El 22 DE ABRIL, el Día de la
Tierra, los líderes de países de todo el mundo asistirán a una gran ceremonia
de firmas en las Naciones Unidas, para ratificar oficialmente las promesas de
reducción de gases de invernadero que hicieron en diciembre pasado durante la
conferencia climática de la ONU en París.
En vez de apresurarse a
ratificar la promesa, el presidente Obama debería trabajar en rescindirla.
Según el Acuerdo de París, la
mayoría de los principales países emisores de gases de invernadero ofrecieron
objetivos de emisiones más bien tímidos que se alineaban con los pronósticos
existentes. En contraste, el presidente Obama prometió una meta enérgica de
reducir las emisiones de gases de invernadero de EE. UU. de 26 a 28 por ciento
debajo de los niveles de 2005 para el año 2025.
Esa es una promesa que no puede
cumplir.
De hecho, en el tiempo que ha
pasado desde que el presidente Obama consiguió apoyo en la conferencia de París
al elogiar el papel de los líderes de EE. UU. en abordar el cambio climático, una
confluencia de baldazos de realidad ha revelado que mucho de lo que él dijo ha
sido una gran ilusión.
Para empezar, menos de dos
meses después de que el presidente dijo a los delegados que “le hemos dicho sí
a la primerísima serie de estándares nacionales limitando la contaminación por
carbono que nuestras centrales eléctricas pueden liberar al cielo”, la Suprema
Corte dijo “no tan rápido”. Al ordenar un aplazamiento al Plan de Energía
Limpia de la Agencia de Protección Medioambiental (EPA, por sus siglas en
inglés), la Corte señaló su preocupación en que el pilar central del plan de
Obama para lograr su reducción prometida de emisiones tal vez no sea del todo
legal.
La decisión de la Corte
posiblemente concluya junto con la elección de noviembre y la subsiguiente
designación de jueces. Se espera que esto retrase la implementación del Plan
Energía Limpia por varios años, si no es que lo anula por completo.
Cualquier resultado será un
golpe importante al programa de las reducciones de emisiones prometidas por
Obama. Y nadie afirma que el objetivo prometido pueda lograrse sin el Plan de
Energía Limpia (y otras cosas).
Para empeorar las cosas, la EPA
ha aumentado su cálculo de las emisiones de gases de invernadero de EE. UU. y
redujo su cálculo de la disminución reciente de emisiones. Esto no solo le
quita brillo a la afirmación de Obama en París de que “en los últimos siete
años, hemos hecho reducciones ambiciosas en nuestras emisiones de carbono”,
sino que también significa que el camino hacia el objetivo del presidente solo
se hizo más empinado.
Las cifras nuevas de la EPA se
dan a la luz de evidencia de que las emisiones de metano —un gas de invernadero
alrededor de 25 veces más fuerte que el dióxido de carbono— han aumentado
sustancialmente en la última década en vez de disminuir como la EPA lo había
reportado inicialmente.
La fuente de este aumento no se
ha identificado definitivamente, aunque las operaciones de recuperación de petróleo y gas natural están en la mira. Pero
sin importar la fuente, las crecientes emisiones de metano ponen todavía más en
riesgo el cronograma de la reducción de emisiones de Obama.
Y en un último intento de hacer
parecer la situación más color de rosa de lo que en realidad es, un nuevo
informe del Departamento de Estado emplea un poco de contabilidad creativa que
aplica un gran aumento en la cantidad de dióxido de carbono que espera que los
bosques de EE. UU. absorban en la siguiente década.
Cuanto más dióxido de carbono
la administración asuma que los bosques y otras plantas sacarán de la atmósfera
—después de todo, el dióxido de carbono es un fertilizante de plantas—, las
reducciones de emisiones reales tendrán que ser menores para alcanzar el objetivo.
La perspectiva “optimista” del
Departamento de Estado depende de cambios incentivados en el uso de suelo para
aumentar la disminución de carbono en alrededor de 25 por ciento durante los
próximos 10 años. Según las cifras de la EPA, en los últimos cinco años la
magnitud de la disminución de carbono no ha cambiado en absoluto.
Todo esto —el aplazamiento del
Plan de Energía Limpia, las crecientes emisiones de metano, y los pronósticos
excesivamente optimistas— minan la viabilidad de la promesa de Obama. Añada a
la mezcla las medidas de eficiencia en energía que no funcionan tan bien como
se publicitó, los bajos precios del gas y una economía creciente que todavía
está estrechamente vinculada a los combustibles fósiles, y se llega a la
conclusión irreprochable de que no vamos a estar siquiera cerca de cumplir las
promesas de emisiones hechas por el presidente.
Incluso los recientemente
ampliados subsidios ecológicos para la energía eólica y solar, que podrían
reducir la sangría en el corto plazo, se quedan muy cortos en la producción de
reducciones de gases de invernadero necesarias para alcanzar nuestro objetivo
en 2025.
La única promesa según el
acuerdo que el presidente ha podido mantener viva es la de financiar al Fondo
Verde para el Clima internacional con alrededor de 2500 millones de dólares.
Él hizo el primer pago de 500 millones de dólares apenas el mes pasado.
Este desembolso podría
tranquilizar a algunos países lo suficiente para evitar que se retiren del
acuerdo citando la hipocresía de EE. UU., pero no debería tranquilizarnos aquí en
casa, de donde sale el dinero.
Poner nuestro nombre en un
acuerdo internacional que todos sabemos que es una farsa no fortalece los
esfuerzos para contener el cambio climático. Más bien, los hace ver insinceros.
Esto es algo por lo que no deberíamos pagar, ahora, o en el futuro.
Ya va siendo hora de retirar
nuestra promesa de París.
—
Paul “Chip” Knappenberger es un subdirector del Centro para el Estudio de la Ciencia en el Instituto Cato.
Publicado en colaboración con Newsweek / Published in colaboration with Newsweek