Concedamos un voto de confianza al Génesis, el primer libro del Tanaj y de la Torá, Adán y Eva lo pasaban bien en el jardín del Edén. Al parecer, nada les faltaba por ahí. Preservar dicho bienestar sólo precisaba el cumplimiento de un requisito: abstenerse de comer del árbol de la ciencia del bien y del mal.
Pero la serpiente los tentó… Y ellos cayeron. La violación de este precepto les atrajo la muerte y otros males.
Con el sistema financiero global y los evasores sucede lo mismo.
El jardín del Edén siempre ha sido generoso. Incluso en tiempo de tasas de interés bajas —como los que corren—, los prestidigitadores financieros son capaces de amasar jugosas fortunas para sus clientes invirtiendo en bonos emergentes, fondos mixtos con volatilidad controlada, ETF (mezcla de fondos de inversión y acciones) y en una variopinta selección de instrumentos derivados. El sistema financiero es a tal punto espléndido que permite que algunos se enriquezcan también cuando otros pierden millones. La especulación contra las divisas y las materias primas son un ejemplo de ello.
Pero el ser humano es insatisfecho por naturaleza.
Comer el fruto del árbol de la ciencia del bien y el mal —esconder fortunas y evadir impuestos cuando estas se multiplican— es algo difícil de declinar, especialmente cuando la serpiente ha dicho que no hay nada que temer.
ANFISBENA
En este Edén financiero, la punición por ingerir el fruto prohibido comenzó a manifestarse un día muy concreto: el 2 de abril de 2009.
Ese jueves de primavera, las economías del G-20 (amasijo de gigantes desarrollados y emergentes) atravesaban lo más infausto de una crisis global. Sus mandatarios temían un contagio sistémico y tomaron medidas radicales para evitarlo.
Una de ellas fue atacar frontalmente los paraísos fiscales y a los evasores. Necesitaban fondos urgentemente.
Es imposible cifrar la evasión mundial, pero la Red para la Justicia Fiscal (TJN, por sus siglas en inglés) estima que las fortunas no declaradas sumarían hoy unos 25 billones de dólares en el mundo. Mucho dinero.
El G-20 anunció en Londres que, a partir de ese momento, la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OCDE) sería su brazo ejecutor en la lucha contra los infractores fiscales.
Todos tenían claro que la serpiente, en ese caso, era anfisbena.
Una de sus cabezas la constituían los bancos internacionales (UBS, HSBC y Credit Suisse, entre muchos otros) promotores del desplazamiento de fondos hacia destinos en donde constituir empresas fantasma, fideicomisos y otras sofisticadas estructuras ajenas al pago de impuestos era algo común.
La otra cabeza estaba conformada por las circunscripciones que consentían (consienten) estas prácticas.
Aquel 2009, la OCDE anunció una “lista negra” de paraísos fiscales y otra “gris” de territorios que casi lo eran. Ahí estaban Malasia, Uruguay, Costa Rica, Panamá y Filipinas, pero también Bélgica, Austria y Suiza.
Salir del deshonroso índice exigía apegarse a nuevas reglas de transparencia dictadas por la OCDE e, incluso, los más reacios (como los tres países europeos antes citados, además de Luxemburgo, Liechtenstein, Singapur, Hong Kong y las Islas Caimán) fueron cediendo en los siete años posteriores. Panamá rehusó.
Hoy 80 países (México incluido) se han comprometido a aplicar el intercambio automático de información que pone fin al secreto bancario.
Esto es, los gobiernos compartirán sistemáticamente información bancaria sensible sobre sus clientes, sin importar si estos últimos son “justos” o “pecadores” en términos fiscales. Actualmente las cosas funcionan de otra manera: si un gobierno sospecha que alguno de sus ciudadanos evade impuestos —vía inversiones asentadas en otra nación— debe solicitar colaboración expresa al Estado en cuestión para reunir las pruebas que le permitan probar o desechar su hipótesis.
Muchos de ellos comenzarán en septiembre de 2017 (la totalidad de los países de la Unión Europea, México, Canadá y Argentina, entre otros), grupo que ha sido llamado por la OCDE early adopters. Un segundo corro (que incluye a China, Australia, Suiza o Aruba) arrancarán en septiembre de 2018.
