietnam y la reacción conservadora del país.

El asesinato de JFK fue captado con una pequeña cámara de cine por Abraham Zapruder, un tejano cuya película de aficionado se convertiría en una evidencia central de la investigación de Lee Harvey Oswald. En una noche sangrienta de julio de 2016, Dallas se llenó de cientos que, como Zapruder, capturaron la carnicería con sus teléfonos inteligentes. Cada uno fue como el fragmento de un espejo, ofreciendo un pedazo de los acontecimientos. Pero, probablemente, toda la imagen de la zona de muerte y sus consecuencias políticas no podrán combinarse en una sola pieza en algún tiempo.

Publicado en colaboración con Newsweek / Published in colaboration with Newsweek