Cuando Estados Unidos reveló en enero
que está probando una versión más ágil y más precisa de su bomba atómica B61, algunas
personas se alarmaron de inmediato.
El General James Cartwright, un antiguo
estratega del presidente Barack Obama, advirtió que el hecho de “hacerlas
más pequeñas” podría hacer que las armas nucleares fueran “más
imaginables” y “más utilizables.”
Sin embargo, lo que es poco conocido es
que durante los últimos 25 años, Estados Unidos y sus aliados han utilizado
armas radiactivas de manera rutinaria en la lucha, en forma de ojivas y
explosivos hechos de uranio empobrecido, no empobrecido o ligeramente
enriquecido.
Mientras que el Departamento de Defensa
(DOD, por sus siglas en inglés) califica a estas armas como “convencionales”
(no nucleares), las mismas son radiactivas y químicamente tóxicas. En Irak,
donde Estados Unidos y sus aliados emprendieron dos guerras, los residuos tóxicos
cubren el país y envenenan a la gente. Los veteranos estadounidenses también
están enfermos y moribundos.
Scott Ritter, ex oficial de la Infantería
de Marina en Irak e inspector de armas de Naciones Unidas, me dijo, “La
ironía es que invadimos Irak en 2003 para destruir sus inexistentes ADM [armas
de destrucción masiva]. Para hacerlo, disparamos estas nuevas armas, causando
bajas radiactivas.”
Estas armas se utilizaron por primera
vez en 1991 durante la Operación Tormenta del Desierto, cuando el ejército
estadounidense disparó bombas y misiles teledirigidos que contenían uranio
empobrecido (UE), un desperdicio de los reactores nucleares. El DOD favorecía
su uso particularmente porque, con tal densidad, velocidad y calor, podían
perforar tanques y bunkers.
En un lapso de uno o dos años, se
disparó el índice de defectos congénitos grotescos, como bebés con dos cabezas.
O sin ojos, manos o piernas. O con el estómago y el cerebro por fuera.
Keith Baverstock, que en la década de
1990 dirigía la sección de radiología del Centro del Medio Ambiente y Salud de
la Organización Mundial de la Salud (OMS), explicó por qué: cuando las armas de
uranio estallan, sus enormes explosiones producen nubes grises o negras de partículas
de polvo de óxido de uranio. Éstas flotan recorriendo distancias de varios kilómetros,
las personas las respiran y el polvo entra en sus pulmones.
Desde allí, se filtran al sistema linfático
y a la sangre, fluyen por todo el cuerpo y se unen a los genes y cromosomas, provocándoles
mutaciones. En primera instancia causan defectos congénitos. En un lapso de
cinco años o más, generan cáncer. Se producen fallas en diversos órganos, comúnmente
en los riñones.
En un hospital de Basra, los casos de
leucemia en niños de hasta 14 años de edad se duplicaron de 1992 a 1999, afirma
Amy Hagopian, catedrática de la Facultad de Salud Pública de la Universidad de Washington.
Los defectos congénitos también mostraron un pronunciado aumento, de 37 en 1990
a 254 en 2001, de acuerdo con un artículo publicado en 2005 en Environmental Health.
La leucemia, es decir, el cáncer en la
sangre, se desarrolla rápidamente. Chris Busby, un fisicoquímico británico,
explica: “Las células sanguíneas son las que se dañan más rápidamente por
la radiación y se duplican rápidamente. Esto lo hemos sabido desde
Hiroshima.”
Dai Williams, un investigador de armas
independiente de Gran Bretaña, dice que el polvo emite radiación alfa, que es 20
veces más perjudicial que la radiación gamma de las armas nucleares. El ejército
insiste en que el polvo es inofensivo porque no puede penetrar en la piel. Sin
embargo, pasan por alto el hecho de que puede ser inhalado.
Hagamos un salto en el tiempo hasta
2003. Cuando Estados Unidos volvió a invadir Irak, lanzó bombas teledirigidas capaces
de penetrar en bunkers, misiles crucero y misiles antitanques TOW. También
disparó nuevas ojivas termobáricas, que son explosivos mucho más potentes con
explosiones extremadamente grandes. Muchas de ellas contenían algún tipo de
uranio, ya fuera empobrecido, no empobrecido o ligeramente enriquecido, dice Ritter.
Williams afirma que las armas termobáricas
producen temperaturas sumamente altas al estallar y “el único material que
puede hacer eso es el uranio.” Añade que, mientras las armas nucleares de
hoy están sujetas nominalmente a las reglas internacionales, ningún protocolo
de armas existente aborda el uranio en un contexto no nuclear.
Aunque el gobierno estadounidense ha
limpiado algunos sitios contaminados en su territorio, como una antigua fábrica
de municiones de uranio en Concord, Massachusetts, aún no reconoce el desorden
en Irak.
