El otro día, trataba de recordar la última vez que escuché las palabras “hombres blancos” dichas de manera positiva. No pude hacerlo.
El contexto de estas dos palabras es casi siempre negativo. En ocasiones, las personas que creen que los blancos son el problema (sin importar cuál sea este último), añaden la palabra “furiosos”. Y el concepto de “hombres blancos furiosos” se convierte en una forma fácil de desestimar incluso las preocupaciones y agravios legítimos expresados por los varones de raza blanca.
Una catedrática de Rutgers escribió una vez que los asesinatos en masa son resultado del “privilegio de los varones de raza blanca”. El sitio web Gawker alguna vez publicó una lista de “los 100 peores hombres blancos.”
Barack Obama dijo acerca del juez Merrick Garland, su nominado para la Suprema Corte, “Sí, es blanco, pero es realmente un jurista extraordinario. Lo siento.”
Está bien, fue una broma. Pero imagina que algún tonto crea una lista de “los 100 peores hombres negros”. O si algún político conservador de sexo masculino y de raza blanca nominara a un afroestadounidense que compartiera su ideología y dijera, “Sí, es negro, pero es realmente un jurista extraordinario”.
Esta no es una historia para provocar lástima. Comprendo que la historia de los varones de raza blanca en Estados Unidos es completamente distinta de la historia de los hombres de raza negra y de la de las mujeres de cualquier color de piel. Y que atacar a los varones ricos de raza blanca es como arrojar bolas de papel contra un acorazado.
Pero he aquí el último boletín: no todos los varones de raza blanca son privilegiados. Y muchos de los que no lo son han encontrado un héroe en un varón de raza blanca que es la esencia misma del privilegio: Donald J. Trump.
A pesar de su conducta cruel, grosera, extravagante infantil y poco presidencial, o quizás gracias a ella, muchos varones de raza blanca que no son médicos, abogados o gerentes de fondos de protección consideran a Trump como la clase de tipo firme que dará la cara por ellos.
La educación es una brillante línea roja que define al tipo de hombres de raza blanca que apoyan o se oponen a Trump. De acuerdo con una nueva encuesta de Washington Post-ABC News, Trump tiene un apoyo de 65 por ciento entre los votantes registrados de raza blanca que no cuentan con un título universitario, pero de sólo 46 por ciento entre los graduados de raza blanca.
Los varones de raza blanca que apoyan a Trump y que no asistieron a la Universidad no sólo están hartos de los políticos y del orden establecido en Washington. También están hartos de las élites en general.
Esta cita está tomada de una publicación de Victor Davis Hanson en la versión en línea del National Review:
“La contratación de trabajadores en el extranjero afecta predominantemente a las clases medias bajas; ningún experto que trabaje en Washington ni ningún abogado de Nueva York es reemplazado por algún angloparlante de Punjab que cobre un salario menor. Obamacare sigue el mismo patrón. Las élites que lo elevan hasta el cielo tienen el dinero o los planes de salud con todas las prestaciones para evadirlo. Dudo que Rahm Emanuel y sus hermanos hagan cola en una clínica pública, esperando obtener cinco minutos con un oftalmólogo que ahora atiende a 70 pacientes al día para poder sobrevivir bajo Obamacare”.
Donald Trump ha intuido que existen muchos varones de raza blanca que están furiosos. Y sabe que prácticamente ninguno de ellos votará por Hillary Clinton.
Sin embargo, sospecho que también ha intuido que no hay suficientes varones de raza blanca, furiosos o no, que lo elijan a él como presidente. Por esta razón, necesita conquistar a una porción considerable de la base demócrata tradicional de Clinton, lo cual no será fácil.
Por ello, deberá convencer de alguna forma a suficientes negros, latinos y mujeres de que cualquiera que gane cientos de miles de dólares por una breve charla ante un grupo amistoso que casi con seguridad busca obtener favores a futuro de la señora Clinton es una prueba de que Estados Unidos funciona perfectamente para personas como ella, pero no para personas como ellos.
Por ello, debe convencer de alguna manera a los demócratas de que Hillary es una de las hipócritas elitistas que, para usar un ejemplo fácil, deplora la cultura de las armas, aunque está protegida día y noche por guardias armados.
Asimismo, por ello, debe convencer a los demócratas de que a Hillary le importan más los votos de los mineros… que los mineros mismos.
Si logra obtener todo esto de alguna forma mientras sigue dándose la gran vida en un penthouse de la Quinta Avenida en Manhattan y volando en un enorme jet privado con su nombre escrito en los costados, es probable que realmente tenga una oportunidad de lograr lo que muchas personas han pensado desde hace mucho tiempo que era imposible.
Aun así, será una empresa difícil. ¿Pero quién en su sano juicio pudo haber pensado que llegaría tan lejos?