¿El cristianismo podrá salvarnos del cambio climático?

John Muir era un
ferviente creyente. No solo en la ciencia, la conservación o el Servicio de
Parques Nacionales, todo lo cual defendía. El fundador de Sierra Club y padre
del ambientalismo estadounidense también creía en Dios. “Los bosques de Estados
Unidos, no obstante dañados por el hombre, debieron haber complacido a Dios”,
escribió Muir en su ensayo de 1897, “Los bosques estadounidenses”. “[Durante
siglos] Dios ha cuidado de estos árboles, los ha protegido de sequías,
enfermedades, avalanchas, y mil tempestades e inundaciones poderosas y
arrasadoras; pero ni siquiera Él puede salvarlos de tontos”.

Ese tipo de
lenguaje religioso estuvo “muy presente en los primeros movimientos de
conservación”, dice Evan Berry, profesor asociado de la Universidad
Estadounidense y autor de Devoted to
Nature: The Religious Roots of American Envoronmentalism. George Bird
Grinnel, fundador de la Sociedad Audubon, también apeló a la fe, y muchos de
los líderes ambientalistas de fines del XIX y principios del siglo XX fueron
congregacionalistas, una secta protestante tradicional, informa Berry.

Pero luego, Dios
abandonó los bosques. Durante la Gran Depresión y dos guerras mundiales, el
ambientalismo fue relegado por lo que parecían asuntos más perentorios, para
resurgir en la década de 1960 en formas más seglares, como el libro Primavera silenciosa, de Rachel Carson.
Berry dice que la nueva era “quería resolver los problemas ambientales dándoles
soluciones prácticas, basadas en políticas, sin caer en el embrollo de la ética
religiosa”.

Durante años,
conservacionistas y opiniones ambientales basadas en la fe siguieron caminos
distintos, pero en 1986, el príncipe Felipe, quien entonces fungía como presidente
del Fondo Mundial de la Naturaleza (WWF), organizó una cumbre donde los líderes
de las cinco religiones más importantes del mundo –budismo, catolicismo,
hinduismo, islamismo y judaísmo-
debatieron la manera como la fe podría salvar al mundo natural. Para la década
de 1990, grupos religiosos como el Consejo Mundial de Iglesias, estaban
participando en debates y conferencias climáticas internacionales.

A fines de los años noventa, la Red Ambiental
Evangélica ayudó a introducir el Acta de Especies en Peligro en el Congreso de
Estados Unidos, caracterizándola en The
New York Times como el “Arca de Noé de nuestros tiempos”. En 2002, dicha
red lanzó una notoria campaña llamada “¿Qué conduciría Jesucristo?” para llamar
la atención al tema de la eficiencia de combustible. En 2006, el grupo organizó
la Iniciativa Climática Evangélica, que publicó una declaración donde
presentaba un argumento moral para la acción climática. Docenas de líderes
religiosos la suscribieron, incluidos Rick Warren, Leith Anderson, y Joel
Hunter, cuyas megaiglesias cuentan con decenas de miles de miembros. Entre
tanto, la campaña “Interfaith Power and Light” del Proyecto Regeneración,
lanzada en el año 2000 como una “respuesta religiosa al calentamiento global”,
expandió rápidamente su base de participantes. Según la presidenta de la
campaña, la reverenda Sally Bingham, en 2001 la organización comprendía 14
congregaciones de California; hoy día, se encuentra en 40 estados e incluye
alrededor de 18,000 congregaciones.

La sección interreligiosa
de la Marcha Climática del Pueblo 2014, en la Ciudad de Nueva York, renió a
miles de personas de más de 30 denominaciones religiosas –desde bautistas hasta
practicantes del zoroastrismo- en un mitin para la acción climática. El Consejo
Mundial de Iglesias, en representación de cientos de millones de cristianos, se
ha comprometido a retirar su fondos multimillonarios de los combustibles
fósiles. En la histórica cumbre climática decembrina de París, hubo grupos
matutinos de oración, negociadores vaticanos, y una exhibición en la Catedral
de Notre-Dame llamada “Oda a la Creación de Dios”. “Nada de esto podía
adivinarse hace 20 años”, dice Mary Evelyn Tucker, codirectora del Foro sobre
Religión y Ecología de la Universidad de Yale. “Ha habido duna explosión”.