“Irak es un enorme sitio de
residuos peligrosos”, dice Ritter. “Si fuera Estados Unidos, el Organismo
de Protección Ambiental lo declararía como un vertedero de residuos tóxicos y
ordenaría limpiarlo.”
Dejados atrás en Fallujah
Fallujah (300,000 habitantes) es la
ciudad más contaminada de Irak. El ejército estadounidense la atacó dos veces
en 2004, y en el sitio de noviembre, los soldados dispararon armas termobáricas,
entre ellas, un misil guiado lanzado desde un lanzamisiles portátil, denominado
SMAW-NE. (NE quiere decir “explosivo nuevo”).
Ross Caputi estuvo allí con el Primer
Batallón del Octavo Regimiento de la Infantería de Marina. Me dijo,
“Usamos el SMAW-NE, y a los muchachos les emocionó mucho ver cómo podían
disparar solamente un proyectil y destruir todo un edificio.” Los bunkers
y edificios de hormigón fueron incinerados y derrumbados en un instante. El DOD
se mostró complacido.
Los casos de cáncer en Fallujah
aumentaron notablemente de 40 casos por cada 100,000 personas en 1991 a al
menos 1,600 para 2005. En un artículo publicado en 2010 en la revista
International Journal of Environmental Research, Busby y dos de sus colegas,
Malak Hamden y Entesar Ariabi, informaron sobre un aumento de 38 veces en los
casos de leucemia, un aumento de 10 veces en el cáncer de mama e índices de
mortalidad infantil ocho veces más altos que en el cercano Kuwait.
Busby tomó muestras del cabello de
mujeres de Fallujah que habían dado a luz a bebés deformes y encontró uranio
ligeramente enriquecido. Encontró lo mismo en la tierra. “La única fuente
posible eran las armas”, dice.
Es posible que estas cifras sean
menores a las reales. “Las mujeres iraquíes cuyos niños tienen defectos
congénitos se sienten estigmatizadas y a menudo no lo informan”, afirma Mozhgan
Savabieasfahani, un toxicólogo ambiental radicado en Michigan que ganó el premio
Rachel Carson en 2015.
Además de los casos de cáncer y los
defectos congénitos, un patólogo irlandés (quien pidió mantenerse en el
anonimato) dijo que un número inusitadamente alto de niños cerca de la ciudad
de Hawija tienen parálisis cerebral. “Me mostré escéptico cuando los médicos
iraquíes me lo dijeron, pero revisé a 30 de ellos, y me di cuenta de que eran casos
de parálisis cerebral clásica. Ignoro qué fue lo que provocó esto, pero el
aumento está casi indudablemente relacionado con la guerra.”
Con frecuencia se argumenta que el
uranio existe en la naturaleza, por lo que es imposible vincular las muestras
de tierra y de otros tipos con las armas. Pero Ritter me dijo que cuando los
expertos revisan un sitio, toman muestras, las estudian en un laboratorio
especial y pueden detectar fácilmente la diferencia entre el uranio natural y
el que fue procesado químicamente.
“La idea de que es imposible vincular
muestras de tierra con las armas debido a la presencia de uranio natural es
simplemente ridícula. Esto lo hacen constantemente los expertos de la Agencia
Internacional de Energía Atómica y en los programas nucleares de las
principales potencias nucleares”, dice Ritter.
Pozos de incineración y nubes tóxicas
Además del polvo letal de las armas, los
iraquíes y los soldados de la coalición estuvieron expuestos al humo tóxico de
enormes pozos de incineración, algunos de ellos con una extensión de hasta 10
acres. De 2003 a 2011, las bases militares estadounidenses quemaron desechos en
dichos pozos las 24 horas del día, los siete días de la semana, generando nubes
tóxicas de varios kilómetros de extensión.
Dos de estos pozos estaban cerca de
Fallujah, dice Caputi, “todo lo quemábamos allí. Nuestras botellas de plástico,
neumáticos, desechos humanos y baterías.”
Caucho, aceite, disolventes, armas sin
detonar e incluso desecho médico también se arrojaban a los pozos. Como se señala
en un artículo de Army Times publicado en 2008, la Base Aérea de Balad quemaba
unas 90,000 botellas de plástico al día.
Cuando el plástico se quema, produce dioxina,
que es el ingrediente clave del Agente Naranja, que causó malformaciones y cáncer
a Vietnam. Los pozos de incineración también producen gas de cianuro de hidrógeno,
señala Ritter, el cual se usó en las cámaras de ejecución de las prisiones estadounidenses
desde mediados de la década de 1920 hasta 2010, y que también usaron los nazis
en los campos de concentración de Auschwitz y Majdanek. Además, en los pozos en
los que se queman desechos con restos de uranio se produce polvo de óxido de
uranio.
