En su tecnothriller Ghost Fleet,los escritores Peter Singer y August Cole describen una guerra mundial catastrófica que inicia en el espacio con un ataque furtivo de China contra Estados Unidos. Primero, los soldados de la Sede del Comando Cibernético en Shanghái hackean la red de satélites GPS del Pentágono y revuelven sus señales. El ciberataque riega el caos entre las fuerzas estadounidenses, que ya no pueden navegar con exactitud, rastrear blancos ni atacarlos con municiones de precisión.
Luego, desde una estación espacial que orbita a 320 kilómetros sobre la Tierra, los astronautas chinos dirigen un arma láser hacia tres satélites que el ejército estadounidense utiliza para, virtualmente, todas sus comunicaciones y vigilancias críticas. Cuando los chinos han terminado, la ventaja tecnológica de Estados Unidos en este nuevo campo de batalla del siglo XXI se ha reducido a los niveles predigitales de la Segunda Guerra Mundial.
Esos escenarios pueden parecer ciencia ficción, pero la amenaza de lo que los expertos llaman un “Pearl Harbor espacial” —un ataque sorpresivo contra satélites estadounidenses, que incapacite a las fuerzas de Estados Unidos incluso antes de disparar una bala— tiene muy preocupados a los planificadores del Pentágono. El espacio es el territorio elevado definitivo para los guerreros contemporáneos, y ningún ejército ha dominado esas alturas estratégicas con tanto éxito como Estados Unidos. Sin embargo, las constelaciones de satélites GPS, para vigilancia y comunicaciones de este país, se encuentran eminentemente indefensas, y esa vulnerabilidad no ha pasado inadvertida a China y Rusia. El resultado: se ha desatado una nueva carrera espacial de tres frentes, la primera desde el fin de la Guerra Fría, y que ahora incluye el desarrollo de armas para derribar los activos espaciales de los rivales.
“Estados Unidos, China y Rusia trabajan no sólo para utilizar el espacio, sino para quitárselo a los otros”, dijo Singer, un estratega militar de New America Foundation, comité de expertos de Washington, D. C., en entrevista con Newsweek.
El mes pasado, el presidente chino Xi Jinping hizo una visita muy divulgada a una base de la fuerza aérea en Pekín, donde ordenó a sus generales que afinaran las capacidades defensivas y ofensivas del país en el espacio, como preparación para lo que, según muchos analistas militares chinos, es una guerra espacial inevitable con Estados Unidos. China —igual que Estados Unidos y Rusia— ha enviado astronautas al espacio y aterrizado una nave en la luna, e incluso está desarrollando su propia estación espacial. Por su parte, el Pentágono señala que Pekín sigue escalando su capacidad militar en el espacio, con el lanzamiento de 142 satélites que proporcionan inteligencia, navegación, comunicaciones y pronósticos climáticos, los cuales pueden “limitar o impedir el uso de activos espaciales a sus adversarios durante momentos de crisis o conflicto”.
Una guerra espacial tendría implicaciones pasmosas. Si estallara un conflicto, digamos, por las pretensiones de Pekín en el Mar de la China Meridional o por la agresión rusa en Europa Oriental, los satélites estadounidenses no serían los únicos activos en riesgo. El combate también incapacitaría los satélites civiles que controlan gran parte de la vida moderna, desde las redes de telefonía celular hasta los cajeros automáticos y las unidades GPS personales. Y aunque el conflicto comience en el espacio, los expertos afirman que fácilmente podría ascender a una guerra en gran escala en la Tierra. “Si algún día la guerra llega al espacio —y esperamos que nunca ocurra—, la primera respuesta [nuclear] no ocurrirá en el espacio”, previene el general John Hyten, director del Comando Espacial de la Fuerza Aérea de Estados Unidos.
