“La Casa de las Ideas” —como le gusta promocionarse a la
editorial Marvel— tiene la vieja costumbre, cada vez que sus ventas generales
empiezan a bajar, de incorporar a sus personajes más célebres en cuanto título
sea posible. Primero fue Spider-Man quien se paseó por las series de otros
personajes para atraerles público; luego fue Wolverine, el miembro de los X-Men
más adorado y más odiado (por la saturación que tuvimos de él) por los fans no
sólo del equipo de mutantes, y quien curiosamente es, en gran medida, la
antítesis de Spider-Man (corto de estatura y todavía más corto en sentido del
humor, presto a matar a la menor provocación y dado a los excesos).
Ahora le toca a Deadpool aparecerse en cuanto producto salga de
los talleres creativos de Marvel. Desde realizar su tan anhelado sueño de ser
parte de los Avengers hasta tener una nueva serie propia a pesar de haber
muerto el año pasado, Deadpool ahora se prepara para invadir como se debe las
pantallas de cine (la primera vez no lo hizo con mucho acierto: “X-Men
orígenes: Wolverine” tuvo una de las peores traiciones a la esencia de un
personaje que se haya visto).
Creado en 1991 por el escritor Fabian Nicieza y el dibujante
(con perdón de la expresión) Rob Liefeld, Deadpool se ha convertido casi en una
versión para adultos de los otros dos grandes metiches de Marvel: tiene la
capacidad de regeneración de Wolverine y su misma falta de remordimiento para
matar, pero ambos llevados a mayores extremos (además, los dos son
canadienses), y un sentido del humor que rivaliza con el de Spider-Man, salvo
que es más negro y vulgar. Estas características lo ponen en un estatus aparte
como antihéroe, provocándoles severos dolores de cabeza a los guionistas y
dibujantes que se ven obligados como nunca antes a experimentar con el lado
cómico de la violencia.
Pero, además de su capacidad de regenerar su cuerpo y su
excelencia en las artes de combate con y sin armas, lo que más separa a
Deadpool de cualquier otro personaje de Marvel es que está consciente de que
vive en un cómic. Esto no sólo le permite romper la cuarta pared para decirle
directamente al lector un chiste o referirlo a algún evento pasado sin
necesidad de usar una cartela, sino que le permite rebasar los límites mismos
del surrealismo de las historietas. Al momento de saltar de un avión sin paracaídas,
se atreve a decirle al guionista: “Sabes que esto no me matará, pero ¿te has
puesto a pensar que sí duele?” O puede hacer uso en un momento dado de algún
arma que no llevaba consigo de antemano o algún elemento en sus alrededores
para remediar una situación de maneras que nadie más podría hacerlo. Para
derrotar al zombi del difunto Teddy Roosevelt en un zoológico, utiliza unos
cables de alta tensión, de paso haciendo arder el elefante que tenía empalado
al presidente. Y de inmediato se queja de que a Edison lo consideren un héroe
cuando hizo exactamente lo mismo y a él no. Huelga decir que estas
“excentricidades” propician que los demás personajes de Marvel lo consideren un
loco, cuando en verdad lo único que él hace es sacarle jugo a esa realidad surrealista
que comparten. En esta época en que los cómics tienden cada vez más a ser lo
más veristas posibles (dentro de su surrealismo intrínseco), Deadpool es una
refrescante bocanada de absurdo.
“El mercenario bocazas” (dicho por la mutante Domino: “Su arma
más letal es… ¡su boca!”) es el producto de un experimento para crear el arma
perfecta, en el mismo programa que creó a Captain America y Wolverine, del cual
aceptó ser parte para hallar una cura al cáncer tan agresivo que lo aqueja
todavía hoy. A pesar de que es capaz de reparar sus huesos rotos en
veintitantas partes en cuestión de minutos, no es capaz de aliviar por completo
el cáncer, lo cual provoca que toda su piel esté llena de llagas abiertas y
supurantes (la cuales le dan un olor bastante peculiar, razón que algunos
aducen para no acercarse a él en vez de mencionar su conocida locura). Según
algunos autores, los experimentos a los que fue sometido durante su estadía en
el Programa X fueron los responsables de su demencia (y su capacidad para romper
la cuarta pared), aunque otros prefieren argüir que ya desde niño sufría de
esquizofrenia. De cualquier manera, esta locura es la que permite a los
artistas jugar con la violencia de una manera que, quizá, sólo nos es
soportable en las películas gore.
