Los estadounidenses no están listos para lo que Sanders apoya

Por lo general, no me pienso
como alguien en el negocio de dar pronósticos, pero resulta que a menudo
escribo lo que podría considerarse como predicciones.

“Si el Congreso hace esto, entonces
las siguientes cosas buenas o malas sucederán”. “La decisión del Presidente
Obama en ese otro asunto no tendrá efectos de una u otra manera”. Y en mi
modalidad de economista: “Dado lo que sabemos, la economía se desplomará este
mismo año”.

A veces estas predicciones son
correctas, y a veces me equivoco. (En la economía, tiendo a ser pesimista; o
para parafrasear la frase de Paul Samuelson de una famosa columna de Newsweek, he predicho exitosamente nueve
de las últimas cinco recesiones.)

Sin embargo, rara vez me han
pillado tan fuera de la base como el 1 de marzo de este año, que fue el Súper
Martes. En un ensayo que trataba principalmente de la deshonestidad de Donald
Trump y la disfunción del Partido Republicano, me tomé solo unos momentos para
comentar sobre la mucha más predecible contienda demócrata:

Las primarias del Súper Martes
de este año seguramente se desarrollarán como se planeó en el bando demócrata.
Bernie Sanders no abandonará mañana, pero en este punto es casi imposible
imaginarse a cualquiera que no sea Hillary Clinton como la candidata final del
Partido Demócrata.

A partir de este día, Clinton
tratará de no distanciar a los partidarios de Sanders, en vez de buscar maneras
de emplear el entusiasmo de ellos en noviembre, incluso mientras ella se pasea
hacia la victoria. La única pregunta interesante que resta para los demócratas
es elegir al compañero de planilla de Clinton.

Como diría Rick Perry: “¡Ups!”

Aun cuando la gran victoria de
Clinton previamente esta semana en Nueva York quitó toda duda sobre su
candidatura final, ella difícilmente ha tenido un paseo. Aún más, mi suposición
de que Clinton pasaría el resto de la temporada de primarias portándose bien
con Sanders y sus partidarios ha resultado ser espectacularmente errónea. La
campaña se ha vuelto rotundamente desagradable en ambos bandos, y solo puedo
imaginar que Clinton sueña con el día en que el ciclo de noticias se enfoque en
su elección de candidato a la vicepresidencia.

Con base en todo lo que he
leído, tanto el bando de Clinton como el de Sanders piensan que su oponente es
el culpable de las situaciones desagradables. Como todos, tengo mis opiniones
sobre quién tiene más culpa, pero eso al final no es muy importante. No
obstante, me sorprende la intensidad de las críticas, porque no veo una brecha
lo bastante grande entre las visiones sustanciales de los dos candidatos para
justificar lo que vemos, y porque ninguno de los candidatos parecía inclinado a
ser negativo gratuitamente cuando todo esto empezó.

Para ser claros, yo elegiría a
Clinton como la candidata del partido. Digo esto no solo con algo de
reticencia, sino con una sensación genuina de sorpresa. Desde hace mucho he
criticado de la presidencia triangulada de Bill Clinton, en maneras similares a
las que Sanders ha repetido durante su campaña, y también me ha preocupado que
Hillary Clinton sea una trianguladora todavía más entusiasta que su marido. Si
alguien habría de abrazar a un candidato que no fuera Clinton en la contienda
de este año, debí haber sido yo.

Aún más, la agenda política de
Sanders es en gran medida mi agenda política. ¿Atacar la desigualdad (gravar la
riqueza, aumentar el salario mínimo, y demás), criticar el dinero grande en la
política, apoyar los fondos para la educación superior, controlar a Wall
Street, promulgar un sistema de salud pagado solo por el gobierno, y oponerse
las intervenciones militares? ¡Suscríbanme!

