Una marea de mujeres inunda la vía pública de la
Ciudad de México. Es la Primavera Violeta. Incontenible. Furiosa. La naturaleza
lo sabe: por eso las jacarandas resplandecen.
En México, país reconocido a nivel mundial por el
oprobio del feminicidio (seis mujeres son asesinadas cada día, de acuerdo con
la estadística oficial), las mujeres sólo tienen de dos: o se mantienen pasivas
y espectadoras de las violencias naturalizadas que día a día se ejercen sobre
sus cuerpos, o se articulan en un frente de combate.
La rabia acumulada pero también la alegría que les
produce el conservar la vida en un contexto de muerte —las sobrevivientes—, las
lleva a optar por la segunda opción. En el ejercicio de sororidad (solidaridad
entre mujeres) que se gesta en las redes sociales, germinan las primeras
semillas de la Primavera Violeta.
Feministas de todo México acuerdan realizar acciones
coordinadas que visibilicen y repudien el conjunto de violencias machistas que
lejos de cesar se recrudecen. Éstas abarcan desde el acoso callejero disfrazado
de galantería, hasta las desapariciones y los feminicidios.
La convocatoria se propaga como virus. Pronto
circulan en Internet más de 40 cárteles que convocan a igual número de
movilizaciones en todo el país. El negro y el morado: los colores distintivos.
De acuerdo con las convocantes, se trata de la “mayor movilización de mujeres
en toda la historia de México”.
Es 24 de abril de 2016. El día esperado. En
asamblea celebrada con anterioridad, se decide que la movilización de la Ciudad
de México inicie en el Estado de México (en concreto, en el palacio municipal
de Ecatepec) por ser la entidad que registra el mayor número de asesinatos de
mujeres a nivel nacional.
Así sucede. Los contingentes femeniles empiezan a
agruparse en este punto poco antes de las 10 horas. Lejos de ahuyentarlas, el intenso
calor parece inyectarles brío. Las batucadas resuenan.
“Ante violencias
machistas, autodefensa feminista”
Yakiri Rubio, quien estuvo tres meses presa por
defenderse del hombre que la violó e intentó asesinarla, hace presencia. Lo
mismo, Gabriela Nava, quien se atrevió a denunciar públicamente a la persona
que la acosó en el trayecto a su escuela. En realidad, son muchas las
presentes: rostros públicos y anónimos, juveniles y maduros.
“Estamos aquí para hacer un llamado a la sociedad y
a las autoridades que son cómplices de nuestros agresores, de nuestros
asesinos. Esta movilización es para exigir un alto a las agresiones, al acoso
callejero, a los feminicidios, a la violencia sexual de cualquier índole porque
ya estamos hartas. ¡Ya basta! Nos queremos vivas y libres”, comenta Yakiri.
Alrededor de
las 11:30 horas, los contingentes avanzan en caravana motorizada hacia el metro
Indios Verdes, el segundo punto de la movilización. Arriba de los camiones
nadie se calla. Las mujeres se asoman por las ventanas. Con sus cantos,
interpelan a la población: “Señor, señora, no sea indiferente, se mata a las
mujeres en la cara de la gente”.
En tanto, unas 40 personas se trasladan en
bicicleta. Ellas y ellos trazan su propio recorrido para arribar, en un grupo
igual de ruidoso, al monumento a la Revolución, la tercera parada estipulada en
la convocatoria.
Quienes van en la caravana de vehículos continúan su
recorrido en metro y se organizan para difundir lo más ampliamente su mensaje. Acuerdan
dividirse en pequeñas células para, así, abarcar más vagones. Sus cánticos y consignas
no pasan desapercibidas. Tampoco el contenido de las bolsitas que reparten entre
las pasajeras del transporte público: un silbato y un alfiler. El silbato es
para pedir auxilio en caso de acoso; el alfiler es para picar los testículos del
agresor, si éste no cesa su ataque, explican.
En una ciudad donde el acoso sexual es asunto
cotidiano, son contadas las mujeres que rechazan el obsequio. Un señor pide que
le den un paquete para su hija. “Ante las violencias machistas, la autodefensa
feminista”, corean las manifestantes.
Minutos después de las 15 horas, inicia la marcha a
pie, cuyo tramo abarca del monumento a la Revolución a la Victoria Alada (mejor
conocida como el Ángel de la Independencia). La marea humana supera las 10 mil
personas. Todas y todos unidos contra las violencias machistas.
“No fue un crimen pasional, fue un macho
patriarcal”; “Vivas se las llevaron, vivas las queremos”; “Ni una más, ni una
más, ni una asesinada más”; “No, no, no me da la gana, ser asesinada por quién
dice que me ama”, son algunas de las consignas que resuenan.
Desde el micrófono, el equipo organizador pide que
los contingentes de mujeres encabecen la movilización. Irinea Buendía y Norma
Esther Andrade, quienes han destacado por su ardua lucha para que los
feminicidios de sus hijas no queden impunes, son parte de la vanguardia.
“Estoy en esta marcha
porque quiero que se visibilice el contexto de violencia que las mujeres
estamos viviendo. Yo sé que con esta marcha no voy a traer a la vida a mi hija,
pero también quiero justicia en su caso porque sé que el asesino libre puede asesinar
a otra mujer”, dice Irinea.
Y agrega: “El contexto de violencia que las mujeres
estamos viviendo en Ecatepec, en todo el Estado de México y, finalmente, en
toda la República es sumamente grave, y las autoridades y el sistema tienen que
darse cuenta de que esto se ha desbordado”.
No es un mero
acto de rechazo y condena
En la Victoria Alada no hay equipo de sonido que
permita difundir el pronunciamiento que las manifestantes construyeron para
hacer público al término de la movilización. Es en el colectivo que ellas
encuentran la solución. Unas se turnan para leer el mensaje haciendo pausas de
vez en cuando; las otras, lo replican en coro.
Las mujeres feministas y no feministas, quienes se
reivindican apartidistas y de todas las diversidades, enfatizan en su propósito
común: manifestar el hartazgo y la rabia que han acumulado a raíz del conjunto
de violencias machistas (estructurales, culturales e institucionales) a las que
sobreviven.
“Hoy nos manifestamos multitudinariamente para
visibilizar estas violencias machistas. Pero no queremos dejar esta
movilización como un mero acto de rechazo y condena, sino que es nuestra vía
para denunciar y exigir”.
Pese a lo “amigable” que dice ser la Ciudad de
México, ellas denuncian que las violencias prevalecen también en esta porción
de territorio. Prueba de ello, son: la trata de mujeres encabezada por
Cuauhtémoc Gutiérrez de la Torre, líder del Partido Revolucionario
Institucional; la criminalización que enfrentó Yakiri Rubio, tras ejercer la
legítima defensa para repeler un feminicidio; el asesinato de cuatro mujeres y
un periodista, en la Colonia Narvarte; la agresión sexual contra la estudiante
Gabriela Nava y la periodista Andrea Noel; la situación de esclavitud laboral
que enfrentó la joven Zunduri; y el descuartizamiento de la menor Sandra
Camacho.
Las mujeres, quienes se resisten a ser consideradas
objetos sexuales, esclavas domésticas o propiedad privada, responsabilizan al
Estado mexicano del conjunto de violencias machistas que viven, en la medida en
que éste incumple con su obligación de proteger los derechos de igualdad, no discriminación
y a una vida libre de violencia.
Es por ello que instan a
las autoridades a atender de inmediato sus exigencias, mismas que, recalcan, no
pueden ni deben quedarse en el “archivo de lo postergable” pues “tienen la
gravedad y urgencia de asuntos de emergencia nacional”.