Con todo, la
actitud de Estados Unidos hacia el cambio climático sigue caracterizándose por
la apatía. Según una encuesta Gallup de 2014, los estadounidenses colocan al
ambiente y el cambio climático casi en el fondo de su lista de prioridades, calificando
sus inquietudes en las posiciones 13 y 14 (de un total de 15), respectivamente.
En comparación, la encuesta CBC de septiembre reveló que los canadienses sitúan
al ambiente en el segundo lugar (de 13 posiciones) en su lista de temas
importantes, por arriba de la educación, el empleo y la política exterior. Y el
interés estadounidense se divide según la postura política. Una encuesta de
2014 del Instituto Público de Investigación Religiosa demuestra que, si bien 65
por ciento de los demócratas considera que el cambio climático es consecuencia
de la actividad humana, solo 22 por ciento de los republicanos reconoce este
hecho.

El activismo
ambiental fundamentado en la fe –el “cuidado de la creación”, como lo llaman
muchos- sigue creciendo, esperando que Estados Unidos termine por romper
algunas de sus barreras. No importa si esto significa motivar a los políticos conservadores
mediante la fe o instigar acciones desde los bancos de iglesia, la idea es que
la religión puede hacer que los indecisos tomen medidas motivados por la
ciencia.

ARRANCADO DEL
INODORO

El 23 de febrero
de 1980, a los 16 años de edad, Charlotte Keys volvió a nacer. “Me dio la
fuerza y la capacidad de no tener miedo”, dice sobre su fe pentecostal. También
le hizo ver que la homosexualidad era un pecado, que la evolución era dudosa, y
el aborto como una violación de la santidad de la vida humana. Tal era la
palabra de Dios. Y por la misma razón, es ambientalista.

Keys halló su
vocación una década después. Trabajaba en la oficina del secretario del
condado, donde halló unos documentos que detallaban un derrame químico en el
barrio Web Quarter de Columbia, Mississippi, donde creció. “Cuando descubrimos
que estábamos sufriendo un montón de problemas de salud, el Señor simplemente
movió mi espíritu”, dice Keys. “El pueblo de Dios no merece esto”.

Según la Agencia
de Protección Ambiental (EPA), la planta química Reichhold almacenaba
trementina, diesel, el pesticida pentaclorofenol (hoy prohibido) y otra
cantidad ingente de químicos. La planta explotó en marzo de 1977, y Web Quarter
sufrió un golpe directo. Una residente recuerda que uno de sus vecinos de
enfrente salió despedido del “inodoro”. Los habitantes dicen que los químicos
corrían por las zanjas de escorrentía y se filtraban en el suelo, y durante
años, la hierba se incendiaba espontáneamente. EPA declaró el área un sitio de
desechos peligrosos Superfund. Trabajadores vestidos con trajes protectores
limpiaron todo lo que pudieron, y grupos de activistas señalan que la compañía
retiró lo demás. Aunque EPA quitó el vecindario de su lista de prioridades en
el año 2000, muchos miembros de la comunidad creen que Web Quarter sigue
contaminado. “Tengo miedo de no despertar una mañana”, comenta Mack Oatis,
quien ha sido residente del barrio casi toda su vida.

Escandalizada,
en 1992, Keys fundó una organización no lucrativa llamada Jesus People Against
Pollution y durante más de dos décadas, esa ha sido su misión. La denomina su
“asignación en el reino” de Dios. Poco a poco, su trabajo se ha extendido para
incluir no solo el derrame de Reichhold, sino legislaciones de aire y energía
limpios, temas en los que colabora con organizaciones como WE ACT, grupo
ambiental basado en Harlem, Nueva York. Sin embargo, su objetivo principal es
reubicar a todos los habitantes posibles de Web Warter en una pequeña comunidad
al otro lado de la población, donde habrá una iglesia, 16 unidades de vivienda,
un snack bar y su propia casa. Con
tiempo y ayuda financiera de su marido, Willie, ha adquirido 3.65 hectáreas de
tierras y vertido un cimiento de 167 metros cuadrados de concreto sobre el cual
pretende erigir la iglesia American Temple Apostolic Church.

