COMO ES CIENTÍFICO y no un sociable capitalista de riesgo, Mowgli Holmes aborrece el término networking para describir la parte del trabajo que consiste en conocer personas de la industria de la cannabis.
Pero gracias al trabajo en redes, el director científico de Phylos Bioscience de Portland, Oregón, viajó a Las Vegas en noviembre de 2014 para asistir a la Conferencia y Expo Marijuana Business, donde fumó un enorme porro con una de las leyendas del movimiento de la cannabis, el abogado de Ohio Don Wirtshafter.
Holmes sabía de buenas fuentes que Wirtshafter tenía una colección de cientos de botellas de boticario llenas con tinturas antiguas de cannabis, reliquias de una era anterior a la prohibición de 1937, decretada por la legislación Marihuana Tax Act. Holmes, genetista de 43 años con un doctorado en microbiología e inmunología de la Universidad de Columbia, estaba desesperado por poner sus manos en aquellos frascos —o al menos, en los filamentos de ADN viables que contenían— para incluirlos en un proyecto que se ha convertido en el trabajo de su vida: el ambicioso esfuerzo de secuenciar el ADN de cada tipo de cannabis que existe en el mundo.
Es una misión que podría cambiar todo lo que conocemos de la marihuana. A estas alturas, casi toda la cannabis se produce a escondidas, y se vende a pacientes y consumidores recreativos con etiquetas llamativas que casi siempre son engañosas. Sin embargo, cuando Holmes termine su tarea podrá tomar cualquier muestra de ADN de marihuana y compararla contra la base de datos de cepas de la cannabis más sólida jamás reunida, dando una claridad sin precedentes al mercado, desde el sembradío hasta el dispensario.
Pero primero, Holmes tiene que hacer un poco más de networking. Y en la industria de la cannabis, eso significa pegarse un viaje.
Wirtshafter quería asegurarse de que el científico no era un Monsanto con piel de cordero. Así que cuando se reunieron en el vestíbulo del Rio Casino, el abogado ya había investigado a Holmes y su proyecto. No obstante, la mejor manera de demostrar quién eres en el mundo de la marihuana es muy antigua y sencilla: quemando un porro. De modo que el último día de la conferencia, Holmes y su compañero de negocios, Nishan Karassik, se encontraron en el cuarto de hotel de Wirtshafter, haciendo gala de sus conocimientos de la meca jipi que es la Feria del Condado de Oregón y fumando un porro descomunal. Siete semanas después, Holmes metió su bata y sus pinzas de laboratorio en una maleta, y abordó un avión a Columbus, Ohio.
EXTERMINIO POLÍTICO
Holmes creció en Eugene, pequeña ciudad del Valle de Willamette, en Oregón, hogar de una población conservadora descendiente de familias de leñadores y también de ultraliberales que ondean banderas de “Tíbet Libre” en sus porches y lucen camisetas teñidas en el mercado al aire libre del sábado. Holmes estudió en Vassar College, donde hizo una especialidad en filosofía y después regresó a Oregón para tocar la batería en varios grupos de rock de Portland. Luego de cinco años de lo mismo, emigró a Nueva York para estudiar micología en la Universidad de Columbia.
Mientras estudiaba el posgrado se enfocó en los virus, particularmente en la investigación de VIH. Pero en 2013 volvió a Oregón, y en ese momento el estado estaba a sólo un año de convertirse en la cuarta entidad federal que legalizaría la marihuana para uso recreativo, de modo que encontró un nuevo derrotero profesional a sus pies: la genómica de la cannabis. “Una nueva industria estaba estallando alrededor de eso”, recuerda. Además, “en todos los otros campos académicos necesitas encontrar un minúsculo rincón del mundo para estudiar. Es casi imposible hallar algo que nadie más haya hecho, y de inmediato aparece alguien que compite contigo. Aquí tenemos un organismo completo sobre el cual, en esencia, no existe un cuerpo de conocimientos… Esto es algo que no sucede en la ciencia. Una planta como esta que ha estado fuera de límites para la investigación”.
