A sus 81 años, llevar pan a la mesa es la meta de sus días

Dicen que envejecer es como escalar una gran montaña: mientras se sube, las fuerzas disminuyen, pero la mirada se hace más libre y la vista, más amplia. Es en esa etapa cuando se comprenden muchas cosas aprendidas a lo largo de una vida.

A esa cima ha llegado doña Imelda Wenses Campos, conocida como La Viejita de los Portales, quien a sus 81 años de edad aún busca los medios para sobrevivir en lugar de vivir a plenitud ese último peldaño de vida.

Se sienta en el quicio de la entrada de un negocio, a un lado está su viejo bastón de aluminio, su bolsa roja de mandado y una botella de refresco. Ahí, yace inmóvil la viejecita, casi perenne, con su cuerpo enrollado, cabizbaja, su frágil brazo izquierdo estirado y la mano abierta, esperando a que caigan las monedas.

Ése ha sido su único sostén, el dinero que le obsequian los transeúntes, los cuales avanzan por los portales frente a la plaza Constitución, en el centro de Pachuca. Vive al día y aunque no le gusta depender, mucho menos del gobierno, pues “se mal acostumbra uno”, dice, hoy acepta que es su único medio para sobrevivir.

“Nadie en su sano juicio me daría un trabajo así como estoy; ya estoy muy grande. Yo nací el 22 de enero de 1935 y pues son muchos años, no sé cuántos años sean pues yo no le sé a eso de las letras y los números, no sé leer ni escribir”, comenta al atrevido reportero que, de sopetón, se sentó a su lado para platicar.

Hay ocasiones que le va bien: con el dinero que obtiene de las limosnas compra comida para ella y su soledad. Apenas ayer le alcanzó para llevar pollo; sin embargo, la meta para este día es llevar pan a la mesa de la casa donde vive y que le prestan, en la calle Zacatecas, colonia San Bartolo, en la capital hidalguense.

A veces, la mujer compra cajas de chicles o cigarros para vender, principalmente, a los conductores de las combis, cuya base se ubica frente a los portales de la plaza y que arriban de diversos puntos de la metrópoli. Aunque, de un tiempo para acá, asegura, dejó de traer los cigarros porque sabe que no son buenos para la salud.

En la actualidad, doña Imelda sólo tiene a su hermana, con la que desde hace unos años no se lleva del todo bien; de vez en cuando la va a visitar a su casa. Ella tuvo dos hijas, una falleció a causa de una inyección errónea que le suministraron cuando se enfermó de las anginas.

La otra hija “cuando era joven me dijo; ‘el día que me case, ni contigo ni con mi suegra’, así que se fue a vivir, primero a San Luís Potosí, donde tristemente le matan al marido, y después se fue a vivir a la frontera, a Ciudad Juárez”, comenta.

Doña Imelda padece de una lesión en la pierna derecha a consecuencia de un golpe que le asestó un hombre en la calle, después de que ella defendió a una mujer a la que le jalaba del cabello. “Eso pasó muy rápido, yo estaba parada cuando, de pronto, un fulano le jaló el cabello a una señora que llevaba a su hija en brazos, yo le jalé la camisa y le metí un chingadazo con el puño para que la soltara, entonces el fulano éste me soltó una patada, pero aquí me defendió el señor que vende flores”.

Otra experiencia que le ha tocado sortear ocurrió hace unos meses, cuando un hombre generoso le entregó, en sus manos, dos billetes de 200 pesos. Aún con gracia, doña Imelda asegura que “si no es por lo vieja que estoy, hubiera saltado de alegría”.

“Le agradecí al señor y le dije que Diosito lo cuidará mucho a él y su familia, los billetes los eché en una caja de cigarros y fue en un momento de descuido cuando una pinche vieja metió la mano en la bolsa y se llevó la caja con el dinero y un refresco”.

Su impotencia regresa cuando recuerda el suceso, lo cual provoca que un par de lágrimas broten de aquellos ojos cafés que parecen trasparentes, como los de un niño. Guarda silencio. “Así le va a ir”, concluye.

A veces, el cansancio la vence y se queda dormida. Quizá por costumbre, siempre, siempre, siempre, mantiene estirada su mano…