Mientras tanto,
ejerce su ministerio en un pequeño salón de conferencias en un hotel Comfort
Suites junto a la autopista federal 98. Allí tiene un facistol que sirve
también de púlpito, y ofrece un desayuno continental en el vestíbulo.
“Quienquiera que vaya, fue”, dice la reverenda Keys, de camino al servicio, un
domingo. Las tres filas de mesas pueden resultar algo estrechas cuando aparecen
15 personas, pero en ocasiones solo llegan una o dos personas. Después de una
rápida escala para recoger a un de sus feligrés, enfila al hotel.

Una vez en el
salón de conferencias, circula un folleto titulado “Dios crea”. Amén del hombre
que llegó con Keys, hay otra pareja, Lakeidra y Maurice Keys (ningún
parentesco), y sus cuatro hijos. Para iniciar la mañana, todos entonan juntos
una canción góspel “What a Mighty God We Serve”, la cual es seguida de una
oración de apertura y otros cantos. Luego, es tiempo de contemplación.
“Observen su escritura”, Lackeidra dice, separando a Kyliah, de 7 años, y su
hermano, Jyisiah, de 5. “Presten atención”. Resueltas las distracciones, Keys
abre el Libro del Génesis. “En el principio, Dios creó el cielo y la Tierra”,
dice con voz estentórea. “Pero, ¿creen que Dios creó estas cosas para que las
echemos a perder?”. “No”, responden en perfecto unísono.

Keys dista mucho
de ser el único personaje religioso que lucha por la acción ambiental. El reverendo
John Rausch, de Kentucky, está arremetiendo contra el los grandes intereses de
carbón. El reverendo Jeffrey Allen dirige la atención hacia las prácticas
contaminantes como el derrumbe de cumbres de Virginia del Oeste. Y Katherine
Hayhoe, directora del Centro de Ciencias Climáticas de la Universidad
Tecnológica de Texas, está rompiendo el molde del activismo climático. Antes se
limitaba, exclusivamente, a utilizar la ciencia para argumentar porqué
necesitamos combatir el cambio climático, pero a menudo percibía una
desconexión con su público texano. Así que Hayhoe decidió probar con una nueva
estrategia, y comenzó a introducir sus creencias en la conversación. Dice que,
al principio, aquello fue como “bajarse los calzones en público”, pero ella y
su marido pastor decidieron escribir el libro A Climate for Change: Global Warming Facts for Faith-Based Decisions.
El mensaje de cuidar de la creación despegó, y la colocó en la lista Time de las “100 personas más
influyentes”, llevándola después a figurar en “Years of Living Dangerously” de
Showtime, un programa sobre el calentamiento global. “Si no conectamos todos
esos hechos [científicos] en el corazón”, dice Hayhoe, “no tendremos
motivaciones para actuar”.

El impulso para
este enfoque moral de la acción climática alcanzó nuevas alturas cuando el papa
Francisco hizo del ambientalismo un pilar de su papado. El esfuerzo inició con
la elección de nombre –San Francisco de Asís, considerado el santo patrono no
oficial de la ecología- y se elevó en crescendo el verano pasado con la
proclamación de su encíclica de casi 200 páginas, “Laudato Si: sobre el cuidado de nuestro hogar común”. En ella, el
pontífice argumenta que necesitamos aceptar el cambio climático como una
realidad, y reconocer que si no hacemos algo al respecto, muy pronto causará la
devastación de los pobres y desposeídos del mundo entero. En un pronunciamiento
en el Jardín Sur de la Casa Blanca, el otoño pasado, Francisco hizo un llamado
a la acción: “El cambio climático es un problema que ya no podemos dejar a nuestra generación futura. Me gustaría que
todos los hombres y las mujeres de buena voluntad, en esta gran nación, apoyen
los esfuerzos de la comunidad internacional para proteger a los vulnerables de
nuestro mundo”.

