Cargando una mochila en la espalda, María Luisa toca puertas, entrega propaganda, cuelga lonas o echa porras en las esquinas, como parte de su jornada de diez o hasta 12 horas de trabajo como brigadista electoral.
Cansada, busca relajar su espalda casi recostada en la rampa de una tienda de conveniencia mientras se acomoda los tenis rosa intenso que porta. Levanta la mirada de ojos grandes mientras se limpia el sudor con el antebrazo. Sonríe.
“Quién no se va a cansar con esta chinche vida”, suelta.
Podría ser la vida feliz para una joven sin compromisos y “que le guste el desmadre, pero cuando tienes un hijo y una mamá jodona que nada le cuece, esta chamba se convierte en un infierno”, dice mientras hace gárgaras de agua.
Doscientos pesos diarios, comida y transporte cuando terminan tarde son las prestaciones que recibe por medio día de labor propagandista. Sin embargo, a casi un mes de que la contrataran gracias a su amigo Miguel, quien la presentó con los “del partido”, María Luisa ya comenzó a preocuparse, pues las fechas de pago son más distantes, pero “el chavo quiere leche cada rato y la jefa, su gasto”.
El pagador, que sólo es identificado como el “licenciado”, se desaparece y afirma que ya están por salir los recursos.
Conforme se intensifica el trabajo que realizan en las calles de Pachuca, las condiciones de trabajo se vuelven un caos.
Ella, de 19 años, y Átalo, su hijo, no gozan de seguridad social; trabajar con “los licenciados del partido” le abre la posibilidad de al menos entrar a los programas asistenciales.
Junto a ella, afirma, existen unos “cien chavos más” que andamos por la ciudad “sin rajarse”, poniendo a la candidata “bien parada para que gane, y entonces sí, nos toque una despensita o hasta chamba, quien quita”.