Este año, el Pentágono gastará 2000 millones de dólares en medidas para contrarrestar amenazas para sus satélites de seguridad nacional. Mas se espera que la cifra se dispare como parte de los 22 000 millones de dólares reservados para mantener la superioridad estadounidense en el espacio en 2017. Funcionarios estadounidenses de alto nivel explican que esas enormes inversiones reflejan que el Pentágono ha reconocido un gran cambio en las capacidades de Estados Unidos, China y Rusia. Señalan que, durante los primeros 25 años posteriores al fin de la Guerra Fría, las fuerzas convencionales estadounidenses no tuvieron rival gracias, en buena medida, a las ventajas que conferían sus satélites en el campo de batalla. Desde que hicieron su debut, en 1991, durante la Guerra del Golfo Pérsico, los satélites han dirigido las municiones de precisión, proporcionado comunicaciones mundiales a los comandantes, y ayudado a las fuerzas estadounidenses a navegar el planeta.
Pero en los últimos 15 años, periodo en que los dólares para la defensa fueron desviados al pago de las guerras en Oriente Medio, China y Rusia han desarrollado armas avanzadas que “desafían nuestras ventajas… sobre todo en los escenarios de guerra cibernética, electrónica y espacial”, dice Robert Work, secretario de Defensa adjunto. “En consecuencia, nuestro margen de superioridad tecnológica se está erosionando lentamente”.
Hoy ya no es posible ignorar a Pekín y Moscú. Con su capacidad para denegar acceso, interferir y degradar los satélites estadounidenses, tan difíciles de defender, advierte el teniente general David Buck, comandante del 14º cuerpo de la Fuerza Aérea, “no hay un solo elemento de nuestra arquitectura espacial que no esté en riesgo”.

Dispara a la luna: Analistas militares chinos creen que una guerra espacial con Estados Unidos es inevitable. Foto: Qilai Shen/EPA
MISILES, LÁSERES Y ROBOTS ESPACIALES
En diciembre pasado, el Comando Espacial de la Fuerza Aérea en Colorado Springs montó unos ejercicios de guerra en gran escala en el espacio exterior, ambientados en el año 2025. Participaron alrededor de 200 expertos militares y civiles de Estados Unidos, así como representantes de Gran Bretaña, Canadá, Australia y Nueva Zelanda. Los detalles están altamente clasificados, igual que el arsenal de armas espaciales del ejército estadounidense. No obstante, el Comando Espacial informó que el ejercicio “incluyó un espectro completo de amenazas en diversos ambientes operativos”. Traducción: los participantes tenían que enfrentar todos los peligros conocidos para los satélites estadounidenses, además de algunos cuya existencia se sospecha.
Las amenazas conocidas incluyen misiles balísticos chinos que pueden derribar satélites estadounidenses en órbitas terrestres bajas, a unos 800 kilómetros de altura, y posiblemente en órbitas geoestacionarias altas, a unos 35 400 kilómetros sobre la Tierra. China y Rusia también tienen láseres terrestres que pueden cegar la cámara de un satélite de reconocimiento, o quemar completamente una nave espacial, y según los expertos, los láseres montados en naves están a pocos años de hacer su aparición. También se piensa que Moscú y Pekín están desarrollando satélites que pueden inhabilitar, sacar de curso o destruir otros satélites.
Asimismo, cualquier combatiente espacial podría verse implicado en ciberataques como el de 2011, cuando un hacker rumano accedió a datos satelitales confidenciales de la NASA. Funcionarios estadounidenses dicen que, tres años después, China jaqueó la red de satélites de la Administración Nacional Oceánica y Atmosférica de Estados Unidos, el pronosticador climático del país, ocasionando un cierre de dos días. Aquella infiltración expuso una vulnerabilidad peligrosa: en un escenario parecido al que Singer y Cole describen en su novela, los hackers podrían reprogramar un satélite estadounidense para enviar informes climáticos, coordenadas y otra información falsa a las fuerzas estadounidenses y sus aliados, arruinando la planificación, la navegación y los objetivos. Singer, quien trabaja como consultor del Comando Espacial de la Fuerza Aérea y la comunidad de inteligencia de Estados Unidos, dice que los hackers de satélites podrían, incluso, redirigir un misil estadounidense para atacar sus propias fuerzas, o alterar el curso de un satélite.