Y parece que su
grey está escuchando. Una encuesta del Proyecto Yale sobre Comunicación en
Cambio Climático demuestra que, entre marzo y octubre, la cifra de católicos
estadounidenses que dicen creer en el cambio climático, aumentó de 64 a 74 por
ciento; la cifra que reconoce que el problema es muy o extremadamente
importante para ellos, en lo personal, saltó de 15 a 23 por ciento.

LOS RAROS DEL
SIERRA CLUB

Keys recuerda
con cariño la década de 1990. Dice que Jesus People Against Pollution tenía 500
miembros, y organizaba mítines y marchas. Los residentes recuerdan que la
reverenda aparecía a cada rato para pedirles que firmaran alguna petición
exigiendo indemnizaciones por parte de la compañía química. Pero décadas
después, muchas casas de Web Quarter se encuentran dilapidadas, y la gente
sigue recitando la letanía que quejas que creen vinculada con la planta
química, desde cáncer hasta mosquitos de tamaño súper. Algunos dirigen su
frustración contra Keys, acusándola de quedarse con el dinero de los acuerdos
por daños o de actuar movida por el ego. Más a menudo, se muestran
irritadamente indiferentes. En octubre, cuando Keys organizó un encuentro
comunitario para hablar del Plan de Energía Limpia en una iglesia del barrio,
solo se presentó un puñado de vecinos. Una jovencita, vestida con una camiseta
que decía: “Sé el cambio que deseas ve en el mundo”, pasó casi todo el tiempo
con la mirada clavada en el celular. Otro hombre se quedó dormido y empezó a
roncar.

“Es un proceso”,
dice Keys, parada en el porche frontal de su vivienda. “Y el proceso no es
fácil”. Entra brevemente y regresa secándose las lágrimas. Después de haber
metido todos sus recursos en su misión para el reino, ella y su marido tienen
que vivir en un remolque de doble ancho en Friendship Church Road. La pintura
azul se está desprendiendo, el suelo está tan hinchado por el agua de un
tornado de 2014, que la puerta no cierra del todo, y el techo a veces gotea
cuando llueve. “Ni en un millón de años habría pensado que estaría haciendo lo
que hago, y que estaría así de estancada”, dijo.

El esfuerzo de
Keys apunta a los obstáculos que encara el movimiento cuidar de la creación.
Por una parte, la menguante feligresía ha limitado el alcance de algunos
líderes religiosos. Pero lo más problemático es que la base de donadores
religiosos ha estado ligada, históricamente, a la industria de combustibles
fósiles o la derecha política, entidades nada dispuestas a financiar la
conciencia climática. Eso suele empujar a los activistas hacia grupos
ambientales más seglares, que a su vez pueden colocarlos en la situación
difícil de elegir entre la financiación y sus creencias.

“Rezo porque mis
creencias religiosas no ahuyenten la ayuda”, dice Keys. “En cierta medida, sé
que lo harán”. Pero para ella, es imposible separar la religión del ambiente.
“Esta tierra pertenece al Señor, nos guste o no”, asevera. Mitch Hescox,
presidente de la Red Ambiental Evangélica, se encuentra en una situación
igualmente truculenta. “Consideramos que el cuidado de la creación es un
aspecto del movimiento pro-vida”, dice. Es por eso que evita, por todos los
medios, “la extrema izquierda” y los grupos como Sierra Club, al cual describe
como “un montón de raros”.

