Un soplón estadounidense

DESDE LOS ATAQUES del 11/9, los federales han logrado más
de 500 condenas por terrorismo. En casi la mitad de los casos, los informantes
confidenciales fueron indispensables para acabar con los presuntos tipos malos.
Por supuesto, han existido soplones desde que Judas delató a Jesús. El hecho de
que sean críticos para montar un caso es incuestionable. Pero que sean
confiables, no lo es. Sin embargo, fuera de la reducida comunidad de padres
afligidos, abogados de libertades civiles y unos cuantos reporteros curiosos,
se ha dado poca atención a los abusos del sistema donde los informantes
entrenados por el FBI construyen endebles casos contra los acusados.

Aquí entra (T)error
—se supone que el paréntesis enfatiza “error”—, un documental asombroso que
arroja serias dudas sobre la rectitud de algunos casos del gobierno. Uno de
cada diez ha sido falseado por informantes que engatusaron a sus sospechosos
para hacerlos caer en trampas urdidas por el FBI, afirma Trevor Aaronson, autor
de The Terror Factory: Inside the FBI’s
Manufactured War on Terrorism.Lo que lograron los cineastas Lyric Cabral y
David Felix Sutcliffe fue crear una versión invertida de Cops.Y lo hicieron siguiendo un informante antiterrorista clave
quien los invitó a su inframundo —sin avisar a sus manejadores del FBI—,
creando un documental que revela la manera como los soplones convencen a sus
objetivos de pasar de una conversación casual sobre la yihad a contemplar —y
hasta emprender— algo más serio. El año pasado, la película arrancó
aclamaciones en Tribeca y Sundance, pero llegó a un público más extenso cuando
debutó, el 22 de febrero, en la serie Independent
Lens,de PBS.

La estrella de lo que equivale a un film noir casero es Saeed Torres, exconvicto y ex Black Panther de
63 años, quien trabaja como cocinero de una secundaria y, al iniciar la
película, lo vemos sirviendo perros calientes en un partido de baloncesto. El
robusto y canoso Torres, de nombre encubierto “Shariff”, afirma que ganó
cientos de miles de dólares como informante de contraterrorismo en los primeros
años que siguieron a los ataques del 11 de septiembre de 2001, pero cuando la
codirectora Cabral lo encuentra, en 2005, ese negocio se ha terminado. Torres y
Cabral fueron vecinos en Harlem unos años antes, cuando ella era una fotógrafa
incipiente en Nueva York. En aquellos días, Cabral pensaba que Torres era un
asistente legal, pero eso no era más que su empleo de pantalla. Más tarde,
Torres no sólo se revela a la cineasta, diciéndole que es un informante del
FBI, sino que accede a permitir que ella y Sutcliffe conozcan sus operaciones
encubiertas.

Lo que no queda claro es por qué lo hace. “En ese momento
tampoco tenía mucho sentido para nosotros”, dijo Sutcliffe, cinematógrafo y
codirector del documental, en una entrevista de 2015 con Amy Goodman,
anfitriona de Democracy Now!
“Dijimos: ‘¿Por qué esta persona accedería a participar en la película?’. Pero
no quisimos cuestionar sus motivos”.

El resultado es un tutorial atractivo, kafkiano, que
argumenta que al menos parte de las detenciones del Departamento de Justicia
han sido falsificadas. En la película, la primera víctima de Torres es Tarik
Shah, un musulmán converso y bajista de jazz moderno muy respetado, quien ha
salido en giras artísticas con personajes como Ahmad Jamal, Art Taylor y Betty
Carter. Cuando Torres conoce a Shah, este tiene un atraso de 80 000 dólares en
la pensión alimentaria de su hijo, lo cual derivó en la pérdida de su
pasaporte, e interminables lamentaciones sobre musulmanes asesinados en
Afganistán. En breve, Torres y un agente antiterrorista del FBI incitan a Shah,
experto en artes marciales, a participar en un complot imaginario para entrenar
reclutas de Al-Qaeda en una bodega de Queens. Su suerte queda sellada cuando él
y otro hombre, a quien el FBI está siguiendo, aceptan jurar lealtad a Al-Qaeda.

“Fue como carnada en el anzuelo, y mordió”, dice Torres a
los cineastas. “Dijo: ‘Haré lo que sea’, y fue entonces cuando supieron que lo
tenían”. En 2007, Shah fue sentenciado a 15 años de prisión por proporcionar
“apoyo material” a Al-Qaeda. Su único error fue pronunciar el juramento.

“Puede que Tarik sea culpable, ¿pero sabes de qué? De
hablar”, dice la llorosa madre de Shah en la película. “En todo esto, no hubo
nada de armas, nada de bombas, nada. Sólo palabras”.

El verdadero drama de (T)error
se desata cuando Torres, desesperado por hacer más dinero, se dirige a
Pittsburgh para aproximarse a Khalifa Ali al-Akili, de nombre real James Marvin
Thomas Jr., un hombre rechoncho y pálido de 33 años, cuyas diatribas yihadistas
en Facebook habían llamado la atención del FBI. Mientras conduce al sur en su
ruinoso auto, Torres se imagina como una especie de James Bond de los pobres.
“No me gusta que me llamen informante”, dice. “Soy un operativo interno… un
espía”.


