Rusia sufre una epidemia de VIH

“QUIZÁ SOY PEQUEÑA, PERO SOY FUERTE”, señala Anya Alimova, una joven de 29 años con el pelo teñido de verde, mientras recoge una pesada mochila llena de jeringas, condones, pruebas de VIH y otros artículos relacionados. Es una nevada tarde de invierno en el este de Moscú, y Alimova y su compañera de trabajo, Lena Plotnikova, dedicarán las siguientes horas a distribuir estos suministros que pueden salvar vidas a algunos de las decenas de miles de consumidores de drogas de la capital rusa.

Ambas mujeres trabajan en la Fundación Andrei Rylkov para la Salud y la Justicia Social, una pequeña organización no gubernamental de ayuda social que cuenta con alrededor de una docena de miembros. Rusia sufre una epidemia de VIH, con una cantidad cada vez mayor de nuevas infecciones entre los consumidores de drogas intravenosas, pero esta diminuta organización es la única fuente de agujas gratuitas y limpias en Moscú. Aunque el Kremlin ha otorgado recientemente generosas subvenciones a organizaciones como los Lobos Nocturnos, una pandilla de motociclistas ultranacionalista, la Fundación Andrei Rylkov no ha recibido un solo kópek de financiación pública. “A veces, los miembros de los supuestos movimientos patrióticos nos gritan, pues creen que es- tamos socavando los valores espirituales de Rusia o algo así”, afirma Plotnikova, una delgada veinteañera de anteojos.

Después de reunirse en una estación del metro cercana, Alimova y Plotnikova cargan sus mochilas hasta una farmacia que abre las 24 horas y es popular entre los adictos porque vende una marca de gotas para los ojos que, cuando se inyectan, intensifican el efecto de la heroína de baja calidad. Cápsulas vacías del líquido ensucian la acera alrededor de la farmacia. Pocos minutos después de su llegada, las trabajadoras del servicio de ayuda social son rodeadas por una media docena de hombres y mujeres miserablemente vestidos. “¿Me puedes dar un poco de ungüento para esto?”, pide un hombre de edad madura, levantándose la manga para mostrar enrojecidas marcas de inyecciones hipodérmicas.

Una combinación de amplio consumo de drogas
intravenosas, ignorancia o indiferencia en relación con los peligros del sexo
sin protección, y las políticas conservadoras que se han arraigado en el
Kremlin desde el regreso de Vladimir Putin a la presidencia en 2012, han
aumentado enorme- mente los índices de infección por VIH en Rusia. Las nuevas
infecciones por VIH han disminuido notablemente en todo el mundo en los últimos
años, incluso en gran parte de África subsahariana, la región más golpeada por
el virus causante del sida, pero Rusia es una excepción mortal.

Incluso las cifras oficiales, que la mayoría de los expertos consideran inferiores a las reales, son terroríficas. Un millón de rusos están registrados como portadores del VIH, de una población total de 143 millones de personas, un aumento de casi el doble con respecto a 2010. Vadim Pokrovsky, el expresivo director del Centro Federal del Sida en Moscú, dice que más de dos por ciento del principal grupo de riesgo (personas de 30 a 35 años de edad) actualmente es VIH positivo, y cerca de 200 nuevas infecciones por VIH ocurren todos los días. Pokrovsky pronostica que hasta tres millones de rusos vivirán con el virus en 2020. La Organización de las Naciones Unidas calcula que, en todo el mundo, uno de cada tres consumidores de drogas inyectables que son VIH positivos residen en Rusia, donde se calcula que más de 1.5 millones de personas son adictas a la heroína.

A pesar de estas cifras apocalípticas, el gobierno ruso no proporciona programas de agujas limpias ni terapia de sustitución de  opioides, ambos métodos recomendados por la Organización Mundial de la Salud como elementos esenciales en la lucha contra el VIH/sida. La metadona, un opiato sintético que se consume de forma oral para desenganchar a los adictos a la heroína, está prohibida en Rusia, y cualquier persona que sea atrapada distribuyéndola enfrenta hasta 20 años de prisión. En comparación, en la cercana Ucrania, los índices de VIH han disminuido todos los años entre los consumidores de drogas desde 2007, cuando se introdujo la metadona y otras políticas de reducción de daños, aunque el conflicto en ese país ha dificultado los esfuerzos para reducir la transmisión del virus.

Yevgeny Voronin, el principal especialista en VIH de Rusia, condena lo que, en su opinión, es una obsesión occidental con el sustituto de la heroína. “La metadona no es una varita mágica”, dice. Insiste en que una combinación de más pruebas y el tratamiento con potentes medicamentos antirretrovirales es la mejor manera de detener el aumento de nuevas infecciones de VIH en Rusia. También sostiene que la distri- bución de agujas sólo exacerbaría el problema al incrementar el apetito por el consumo de drogas.