Cierto, he criticado a Sanders
por andar coqueteando con el público de Rand Paul contrario a la Reserva
Federal. (El profesor Dorf y yo coescribimos una columna en el Huffington Post
sobre el asunto, resumiendo un argumento que hemos expuesto en un artículo de
revisión legal de próxima aparición.) Pero como una declaración de sus
aspiraciones políticas, Sanders sería una elección sencilla para un progresista
como yo.

Sin embargo, al contrario de
los progresistas que se han aliado con Sanders, he sido incapaz de convencerme
a mí mismo de que su candidatura sería buena para el Partido Demócrata o para
el liberalismo en general.

Su respuesta a la pregunta
“¿cómo hará las cosas?” siempre es “necesitamos una revolución política en este
país”. Sí, así es, pero no va a pasar este año, y si los republicanos ganan la
Casa Blanca y/o conservan el control del Senado, las cosas serán mucho peores
de lo que serían en una presidencia de Hillary Clinton.

En realidad, puedo imaginarme a
Sanders ganando en una elección general (sobre todo dados sus oponentes
posibles), pero incluso si lo hiciera, él haría mucho menos probable que los
demócratas pudieran recuperar el Senado.

Una de las contiendas claves es
Ohio, la cual tiene a uno de los titulares republicanos tratando de
posicionarse como moderado y quien está desfasado con la fiesta Trump/Cruz. Al
senador Rob Portman le encantaría poder decir: “¡Podríamos tener un presidente
socialista! Voten por mí para tenerlo vigilado. Y recuerden, yo apoyo el
matrimonio gay, así que no debo ser un republicano típico”.

Eso es puramente cálculo
político, y yo podría estar tan equivocado como lo estuve al predecir la era
posterior al Súper Martes de buena voluntad entre los demócratas.

Sin embargo, en la sustancia de
la política, Sanders me preocupa genuinamente. Aun cuando rechazo fuertemente el
tono de Paul Krugman, hay mucho que decir con respecto a la afirmación de
Krugman de que Sanders en realidad no tiene mucho que decir fuera de sus
eslóganes.

Ha habido una discusión
desagradable entre los economistas del sistema y aquellos fuera del sistema con
respecto a la plausibilidad de los pronósticos económicos de Sanders, y de
nuevo me sorprende que yo esté de acuerdo con los economistas del sistema
cuando ellos dicen que Sanders está siendo demasiado optimista. (Yo apoyaría
las políticas bajo pronósticos más plausibles, pero sí objeto las afirmaciones
implausibles de Sanders.)

Como un aspecto positivo, ahora
pienso que hay razones para pensar que Clinton ha cambiado sus opiniones en
maneras que yo puedo apoyar con confianza. Ella ha sido retada apropiadamente
por sus opiniones del pasado, y me alegra que no le estén dando un pase
gratuito.

Pero se supone que el lado
positivo de la crítica sea que la persona a quien se critica sea capaz de
responder y actualizar sus opiniones como lo considere apropiado. Y las
opiniones actuales de Clinton no son —muy sensatamente— las mismas que sus
opiniones hace 20 años.

Repito, no digo esto con fe
cándida. Clinton tiene mucho equipaje a cuestas, y entiendo por qué mucha gente
tiene la sensación incómoda de que ella cambiará sus opiniones de nuevo en el
futuro. No obstante, incluso si me equivoco al apoyar cautelosamente a Clinton,
el hecho es que ella va a ser la candidata. Y en este punto, parece haber una
incertidumbre auténtica con respecto a si los partidarios de Sanders serán
capaces de apoyar a Clinton en la elección general. Honestamente no veo por qué.

“The Nightly Show with Larry
Wilmore” se ha vuelto un punto de reunión para el Odio por Hillary entre la
izquierda. El 20 de abril, por ejemplo, el panel de discusión incluyó a Susan
Sarandon, cuyas opiniones izquierdistas la atrajeron hacia Sanders en esta
campaña.