Cuando los inspectores de la Oficina
General de Rendición de Cuentas (GAO, por sus siglas en inglés) visitaron distintas
bases en 2010, encontraron mucho que criticar. Los contratistas que dirigían
los pozos (compañías estadounidenses como KBR y Halliburton) no recopilaban
datos sobre lo que quemaban. (KBR dijo que esto no formaba parte de su
contrato.) Pocos de ellos separaban los materiales tóxicos. La mayoría de ellos
quemaba plásticos, aunque esto está prohibido por diversos reglamentos.
La GAO escribió que las emanaciones podían
irritar los ojos y los pulmones; dañe el hígado, los riñones y el sistema
nervioso central; y provocar cáncer, dependiendo de cuánto se inhale y por cuánto
tiempo. Los soldados las respiraron 24 horas al día, siete días a la semana, durante
su servicio, que era generalmente de un año. Los iraquíes las respiraron
durante ocho años.
En la base aérea de Balad, que
actualmente está clausurada, se quemaban hasta 200 toneladas de desechos al día,
y muchos de los soldados estadounidenses estacionados en esa zona padecen ahora
enfermedades que son un reflejo de las que sufren los iraquíes. Algunos ya han
muerto de cáncer cerebral y de pulmón, o de leucemia, señala Rosie Torres, que
puso en marcha el sitio burnpits360.org cuando su marido, un capitán del Ejército,
regresó en 2008 con graves problemas respiratorios.
El Departamento de Asuntos de Veteranos
de Estados Unidos (VA, por sus siglas en inglés) obtuvo una radiografía de los
pulmones del Capitán LeRoy Torres y diagnosticó una enfermedad de “etiología desconocida.”
Cuando hubo más veteranos que presentaban síntomas similares, el DOD le pidió
al Dr. Robert Miller, jefe de enfermedades pulmonares de Vanderbilt, que los
examinara.
Miller me dijo, “Hicimos biopsias
de los pulmones de 200 veteranos y descubrimos que tenían bronquiolitis
constrictiva, una enfermedad muy debilitante. Al DOD no le gustó que les
hayamos practicado una biopsia y que hayamos descubierto que la enfermedad era
causada por aquello a lo que habían estado expuestos, entre lo que se
encontraban los pozos de incineración. Después de eso, el Departamento no nos envió
más veteranos para valorar.”
Aun cuando las pruebas se acumulan, el
DOD y la VA niegan categóricamente los efectos que las armas y los pozos tienen
sobre la salud. En el sitio web del Organismo de Salud de la Defensa puede
leerse, “No se ha observado ningún cáncer humano de ningún tipo como
consecuencia de la exposición al uranio natural o empobrecido.”
Además, en un informe del DOD publicado
en 2011 y titulado “La exposición a toxinas provocadas por pozos de incineración”,
la VA añade, “Los efectos de los pozos de incineración son sólo temporales
y los efectos negativos en la salud se disipan una vez que el soldado está
lejos de la fuente.” En 2014, en el sitio web de la VA se aseguró a
veteranos que “hasta ahora, no se ha encontrado ningún problema de salud
en los veteranos expuestos al UE.”
Aunque el Ejército admite que usó UE en
Irak de 2003 a 2011, ha subestimado la magnitud del hecho. Dominic Pitrone,
Capitán de la Infantería de Marina de Estados Unidos (USMC, por sus siglas en
inglés) declaró a The
Washington Spectator,
“Las únicas armas con UE en los almacenes de la Infantería de Marina eran
proyectiles de tanque de 120 mm.” En cuanto a la nueva ojiva de SMAW-NE,
dijo que “no contiene uranio.”
Pero Ritter dice que estas afirmaciones
no son ciertas. Aunque otras municiones de UE, como las bombas aéreas y las
balas de cañón de 25 mm, podrían no haber estado en el inventario de la USMC,
aun así estaban “disponibles y fueron utilizadas por las unidades de la USMC
en Irak.”
Y aunque la USMC no haya etiquetado al
SMAW-NE y al misil termobárico Hellfire como armas de uranio, Ritter señala que
“esto no indica si las ojivas de carga hueca [de su interior] utilizan
revestimientos enriquecidos con uranio.”
Los miembros de la coalición liderada
por Estados Unidos, como Gran Bretaña, que también usó armas de uranio, hacen
eco de las negaciones. También lo hace la OMS y el Ministerio de Salud de Irak,
que en 2012 llegó a la conclusión de que en Irak había menos casos de defectos
congénitos y cáncer que en los países desarrollados.
Pero Hagopian dice que el Ministerio encuestó
a las familias en lugar de usar los registros hospitalarios. Al considerar esto
como carente de rigor científico, en un artículo de Lancet publicado en 2013 se
pidió la realización de un nuevo estudio. En noviembre pasado, la Asociación
Estadounidense de Salud Pública pidió al ejército que prohibiera los pozos de
incineración y que asignara fondos para la investigación de sus efectos en la
salud. También pidió a la OMS que reconsiderara su conclusión.
