CASI EXACTAMENTE AL AÑO de que la quinceañera Jenny Fry se suicidó, su madre, Debra, compró tulipanes y un girasol para ponerlos en la tumba.
“Al principio iba todos los días”, dice Fry, enfermera odontológica, en entrevista telefónica desde su hogar en Oxfordshire, Inglaterra, antes de salir con su marido, Charles, al cementerio. “Después, cada dos días. Y ahora, casi siempre es cada tres días; cinco días a lo sumo”.
Lanza un suspiro. Parece exhausta, nada sorprendente para una madre que aún no supera la pérdida de su hija intermedia. Mas el agotamiento no es sólo a causa de la aflicción. En el año desde que su hija falleció, Fry ha dedicado su vida a luchar contra lo que considera la causa directa de la muerte de Jenny: la incesante marcha de la tecnología. Y al hacerlo, se ha introducido en el debate científico, profundamente polarizado, sobre la mejor manera de definir una enfermedad que yace en la frontera de la ciencia moderna.
Durante más de dos años y medio Jenny se sintió mal, se quejaba de dolores de cabeza y cansancio. No podía concentrarse en la escuela y apenas dormía por la noche. Sus padres probaron con diversas soluciones para aliviar el problema: compraron un colchón nuevo e instalaron cortinas gruesas para ayudarla a conciliar el sueño; la llevaron con un ortodoncista para ver si los dolores de cabeza se debían a un problema de mordida. “Hice todas las cosas que haría en mi capacidad profesional”, dice Debra. “Revisé todo, como una detective, para ver qué causaba esto o aquello, y descartaba opciones”.
En mayo de 2015, Jenny bajó por la escalera apretándose la nariz. Fue a buscar a su madre e informó que se había desatado una hemorragia nasal mientras hacía la tarea. “Me dijo: ‘No puedo controlarla’”, recuerda Debra. “No me he hurgado la nariz; no me he golpeado. Nunca me había pasado esto, mamá’”. Debra aplicó un taponamiento para controlar la hemorragia, y a continuación buscó una respuesta en Google.
Quedó convencida de que Jenny sufría de un padecimiento médico poco conocido y altamente disputado llamado hipersensibilidad electromagnética (EHS). Se ha propuesto que esa enfermedad es una debilidad ante las ondas electromagnéticas producidas por los ruteadores wifi y las torres de telefonía celular. Las personas que creen esto afirman que la sociedad moderna nos está bombardeando con ondas dañinas que causan síntomas innumerables, desde dolores de cabeza y náuseas hasta hemorragias nasales y trastornos del sueño.
Debra erradicó el wifi del hogar familiar, lo reemplazó con conexiones Ethernet por cable, y suplicó a la administración de la escuela de Jenny que hicieran lo mismo. Pero se negaron: el director hizo una investigación por su cuenta y llegó a una conclusión diferente con estudios que demostraban que no había relación entre las señales wifi y la enfermedad. El sufrimiento de Jenny continuó. Regresaba de la escuela con dolores de cabeza terribles, los cuales se disipaban al llegar a casa. Hasta que un día de junio de 2015, Jenny se suicidó. En la investigación oficial de su muerte, Debra dijo al forense: “Creo que wifi mató a mi hija”.
Durante la mayor parte de una década, dos bandos diametralmente opuestos —uno que afirma que no existe un nexo científico entre la enfermedad y la exposición a las señales de wifi, y otro que dice que las personas sufren a diario por su causa— se han enfrentado en sitios web, periódicos y revistas científicas. James Rubin, del Instituto de Psiquiatría del King’s College Londres, no niega que quienes sufren de EHS están enfermos. “Tienen síntomas físicos; a veces su calidad de vida es atroz; tienen una necesidad desesperada de ayuda”, dice. No obstante, sus revisiones de informes y análisis científicos le han llevado a creer que la exposición a los rayos electromagnéticos no es la causa.
