Inquieto, comenzó sus clases de natación a los tres años. Poco después cambió la alberca por una cancha de fútbol y, posteriormente, pasó a una de béisbol; así, hasta que, de vuelta a la alberca, descubrió los clavados. Mientras sus compañeros escogían entre jugar escondidas o quemados, un chico llamado Rommel Pacheco decidió que quería dedicar su vida al deporte.
Empezó realizando una actividad por las tardes, visualizando a lo lejos una meta más larga. “Entre el entrenador y mi papá soñábamos con los Juegos Olímpicos”, cuenta Pacheco, quien a los 11 años de edad se mudó, sin su familia, de Mérida a la Ciudad de México, para formar parte de la selección nacional.
Dieciséis años y dos Juegos Olímpicos después, Rommel sigue siendo fiel a su vida en la alberca aunque, aclara, su lugar preferido será siempre su lugar de origen, Mérida. “En la alberca paso demasiado tiempo como para que sea mi lugar favorito: ahí entreno ocho horas diarias de lunes a sábado; ahí paso las mejores horas cuando gano, pero también las peores porque a veces pierdo”, confiesa.
El clavadista que recientemente ganó la medalla de oro en el mundial de clavados de Río de Janeiro, nos cuenta que su mayor secreto es “dejar todos los problemas afuera de la alberca y concentrarme por completo en lo que estoy haciendo”.
Ahora, después de esa medalla de oro que lo ha puesto en los ojos del mundo para los Juegos Olímpicos que se celebrarán este año también en Brasil, Pacheco se prepara para lanzarse a la alberca olímpica por tercera vez, y en esta ocasión lo hará “más tranquilo, con menos presión y menos expectativas. Eso es lo que puede hacer que te desconcentres por completo”.
Platicamos con Rommel Pacheco después de uno de sus entrenamientos en la Ciudad de México. Pese a que trae encima ocho horas de ardua actividad física, se muestra lleno de energía, tranquilo y concentrado. Justo como luce al momento de sus competencias.
—¿Cuál fue el último clavado que te cambió la vida?
—Cuatro y media vueltas al frente. Es el del mundial que apenas pasó. Ese clavado definió la medalla. Cuando caí sabía que iba bien, vi el tablero y me di cuenta de que estaba en primer lugar y sólo faltaba otro. No podía creerlo. Ahora tengo la oportunidad de decir que soy el mejor del mundo y de disfrutarlo.
—Se comenta que quieres entrar a la política…
—Siempre he querido, y es porque hace muchos años, cuando me vine a México, el gobernador de Mérida de esa época me apoyó mucho y yo me acuerdo de que íbamos a eventos y la gente se acercaba a él para pedir cualquier cosa y me marcó. Y al crecer dije: “¿Qué quiero después de los clavados?”. Me gustaría un cargo público. Al principio tal vez en deporte, que es lo que conozco; hay mucho por hacer en México y el deporte es una inversión más que un gasto. El deporte es fundamental y hay que crear más políticas públicas para fomentar la actividad física.
—¿Cuándo fue la última vez que te sentiste orgulloso de ser mexicano?
—Hoy. Siempre es un orgullo ser mexicano. Yo estoy muy orgulloso de ser yucateco y lo primero que extraño cuando salgo de México es la comida. Yo creo que los mexicanos no nos damos cuenta del país en el que vivimos y de lo que tenemos y de los recursos que podemos utilizar para crecer. Viene mucho extranjero y toman mejores oportunidades que los mexicanos, y me da coraje porque otros lo explotan por nosotros.
Entrenar, comer y dormir. Esa es la rutina diaria del clavadista olímpico mexicano que algún día podría convertirse en funcionario público. Por ahora representará a México en Brasil 2016 y confiesa que llevará con él a uno de sus mejores aliados en épocas de competencia: Netflix.