Verdugos: asesinatos brutales y otras historias secretas de militares, el nuevo libro de la periodista Ana Lilia Pérez, se publica justamente en uno de los momentos más álgidos del Ejército mexicano, cuando un gran escándalo se ha generado en torno a las fuerzas armadas después de que se develara, por medio de un video, que un par de soldados torturó a una mujer, acusada de secuestro, en Ajuchitlán, Guerrero, presuntamente para arrancarle alguna información.
”No me sorprende que en ningún momento los ves inmutarse”, dice Ana Lilia Pérez en entrevista con Newsweek en Español. “Es como si (los militares) estuvieran haciendo algo mecánico. No hay expresión en ellos porque estas prácticas suelen ser algo más frecuentes de lo que se ha reconocido públicamente”.
Un militar termina convirtiéndose en verdugo de la sociedad y de su entorno, añade, en parte debido a que padece un trastorno mental indetectable. De esta forma, “se vuelve algo mecánico esta práctica de obtener confesiones mediante torturas, como la que vimos recientemente”.
En Verdugos, publicado bajo el sello de la casa editorial Grijalbo, la autora examina la violencia de las filas castrenses y cuestiona la impunidad en numerosos casos en los que se ha permitido que militares infrinjan la ley, violen los derechos humanos y ataquen a la población civil sin que haya consecuencia judicial alguna.
Además, a partir del dato duro respecto a que cada año 470 miembros del ejército ingresan en hospitales por diagnóstico de enfermedades mentales, procura develar lo que existe alrededor de esa estadística y trazar algunas respuestas a la luz del violento presente que vive el país.
En el año 2002, Pérez Mendoza supo del caso de un militar que asesinó a dos adolescentes en Coahuila. En la investigación y durante la propia reconstrucción del caso concluyó que resultaría sobremanera difícil plantear el hecho de que un militar trastornado mentalmente una noche asesinara a dos jóvenes y luego escapara de su batallón.
“Eso me llevó a preguntarme en qué situación están los ciudadanos frente a este tipo de militares. En ese momento aún no se veían tantos soldados en las calles, era un año en que todavía no se hablaba de la llamada guerra contra las drogas. Fui registrando otros elementos sobre qué tan frecuente era la afectación mental, qué tan común era en los campos militares, en los batallones. Había tenido también acercamiento con oficiales del ejército desde que habían ingresado en las escuelas del Heroico Colegio Militar, yo los había visitado en distintas ocasiones y había sido testigo del modelo en que se aplica la disciplina militar, que es la ley no escrita con la cual se forman los militares”.
—Es decir, ¿la disciplina tan ruda, tan rígida, de alguna manera afecta el desempeño y desarrollo mental del militar?
—Esto no es algo con lo que yo esté especulando, hay una cifra de que cada año unos 470 militares son ingresados en áreas psiquiátricas por afectaciones que se relacionan con el propio modo de vida castrense. Yo pude observarlo directamente cuando tuve entrada en uno de los centros de adiestramiento militar más importantes del mundo, el Centro Kaibil en Guatemala, donde presencié de manera directa el tipo de entrenamiento que se les da a los militares, pude ver cómo en ese periodo de entrenamiento hay militares que han visto afectadas sus condiciones mentales derivado del propio entrenamiento, y lo han reconocido los propios entrenadores del centro, que hay afectaciones, que no todos pueden tolerar ese tipo de entrenamiento.
—Y algunos militares seguramente mueren en el intento…
—Hay militares que incluso mueren en ese modelo de entrenamiento por las pruebas mismas que se les exigen, por ejemplo, correr 19 horas al día en la selva, nadar en ríos atestados de cocodrilos, lanzarse al vacío, ese tipo de pruebas que, si las observa uno como civil, resultan sobrehumanas. Pero desde la explicación misma de los jefes de la escuela kaibil a quienes entrevisté, el 90 por ciento de este modelo de entrenamiento es de carácter psicológico. ¿Qué implica esto? Que se trabaja con la mente de los militares de manera permanente y no todos están capacitados para ello. Aquí hay que recalcar que a quienes se introduce en este modelo de entrenamiento no es al soldado recién enrolado, es gente que ya tiene años en la milicia y son oficiales. La mayoría de quienes toman este curso tienen niveles de teniente o capitán, es gente que ya tiene detrás una historia en la milicia en su país de origen.

A lo largo de su trayectoria periodística, Ana Lilia Pérez ha obtenido toda clase de galardones y reconocimientos. De entre estos destacan el Premio Nacional de Periodismo, el Premio México de Periodismo y el premio Leipziger Medienpreis en Alemania.
Como periodista de investigación, en el año 2005 obtuvo en Panamá el reconocimiento del Fondo de las Naciones Unidas para la Infancia (Unicef) por un reportaje sobre tráfico de niñas centroamericanas en México a manos de agentes del Instituto Nacional de Migración.