Sabía que era un riesgo vincular su carrera con el estudio de la marihuana, aun cuando fuera legal en Colorado y Washington. ¿Seguirían tomándolo como un científico serio o lo encasillarían para siempre en la marihuana? Además, había obstáculos importantes: como la cannabis es ilegal en el orden federal, la única manera de emprender una investigación legal es usando cannabis cultivada en Misisipi por el Instituto Nacional sobre el Abuso de Drogas. Holmes asegura que esa planta es “una célebre porquería” e inútil para su proyecto. Por otra parte, se exigía que los investigadores recibieran la aprobación de la Administración para Control de Drogas y también de la Administración de Alimentos y Medicamentos de Estados Unidos. Para colmo, las universidades que reciben fondos federales se resisten a permitir que sus laboratorios tengan algo que ver con la cannabis.
El laboratorio de Holmes y sus diez empleados de tiempo completo están albergados en la Universidad de Salud y Ciencias de Oregón, la cual depende de fondos federales. Mas él y Karassik, quienes han sido amigos desde los cuatro años de edad, han encontrado una manera astuta para evitar problemas legales: no manipulan marihuana, sólo su ADN. En cuanto a su reputación, Holmes dice que “han desaparecido las risitas burlonas. Ahora sólo me piden que hable de las finanzas”.
Las muestras provienen de todo el mundo, casi siempre resultado de búsquedas de tesoros fascinantes que fueron emprendidas corriendo la voz. Otros dos o tres laboratorios investigan el genoma de la cannabis, pero ninguno ha reunido tantos especímenes como Phylos, y casi todas sus muestras provienen de dispensarios de marihuana, y no de cultivos originales, apunta Holmes. Su equipo ha recogido casi 2000 especímenes e ingresado 1500 en un programa de software que organiza el ADN en grupos, produciendo una representación visual que parece una constelación de estrellas, donde cada punto representa una cepa, y las distancias y líneas entre los puntos muestran cómo están relacionadas entre sí.

Las muestras más raras y valiosas son antiguas y originales: variedades recogidas de herbarios, museos y coleccionistas de países como Colombia, Tailandia, México, Afganistán, India, Uruguay, Namibia y Sudáfrica. Después de meses de ruegos, Holmes convenció a los legendarios cultivadores David Watson y Robert Clarke de que le permitieran tomar muestras de sus colecciones en Ámsterdam; y ahora intenta adquirir una cepa de 2700 años del norte de China.
Un soleado y gélido día de enero, Holmes llegó a la blanca casa victoriana de Wirtshafter en el condado rural de Athens, Ohio, vestido con bata blanca y cargando una caja con pinzas de laboratorio, bisturí, báscula digital, tubos de ensayo y guantes de látex azules. Tenía que volar de regreso ese mismo día, así que sólo disponía de pocas horas para reunir todas las muestras. “No tendrás suficiente tiempo”, advirtió Wirtshafter.
El abogado obtuvo su colección de la esposa de un exempleado federal. Se suponía que los frascos debían destruirse después de la prohibición, pero el rebelde empleado federal decidió conservar la enorme colección de tinturas. Hizo prometer a su esposa que no las vendería sino hasta diez años después de su muerte. No obstante el motivo de su decisión, la colección de aquel hombre era extremadamente valiosa. Ya en la década de 1880, los cultivadores reconocían el valor medicinal de la cannabis, pero no disponían de las herramientas sofisticadas para separar los compuestos activos. Sin embargo, para la década de 1920, mediante prueba y error, empezaron a cultivar plantas que podían equilibrar los efectos de paranoia y sedación, e importantes farmacéuticas comenzaron a vender la marihuana medicinal en las boticas. “La gente no sabe cuán respetada es esta sustancia, cuántas compañías importantes estuvieron implicadas en su comercialización, ni cuán sofisticadas eran”, dice Wirtshafter. Entonces llegó la prohibición, y “el trabajo de millones de nuestros antepasados se perdió en una página de exterminio político. No sólo tratamos de aniquilar la planta en el planeta, tratamos de borrar todo conocimiento de la planta”.
Cuando Holmes vio la colección de Wirtshafter quedó extasiado. Había botellas con pastillas, polvos o un residuo negro y pegajoso mezclado con opio. Algunos frascos estaban etiquetados como “afrodisiacos”. Otros afirmaban tratar la ansiedad, el insomnio, el glaucoma. Era una de las mejores colecciones de cannabis antigua que Holmes había visto en su vida. “¡Lotería!”, dice el científico.
