Hace mucho tiempo, cinco hermosas hermanas adolescentes vivían en una apacible población turca junto al mar. Después de un día mágico paseando con jóvenes de la localidad, regresaron a casa y descubrieron que su inocente excursión había desatado chismes entre los vecinos. Preocupada por sus cuerpos y sus posibilidades, la familia de las jóvenes las encerró en la casa, una “fábrica de esposas” creada para preservar la pureza de las damitas.
Aunque parece un siniestro cuento de hadas, Mustang, el onírico debut cinematográfico de la cineasta franco-turca Deniz Gamze Ergüven, trastorna la historia convencional de alcanzar la mayoría de edad y, al mismo tiempo, hace una crítica política de la moderna Turquía. La directora dice que, en los últimos años, el gobierno ultraconservador del país ha intentado controlar la vida de las mujeres, regulando la cantidad de hijos que tienen hasta sugiriendo cuándo pueden reír en público (eso hizo el viceprimer ministro Bülent Arinç, en 2014). Sin embargo, las protagonistas de la comedia negra de Ergüven se niegan a dejarse suprimir y buscan la manera de usar los argumentos de su encarcelamiento como medios para escapar finalmente.
Un éxito de Cannes, Mustang fue ganadora como mejor película en lengua extranjera para los Premios de la Academia. Pero Ergüven tiene otra distinción: es una de sólo dos mujeres directoras cuyas películas fueron nominadas, este año, en cualquier categoría del Óscar, crédito que comparte con Liz Garbus, quien dirigió el documental What Happened, Miss Simone?.
—¿Cómo fue la recepción de tu película en Turquía?
—Por parte de mi familia y amigos, extremadamente positiva. La respuesta en Turquía es muy polarizada. Hay gente encantada y gente que la odia. Pero la película tiene más vida en el extranjero. La gente discute sobre ella en los medios sociales, y el conflicto de esas discusiones es, justamente, el conflicto que aborda la película. Algunos dicen: “Me asquea ver a esas muchachas semidesnudas frente a la cámara”. Otra persona dice: “Bueno, si las vieras como niñas, no dirías cosas así”. La gente que mira la película ve el mundo durante una hora y media a través de los ojos de una adolescente de 13 años. Es todo un ejercicio para los hombres. A lo largo de nuestra historia nos hemos acostumbrado a ver el mundo a través de los ojos de los hombres; ya sabemos cómo ven el mundo. Así que, para los hombres, es una experiencia que amplía sus perspectivas.
—¿Consideras que empieza a ser más fácil que las mujeres hagan películas?
—Nos perdemos de muchas cosas al no tener películas hechas por mujeres. No es sólo cuestión de equidad, de mismas cantidades o salarios. Pero el hecho de que estemos hablando [de inequidad], hará que a la larga algo cambie. Era mucho más difícil ser cineasta hace una década. Incluso con Mustang fue difícil generar confianza. Todavía nos sentimos nerviosos cuando una mujer piloto aborda un avión, y lo mismo le sucede a la gente con las mujeres cineastas. Se preguntan si podremos aterrizar ese avión, si pueden confiar en nosotras para hacer esas cosas. Así que ha sido más difícil desempeñarme como directora, pero las reacciones que tuve hace una década fueron mucho peores.