Otros, incluidos algunos profesionales, están en desacuerdo. “Hace diez años pensaba que eran patrañas”, confiesa el Dr. David Carpenter, director del Instituto para la Salud y el Medio Ambiente en la Universidad de Albany, Nueva York. “Las personas tienen síntomas que quieren atribuir a algo, así que inventan los campos electromagnéticos como la fuente”. Pero eso cambió ante la gran cantidad de individuos que acudían a su consultorio, afirma que sus vidas se habían transformado de forma irreparable debido a los campos electromagnéticos. Así que cambió de bando: ahora es más compasivo y defiende a los afectados. Carpenter dice que la EHS es real, y es un problema. “Lo que me pregunto ahora es: ¿cómo obtener información —de manera rigurosamente científica— que resulte convincente para una comunidad científica escéptica?”.
Se han hecho muchos intentos. Investigadores de campos muy diversos, desde psicología hasta oncología, han aplicado baterías de pruebas en los últimos 30 años para demostrar que la EHS se debe a la exposición directa a radiaciones electromagnéticas. Casi siempre, dichas pruebas consisten en exponer a los sujetos a señales electromagnéticas durante un periodo corto para medir su reacción; y después repiten el procedimiento con un placebo. Los resultados son mixtos, pero eminentemente las pruebas han demostrado que los sujetos no pueden distinguir entre las señales reales y las falsas.
(Los defensores de la EHS se oponen a estos esfuerzos: Carpenter afirma que esos estudios “se hacen con las patas”. Argumenta que una exposición de 15 minutos a un campo electromagnético no es la mejor manera de refutar lo que, en su opinión, son los efectos debilitantes de la exposición diaria y prolongada al wifi.)
En 2004, la Dra. Lena Hillert, del Instituto de Medicina Ambiental en el Instituto Karolinska, Suecia, presentó un informe seminal ante la Organización Mundial de la Salud, donde argumenta que no hay evidencia de que la EHS exista en la forma que afirman las personas que padecen el trastorno. Doce años más tarde, insiste en que todavía no hay pruebas científicas que lo corroboren. “Nunca podrás demostrar algo que no existe —señala Hillert—, pero si fracasas una y otra vez en demostrar que existe algo, llega el momento en que tienes que decir: ‘Ya basta. Si no tenemos nuevas ideas ni enfoques, debemos aceptar que no encontraremos apoyo para esta hipótesis’”. Hillert agrega que las mejores investigaciones actuales respaldan la hipótesis de que la EHS se debe, básicamente, al “efecto nocebo”; es decir, cuando tienes la expectativa de que algo va a ocasionar que te enfermes, termina convirtiéndose en una profecía que, por su propia naturaleza, contribuye a que se cumpla. Y la mayoría de la comunidad científica está de acuerdo.
Por eso no hay datos adecuados sobre la cantidad de personas que podrían estar afectadas por la EHS. Aunque los estudios de provocación continúan, los censos de EHS se interrumpieron a mediados de la primera década del presente siglo, antes de que el wifi se volviera en omnipresente. Un cálculo presentado en una audiencia pública del Comité Económico y Social Europeo en 2014 (sin revisión paritaria) sugiere que alrededor de cinco por ciento de todos los europeos son susceptibles. Estudios más rigurosos (aunque no significativamente más extensos) citan cifras similares: 3.2 por ciento de los californianos, nueve por ciento de los alemanes y cinco por ciento de la población suiza manifestaron síntomas que atribuyeron a EHS.
Esas cantidades podrían ser la razón de que la enfermedad haya sido reconocida por las autoridades gubernamentales de algunos países. El año pasado, un juez en Toulouse, Francia, otorgó a una mujer una subvención por discapacidad de casi 900 dólares mensuales, cuando la beneficiaria afirmó ser alérgica al wifi y, por tanto, no podía trabajar. En 2013, un científico australiano ganó la apelación de una compensación laboral por la EHS. El gobierno sueco clasifica la EHS como una discapacidad funcional y otorga una indemnización por sus efectos, aunque no se ha pronunciado oficialmente sobre la causa de los síntomas del trastorno. Austria tiene directrices oficiales sobre el diagnóstico y tratamiento de las enfermedades causadas por la sensibilidad electromagnética.