Los investigadores hablan acerca de los
intentos de las autoridades de echar abajo las investigaciones. En 1991, por
ejemplo, Estados Unidos trató de evitar que la OMS “realizara estudios en
ciertas áreas del sur de Irak donde se ha usado uranio empobrecido y ha
provocado graves riesgos de salud y ambientales”, declaró a The Guardian Hans
von Sponek, exfuncionario de NU.
Karol Sikora, un oncólogo británico que
encabezó el programa de cáncer de la OMS en la década de 1990, me dijo que su
supervisor (que se centra en las enfermedades no transmisibles) le advirtió que
no debía hablar públicamente del cáncer y los defectos congénitos “porque esto
ofendería a los estados miembros.”
De forma semejante, dice Baverstock,
“Estaba en un comité editorial de la OMS y advertí sobre la genotoxicidad
que las armas de uranio provocan en el ADN. Mis comentarios fueron rechazados, probablemente
porque la monografía de la OMS no incluía esto.”
Quienes persisten lo pagan caro.
Horst Gunther, un médico alemán, fue a
Irak para estudiar los aumentos en los índices de enfermedades. Vio a varios niños
jugando con proyectiles de UE en el campo de batalla de Basra y llevó uno a
Alemania para estudiarlo; descubrió que era sumamente radioactivo. Informó a
las autoridades alemanas y fue arrestado por poseerlo.
En 2003, Y.K.J. Yeung Sik Yuen, Presidente
de la Suprema Corte de Mauricio y delegado de la subcomisión sobre los derechos
humanos de NU, escribió acerca de “la desdeñosa indiferencia, por no
llamarle engaño, por parte de los desarrolladores y los usuarios de estas armas
con respecto a sus efectos.” Tras negarse a cambiar su postura de que las
armas de UE son ilegales e infringen la Convención de Ginebra, Estados Unidos y
Gran Bretaña hicieron una campaña en contra de su reelección como miembro de la
subcomisión. Yuen perdió.
Hagopian dice que investigadores no
pueden estudiar los efectos de las armas de uranio porque “Estados Unidos no
financiará el trabajo.”
¿Por qué el DOD, la VA y la OMS no
hablan claramente?
Ritter señala que “El DOD no
quiere que el público sepa nada acerca del polvo tóxico, debido a la
responsabilidad. En cuanto a Irak, estará de acuerdo con Estados Unidos mientras
dependa de ese país para obtener apoyo financiero y militar. Con respecto a la
OMS, Estados Unidos aporta a los organismos de NU y a la OMS más que cualquier
otro país.”
Williams añade que existe una creciente
preocupación internacional sobre las armas de uranio, ya que son radioactivos.
Ya en 1991, el Teniente Coronel del Ejército M.V. Ziehm advirtió en una nota
que, dado que las armas de UE “podrían volverse políticamente
inaceptables” los informes a posteriori debían “tener en mente este delicado
asunto.” En otras palabras, no debían hablar del tema.
La cobertura periodística de las armas
de uranio y de los casos cada vez más numerosos de enfermedades ha sido muy
escasa. Malak Hamden dijo que cuando ella y sus colegas publicaron el estudio
de Fallujah en 2010, “En CNN se dijo algo, pero ningún periódico tocó la
historia.” Un reportero de la BBC le dijo a Williams que el público no
quiere saber nada sobre las armas de uranio.
Mientras tanto, Estados Unidos sigue
construyéndolas. Williams señala que los registros de la Oficina de Patentes de
Estados Unidos muestran que Lockheed Martin y Raytheon tienen patentes para fabricar
bombas mejoradas y ojivas de misil crucero que incluyen opciones de uranio.
Hoy, con Estados Unidos, Gran Bretaña,
Francia, Arabia Saudita y Rusia bombardeando Siria, y con los saudíes
bombardeando y Estados Unidos lanzando drones hacia Yemen (con algunos de los
mismos tipos de armas desplegadas en Irak) es probable que las personas que
viven ahí, junto con los refugiados que huyen, sufran como lo han hecho los
iraquíes y los veteranos.
Como señala Busby, el polvo de óxido de
uranio es como una bomba que estalla continuamente. “Los genes de las
personas han quedado dañados por generaciones. Los científicos encontraron esto
en 22 generaciones de ratones después de Chernóbil. La única manera en que los
genes mutados desaparecen es cuando quienes los tienen no tienen niños.”
Este artículo apareció por primera vez enThe Washington Spectator.
Barbara Koeppel es reportera de
investigación radicada en Washington D.C.
Publicado en colaboración con Newsweek / Published in colaboration with Newsweek