El problema es
que muchos grupos cristianos poderosos de la derecha política desconfían –si no
es que repudian- del movimiento de cuidar de la creación. “Tan pronto como se
lanzó [la Iniciativa Climática Evangélica], una red de líderes cristianos de
derecha la atacó con fuerza”, escribe la socióloga Lydia Bean, en un artículo
titulado “Diseminar el evangelio del cambio climático”. A diferencia de
esfuerzos como el Acta de Especies en Peligro o “¿Qué conduciría Jesucristo?”,
el movimiento cuidar de la creación de mediados de los años 2000 afirmaba el
cambio climático por causas humanas y también exigía una legislación federal
para reducir las emisiones de gases de invernadero. “[Esto iba] directamente en
contra de la ideología anti-gran-gobierno, anti-regulación que mantiene unida a
la coalición GOP [republicana]”, dice Bean. Ante una resistencia tan férrea,
muchos signatarios de la iniciativa guardaron silencio, el apoyo se debilitó y
el avance se detuvo.

En el centro de
la reacción violenta al movimiento de cuidar de la creación, se encuentra el
profesor de teología Calvin Beisner: fundador de la Alianza Cornwall,
organización no lucrativa que afirma que las pruebas del cambio climático
antropogénico catastrófico no son convincentes, que los humanos tienen el
“dominio divino” del planeta, y que los mercados libres son el mejor motor de
la mayordomía ecológica. Apoyado en campañas mediáticas y defensas legales
–como “Resisting the Green Dragon”, juego de 12 DVDs y un libro que perfila la
“respuesta cristiana al ambientalismo radical”-, Beisner ha unificado la
derecha cristiana. Al volver controversial el cuidado de la creación, ha podido
mantener a raya a los líderes evangélicos que buscan evitar riesgos y sin duda,
ha facilitado mucho que los políticos GOP de la clase dirigente –como Jeb Bush-
desafíen al movimiento. “No obtengo mi política económica de obispos,
cardenales o el papa”, dijo el ex candidato presidencial, uno de muchos
republicanos que han desdeñado la encíclica “Laudato Si”.

Sin embargo, el
cuidado de la creación parece estar adaptándose y creciendo. Después del
tropiezo de la Iniciativa Climática Evangélica, los líderes de la campaña se
dieron cuenta de que necesitaban un apoyo más generalizado. “No teníamos un
movimiento fuerte en las bases”, dice Hescox. Agrega que, desde entonces, el
grupo ha escalado sus esfuerzos de contacto y participación, creciendo de unas
15,000 personas a más de 800,000 miembros en los últimos seis años. El objetivo
es llegar a 3 millones de integrantes en los próximos dos años.

Para que eso
suceda, será necesario cubrir cierta demografía. Por ejemplo, una encuesta de
Instituto Público de Investigación Religiosa halló que los católicos hispanos
tienen muchas más probabilidades de aceptar que la temperatura global está
aumentando a resultas de la actividad humana que sus homólogos blancos (61 vs. 40 por ciento). El mensaje de
cuidado de la creación también resuena mucho más entre los cristianos jóvenes.
“Estamos más dispuestos a votar por personas dispuestas a tomar acción en el
tema del clima”, dice Rachel Lamb, de 26 años, portavoz de Evangélicos Jóvenes
por la Acción Climática, organización no lucrativa dedicada a movilizar
evangélicos menores de 30 años. De hecho, ya tienen miembros en el campo en una
docena de estados, trabajando con los conservadores de distritos cuyos votos
son decisivos. Lamb dice que, partiendo de una base cristiana, la organización
puede visitar instalaciones universitarias (como la Universidad Oral Roberts,
de Oklahoma) que difícilmente recibirían a grupos ambientales tradicionales. Y
si consiguen que los jóvenes cristianos se sumen al bando del ambientalismo,
muy pronto los líderes religiosos y conservadores no tendrán más remedio que
escuchar.

ESE MOMENTO
DISPARADOR

Fue un grupo de
jóvenes el que convenció al ex senador Bob Inglis de cambiar su postura frente
al cambio climático: sus hijos. Cuando alcanzaron la edad de votar, pidieron al
republicano de Carolina del Sur que reconsiderara el tema. Movido por la
ciencia y la fe, Inglis ha propuesto soluciones conservadores –como parear el
precio del carbono con recortes fiscales-, lo que hizo que Slate lo llamara “la mejor esperanza estadounidense para la acción
climática a corto plazo”. “Ahora somos los mayordomos de esta maravillosa
creación”, dijo Inglis en una entrevista con la Red Ambiental Evangélica. “Me
parece que, parte de la religiosidad, implica encontrar la manera de que
nuestra sociedad pueda responder a este desafío de la energía y el clima”.