Con todo, para quienes piensan que controlar los ruteadores wifi es la única respuesta a la propagación de EHS, la red de internet inalámbrica que está extendiéndose por todo el mundo es motivo de preocupación. Es imposible caminar por el distrito comercial de alguna ciudad desarrollada sin que tu teléfono suene ofreciéndote conectarse con algún ruteador wifi. Este está tan diseminado —y a menudo gratuito, en comercios, restaurantes, bares, autobuses y cafés— que casi ha alcanzado la condición de servicio público. Para la mayoría de la población mundial esto es una ventaja: conectividad instantánea, a menudo gratuita en el punto de acceso, con casi toda la información (y la pornografía) de la civilización, a demanda.
Pero quienes creen que el wifi es un peligro para la salud pública encuentran que es una amenaza intolerable, insidiosa, y siempre presente. A resultas de su tragedia, Debra Fry ha hecho contacto con varios grupos activistas, entre ellos Electrosensitivy U. K., con la finalidad de frenar la propagación de wifi; aunque otros se centran específicamente en combatir la implementación de wifi en las escuelas. “Este podría ser el error más grave que nunca jamás hayamos cometido”, dice Debra.
Algunos de los afectados por la EHS terminan aislándose de la sociedad moderna. El día antes de mi entrevista con Carpenter, este recibió en su consultorio a una abogada que creía padecer una forma de EHS. Dafna Tachover, quien dirige un grupo defensor para quienes sufren las secuelas de la EHS, solía trabajar y vivir en la ciudad de Nueva York, pero tuvo que mudarse a las montañas Catskill, a 240 kilómetros de la ciudad. Concluyó que era la única manera de escapar, habiendo probado diferentes métodos para de protegerse de la radiación durante años, incluso dormir en su auto. “Comprendí que si quería mejorar, mi única estrategia era evitarlo”, dice.
Dista mucho de ser la única. Conforme más afectados por la EHS deciden abandonar el mundo wifi, surgen nuevas comunidades en muchos países. Por ejemplo, en Drôme, Francia, hay una “zona de refugio EHS” bajo administración independiente que se localiza dentro de una reserva natural, donde están prohibidos los emisores de radiación electromagnética y mantienen los niveles de fondo hasta en 1 o 2 microwatts por metro cuadrado. Green Bank, Virginia Occidental, se ha convertido en hogar adoptivo de algunas personas que sufren de EHS, debido a su ubicación en la Zona Nacional de Silencio Radiofónico, donde están prohibidas todo tipo de señales de radio para evitar interferencias con el vecino Observatorio Nacional de Radioastronomía. Una víctima de EHS dirige una granja “EHS-friendly” con instalaciones en la Provincia Occidental del Cabo, Sudáfrica. Y varias comunidades y municipios similares se encuentran dispersos en todo el planeta.
Carpenter dice que, hoy, la EHS se encuentra en la misma situación que tuvieron enfermedades como el síndrome de fatiga crónica, la fibromialgia y la enfermedad de la Guerra del Golfo, antes de ser aceptadas por la ciencia. “En ninguno de esos trastornos puede usarse una prueba de sangre para hacer un diagnóstico definitivo del problema. Y mientras tanto, las personas con este síndrome son maltratadas por la sociedad”, acusa. “¿Vamos a dar cabida a los individuos que presentan este síndrome bastante inusual, o simplemente los enviaremos a un lugar apartado para que sobrevivan sin estar enfermos todo el tiempo?”.
Rubin, pese a no creer que la EHS es real, está de acuerdo. “Hemos gastado mucho dinero y perdido mucho tiempo haciendo pruebas para ver si los campos electromagnéticos causan síntomas. Pero lo que no hemos hecho es averiguar cómo podemos tratar a estos pacientes”, reconoce.
Los afectados por la EHS a menudo dicen que si todo el mundo pudiera ver las ondas de wifi vibrando y palpitando por avenidas y autopistas, saliendo a chorros por escaparates y dando vuelta en las esquinas, entenderían su situación. Debra Fry lleva consigo un medidor que detecta la fuerza de dichas señales. Es un aparato pequeño y discreto, y mucha gente lo confunde con un teléfono celular. “En un McDonald’s o Caffé Nero promedio —dice—, si todos conectan sus computadoras portátiles y dispositivos móviles, el medidor se vuelve loco”.
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Publicado en cooperación con Newsweek / Published in cooperation with Newsweek