TE DEBERÍA INDIGNAR no respirar aire limpio, que tu hijo no pueda salir a jugar a la hora del recreo, que no puedas hacer deporte al aire libre, que te ardan los ojos y la garganta y te duela la cabeza, que te enfermes, e incluso, que te puedas morir por respirar aire contaminado. Las precontingencias y las contingencias ambientales que hemos tenido en las últimas semanas nos debieron remitir inmediatamente al hecho de que nuestra salud está muy comprometida sólo porque vivimos en la Zona Metropolitana de la Ciudad de México. En estos episodios las concentraciones de ozono rebasan la norma de calidad del aire en 50 por ciento o más, pero el ozono no es el único problema. Otro enemigo de nuestra salud son las llamadas “partículas suspendidas” (PM) en el aire —que incluyen a las inhalables (PM10) y a las respirables o finas (PM2.5). El ozono y las partículas suspendidas hacen daño a nuestros pulmones y corazón, irritan nuestras vías respiratorias y afectan todo nuestro sistema con respuestas inflamatorias. Y, con el tiempo, se reduce la esperanza de vida, se incrementan las tasas de mortalidad y se inicia o acelera el progreso de enfermedades crónicas, como el cáncer pulmonar. De hecho, desde hace un par de años la contaminación atmosférica, las partículas finas y los contaminantes que emiten los motores que usan diésel, como son los vehículos pesados (autobuses, camiones y tractocamiones), están clasificados como carcinógenos humanos porque causan cáncer de pulmón.
No sorprende que las partículas finas y el ozono sean responsables de entre 2.8 y 3.9 millones de muertes prematuras anuales a escala global. Entre más de 70 factores de riesgo para la salud, la exposición a las partículas finas ocupa el noveno lugar. Esto quiere decir que la salud de un ciudadano en el mundo se encuentra afectada en su vida cotidiana más por la mala calidad del aire que por muchos otros factores, por ejemplo, los niveles elevados de colesterol, el uso de drogas, la falta de saneamiento básico, la exposición a plomo y el agua no tratada para consumo humano. El panorama en México también prende la señal de alerta: la exposición a estos dos contaminantes causa más de 21 000 muertes prematuras al año. Para poner esta cifra en perspectiva, se estima que alrededor del 40 por ciento de las muertes prematuras en el país asociadas con la exposición a PM10 ocurren en la Zona Metropolitana de la Ciudad de México. Esto se explica no sólo porque somos más de 20 millones de habitantes continuamente expuestos, sino por las elevadas concentraciones de este contaminante.
Entre los grupos más afectados están nuestros hijos. En los menores de cinco años las partículas finas hacen que se incremente la mortalidad por infecciones en vías respiratorias bajas, es decir, en la tráquea, los bronquios, bronquíolos y alvéolos pulmonares. Los niños enfermos presentan tos seca o húmeda y con flemas, hacen ruido cuando respiran, les cuesta trabajo inhalar y respiran más rápidamente, y se les hunden los espacios entre las costillas. Para los adultos mayores de 25 años el ozono y las partículas finas incrementan la mortalidad por enfermedad pulmonar obstructiva crónica, que incluye padecimientos que conocíamos comúnmente como bronquitis crónica y enfisema. Además, las partículas finas incrementan la mortalidad por enfermedades cardiovasculares, sobre todo por infarto cerebrovascular y por enfermedad isquémica del corazón, que es la enfermedad más común del corazón en la que se reduce la cantidad de sangre que llega a nuestro órgano vital y, por último, también aumenta la mortalidad por cáncer de tráquea, bronquios y pulmón. Hay certeza de que los dos contaminantes que frecuentemente rebasan las normas de calidad del aire en la Zona Metropolitana de la Ciudad de México hacen que la muerte llegue antes, que se pierdan años importantes de vida. Para los que seguimos vivos, los efectos también se manifiestan, pues padecemos con demasiada frecuencia dolores de cabeza, gripes, sangrados nasales, ojos irritados, que entorpecen nuestra salud en general y merman nuestra calidad de vida.