UN LIBRO GENEALÓGICO DE LA MARIHUANA
Phylos Bioscience, el laboratorio de Holmes, fue inaugurado en 2014. Jessica Kristof, directora de investigaciones, horticultora y bioquímica, es la responsable de lo que podría ser la parte más difícil del esfuerzo de Holmes: diseñar un método para extraer ADN de cada muestra recolectada. Es un proceso muy laborioso, porque cada sustancia requiere de un protocolo distinto para extraer y purificar el ADN. Cada muestra de Wirtshafter tuvo que manipularse de manera diferente para disolver cualquier sustancia que entorpeciera la obtención del ADN. “El ADN antiguo está muy fragmentado”, dice Kristof. “En estas muestras puede haber, tal vez, 1 por ciento de material de cannabis, y ya está diluido en los medios añadidos para volverlo medicinal. Y encima, hay levaduras, E. coli, e infinidad de cosas que se desarrollaron con los años”. Con 1500 cepas secuenciadas, la constelación está tomando forma gradualmente. “Nosotros hacemos con cannabis lo mismo que 23andMe hace con los humanos”, dice Karassik.
Cuando termine, Phylos entregará su conjunto de datos a Open Cannabis Project, esfuerzo no lucrativo para construir un archivo de todas las cepas de cannabis y asegurar que sea de dominio público. Después, agrega Holmes, crearán un programa de pruebas que permitirá que cultivadores y dispensarios “certifiquen” los productos que venden a los consumidores, quienes tendrán una mejor idea de lo que usan y podrán afinar su relación con las diferentes cepas. Robert DeSalle, quien estudia genómica en el Museo de Historia Natural Estadounidense, imagina un “libro genealógico” de las diferentes cepas. “Le daría mucha legitimidad a la industria”, asegura. “Por lo pronto, no es más que un librito negro”.
La marihuana suele clasificarse de dos maneras por demás simplistas, como índica o sativa. La índica induce somnolencia, y la sativa causa estimulación. Sin embargo, esa nomenclatura se fundamenta en información anticuada. En la década de 1970, las cepas sativa, de hoja estrecha, tendían a producir una planta más “eufórica”, mientras que la índica, de hoja ancha, era más sedante. Todavía usamos esos términos para describir las características de la marihuana, sin importar que una cepa determinada sea realmente de linaje índica o sativa. “La gente habla de cepas que son buenas para el sexo, para comer o para jugar con los niños”, dice Holmes. “Algunas son buenas para la artritis”. Pero como las cepas a menudo están mal identificadas en la actualidad, es casi imposible saber si la Sour Diesel que alguna vez usaste para aliviar tu migraña será la misma Sour Diesel que encontrarás la próxima vez que trates de comprarla. “De hecho, es muy raro que los propios cultivadores sepan qué están produciendo”, afirma Holmes. Cree que, una vez que termine su mapa de ADN, los cultivadores entenderán mejor su horticultura y los consumidores dispondrán de un medio para comprender su producto.
El científico también espera resolver algunos misterios interesantes. Sabemos que mucha de la marihuana que se consume actualmente en Estados Unidos proviene de cepas afganas y tailandesas introducidas de contrabando en la década de 1960; pero antes de la prohibición, hubo marihuana en el continente americano. ¿En dónde se originó, y qué puede revelar sobre los antiguos patrones migratorios de la raza humana? La cannabis es una de las pocas plantas que han recorrido el mundo en los últimos 10 000 años. Seguir su rastro genético podría decirnos algo que no sabíamos sobre a dónde y cuándo viajó la humanidad.
Muy intenso, ¿verdad? Pero incluso responder esas interrogantes parece un primer paso. Porque cuando tenga un cuadro más completo de la cannabis, Holmes pretende trabajar con los cultivadores para crear cientos de cepas nuevas con rasgos genómicos específicos. Por ejemplo, la popular cepa Blue Dream podría tener un conjunto particular de terpenos —los compuestos que imparten sabor y aroma a la planta— relacionados directamente con el impulso de energía que experimenta el usuario. ¿Qué tal si pudiera desarrollar una nueva cepa que mejore ese efecto particular? La cannabis ya es la planta más hibridada del planeta. Pero su evolución apenas está empezando.
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Publicado en cooperación con Newsweek / Published in cooperation with Newsweek