Aparte de las pistolas y las espadas, Deadpool sólo tiene otros
dos grandes amores: uno de ellos es Lady Death. No, no se trata de una
superheroína o una supervillana que utiliza ese nombre para inspirar miedo, es
la mismísima parca quien ocupa los sueños del degenerado que se regenera. Amor
imposible de realizar, dado que Deadpool es inmortal (esto debido a los celos
del supervillano Thanos, quien lo maldijo “¡con la vida!”; menudo triángulo
amoroso). Su otro gran amor son las chimichangas, esos burritos fritos típicos
del suroeste de Estados Unidos y el norte de México. Gracias a su factor de
regeneración, puede comerlas en cantidades industriales, y llevar varias de
ellas en la infinidad de bolsillos de su traje sin importarle fechas de
caducidad ni minucias por el estilo.
Ese epíteto del “degenerado que se regenera” no es tan
gratuito. A decir de algunos de sus escritores más afamados, Deadpool es un
auténtico “omnisexual”, pudiendo sentir lujuria por hombres o mujeres (y no
“bisexual”, que sienten deseo por hombres y mujeres), dependiendo de qué le
dicte su cerebro en un momento dado (razón de más para que Lady Death sea su
gran amor, siendo ella carente de un sexo identificable). De esta manera,
Deadpool puede experimentar una erección al estar atado frente a frente con
Spider-Man, o sentir picazón al contemplar la corpulencia desmedida de Big
Bertha —y rechazarla al momento en que ella recobra su figura esbelta de
supermodelo.
Deadpool fue creado como un vil fusil de un personaje de la
tiendita de enfrente: Deathstroke, el villano principal de los Teen Titans de
DC Comics, y sus creadores llegaron al descaro de llamarlo “Wade Wilson”
(Deathstroke se llama “Slade Wilson”), pero casi de inmediato los artistas de
Marvel se percataron de la capacidad para la parodia que les brindaba el
mercenario bocazas. Al contrario de los demás habitantes de su universo
ficticio, quienes gozan de vidas comunes cuando no están ataviados como
superhéroes, Deadpool se ve obligado a usar siempre su traje rojo a causa de su
irremediable problema cutáneo, lo cual a su vez le impide entrar a muchos
lugares públicos, en especial a Taco Bell (hubo un tiempo en que debía quedarse
a dormir en las escenas de crímenes, porque ningún casero aceptaba rentarle un
apartamento). Mientras que los demás superhéroes y antihéroes se preocupan
siempre por minimizar el riesgo a la población civil y terminan de alguna
manera provocando destrozos severos y, en ocasiones, muertes accidentales, Wade
Wilson no tiene reparo en hacer un uso excesivo de la fuerza sin importarle los
daños y vidas que pudieran costar sus acciones, y casi nunca tiene los
resultados catastróficos de sus colegas (bueno, hay el elefante frito
ocasional).
Y como la cereza del pastel, en el tráiler de la película de
próximo estreno, el actor Ryan Reynolds, al momento de inscribirse al Programa
X para convertirse en superhéroe, les pide a los científicos que no le den un
traje verde ni animado (burlándose de que el mismo actor interpretó a Green
Lantern —¡de DC Comics!— en la película del mismo título).
En ese mismo tráiler vemos cómo les confiesa a unos matones lo
útil que es un traje rojo para ocultar las manchas de sangre y la suerte que
tiene uno de ellos de vestir pantalones marrones. Y también vemos un atisbo a
una típica escena de Deadpool, quien gusta de usar partes de su cuerpo como
silenciadores de sus pistolas. En un mundo cinematográfico en el que se ha
abusado de las secuencias en cámara lenta al estilo “Matrix” casi hasta el
hartazgo, con “Deadpool” serán aprovechadas al máximo para adentrarnos en la
violencia más absurda que se pueda esperar de una película de acción. Y por si
fuera poco, es la primera ocasión en que una película de superhéroes de Marvel
tendrá una clasificación “sólo para adultos”, lo cual nos asegura que no habrá
escasez de humor subido de tono, violencia y chimichangas. Quizá volvamos a ver
aquella vieja tradición de los menores de edad buscando cómo colarse al cine
para ver una película para adultos.
No estoy seguro de que “Deadpool” vaya a ser un éxito de
taquilla como las demás películas de la serie de X-Men. Vamos, ni siquiera
estoy seguro de que vaya a ser un éxito de taquilla como la última película de
Charlie Brown. Pero sí les puedo asegurar algo, a los mayores de treinta años
pocas veces nos habían dado una mejor excusa para ser nerds sin remordimientos.
Y si no incluyen a Lady Deadpool en alguna escena, habrá un nerd muy enojado en
las butacas.