La influencia de la poderosa Iglesia Ortodoxa Rusa significa que la educación sexual en las escuelas secundarias es tabú. El obispo Panteleimon, director del departamento para la caridad y la ayuda social de la iglesia, dice que la educación sexual simplemente alentaría a los adolescentes a “experimentar” con el sexo. Las mejores armas en la lucha contra el VIH/sida son, dice, “la virtud y la castidad”. Esta es una actitud que comparte Pavel Astakhov, el principal funcionario para los derechos de los niños de Rusia, que dice que las novelas de escritores rusos como León Tolstoi contienen todo lo que un niño tiene que saber sobre el amor y el sexo. Los críticos del enfoque de Rusia, como Pokrovsky, el jefe del Centro Federal del Sida, han sido etiquetados como “agentes extranjeros” por políticos a favor del Kremlin.

En Alemania, donde la educación sexual se imparte en las escuelas secundarias, el intercambio de aguja es común y la prostitución es legal, hubo 3000 nuevas infecciones de VIH en 2014. En Rusia, cuya población es casi dos veces más grande, ocurrieron alrededor de 30 veces más nuevas infecciones en el mismo periodo, 50 por ciento de ellas como resultado de compartir agujas infectadas y 42 por ciento debidas a relaciones heterosexuales sin protección, de acuerdo con funcionarios rusos.

“El gobierno ruso no sólo no apoya, sino que dificulta la puesta en práctica de programas de prevención eficaces que nosotros y otras organizaciones no gubernamentales tratamos de llevar a cabo”, afirma Anya Sarang, directora de la Fundación Andrey Rylkov. “La importancia de los programas de reducción de daños para prevenir las infecciones de VIH es reconocida en todo el mundo. Existen en China, en Irán, en Estados Unidos, en Asia Central y en Europa Oriental. Sin embargo, Rusia asume una postura agresiva y falta de rigor científico, y es uno de los pocos países en los que la epidemia de VIH continúa creciendo”.

Casi 30 años después del primer caso registrado de infección de VIH en la Unión Soviética, una escasez de publicidad de servicio público y cobertura periodística relacionada con el VIH significa que el virus sigue siendo tema de rumores y especulación desenfrenada, y la discriminación está muy extendida. “Las personas VIH positivas tienen problemas en los hospitales, incluyendo las salas de maternidad. A menudo, los médicos se niegan a atenderlas porque temen infectarse”, señala María Godlevskaya, de 32 años, que ha sido VIH positiva durante más de 15 años y es coordinadora de proyecto de la organización E. V. A., con sede en San Petersburgo, la cual ayuda a las mujeres que viven con el virus. “En Rusia, el VIH es visto como… una enfermedad vergonzosa, y hay muchos mitos. Esta es una de las razones por las que la epidemia ha crecido tan rápidamente: las personas no se hacen la prueba porque no creen que puede afectarlas”.

Aunque el gobierno ruso muestra pocas señales de abandonar su oposición a los programas de reducción de daños o de educación sexual, la escala de la epidemia de VIH en el país ha obligado al gobierno a prestar atención. En octubre, el primer ministro Dmitry Medvedev ordenó al Ministerio de Salud que duplicara su gasto para la atención y la prevención del VIH en 2016 a 600 millones de dólares. La noticia fue bien recibida por organizaciones internacionales, pero los activistas populares se mantienen cautelosos. “Todo el sistema de Rusia es inútil y corrupto”, afirma Anton Krasovsky, un conocido periodista y activista del VIH/sida. “La campaña del gobierno contra el VIH no es distinta”.

Krasovsky tiene razón al mostrarse pesimista. En diciembre, cuando se aprobó el presupuesto nacional, el gasto para la atención y la prevención regional del VIH había sido reducido en más de 600 000 dólares, mientras que sólo un poco más de la mitad del aumento total en la financiación se había asignado a Rostec, un próspero conglomerado estatal. Rostec, que tiene intereses en las áreas militares, industriales y civiles, es dirigida por Sergei Chemezov, quien, según informes, es un exoficial de la KGB y es uno de los aliados más cercanos de Putin. Los activistas del VIH/sida quedaron perplejos por la decisión, señalando que, aunque Rostec habrá de convertirse en el único distribuidor en Rusia de los medicamentos antirretrovirales necesarios para el tratamiento del VIH, cuenta con instalaciones limitadas para su producción. Rostec no respondió a la solicitud de comentarios de Newsweek.

Mientras tanto, los activistas del VIH de la Fundación Andrei Rylkov continúan su trabajo con los consumidores de drogas con poco más que donaciones públicas y una enorme cantidad de buena voluntad. “Las autoridades rusas han hecho las cosas a su manera en lo que concierne a la lucha contra el VIH y el sida”, dice Alimova, mientras se para fuera de la farmacia de 24 horas en el este de Moscú. Ríe y añade: “Sólo que no siempre resulta claro cuál es esa manera”.

PUBLICADO EN COOPERACIÓN CON NEWSWEEK /
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