CUANDO SE ESCRIBA la historia política de los años de
Obama, un elemento importante será cómo la extralimitación conservadora llevó
al colapso del Partido Republicano. Y todo empezó con un caso en la Suprema
Corte que resultó ser un veneno que los republicanos tragaron con entusiasmo,
pensando que era pastel.
Ese fallo de enero de 2010 fue el tristemente célebre
Ciudadanos Unidos v. Comisión de Elecciones Federales, el cual declaró que las
asociaciones de personas (léase: personas ricas y negocios) tienen derechos de
libertad de expresión, y que a las entidades sin fines de lucro se les permite
constitucionalmente recaudar y gastar tanto dinero como quieran para propósitos
políticos, siempre y cuando no coordinen esas acciones con sus candidatos. Para
un puñado de supuestos literalistas constitucionales, la decisión era un
sinsentido: los conservadores en la Corte concedieron derechos de la Primera
Enmienda a corporaciones, un constructo legal nunca mencionado por los Padres
Fundadores. De hecho, las 200 o más corporaciones estadounidenses que existían
en 1800 fueron registradas por los estados y se les prohibió participar en
política, y si participaban en cualesquiera actividades consideradas como
inapropiadas, podían ser disueltas de inmediato.
Pero los jueces conservadores montaron una historia
diferente, leyendo en la Constitución lo que querían hallar en vez de lo que
los fundadores claramente pretendían. Y lo que ellos “descubrieron” fue que el
dinero es expresión y las corporaciones son personas, con los mismos derechos
constitucionales de libertad de expresión que cualquier humano.
Ello creó un mundo político nuevo. Los multimillonarios y
sus compañías ahora podían volcar anónimamente dinero ilimitado a las
organizaciones políticas conocidas como súper CAP, 501(c)4s y 527s, con una
restricción: el grupo no podía coordinar sus acciones con la campaña que
apoyaba. Así que un anuncio el cual decía “Vote por Joe” y era pagado por una
entidad externa cargada de dinero estaba bien, siempre y cuando no le pidiera
permiso a Joe.
Siguiendo el dictamen, la mayoría de los conservadores
quedó fascinada, creyendo que sus socios en crimen de la Suprema Corte —al
torcer la Constitución más allá de lo reconocible— acababan de darle un regalo
glorioso al Partido Republicano. La decisión “dio un golpe a favor de la
Primera Enmienda”, dijo el senador republicano Mitch McConnell. “Las esclusas
del dinero obviamente se abrirán con la decisión de la corte”, dijo Ed Rollins,
un eminente consultor político republicano.
Pero a pesar de todo el jadeo de excitación, los
republicanos omitieron considerar un hecho importante: no todos los millonarios
y multimillonarios apoyan las mismas cosas. Los republicanos de la clase
dirigente se enfocan en menos impuestos y una disminución en la regulación
gubernamental. Los conservadores evangélicos quieren acabar con el aborto, el
matrimonio gay e infundir valores cristianos en las escuelas. Luego están
aquellos enfocados en asuntos únicos: el desarrollo de combustibles fósiles, el
apoyo a Israel, derribar las protecciones financieras a los consumidores. Con
Ciudadanos Unidos, estos diferentes intereses monetarios podían convertirse en
actores importantes del proceso político mediante escribir un cheque, obligando
a los candidatos a hacer peregrinaciones para “besar los pies” de los
multimillonarios. Los líderes republicanos no estaban conscientes de las
futuras consecuencias insidiosas en este nuevo panorama político: el partido
estaba a punto de dividirse en facciones bien financiadas; un candidato que de
otra manera no consideraría postularse a la candidatura presidencial republicana
podía transformarse en un contendiente con el apoyo de un multimillonario.
Las cifras cuentan la historia. Antes de Ciudadanos
Unidos, el proceso de la candidatura republicana era muy predecible. Los
precandidatos medían las aguas; sólo unos cuantos recibían suficientes
contribuciones para mantener sus campañas en marcha; todos los demás
abandonaban rápidamente. Por ejemplo, en 2000, de los 12 precandidatos
republicanos, siete se retiraron antes de las primarias porque no pudieron
recaudar suficiente dinero, habiendo traído solo entre 1.7 millones de dólares
y 5 millones, según Democracy in Action, un grupo de análisis político
administrado por la Universidad George Washington. De los cinco restantes, uno
—Steve Forbes, el empresario multimillonario— se autofinanciaba en gran medida,
mientras que otros dos eran apoyados casi exclusivamente por activistas
evangélicos y antiabortistas, quienes a través de sus organizaciones de campaña
recaudaron contribuciones por apenas más de 7.5 millones de dólares que podían
controlar directamente. Los únicos dos precandidatos financieramente viables,
el ex gobernador de Texas, George W. Bush, y el senador John McCain, trajeron
91 millones de dólares y 28 millones, respectivamente, durante la temporada de
las primarias. ¿El resultado? Sólo Bush y McCain ganaron alguna contienda
electoral. La cantidad total contribuida por los CAP a todo candidato
—republicano y demócrata— fue de sólo 2.8 millones de dólares en la temporada
de las primarias.

