Antes era muy fácil, ni
siquiera era necesario preguntarse si el colecho era bueno o malo porque sólo
había una habitación, y sólo había una cama. Todavía en muchos hogares
mexicanos es así.
Se le llama colechoocama familiara la costumbre de que bebés o niños pequeños duerman con uno o los dos progenitores. Hasta
los albores del siglo XIX fue una práctica común en Europa. En Japón, en
ciertas zonas el colecho persiste hasta que los niños tienen 7 años. Par de
décadas atrás, y de acuerdo con estudios sobre el tema, en India 93% de los
niños entre 3 y 10 años compartían cama con sus padres.
En lugares muy fríos funciona
por la sencilla razón de mantenerse calientes. En climas muy cálidos, por
cuestiones de economía se pone aire acondicionado en una sola habitación y ahí
se mete toda la familia, todas las noches que dura el verano.
En occidente aparecen ciertos hábitos
o se recuperan algunos ya vetustos por moda o imitación. Las corrientes
partidarias del apego (traer al niño en brazos, o amarrado al pecho o espalda),
así como la liga de la leche (en pro de la lactancia materna por más de un año)
se muestran partidarias del colecho, por considerarse en beneficio de una
crianza saludable y feliz.
Lo bueno: favorece la instauración y mantenimiento
de la lactancia materna y facilita las tomas nocturnas,
disminuye la frecuencia y duración del llanto del bebé, sincroniza los ciclos
de sueño de la madre y el crío, potencia el vínculo afectivo entre padres e
hijos, baja el riesgo de muerte súbita.
Lo malo: cuestiones de higiene y seguridad, por
ejemplo; si los padres fuman o se drogan, si son obesos, descuidados, si tienen
el sueño muy profundo. Los detractores enfatizan que se limita la vida en
pareja (complica la intimidad), y que los niños podrían generar dependencia
exagerada a los padres y madurez tardía si se prolonga el colecho por más de un
año. No hay pruebas científicas al respecto ni en un sentido ni en otro.
El tema es controversial, y
parece que el peso a favor es muy similar al que se opone. El punto medio es dejar que el pequeño
duerma en la misma recámara que los padres, pero en su cuna. Al final sólo
cuentan las opiniones de dos y la participación de tres –cuatro, tal vez–: los
padres y los hijos.