TRAMPERO: Torres, quien ha trabajado 23 años con el FBI,
no se siente cómodo con la etiqueta de “informante”. Se considera un “espía”.
FOTO: MARK NEVERS

Su manejador del FBI lo presiona mucho para que arme un
caso de terrorismo contra Akili (en un maravilloso giro del destino, los
cineastas graban conversaciones telefónicas entre el agente del FBI y el
informante). Las cosas no salen bien. Torres entabla amistad con su objetivo,
mas luego de varias reuniones tensas con Akili, Torres dice al manejador del
FBI que la búsqueda fue infructuosa. “No es terrorista. Ni siquiera es
pseudoterrorista”, asegura. “No es más que una contradicción… Ni siquiera
arroja arroz en una boda”.

Pero el FBI quiere un caso. Por desgracia para la agencia,
no pasa mucho tiempo antes de que el objetivo sospeche que “Shariff” es un
agente provocador. Las pruebas aparecen cuando Torres deja a Akili unos
momentos a solas en su auto, y entonces encuentra un sobre de la Administración
de Seguridad Social en el tablero. Por supuesto, está dirigido a Torres, no a
“Shariff”. Akili se comunica con Stephen Downs, quien dirige algo llamado
Proyecto Salam, dedicado a exponer la persecución de musulmanes “quienes, de
hecho, eran inocentes de cualquier crimen”. Y en una flagrante traición, los
cineastas ahora presentan a Akili en su divulgación cinematográfica, sin
decirle a Torres. Es un trabajo periodístico asombroso. “Akili descubrió al FBI
tratando de descubrirlo”, dice Downs, exfiscal en jefe de la Comisión de
Conducta Judicial del Estado de Nueva York. “Jamás he visto un caso como este”.

Y que, además, es bastante perturbador. Cuando el FBI se
entera de que Downs va a presentar a Akili en una conferencia de prensa en
Washington, D. C., corre a arrestarlo. Por supuesto, después de una serie de
reportajes televisivos sensacionalistas sobre un “terrorista” local, la agencia
logra desviar la atención; cuando colapsa el caso de terrorismo contra Akili,
sólo siguen presentes unos pocos periodistas, y el desventurado acusado termina
declarándose culpable de un cargo por posesión de armas (había publicado una
foto sosteniendo un arma alquilada en un campo de tiro público, violación
técnica de su libertad convencional a una condena por drogas).

El FBI sigue acumulando casos como este. El 8 de febrero,
un informante de Minneapolis se quejó públicamente de que los federales están
creando estadísticas aparentemente impresionantes persiguiendo terroristas
fantasiosos o aspirantes de poca monta, en vez de ir tras los cabecillas. En la
acusación hecha ante KSMP (filial de Fox), Tony Osman, nacido Mohamed Ali
Osman, dijo que “quieren hacer todos los arrestos posibles y, mientras tanto,
dejan libres a los radicalizadores de alto nivel”. Después que Osman se
manifestó en público, la policía lanzó una redada en su casa y decomisó plantas
de marihuana que, según él, sus manejadores del FBI siempre supieron que tenía.
Asegura que la redada fue una represalia de la agencia federal.

Hugh Handeyside, exanalista de la CIA y quien ahora es
abogado del personal de la Unión Estadounidense de Libertades Civiles, describe
la cinta (T)error como un “documental
tremendamente importante”, porque “humaniza” el proceso donde tantas vidas han
sido destrozadas por la maquinaria antiterrorista del gobierno.

Karen Greenberg, directora del Centro sobre Seguridad
Nacional de la Escuela de Leyes Fordham, celebra la película porque dirige la
atención hacia los abusos del sistema. Greenberg, autora de Rogue Justice: The Making of the Security
State, libro de próxima publicación, señala que hay razones para creer que
el gobierno está cambiando sus métodos. Dice a Newsweekque, en sus esfuerzos para enfrentar la nueva amenaza del
extremismo interno gestado por el Estado Islámico (EI), el FBI “ahora parece
tomar más en serio la idea de la intervención temprana” con jóvenes seducidos
por el canto de sirena del EI, “en vez de dejarlos cometer crímenes cada vez
mayores”. El resultado, señala, han sido acuerdos para confesiones de
culpabilidad y sentencias de cárcel “significativamente más ligeras”.

Esa es otra manera de salvar vidas. Pero no cuentes con
que el gobierno apague su máquina. Hay suficientes motivos para temer otro
ataque inspirado por el EI. El 8 de febrero, el director de inteligencia
nacional, James Clapper, dijo al Congreso que los extremistas nacionales
probablemente “seguirán representando la mayor amenaza terrorista sunita para
el territorio estadounidense durante 2016”. Y los candidatos presidenciales de
este año, al menos en el bando republicano, juran tomar medidas más duras para
prevenir nuevos ataques.

Los estadounidenses quieren que el FBI esté presente.
Necesitan que el FBI esté presente, parafraseando a Jack Nicholson en Algunos buenos hombres.Quieren que esa
y otras agencias antiterroristas hagan todo lo posible para frustrar otro
ataque. Y eso significa que los informantes seguirán en el frente de batalla
para detener complots, aunque para ello deban engatusar a unos cuantos.

Publicado en cooperación con Newsweek/ Published in cooperation with Newsweek