Pero la mordacidad desagradable
de sus comentarios fue asombrosa. Incluso Rory Albanese, el escritor principal
del programa y quien ha dejado en claro su desagrado por Clinton durante meses,
terminó sintiéndose motivado a retar a Sarandon y los otros, preguntándoles si
en verdad dirán que permitirían una victoria republicana en vez de una de
Clinton.

Por supuesto, en esta etapa del
proceso, las emociones todavía están muy arriba. Los partidarios de Sanders no
han tenido tiempo para procesar el fin de su sueño. Parece muy posible que la
mayoría de ellos sea capaz de dejarse convencer y lidiar con la dura realidad,
llegado el momento. La gente de Clinton hasta ahora no se ha hecho ningún favor
al tratar de suavizar esa transición, y la ira persistente por sus ataques
contra Sanders bien podría provocar que mucha de la gente de él se quede
inmóvil, pero mucha de la fealdad actual es ciertamente un momento pasajero.

Aún más, hay un paradójico lado
positivo para los jóvenes en cuyos corazones floreció entendiblemente el Amor
por Bernie. (¿No son divertidas las metáforas mezcladas?)

Los años de Obama demostraron
lo que sucede cuando nos excitamos con líderes transformadores. Obama en
realidad era, como lo he discutido muchas veces, un triangulador clintoniano
extraordinario. En la política económica en particular, él decepcionó una y
otra vez.

El problema es que él fue visto
como un liberal auténtico, dándoles a los republicanos la oportunidad de
bloquear sus iniciativas y luego decir que toda cosa decepcionante que ha
sucedido en los últimos siete años es prueba del Fracaso del Liberalismo.

Hillary Clinton no se presenta
como una política transformadora y revolucionaria. Ella trata de convertir en
virtud el incrementalismo, y dentro de lo que cabe, pienso que ella tiene un
buen argumento. Pero todos saben que ella (como cualquier presidente demócrata)
enfrentará una oposición intransigente de los republicanos. Cuando las cosas
fallen, será porque —y todos sabrán que es porque— Clinton no pudo hacer que
los republicanos cedieran.

Para decirlo de manera
diferente, las únicas sorpresas durante una presidencia de Clinton serían
sorpresas positivas. Ella posiblemente logre algunas cosas que les gusten a los
progresistas, pero no muchas. Lo que no hará ella será deslustrar el
progresismo, porque la candidatura de Sanders ha dejado totalmente en claro que
ella no es progresista.

Al contrario de Obama, Clinton
no puede ser sostenida como prueba de una mentira, porque al contrario de
Obama, la elección de Clinton no se habrá construido sobre un sueño
irrealizable de transformación.

Hillary Clinton presidirá algo
que es mucho mejor que cualquier alternativa republicana, y más importante aún,
cualesquiera fracasos durante su guardia no minarán los cambios a largo plazo
que apoyan Sanders y sus partidarios. El país (y, viene a resultar, el Partido
Demócrata) no está listo todavía para lo que apoya Bernie Sanders, pero lo
estará algún día.

Lo mejor que podemos hacer
ahora es pasar del punto A al punto B. Por poco estimulante que pueda sonar,
ser el candidato que prometa ser tan bueno como el momento lo permite (y nada
más) a menudo es exactamente lo que necesitamos. Hillary Clinton es esa
candidata.

Este artículo apareció primero en el sitio Dorf on Law.

Neil
H. Buchanan es un experto economista y legal, profesor de leyes en la
Universidad George Washington, y alto miembro del Instituto de Investigación en
ley y Política Tributarias, Universidad Monash, Melbourne, Australia. Él enseña
ley tributaria, política tributaria, y ley y economía. Su investigación aborda
los patrones tributarios y de gastos a largo plazo del gobierno federal,
enfocándose en déficits presupuestales, la deuda nacional, los costos del
sistema de salud y la seguridad Social.

Publicado en colaboración con Newsweek / Published in colaboration with Newsweek