Tal vez usted haya notado las
similitudes extrañamente improbables entre las plataformas improvisadas de
Bernie Sanders y Donald Trump.
En la superficie, ellos
representan extremos opuestos. Pero en su celebración del estado nación como
salvación de la gente —sus llamados imperiosos a derrocar a las elites
existentes y remplazarlas con una forma más intensa de gobierno vertical—, ellos
tienen mucho en común.
Recuerde que los nazis y los
comunistas se odiaban mutuamente en el período entre guerras y, por supuesto,
se combatieron mutuamente hasta el final sangriento de la guerra. Después de
que los nazis perdieron el control sobre las naciones que conquistaron, los
comunistas entraron a lo grande, cambiando una tiranía por otra.
Imaginar que estos sistemas de
alguna manera representan polos opuestos es extraño. Ambos sistemas ensalzaban
la primacía del estado. Ambos practicaban la planeación económica centralizada.
Ambos pusieron a la nación sobre el individuo. Ambos crearon un culto a los
líderes. Ambos experimentos de orden social vertical terminaron en calamidades
y violaciones masivas a los derechos humanos.
¿Cómo podían estos dos sistemas,
tan similares en su operación, ser tan antagónicos? Me imagino que se debió
estar allí.
De vuelta al pasado
Extrañamente, allí estamos
ahora. En lo tocante a la política, es la década de 1930 de nuevo, o por lo
menos una versión actualizada.
En realidad estamos viviendo un
período en el que la izquierda revolucionaria y la derecha revolucionaria se
han fusionado —combatiendo al sistema para hacer más grande al gobierno— de una
manera que se le ha pasado por alto a sus partidarios respectivos.
Sanders y Trump difieren en lo
particular, aunque no es tan obvio exactamente dónde. Sí, Trump está en contra
del control de armas de fuego, y Sanders lo ensalza. Sanders quiere saquear a
los ricos, y Trump no quiere que lo saqueen. Sanders le da mucha importancia al
calentamiento global, y Trump no parece tomárselo con seriedad.
Pero estas son las alteraciones
e idiosincrasias en un sistema dominante en las cuales los dos concuerdan: el
estado nación como la unidad central de organización de la vida misma. Ellos
tienen prioridades diferentes sobre a quiénes deben servir y dónde debe
expandirse más el gobierno.
Pero ellos concuerdan en la
necesidad de proteger y agrandar el poder del estado. Ninguno de los dos acepta
límites de principios a lo que el estado podría hacerle legalmente al
individuo. Incluso en asuntos grandes en los que uno podría pensar que ellos no
están de acuerdo —el cuidado a la salud, la inmigración y el control de tierras
por el gobierno federal—, sus posturas en gran medida son indistinguibles.
Y aun así, ellos y sus
partidarios se odian unos a otros. Cada uno considera al otro un enemigo que
destruir. Esta no es una lucha por el poder como tal sino a servicio de quién
se usará.
Por supuesto, la mayoría de sus
partidarios no lo ve de esta manera. Ellos se imaginan a sí mismos como
rebeldes combatiendo al poder per se, sin embargo quieren definirlo: Wall
Street, las clases dominantes partidistas, los políticos pagados, la
burocracia, los multimillonarios, los extranjeros, los intereses especiales y
demás.
Pero note que ninguno de los
dos ataca la autoridad del gobierno como tal. Ambos aspiran a usarlo y hacerlo
crecer para sus propósitos.
El mercadeo del control
El entendimiento aquí lo provee
F.A. Hayek en Camino de servidumbre, publicado en 1944 (otra época en que tales
asuntos eran apremiantes), clarificando que la diferencia aquí no es de
sustancia sino de estilo.
“El conflicto entre el fascista
o el nacionalsocialista y los más viejos partidos socialistas de hecho debe
considerarse en gran medida como el tipo de conflicto que está destinado a
surgir entre facciones socialistas rivales”, escribió él.
“No había diferencia entre
ellos sobre la cuestión de si la voluntad del estado debía asignarle a cada
persona su lugar apropiado en la sociedad”.
¿Cuál es la diferencia? Fue una
cuestión de la demografía del apoyo político en las diferentes clases de la
sociedad que esperaban beneficiarse de un estado totalizador. Los viejos
comunistas buscaron el apoyo dentro de las clases trabajadoras y dependían
tremendamente en el apoyo de los intelectuales.
La nueva forma de socialistas
era apoyada por la generación joven, “por ese desprecio a la búsqueda de
ganancias promovido por la enseñanza socialista”. Estas personas “desdeñaban
las posturas independientes que involucraban riesgos, y se juntaron en masa y
cantidades cada vez mayores en puestos asalariados con seguridad prometida”.
Ellos exigían un lugar que les diera un ingreso y poder al que su título les
daba derecho, pero el cual parecía perpetuamente fuera de su alcance.
Aun cuando él hablaba de la
Europa de la década de 1930, parece una buena descripción de los partidarios de
Sanders, quienes abrumadoramente son los votantes más jóvenes. Traicionados por
el sistema educativo, atascados en una perspectiva de empleo sombría, aquejados
por las deudas, atrapados en un mercado de salud fallido, sintiendo cómo el
sistema está amañado en su contra, han optado por el político que les promete
el cielo en la tierra a través del saqueo a las elites adineradas.
Luego tenemos a la derecha
fascista y nacionalsocialista, con sus propias formas de chivos expiatorios y
su propio atractivo de clase. Este enfoque dice: sus problemas se deben a los
externos, los inmigrantes, las elites mediáticas, los musulmanes, los
intelectuales y su corrección política.
El atractivo, entonces como
ahora, es una nueva forma de identidad política basada en la nación y la raza.
Para ellos, la idea de la igualdad es un mero encubrimiento de una apropiación
del poder, un truco subversivo para promover los intereses de las elites y los
“otros” malvados.
Remplazar fracaso con fracaso
Como nos lo recuerda Hayek,
ninguna de las facciones surgió del vacío. “Sus tácticas se desarrollaron en un
mundo de por sí dominado por la política socialista y los problemas que crea”.
Pero en vez de ver el problema como estatismo per se, ellos presionan para que
el poder del estado se use de manera diferente.
The New York Times reportó:
“Loa asistentes al caucus republicano de Iowa están sumamente insatisfechos con
la forma en que trabaja el gobierno federal”, pero por alguna razón muchos
votantes republicanos todavía no comprenden que los militares, el estado
vigilante y el control de la inmigración que aman son el gobierno que afirman odiar.
Últimas brechas
¿Por qué siquiera prestarle
atención a este circo? Es fascinante observar el colapso del viejo y fallido
orden político. Le está sucediendo a ambos partidos y también al sector público
que batallan por controlar. Su promesa de una mejor vida a través de
burocracias más grandes ha fracasado.
Mientras tanto, en nuestras
vidas cotidianas, el futuro está con las tecnologías distribuidas sin
fronteras, administradas no por elecciones de suma cero sino por el mercado
digital. Esto es lo que está poniendo al mundo de cabeza.
Aun así, el sector político
continúa existiendo y se vuelve más inestable y ridículo día con día. Se puede
ver esto como trágico y terrible, o divertido y encantador. Yo me recuerdo
todos los días de elegir la segunda ruta.
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