Ethel Krauze revela que El país de las mandrágoras es una novela que nunca quiso escribir. Incluso, en las páginas iniciales se advierte que “este libro no puede llevar dedicatoria: es, en sí mismo, una dedicatoria”, y también se indica que la escritura de la obra “no expresa gratitud alguna: por el contrario, lamenta haber tenido que escribirse”.
Y es que El país de las mandrágoras, publicado recientemente bajo el sello de la editorial Alfaguara, comenzó a fraguarse en 2011, cuando México conoció que el hijo del poeta Javier Sicilia y seis de sus amigos habían sido asesinados de manera violenta a manos del crimen organizado.
“Sí, hay un momento que me catapulta: cuando me entero del asesinato del hijo de Javier Sicilia”, comenta Ethel Krauze en entrevista. “Es un momento en el que yo siento más cercana la violencia y sus efectos, porque él es un poeta, porque es amigo, porque es compañero de generación. Y entonces empiezo a oír con más vehemencia las voces de los muchachos muertos y empiezan a afectarme, comienzo a oír lo que están pensando antes de morir, lo que están sintiendo, como avispas alrededor de mi cabeza”.
De acuerdo con la poeta y novelista mexicana, la realidad que se retrata en su novela no debería haber existido. No obstante, esa misma realidad es la que la obliga a tomar la pluma y poner en palabras el dolor de un presente violento y sanguinario.
“Eso es lo que yo he hecho toda la vida —insiste la autora—. Lo que le da significado a mi vida desde que tengo uso de razón es poner en palabras escritas las vivencias, las emociones, llenar esos vacíos de expresión con significado. Y el significado para mí, fundamental, aquel que nos hace humanos, es la palabra, la palabra convertida en obra literaria”.
Foto: Luz Montero/NW Noticias
—¿Por qué, Ethel?
—Porque la obra literaria es ese espacio que nos permite como sociedad revelar las verdades ocultas que se quedan en la piel de los días, en la piel del discurso político, o que incluso se quedan en la piel de las circunstancias y de los datos periodísticos. La literatura permite romper esa piel, es un cuchillo que la rasga y puede ir al músculo, al nervio y al corazón mismo del fenómeno social. Por eso mi vocación literaria me lleva a escribir una novela sobre lo que está pasando en el mundo, porque no solamente pasa en México.
—¿Qué quieres decir con que oías las voces de los muchachos muertos?
—Sé que si yo digo esto desde un punto de vista descontextualizado me mandarían a un psiquiatra, me dirían: ‘Tiene alucinaciones esquizoides’. Pero soy escritora y poeta, y los poetas trabajamos así, recogemos voces, tenemos las antenas afinadas, como grandes parabólicas, para recibir los mensajes y los lenguajes y decodificarlos y convertirlos en obras literarias. Es lo que empezó a ocurrirme y luché mucho en contra de esas voces, pero me siguieron invadiendo cada vez más, y la realidad fue haciéndose cada vez más violenta y cada vez se iban sumando más muchachos muertos, hasta que llegó un momento en que sentí que no podía continuar mi vida si no me lanzaba a escribir. Esta es una novela de sobrevivencia, diría yo.
Además de escritora y poeta, Ethel Kolteniuk Krauze, nacida en 1954 en la Ciudad de México, es doctora en Literatura. Ha publicado más de tres decenas de libros de varios géneros, e infinidad de ocasiones ha sido galardonada con diversos premios. Y mientras en México acaba de publicar El país de las mandrágoras, en España circula su poemario La otra Ilíada.
—¿Por qué tu novela carece de dedicatoria?
—Mi novela es una dedicatoria al llanto que tenemos que sacar todos los mexicanos, al país. El dolor no es exclusivo, o no solamente toca a los muchachos muertos y sus familiares, sus padres, hermanos, hijos, no: el dolor nos toca parejo a todos porque somos parte de una comunidad. Nos toca a todos parejo, pero eso es algo que no hemos aquilatado plenamente: hablamos de los familiares, pero nosotros somos padres, hijos, hermanos, por eso nos toca a todos. Es lo que yo descubrí escribiendo este libro. Hay un caudal de lágrimas que tenemos que soltar, que tenemos ahí contenidas. Ojalá este libro sirva para eso, para llorar.
—¿Es una tendencia entre los escritores retomar los temas dolorosos, actuales, en sus obras?
—Los escritores hemos desarrollado antenas y recibimos lo que está, lo ponemos en un crisol y lo reconvertimos en obra literaria. No es que uno lo decida, es que no queda de otra, no es posible no hacerlo. La realidad se ha convertido en un espacio prácticamente inevitable, asfixiante, y lo tenemos que convertir en un espacio que cobre sentido, y la literatura es ese espacio en donde las cosas pueden cobrar sentido. Pueden no tener justificación ni explicación, pero sí tener un espacio donde permitirnos sentir, en este caso el dolor, porque eso es lo que sentimos, sentimos dolor y no podemos meterlo bajo tierra. Lo metes bajo tierra y va a brotar como mandrágora.
—¿Qué importancia tienen la literatura y la poesía en estos tiempos violentos?
—La literatura es el espacio en donde se nombra la realidad. Frente al discurso político, jurídico o la nota periodística, la literatura converge el sentido profundo de la realidad, no lo veo parcializado. Por eso es importante y fundamental. Y la poesía es ese género en donde la palabra se revela hasta su desnudez completa. ¿Por qué han sido tan importantes en las culturas, por qué es lo primero que se prohíbe en un régimen totalitario? No porque sean inventos, mera diversión o fantasías, sino porque son precisamente un espacio en donde la realidad se rebela y dice las cosas por su nombre.
—¿Cuál es la propuesta rumbo a un país y un Estado sin mandrágoras?
—Ojalá yo la tuviera. Lo que aprendí escribiendo este libro es que queremos encontrar soluciones rápidas. Deseamos saltarnos el gran paso, evitar el dolor, queremos una solución rápida, cerrar el capítulo, borrón y cuenta nueva… Y eso es precisamente lo imposible porque nos estamos saltando el paso. El paso es primero ver lo que está pasando, y sentir, llorar, gritar, abrumarse. ¿Quieres llegar al cielo sin haber visto el infierno? No. Estás en el infierno. A veces la salida no está arriba, sino hasta abajo, pero hay que construir un túnel que te lleve al otro lado. Eso está pasando, no estamos viviendo ese momento de duelo. Queremos saltárnoslo. Pero antes de buscar soluciones hay que rendir tributo a nuestro propio dolor.

Foto: Luz Montero/NW Noticias