MANO ABIERTA: Había tanto dinero derramado en la primaria
republicana de 2012 que el presunto candidato, Romney, no pudo reducir el campo
hasta finales de mayo. FOTO: BRIAN SNYDER/REUTERS
Con Bush postulándose a la reelección en 2004, la
siguiente temporada competitiva de primarias fue en 2008, y la historia fue la
misma. Doce precandidatos republicanos se pararon en la línea de salida. Cuatro
se retiraron antes de las primarias, y tres más abandonaron en el primer mes
del año electoral, todos por falta de fondos. Otros tres abandonaron poco
después por la misma razón. McCain había recaudado alrededor de 54 millones de
dólares para cuando aseguró la candidatura el 15 de abril. Y de nuevo, los CAP
contribuyeron poco en las primarias.
Luego llegó 2012, la primera temporada de primarias
después de la decisión de Ciudadanos Unidos, uno de los espectáculos más
ridículos en la historia política: debates republicanos con tantísimos
precandidatos que el escenario parecía quejarse bajo su peso. Al contrario del
pasado, nadie necesitó ir con el sombrero en la mano ante cientos o miles de
donantes potenciales; sólo necesitaban el apoyo de una de esas entidades sin
fines de lucro apoyadas por unos cuantos multimillonarios.
Con el dinero derramándose dentro y fuera de toda campaña,
nadie abandonó antes de las primarias. Diecisiete precandidatos aparecieron en
por lo menos dos boletas republicanas en las primarias. Mitt Romney no aseguró
los delegados suficientes para ganar la candidatura hasta casi junio porque
muchísimos precandidatos tenían el dinero exterior para seguir en marcha, y
siguieron restándole a los totales del ex gobernador de Massachusetts. Por lo
menos 49 súper CAP apoyaron a candidatos individuales, incluidos el empresario
Herman Cain; el ex portavoz de la Cámara de Representantes, Newt Gingrich; el
gobernador de Texas, Rick Perry; el ex senador Rick Santorum, y muchos otros,
según el Centro de Política Receptiva. Cada vez que Romney parecía estar a
punto de asegurar la candidatura, alguien más apoyado por unos pocos
multimillonarios se convertía en el sabor de la semana para competir con él.
Por ejemplo, la campaña de Gingrich no moría porque un multimillonario, el
magnate de los casinos Sheldon Adelson, lo apoyó con 15 millones de dólares en
gastos externos.
Después de su derrota en 2012 en la elección general, el
Partido Republicano llegó a la conclusión errónea de que su problema había sido
que la contienda en las primarias se había alargado tanto, facilitándoles a los
precandidatos improbables el alargar la contienda. Así, en un error político
deplorable, el partido decidió acortar su programa de las primarias para que un
solo precandidato pudiera hacerse con los suficientes delegados para ganar
rápidamente.
Desgraciadamente para los republicanos, el problema de
Ciudadanos Unidos bien podría destruir al partido en este ciclo electoral. De
nuevo hubo 17 precandidatos presidenciales al comienzo de la contienda, todos
ellos políticos y empresarios importantes, y todos salvo unos cuantos apoyados
por muchos millones de dólares de los súper CAP y otros grupos externos.
Incluso el ex gobernador de Luisiana, Bobby Jindal, quien calificó próximo a
cero en las encuestas, recibió 4.5 millones de dólares en apoyo de entidades
externas, en comparación con los 1.4 millones que le contribuyeron de la manera
antigua: gente real dando dinero. Perry obtuvo 15 millones de dólares en apoyo
externo esta vez gracias a Ciudadanos Unidos, pero sólo pudo recaudar 1.4
millones en contribuciones tradicionales de campaña. Scott Walker, gobernador
de Wisconsin, recibió 24 millones de dólares en apoyo independiente (pero sólo
8 millones de dólares de contribuyentes individuales); Chris Christie,
gobernador de Nueva Jersey, obtuvo 23 millones de dólares (en comparación con 8
millones), y Jeb Bush, ex gobernador de Florida, recibió 118.7 millones de
dólares (en comparación con 33.5 millones), cifras que llevaron a los
republicanos de la clase dirigente a pensarlo como el presunto candidato.
Y todo ello de nuevo dejó al partido en una situación en
la cual los votantes republicanos no podían unirse en torno a un solo
precandidato. Había demasiados de donde escoger.
Nadie se acercó a una mayoría en las primeras encuestas,
lo cual significaba que un precandidato podía volverse el favorito con una
pluralidad menor a la requerida históricamente. Así, con los precandidatos de
la clase dirigente dividiendo el apoyo de los votantes republicanos
tradicionales en pequeñas tajadas, Donald Trump —el único candidato que casi no
recibe apoyo de grupos independientes creados por Ciudadanos Unidos— está
marchando hacia la candidatura. Y los líderes del partido parecen incapaces de
entender qué sucedió.
Ahora, con muchos políticos republicanos gimoteando porque
una candidatura de Trump podría destruir al partido, tal vez alguien caiga en
cuenta que la escisión del Partido Republicano en parte puede rastrearse a
Ciudadanos Unidos. Como las consecuencias reales empiezan a hacerse evidentes e
inevitables, y con el Partido Republicano diezmado por la decisión, tal vez los
demócratas deberían abandonar su acción de muchos años de aprobar leyes que
mitiguen el fallo de la Corte. Más bien, deberían esperar a que los
republicanos vengan a tocar a sus puertas en busca de una reforma al
financiamiento de campañas. Y entonces hacerlos rogar.
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Publicado en cooperación con Newsweek/ Published in cooperation with Newsweek