En marzo de 2014,cuando apenas comenzaba el escándalo de la empresa petrolera Petrobras, dirigida por el Estado, y que acabaría derrocando al gobierno, algunos de los principales asesores de la presidente Dilma Rousseff vieron una oportunidad de oro para dar por terminada la operación, o al menos para dejarla en mal estado.
Márcio Anselmo, delegado de la Policía Federal a cargo de la investigación, había concedido una entrevista al programa Jornal Nacional, el noticiario más visto de todo Brasil. Ante las cámaras, Anselmo y otras personas establecieron los principales puntos del caso, que pronto se volvería famoso: un antiguo miembro del Consejo de dirección de Petrobras que había aceptado un vehículo Land Rover como soborno, el encargado de lavar dinero cuyo testimonio de aceptación de culpabilidad-acuerdo resultaría clave, y los sobornos pagados por algunas de las principales empresas de construcción del país a cambio de lucrativos contratos con Petrobras.
Para Rousseff, los riesgos eran altos: las elecciones presidenciales estaban tan sólo a seis meses de distancia, y ella enfrentaba una contienda muy cerrada. Sin embargo, algunos ministros estaban convencidos de que la entrevista en televisión había sido una bendición disfrazada. Pensaban que Anselmo había violado un estatuto de la época de la dictadura que, afirmaban, prohibía que los oficiales de la Policía Federal hablaran con los medios acerca de casos en proceso. Despídalo, instaron a Rousseff. Ahora ataque a los investigadores por usar los medios de comunicación para filtrar selectivamente información perjudicial para el gobierno.
Para su asombro, Rousseff rehusó. “Nunca haría eso”, respondió con un tono displicente, de acuerdo con una persona que estaba en la sala en ese momento. “No temo a esta investigación. ¡No tiene nada que ver conmigo!”.
Yo cubrí de cerca las actividades de Rousseff durante cinco años como reportero, y si existe alguna anécdota más “Dilma” que esta, yo no la conozco. Esta lo tiene todo: su tempestuosa arrogancia, su negativa a escuchar incluso a sus asesores más cercanos y su evidente incapacidad de comprender el grave problema en el que estaba, incluso hasta el final. Pero también revela un lado de Rousseff que debería mejorar su postura en los anales de la historia brasileña: su negativa, en gran medida, a interferir en las investigaciones de corrupción en Petrobras y en otras partes, aun cuando resultaba claro que contribuirían a su caída.
Ahora, el Congreso de Brasil ha votado a favor de retirar del cargo a Rousseff, y es casi un hecho que sea de manera permanente para que pueda ser sometida a juicio por violar las leyes de presupuesto en una forma que ocultó las dificultades económicas de Brasil. Ella se va con un índice de aprobación de casi un dígito, como responsable de la peor recesión en Brasil en al menos 80 años y con pocos amigos en su país y en el extranjero. Y sin embargo, Rousseff también merece cierto crédito por el principal logro de su, por lo demás, horrenda década en Brasil: la consolidación del imperio de la ley bajo su joven democracia, así como la idea de que los corruptos serán investigados, enjuiciados y encarcelados, sin importar lo poderosos que puedan ser.
El reconocimiento de la función de Rousseff en este logro es controvertido, en parte debido a que su conducta tampoco fue impecable en este aspecto. De hecho, es posible que pronto enfrente cargos de obstrucción de la justicia por nombrar a su mentor y predecesor, Luiz Inácio Lula da Silva, como ministro en sus últimos días de gobierno en un momento en que los fiscales buscaban arrestarlo por cargos de corrupción. La acción de Rousseff fue considerada por muchas personas como un movimiento para hacer que Lula fuera menos susceptible a ser encarcelado, dado que los ministros gozan de protecciones legales especiales. Sin embargo, esto pudo haber sido menos un intento de obstaculizar la investigación que un acto de lealtad personal y de política real, basado en la creencia de que sólo Lula tenía la habilidad de negociación para salvar el gobierno de Dilma.
A partir del inicio de 2014, Rousseff tuvo numerosas oportunidades para obstaculizar, o al menos para retrasar, la investigación sobre Petrobras y otros casos de corrupción de alto perfil en los que estaban involucradas personas poderosas. El argumento contra Anselmo, el delegado de la Policía Federal, parece endeble, pero en cualquier caso, Rousseff dejó pasar la oportunidad. En 2015, ella pudo haber declinado a volver a nombrar al procurador general Rodrigo Janot, quien ya había demostrado que seguiría adelante con la investigación de la llamada Lava Jato(operación Lavado de Autos). No sólo mantuvo a Janot, sino que también reafirmó públicamente su autonomía; un mandato que él pronto aprovecharía para pedir la presentación de cargos contra Lula y una investigación contra Rousseff. Rousseff también pudo haber puesto a alguien menos apto para cooperar con los fiscales a cargo de la Policía Federal o presionar activamente a sus aliados de la Suprema Corte para retirar el caso de Petrobras de las manos del juez Sérgio Moro, quien reside en la ciudad de Curitiba, con el argumento de que los jueces de Río de Janeiro, ciudad sede de la empresa, están mejor equipados para manejarlo. Finalmente, pudo haber comenzado a atacar a Moro acusándolo de parcialidad mucho antes y mucho más agresivamente que como lo hizo al final.
