El rostro inmutable de la jazzista mexicana refleja la misma paz que su voz suave y profunda. Lili Vélez llega a la entrevista portando un suéter beige y el cabello negro atado en una cola de caballo. La primera impresión que proyecta la cantante y compositora originaria de Culiacán, Sinaloa, oculta su pasión por el género que interpreta. Se refiere a este como “jazz alternativo”, si bien usualmente sería clasificado como jazz fusión por su manera de incorporar elementos de otros géneros a la mezcla.
El jazz fusión combina el jazz con un sonido distinto, como bossa nova y ritmos latinos, “aunque el nombre no tenga nada que ver —precisa—, chistosamente muchos proyectos que le dan ese término no son de mi agrado”, revela encogiéndose de hombros. Y agrega: “Entonces dije: bueno, ¿cómo lo llamo si no es jazz tradicional?”. Así surgió la idea de jazz alternativo, por la incorporación de rock alternativo que hace en algunos temas.
Le pregunto cuándo fue la última vez que una canción la movió en verdad. Responde: “Hace un par de meses, cuando vino el pianista de jazz Brad Mehldau al Lunario, una belleza. Salí volando de allí”.
Entre tantos músicos empíricos de hoy, la vehemencia y el tesón tan típicos del norte del país se revelan en Lili Vélez cuando comenta, casi de pasada, que sigue estudiando composición, que su maestro de canto es una presencia casi permanente en su vida y también cuando alude a las dos veces que hizo la mezcla musical del álbum; la insistencia en la calidad musical queda de relieve.
Al momento de mezclar por segunda ocasión su álbum y masterizarlo, cuenta que asistió a un concierto de jazz en el Townhall de Nueva York y que se dijo: “No manches, ¡mis músicos tocan mejor!”.
—¿Cuándo fue la última vez que te sentaste a componer?
–Justo fue el año pasado cuando estaba terminando las ideas para este disco.
Al respecto, rememora entre risas: “Cuando te diga que quiero hacer otro disco, recuérdame que no”, le pidió una vez a su maestro de canto. Luego de decir esto, su semblante se torna de nuevo serio: “Digo, sí tengo ganas, pero es muchísimo estrés”.
Producto de la economía colaborativa (la denominada sharing economy), Let Love In fue gestado gracias a la cooperación en Fondeadora. El proyecto fue presentado por primera vez en 2014 por Vélez a los asistentes de un festival que se presentó en su natal Sinaloa, aunque originalmente la idea fuera producirlo como parte de una beca “que finalmente le dieron a un proyecto de música clásica”.
Su concierto próximo lo está levantando de manera independiente, pero es justamente eso lo que permite que la presentación de su álbum, acompañada de 16 músicos, se escuche como en el disco.
“Usualmente en estos proyectos de jazz se da más que te presentes en un festival”, dice. Sin embargo, explica que no hubiera sido posible dar la calidad musical del álbum, ya que “ningún festival me va a llevar con 16 músicos, ¡luego no te quieren llevar ni con cinco!”.
Al respecto, añade: “En el jazz no podemos llegar a la fama ni mucho menos, es música menos comercial”. Hay detalles muy importantes que la gente no sabe, cosa que le atribuye al tamaño del género en el todo de la industria musical.
Sus canciones, sea por la música o la letra, revelan algo de sí misma. Si bien en el canto hay quienes optan por hacer trucos vocales, Lili Vélez confiesa que esa “no es mi onda”. Ella busca tocar sentimientos y transmitirlos del modo más puro posible:
“Yo no quiero maquillajes, no quiero trucos, yo busco transmitirle algo a la gente”, remata.