No es la primera vez que los planificadores militares temen la amenaza de una guerra espacial. A partir de 1957, cuando la Unión Soviética lanzó su Sputnik —el primer satélite artificial—, Estados Unidos, temeroso de un ataque soviético desde el espacio, comenzó a explorar la manera de derribar satélites, así que el ejército estadounidense emprendió una serie de pruebas nucleares en el espacio. Una de ellas, que se llevó a cabo a unos 400 kilómetros sobre el Pacífico Sur, en 1962, generó un pulso electromagnético tan poderoso que quemó los dispositivos electrónicos de cinco satélites estadounidenses, y provocó cortes eléctricos, telefónicos y de radio a miles de kilómetros de distancia. Aquellas pruebas se interrumpieron en 1967 bajo el Tratado del Espacio Exterior de las Naciones Unidas, el cual prohibió el emplazamiento de armas de destrucción masiva en el espacio.
Durante el resto de la Guerra Fría, los satélites de vigilancia poderosos se convirtieron en componentes críticos de los sistemas estadounidenses y soviéticos de alarma temprana para detectar preparativos de pruebas nucleares o lanzamientos de misiles. Sin embargo, eso no impidió que las superpotencias rivales encontraran la manera de sacar ventaja en el espacio. Los soviéticos desarrollaron el equivalente espacial a un auto bomba suicida, un vehículo no tripulado que podía situarse junto a un satélite estadounidense en órbita y hacerlo estallar. En la década de 1980, el presidente Ronald Reagan lanzó su multimillonaria Iniciativa de Defensa Estratégica, que recibió el desdeñoso apodo de “Guerra de las Galaxias”, la cual requería de una combinación de interceptores terrestres y láseres espaciales para escudar a Estados Unidos de un posible ataque soviético con misiles. En 1985, Reagan demostró la pericia estadounidense cuando un caza F-15 de la Fuerza Aérea, que volaba a más de 11 000 metros de altura, lanzó un misil que destruyó un satélite estadounidense defectuoso.
Pese a todo, Estados Unidos y la Unión Soviética nunca combatieron en el espacio porque, según funcionarios estadounidenses, ambos reconocían que sus satélites de alarma temprana eran componentes críticos de su arsenal nuclear. De manera que cualquier ataque contra los satélites rivales se habría considerado el disparo inicial de una ataque nuclear, y habría provocado una represalia nuclear inmediata. “Tanto nosotros como los soviéticos teníamos presentes las líneas rojas que no debíamos cruzar, en términos de ataques contra los sistemas espaciales”, dice Work, el secretario de Defensa adjunto.
Pero al finalizar la Guerra Fría, en 1991, el ambiente espacial se complicó mucho. Cerca de 60 países terminaron reuniéndose con Estados Unidos y Rusia en el espacio, creando una guirnalda de aproximadamente 1100 satélites que circundan el planeta. Mientras tanto, las fuerzas estadounidenses se volvieron cada vez más dependientes de sus satélites, no sólo para la alerta nuclear temprana, sino también para requerimientos militares convencionales, como comunicaciones, informes climáticos y navegación. Mas el Pentágono no dedicó mucho tiempo a pensar en cómo protegerlos. Los líderes militares de la única superpotencia mundial terminaron por considerar que el espacio era un santuario estadounidense, y tanto el personal como los presupuestos fueron desviados a otras prioridades. “Y nuestros adversarios se dieron cuenta”, afirma Singer.
SOBREVIVIR A UN ATAQUE
En enero de 2007 surgió la sospecha de que China estaba desarrollando armas antisatelitales cuando Pekín lanzó un misil que destruyó uno de sus viejos satélites climáticos, el cual se encontraba en una órbita baja alrededor de la Tierra. Luego, en 2013, China probó un misil que subió 29 000 kilómetros, suficiente para derribar satélites GPS estadounidenses y casi alcanzar los satélites de alerta temprana del ejército, que se encuentran en una órbita geoestacionaria a 35 400 kilómetros sobre la Tierra. Se piensa que China realizó pruebas parecidas en 2010, 2014 y 2015, lo que llevó a los planificadores del Pentágono a la conclusión de que implementará dichos misiles, y pondrá los sistemas espaciales estadounidenses bajo constante amenaza. “Nadie tiene un plan de desarrollo a siete años si no pretende volverlo operativo”, dijo Hyten, el jefe del Comando Espacial de la Fuerza Aérea, el año pasado.
