El espía que se esfumó como si nada

Cuando los veteranos de la CIA se quejan de que su viejo
grupo necesita tenerle menos aversión al riesgo, probablemente Robert Levinson
no les viene a la mente.

El agente retirado del FBI desapareció hace nueve años en
la isla de Kish, una especie de Gran Caimán iraní frecuentada por traficantes
de armas, falsificadores, contrabandistas y, por supuesto, espías. Es casi
seguro que lo secuestraron agentes iraníes. Pasarían años antes de que surgiera
la verdad de que Levinson había trabajado para una unidad analítica de la CIA
que no tenía injerencia en el manejo de espías amateurs.

Todo esto —y mucho, mucho más sobre el asunto Levinson— ha
sido sacado a la luz y reunido por el distinguido reportero del New York Times
Barry Meier en su inquietante libro nuevo, “Missing Man: The American Spy
Who Vanished in Iran”. A juzgar por el recuento de Meier, si alguna vez
hubo un argumento para hacer estallar la CIA y empezar de nuevo, el asunto de
Levinson sería tal.

Por mucho tiempo, la verdad detrás de la desaparición de
Levinson fue uno de los secretos mejor guardados por Washington. La línea
oficial era que Levinson, un especialista en crimen organizado que había
trabajado independientemente desde su retiro del FBI en 1998, trabajaba en un
“negocio privado” cuando fue a Kish. Eso era verdad solo por muy poco: el
“negocio privado” de Levinson era espiar para la CIA. El ex agente del FBI
incluso había cocinado su propia historia de encubrimiento, que estaba
investigando un caso de falsificación de tabaco en Irán para British American
Tobacco (BAT), un cliente ocasional. Él confeccionó una carta falsa de encargo
en papel membretado de BAT.

Sin embargo, la verdad era que Levinson fue a Kish con la
esperanza de convertir a Dawud Salahuddin, un fugitivo nacido en EE UU quien
décadas atrás asesinó a un exilado iraní afuera de Washington, D.C., en su
informante. Un puñado de reporteros de seguridad nacional con el tiempo halló
que Levinson había trabajado para analistas deshonestos de la CIA quienes
habían violado las normas de la agencia al usarlo como espía, que funcionarios
de la agencia supuestamente les mintieron a supervisores congresistas al
respecto y que se había despedido gente por excederse en su autoridad. Aunque
incompleta, era una historia de fábula. Pero la ocultaron después de oír
argumentos de amigos y familiares de Levinson, su senador federal, Bill Nelson
de Florida, y, por supuesto, la CIA, de que revelar los nexos de Levinson con
la agencia podría ser fatal.

Sin embargo, a finales de 2013, al no ver movimiento en el
caso de Levinson y oliendo un encubrimiento, Associated Press y el Washington
Post publicaron la historia real. Los reporteros Matt Apuzzo y Adam Goldman
escribieron que Anne Jablonski, una analista de inteligencia de la CIA muy
prestigiada, le ofreció a Levinson un trabajo para proveer reportes al Grupo de
Finanzas Ilícitas de la agencia. La unidad rastreaba el tráfico de armas en el
mercado negro y lavado de dinero. Seis meses después de que Levinson
desapareció, un alto funcionario de la CIA dijo al Comité de Inteligencia del
Senado que “ellos no sabían nada sobre el incidente”, escribe Meier.

Pero ¿alguien en la CIA dio luz verde a su misión en Irán?
“En diciembre de 2005, cuando Bob le vendía a Anne proyectos que él podría
asumir cuando fue aprobado su contacto con la CIA”, escribe Meier, “él envió un
largo memorándum sobre el potencial de Dawud como informante”. Pero la
investigación interna de la CIA después de que él desapareció “no ha hallado
una ‘pistola humeante’,” le dijo un investigador de la agencia a la esposa de
Levinson, Christine.

“Si la gente de la agencia llega a hablar, o se sienta
obligada a hacerlo, tal vez tengamos una respuesta a esa pregunta”, dice Meier.
“Pero… no hay nada que sugiera en los documentos que revisé indicando que
alguien en la CIA siquiera le sugirió a Levinson… que renunciara”.

Levinson prácticamente le dio la vuelta al orbe detrás de
Jablonski y le había “insinuado” a ella docenas de reportes investigativos,
escribe Meier, sobre “temas que iban desde crimen ruso hasta tráfico de
narcóticos y de armas”. Ella estaba entusiasmada. Ella transmitió un correo
electrónico del jefe de la unidad, Tim Sampson: “Este tipo es una maldita MINA
DE ORO”. Pero ella también sabía que manejar agentes iba contra las reglas de
la agencia, “ya que NO somos más que un ‘taller analítico’.” Ella incluso le
envió un correo electrónico a Levinson, advirtiéndole que mantuviera sus
arreglos financieros “solo entre nosotras las chicas” y enviara por FedEx sus
reportes de inteligencia a casa de ella, no a la oficina.

Pero a ella le molestaba tener que evitar “hincharles las
bolas a los tipos que SUPUESTAMENTE recaban este tipo de material para nosotros
pero están demasiado ocupados haciéndoles la ronda a los burócratas e
inventando excusas”, le escribió ella a Levinson. Por estos “tipos”, Jablonski
se refería a la directiva de operaciones de la CIA, la gente responsable de
reclutar y manejar espías extranjeros. Desde la perspectiva privilegiada de
ella, ellos no conseguían nada útil sobre la oscura red iraní de proveedores
nucleares y lavado de dinero.

Desde hacía mucho los analistas se habían fastidiado por
el fanfarroneo del bando espía y la condescendencia hacia ellos. Pero con el
ascenso de Al-Qaeda en la década de 1990, las analistas femeninas de
contraterrorismo, en especial, demostraban un don para “conectar los puntos”.
Después de los ataques del 11/9, ellas tuvieron un papel principal para
rastrear a Osama bin Laden (como se dramatizó en la película La noche más
oscura). Los administradores en el bando analítico sintieron una abertura. El
director de la rama que vigilaba el Grupo de Finanzas Ilícitas, escribe Meier,
convocó a una reunión y “declaró que bajo su vigilancia ellos ‘iban a destruir’
a sus rivales en el bando clandestino de la agencia”.

Por años, fuentes anónimas de la CIA habían dicho —y
representantes de la CIA habían negado— que Irán era un agujero negro. Así, en
2006, cuando Jablonski trajo a Levinson a bordo, los administradores de la
agencia estaban casi histéricos por la brecha de inteligencia relacionada con
los diseños nucleares de Irán y las operaciones en el Irak ocupado por EE UU.
Levinson era su hombre, o por lo menos uno de ellos.

Al regresar de una reunión en junio de ese año en las
oficinas centrales de la CIA, el ex agente del FBI tenía una alegría en su
andar, recuerda su amigo de toda la vida Ira Silverman, un periodista que se
había retirado de NBC después de una carrera distinguida. Cuando se sentaron a
almorzar, Levinson habló de su reunión en Langley. “Irán”, dijo él, “es el
sabor del día”.

En 2002, Silverman había ido a Teherán y entrevistó a
Salahuddin, el asesino fugitivo, y se habían mantenido en contacto. El exilado
había dado señales de distanciamiento con el régimen iraní. Tal vez él estaba
listo para llegar a un acuerdo con EE UU. Levinson así lo esperaba. Ciertamente,
él estaba determinado a averiguarlo.

Publicado en cooperación con Newsweek/ Published in cooperation with Newsweek