Estados Unidos se rige por sus propias reglas. En 2013 puso en vigor la Ley de Cumplimiento Tributario de Cuentas Extranjeras (FATCA, por sus siglas en inglés), diseñada para frenar la evasión de los ciudadanos estadounidenses con cuentas en otros países, pero colaborará con sus contrapartes.
ADIÓS AL PARAÍSO
El cerco se cierra, pero el Edén financiero global era cuasi infinito. En la década de 1970 había una docena de territorios considerados como paraísos fiscales. Hoy son casi 90. Los nombres evidentes son Panamá o Belice, pero también en Londres, Nevada o Delaware es posible manejar capitales corporativos preservando el anonimato de los dueños (un tema que eluden sistemáticamente Estados Unidos y Gran Bretaña).
Los documentos panameños de Mossack Fonseca pusieron sobre la mesa 11.5 millones de datos —analizados minuciosamente por el Consorcio Internacional de Periodistas—, exhibieron a una docena de jefes de gobierno y también a centenares de políticos y empresarios que tienen nexos financieros con este país centroamericano.
Pero también existen los “Dubai papers” o los “Hong Kong papers” aunque no hayan sido ventilados aún. Lo que conocemos es un fragmento de lo que hay.
RIGOR…
La expulsión del paraíso no es pues negociable. Se comió el fruto prohibido durante años, se publicaron los documentos de Panamá y los primeros cambios ya se están materializando.
Dado que no es ilegal invertir en el extranjero, sino evadir impuestos sobre esas fortunas, las reformas deben considerar esta realidad.
En días pasados, el Parlamento Europeo acordó de forma preliminar acelerar un proyecto largamente analizado por la Unión Europea (UE) para endurecer los castigos que aplican al fraude fiscal.
También se esperaría que, en menos de tres años, las multinacionales que operan en la UE estén publicando informes detallados sobre los socios que tienen en cada país europeo en el que operan, así como las gestiones financieras que realizan en circunscripciones con dudosa reputación fiscal.
De este lado del Atlántico, durante la celebración de la asamblea de primavera del Fondo Monetario Internacional (FMI) y del Banco Mundial (BM), en abril, se anunció que los gemelos de Bretton Woods, junto con la ONU y la OCDE, lanzarán una plataforma conjunta de apoyo a los países pobres para fortalecer sus sistemas fiscales.
Y el premio Nobel de Economía, Joseph Stiglitz, ofreció su ayuda a Panamá para revisar sus políticas financieras en busca de una mayor transparencia.
En México, el Servicio de Administración Tributaria (SAT) confirmó que investigará las empresas y personas públicas que aparecieron en los documentos de Panamá.
Pero los gobiernos deberán enfrentar sus limitaciones.
…Y CLEMENCIA
El trabajo colegiado entre Estados y el intercambio automático de información permitirán rastrear infractores, pero procesar los datos será una tarea lenta, onerosa y burocrática.
Los bancos incurrirán en nuevos gastos y seremos los clientes quienes los pagaremos. Las administraciones gubernamentales, en su turno, deberán contratar personal para atender la tarea de compartir la información bancaria con otros gobiernos.
Ver resultados será un proceso que tomará varios años.
No es descartable pues que reviva un tema que muchos gobiernos han descartado en público, pero que querrán analizar en privado. Poner en marcha amnistías fiscales durante periodos puntuales que permitan a los evasores declarar voluntariamente los fondos opacos que tienen en el extranjero.
Se les aplicaría un castigo financiero, pero luego podrían repatriar libremente sus haberes o mantenerlos fuera, pero ya identificados y pagando regularmente los impuestos que corresponden en su país de origen.
Canadá acaba de hacerlo —con toda discreción— con acaudalados clientes del despacho contable KPMG que tenían millones de dólares resguardados en la Isla de Man.
El Edén financiero se irá compactando, sí, pero es tal su talla que algún grado de redención siempre será negociable por el 1 por ciento de la población mundial que, infortunadamente, posee 99 por ciento de las fortunas terrenales. Y si no, tiempo al tiempo.