Durante todo ese tiempo, hubo importantes figuras del Partido de los Trabajadores que instaron a Rousseff a hacer todas estas cosas. Pero, en cambio, apenas en enero de este año ella celebró públicamente la operación Lava Jatocomo una purga necesaria de las prácticas que habían existido en Brasil durante décadas. “Tengo que hacer énfasis en el hecho de que Brasil necesita esta investigación”, declaró al diario Folha de S.Paulo, limitando sus críticas a problemas de procedimiento. Rousseff no comenzó a vilipendiar en serio la investigación sino hasta hace apenas unas semanas, cuando Moro reveló conversaciones intervenidas entre ella y Lula. Y entonces… Bueno, digamos que pudo haber tenido razón.

LA PREGUNTA: ¿Qué podemos esperar del nuevo gobierno de Michel Temer en Brasil? Tratará de dirigir Brasil en una dirección más amigable con las empresas. Foto: EVARISTO SA/AFP
Hay personas que nunca le darán a Rousseff ningún crédito por permitir que el sistema judicial de Brasil hiciera su trabajo. ¿Qué otra opción tenía?, preguntan. Está bien, pero pregúntense lo siguiente: ¿los líderes de otros países de América Latina habrían hecho lo mismo? ¿Qué hay acerca de los gobiernos recientes en Argentina? ¿O en México? Todo ello por no mencionar a China y Rusia. Por cierto, ¿qué podemos esperar del nuevo gobierno de Michel Temer en Brasil? Temer, que fue vicepresidente de Rousseff, es un abogado constitucional de 75 años de edad que tratará de dirigir Brasil en una dirección más amigable con las empresas. Sin embargo, proviene de un partido político distinto, algunos de cuyos líderes también están implicados en la investigación del caso Lava Jato.Una de las ironías del juicio político de Rousseff es que podría provocar una mayor interferencia política en la investigación de Petrobras. Temer ha dicho que no hay nada por qué preocuparse, pero los fiscales de Curitiba y de Brasilia afirman que están preparándose para sufrir reveses. Es posible que sean ellos quienes acaben extrañando más a Rousseff.
Entonces, la pregunta sería: ¿Por qué lo hizo? ¿Por qué Rousseff no actuó mientras su gobierno se desmoronaba?
Parte de la explicación probablemente se encuentra en la historia de sus orígenes. No en la que todos hemos escuchado, la Dilma Rousseff de poco más de 20 años, la guerrillera que tuvo que soportar el encarcelamiento y la tortura. No. Hablo de la Dilma Rousseff adulta, tras salir de prisión en 1973, aquella que asumió una vida mucho menos glamorosa como economista y servidora pública. Esta es la estudiosa de la política energética que usaba gafas y que hacía apenas 20 años editaba una oscura revista llamada Indicadores Económicosy que nunca mostró ningún interés en la política o en la presidencia. La única pasión de Rousseff eran los números: objetivos de desempeño, hojas de cálculo, las ocultas actividades cotidianas del gobierno.
Aun después de que Lula la sacó de la nada para convertirse en jefa del Estado Mayor y, finalmente, en su sucesora, aun después que la cirugía plástica y del rediseño de imagen que precedieron la candidatura de Rousseff a la presidencia, ella no tenía tiempo para nada más que los números. Desafortunadamente para Rousseff, esto le impidió hacer amigos en el Congreso y en otras partes, los cuales podrían haberla protegido hacia el final. Pero esto también hizo que se volviera intolerante a la corrupción, quizá no por razones morales sino debido a que podría impedir que las cifras de la columna G de Excel se alinearan correctamente. Desde el inicio del gobierno de Rousseff, cuando un ministro u otro asesor eran acusados de fraude, ella dejó claro que se esperaba que dicha persona renunciara a su cargo. Seis ministros renunciaron en esas circunstancias durante su primer año como presidenta. Esta fue una desviación radical con respecto a los años de Lula y contribuyó a crear una nueva cultura que, al final, dio como resultado la operación Lava Jato.
Desde luego, existen otras explicaciones mucho menos halagadoras. Resulta claro que Rousseff, aislada y con una sordera política, no logró comprender plenamente la magnitud de la amenaza para su supervivencia sino hasta que fue demasiado tarde. La teoría de Rousseff como una tecnócrata estricta también tiene una deficiencia: si estaba tan concentrada en los números, ¿cómo pudo pasar por alto la enorme magnitud del robo en Petrobras, especialmente durante los años en los que fue ministra de Energía y presidenta del consejo directivo de la empresa?
Es probable que la respuesta se encuentre en la crítica más simple y más condenatoria de Rousseff: ella no era tan buena. Mediocre hasta el final y abrumada por un puesto para el que nunca estuvo calificada, nunca hizo las preguntas correctas a sus asesores o a su partido. También albergaba filosofías económicas anticuadas, creía que podría dictar el funcionamiento cotidiano del país (incluso de algunas partes del sector privado) mediante órdenes personales y se ganó la animadversión de la mayoría de las personas que trabajaban con ella. Su presidencia se convertirá en un estudio de caso sobre por qué el liderazgo importa, por qué una democracia tan grande y compleja como la de Brasil no puede ser entregada simplemente a cualquiera y puesta en “piloto automático”.
Pero Rousseff también tuvo virtudes. Incluso sus enemigos admiten que fue honesta y que nunca robó nada para sí misma. En una región en la que muchos líderes pasan sus horas de vigilia planeando cómo hacerse más ricos ellos mismos o a sus amigos o cómo vengarse de sus enemigos, Rousseff parecía verdaderamente centrada en hacer frente a la todavía legendaria pobreza y desigualdad de Brasil. Y al final, cualquier deseo que haya tenido de permanecer en el cargo o de proteger su partido parece haber sido superado por una preocupación a largo plazo por Brasil y la necesidad de construir instituciones funcionales. Esto debería contar a su favor.
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Publicado en cooperación con Newsweek / Published in cooperation with Newsweek