Para evitar estas muertes necesitamos estrategias en el largo plazo. Dejar de circular es una respuesta de emergencia, de corto plazo. La Zona Metropolitana de la Ciudad de México es ahora una megalópolis muy dispersa que nos obliga a recorrer grandes distancias —cada vez invirtiendo más y más tiempo por los congestionamientos de pesadilla— tanto para nuestras actividades cotidianas como para el abastecimiento de bienes y productos. Una parte importante de la solución es circular mejor; es tener vehículos mucho más limpios. Esto puede lograrse. Podemos obtener importantes beneficios en la salud al adoptar la propuesta de la Semarnat para regular las emisiones de los vehículos pesados nuevos. Esta propuesta permitiría evitar más de 55 000 muertes prematuras de 2018 al 2037. Este número es muy conservador, seguramente se evitarían más decesos, pues el cálculo del Consejo Internacional para el Transporte Limpio (ICCT, por sus siglas en inglés) solamente considera las partículas que salen directamente del escape de los vehículos pesados y no incluye ni el efecto de las partículas finas y ni del ozono, que se forman en la atmósfera a partir de gases que emiten estos mismos vehículos.
¿Por qué con la propuesta de la Semarnat lograríamos estos beneficios? Porque la propuesta obligaría a que los vehículos pesados que se venden en México sean igual de limpios que los que se venden en Estados Unidos y en Europa. Con ello se puede reducir la emisión de partículas finas y la de óxidos de nitrógeno (NOx) en más de 90 por ciento, y la de hidrocarburos, que con los NOx son los precursores más importantes del ozono, en 50 por ciento. Ojo, cada año de retraso en implementar esta propuesta significa que se mueran prematuramente hasta 5000 personas por efectos de la contaminación.
Las presiones de la industria han parado el proceso para llevar a buen puerto la propuesta de la Semarnat. La industria argumenta, entre otras cosas, que saldría muy caro. Sale más caro respirar aire sucio, reducir nuestra calidad de vida, no poder tener actividades al aire libre, enfermarnos e, incluso, morirnos. La tecnología existe, más del 80 por ciento de los vehículos que se producen en México cumplen con los estándares mundiales más estrictos y, además, se exportan a Estados Unidos y Canadá. La pregunta es por qué no exigir a la industria automotriz que venda estos mismos vehículos limpios en nuestro país.
La Semarnat debería reiniciar su maquinaria y continuar con el proceso para que la propuesta pueda cumplirse en los plazos planteados, es decir, a partir de 2018. Es obvio que esta propuesta tiene que ir acompañada de estrategias complementarias: tener coches particulares mucho más limpios, lo que requiere actualizar las normas de emisiones correspondientes; renovar la flota para acelerar los impactos positivos de las nuevas normas vehiculares; sacar de la circulación a los vehículos con tecnologías obsoletas y altamente contaminantes; y, por supuesto, fortalecer y optimizar programas para regenerar la movilidad con un mejor transporte público, ordenado, limpio y de alta capacidad, lo que debe ir de la mano de la inversión y promoción para incrementar los medios de transporte indiscutiblemente limpios, la bicicleta y caminar.
El presidente Enrique Peña Nieto reconoció hace unos días la necesidad de tomar medidas para mitigar el impacto negativo de la contaminación en la salud. Una oportunidad inmediata está en la puerta del gobierno federal. De instrumentarse la propuesta de la Semarnat no sólo se contribuiría a superar el problema de las contingencias ambientales en la Zona Metropolitana de la Ciudad de México, sino más importante, a garantizar que los vehículos nuevos que se vendan en el país cumplan con los estándares de calidad ambiental internacionales, es decir, que tengamos en todo el país un aire más limpio que no dañe la salud de todos los mexicanos.
Hay más que leer aquí El análisis “Una visión a través del esmog” de Kate Blumberg