Después de Guatemala —añade en referencia al tema de su libro—, México es el país extranjero que tiene el mayor número de kaibiles.
“Cada año el Ejército mexicano envía militares a entrenarse en ese centro kaibil, y después esos militares se reproducen como entradores en sus propios centros, en sus batallones. Es decir, ellos se convierten automáticamente en adiestradores de miembros de las fuerzas armadas”.
—¿En qué momento el militar se convierte en verdugo?
—Es muy grave que también se tenga militares denunciando que han sido víctimas de este modelo de tortura por parte del organismo en investigaciones internas del Ejército mexicano. Este tipo de prácticas también ocurren dentro de las propias instalaciones, pero en perjuicio de sus propios integrantes. ¿Dónde se convierte el militar en un verdugo? En este caso, no hay un límite en cuanto a la agresión que ejerce el militar, pero también se ha convertido en algo mecánico, y esto tiene que ver con la impunidad que ha habido en muchos casos, donde se han encubierto los crímenes en los cuales han incurrido militares. Durante muchos años se han encubierto este tipo de asuntos con el argumento de que lo que ocurre en el ámbito militar tiene que quedarse en el ámbito militar, incluso se litigan en la esfera castrense. En años recientes se habla ya de eliminar ese fuero, pero en la práctica se sigue manejando de manera discrecional.
—Desde tu perspectiva, ¿en qué medida la milicia es responsable del violento presente?
—Creo que es copartícipe del violento presente. Por ejemplo, en el caso del modelo de agresión que han desarrollado organizaciones criminales como Los Zetas, cuyos vínculos militares llegan más allá incluso de este país. Su tipo de prácticas en cuanto a negocios y expansión tiene toda la formación y las prácticas de la milicia, cortar la cabeza a las personas es de los kaibiles, es una forma de “combatir” al enemigo mediante el ejercicio del terror. Por eso digo que este entrenamiento kaibil es 90 por ciento psicológico, porque las organizaciones criminales mexicanas se han dado cuenta, y esto a partir del tipo de operación de Los Zetas, de que la mejor manera de controlar a sus enemigos o a quienes son víctimas de las organizaciones criminales, y hablo de los ciudadanos, es mediante el terror.
—¿Por qué parece que la justicia generalmente no alcanza a los militares?
—Así parece y así ha sido en nuestro país durante muchos años. Creo que se ha malinterpretado la esencia del ejército y la institucionalidad de las fuerzas armadas mexicanas. Yo estoy convencida, y porque pude verlo en esta investigación, de que hay militares que en realidad creen en el honor de las propias fuerzas armadas y lo practican. Sin embargo, tampoco podemos cerrar los ojos a militares que han hecho un abuso del poder que tienen dentro de las fuerzas armadas y que lo aplican de manera cotidiana en el ejercicio del mando, que es un mando totalmente vertical.
“Creo que tiene que ver también con el uso a modo que han hecho los gobiernos de los militares, a quienes se les ha utilizado para tareas sucias por parte del propio Ejecutivo, y esto ha dañado al ejército. En estos meses también hemos escuchado voces de miembros de las fuerzas armadas que han dicho, por ejemplo, cómo los afectó públicamente que se les asignara la tarea de la llamada guerra contra las drogas, cómo se les mandó a las calles sin estrategia y cómo el Ejecutivo decidió enviarlos a estas tareas sin que se supiera la situación en la que se encontraban en esos momentos las propias fuerzas armadas, porque ya había militares vinculados con el narcotráfico, es decir, ya tenían al enemigo en casa, y aun así los mandaron sin que se revisara cómo estaban las filas del ejército”.
—Desde luego, ello también ha contribuido a las múltiples deserciones…
—¿Por qué cada año se registran miles de deserciones de las fuerzas armadas? Algo debe de estar mal por ahí, es algo que se debería revisar. Pero creo que lo que ha contribuido al deterioro de la imagen, lo cual es muy lamentable, y lo digo como ciudadana antes que como periodista, es el ocultamiento que ha habido de los casos que ocurren dentro de las filas castrenses; ese ocultamiento con el cual se han litigado casos de militares implicados en delitos, esa cerrazón que ha habido frente a la ciudadanía mexicana por parte de las fuerzas armadas.
“El ejército —concluye— debe hacer una revisión propia de lo que ocurre en su interior y ser transparente frente a la sociedad porque esa será la única manera de recomponer la institución. Y también hace falta mucho compromiso de la propia sociedad para sentir que el caso de tortura no afectó únicamente a la mujer que está siendo torturada, sino que es una afectación a toda la sociedad; que si así es como se obtienen las confesiones, mediante ese tipo de prácticas, dónde estamos, en quién vamos a confiar”.