Entre tanto, las sospechas persistentes sobre un nuevo centro de armas espaciales rusas se fundamentan en el lanzamiento de cuatro satélites militares en 2013 y 2014. Según Brian Weeden, excapitán de la Fuerza Aérea y especialista en vigilancia espacial, tres de dichos satélites han cambiado de órbita varias veces: se acercaron a una nave espacial rusa e incluso chocaron con ella. El cuarto maniobró cerca de varios satélites rusos recién lanzados, y también se aproximó mucho a dos satélites de comunicación comerciales Intelsat. Algunos expertos cuestionan que los satélites tengan capacidad ofensiva, pero Weeden no lo duda. “Son ASATS”, dijo a Newsweek, usando las siglas militares en inglés de armas antisatelitales.
Los planificadores militares de Estados Unidos ya están debatiendo la mejor manera de proteger los satélites militares del país y de mantener el flujo de información proveniente del espacio, en la eventualidad de que los satélites sean derribados en un conflicto. El Pentágono enfatiza el concepto de resiliencia, de expandir el uso de las defensas existentes en algunos de los satélites más recientes del ejército. Dichas defensas abarcan desde añadir un obturador más grueso a la cámara de un satélite espía para protegerla de un ataque con láser, hasta fortalecer las señales del satélite para prevenir interferencias. Otros métodos contemplan cambios de frecuencia, para que los satélites transmitan datos en frecuencias alternativas en caso de interferencia. El Ejército también ha diversificado sus fuentes de información adquiriendo dichos datos de países neutrales y satélites comerciales.
Funcionarios militares están buscando alternativas a la navegación GPS. Asimismo, están considerando, seriamente, dos programas multimillonarios dirigidos a satélites críticos para las defensas nucleares estratégicas del país, pero que también incluyen capacidades para vigilancia y comunicaciones convencionales. Esos complementos se volvieron comunes cuando el espacio era un lugar incontestado, y el principal interés del ejército era sacar el máximo partido al dinero que desembolsaba en cada costoso lanzamiento satelital. No obstante, funcionarios del Pentágono señalan que esos satélites multitareas son blancos tan apetitosos para los adversarios de Estados Unidos que tendría más sentido distribuir sus capacidades en satélites más pequeños y económicos, una estrategia que denominan desagregación.
“La naturaleza cambiante de las amenazas del espacio, eminentemente las armas antisatelitales y los bloqueadores de transmisiones que desarrollan países como China y Rusia, es lo que determina parte de esta estrategia”, dijo Frank Kendall, principal comprador de armas del Pentágono, durante una reunión de empresarios espaciales celebrada en Washington, en febrero.
Conforme el Pentágono explora nuevas formas de proteger sus satélites, el plan B de Estados Unidos sigue siendo la disuasión de amenazas de represalias. Según los satélites que sean atacados, Estados Unidos podría limitarse a derribar los satélites enemigos equivalentes. Sin embargo, si China o Rusia destruyeran los satélites de alerta nuclear temprana y de comunicaciones estratégicas del Pentágono, los estrategas militares consideran que la respuesta de Estados Unidos difícilmente se limitaría al espacio.
“Interpretaríamos semejante ataque como una guerra contra nosotros”, dice Singer. En ese escenario, probablemente serían destruidos los satélites comerciales, junto con la infraestructura civil espacial de la Tierra. “Una guerra en el espacio involucraría rápidamente el mundo civil”, asegura.
Esas escenas se describen en Ghost Fleet, que ahora es lectura obligada para los planificadores militares del Comando Espacial de Estados Unidos, así como para el Ejército, la Armada, la Marina y la CIA. Hace poco, Singer testificó ante el Congreso y rindió un informe al personal del Consejo de Seguridad Nacional de la Casa Blanca sobre las lecciones de mundo real de su thriller, el cual contiene 400 notas al pie sobre armamento espacial, y los planes de batalla de Estados Unidos, China y Rusia. “Es una novela, pero también una visión realista de cómo se desarrollaría una guerra si perdemos la batalla inicial en el espacio”, dice Singer. Y concluye: “Esperemos que esto se quede en el ámbito de la ficción”.