El reverendo
Gerald Durley es otro converso del cuidado de la creación. El pastor jubilado
de la iglesia Providence Missionary Baptist Church, antaño desdeñó la idea de
priorizar a los osos polares, prefiriendo enfatizar temas como la justicia
racial o la salud. Pero a mediado de los años 2000, vio una proyección de “The
Great Warming”, documental que recurrió a la ciencia y el razonamiento evangélico
para hablar de los peligros del calentamiento global. “Después de eso, empecé a
conectar los puntos”, dice Durley. Ahora está convencido de que el cambio
climático es uno de los temas más urgentes que puede abordar desde el púlpito.

“Este será el tema
de los derechos civiles de nuestra época”, afirma Durley, quien figura en una
International Civil Rights Walk Of Fame, caminando junto a Martin Luther King
Jr. señala que en las décadas de 1950 y 1960, “hubo escépticos acérrimos que
dijeron, ‘Nunca votarás’”, que los afro-estadounidenses marcharían, pero jamás
les permitirían llegar a las urnas. Durley dice que la fe fue indispensable
para demostrar que su predicción estaba equivocada, y esa lección todavía
aplica en la actualidad. Las iglesias pueden ser una herramienta organizacional
poderosa, y la religión proporciona estructura moral y motivación a los
seguidores. Durley dice que otra pista es un punto álgido que pone en
movimiento a las masas. Señala que un catalizador importante en el movimiento de
los derechos civiles fue un ataque con bomba, en 1963, en una iglesia negra de
Birmingham, Alabama, donde murieron cuatro niñas y varias personas resultaron
lesionadas. El incidente desató la ira y acción nacional, y eventualmente
condujo al cambio.

Cuando las
personas establecen una conexión
personal con el tema, la religión puede ser un motivador poderoso, dice
Cybelle Shattuck, investigadora de la Universidad de Michigan, quien ha
estudiado los factores que influyen en la acción ambiental sustentada en la fe,
en el nivel comunitario. Las personas que ha entrevistado le han dicho que “su
fe les da la capacidad para intentar algo, aun cuando no saben si pueden
hacerlo”. Y el ex secretario del Interior, Bruce Babbitt, defensor ambiental,
dice que la fe está impulsando el movimiento climático más cerca del cambio
real. “Los puntos de inflexión políticos llegan”, afirma, “y nos cambian de la
noche a la mañana”. Un ejemplo reciente es la violencia contra las minorías.
Después de una serie de incidentes de alto perfil, encuestas Gallup muestran
que el porcentajes de estadounidenses que dicen interesarse “mucho” en el tema
mayor de las “relaciones de raza” ha saltado de 17 a 28 por ciento, solo el año
pasado.

Hoy día, los
defensores ambientales cristianos, como Key, están cruzando el país con la
esperanza de provocar un cambio parecido en el apoyo para la sustentabilidad y
la conservación. Muchas veces, eso significa largos periodos en la carretera,
cuentas bancarias menguantes, y muchas visitas a Washington, D.C., incluyendo
escalas en la Casa Blanca. Kkeys no sabe a dónde la conducirán todas esas
vueltas o el movimiento cuidar de la creación, pero se siente alentada por la
comunidad de simpatizantes y el creciente grupo de colegas que la rodean.
“Jamás he visto un esfuerzo de esta magnitud en la comunidad religiosa,
centrado en el ambientalismo”, dice Keys. “Necesitaremos a los cristianos que
temen a Dios”.

Chris Berdik
contribuyó con su reportaje a la creación de este artículo, que fue patrocinado
con una beca de la Sociedad de Reporteros Ambientales.

Publicado en colaboración con Newsweek / Published in cooperation with Newsweek