Periodismo o no periodismo, esa es la cuestión…

Acto de valor viril o de desmedido ego de movie star; primicia informativa u ofensa para el periodismo; aporte vital para la investigación o desperdicio de una enorme oportunidad; contribución para entender mejor a un personaje clave o el más reciente despliegue de torpeza de un “ugly American”: en México y en Estados Unidos, los miembros de la profesión se dividieron en un ríspido debate sobre las cualidades de la entrevista/crónica que le realizó el famoso actor hollywoodense Sean Penn, ayudado por la actriz mexicana-estadounidense Kate del Castillo, al capo criminal más buscado del mundo: Joaquín Guzmán, el Chapo.

“El hecho y los dichos son la nota”, tuiteó el periodista de Proceso Jenaro Villamil, para quien entre todo el lodo del affaire, en el fondo brilla el acto de confesión del delincuente: “Guzmán Loera admite ser narco”. Para el diario La Jornada, en un artículo editorial, la crítica moralista de funcionarios gubernamentales contra Penn y Del Castillo es un acto de hipocresía y de molestia porque quedó exhibido “el nivel de infiltración que las estructuras criminales tienen en las corporaciones policiales y militares”.

La narración en primerísima persona de Penn, que al viajar a los dominios del Chapo expresa el temor que tiene de morir en un enfrentamiento o de que le mutilen su instrumento de micción, logró conmover o admirar a muchos mexicanos, como una reportera, Laura Alanís, que etiquetó a conocidos periodistas en un extenso post de Facebook en el que se adhiere a la siempre recordada hipótesis de que la valentía humana se origina en los genitales, lo que afirma en dos ocasiones: “Insisto, sí hay que tener muchos testículos u ovarios para lograr el encuentro con el narcotraficante”.

Lo anterior, no obstante, de que fue el narcotraficante quien otorgó todas las facilidades y comodidades para que sus invitados —Sean y Kate—acudieran a reunirse con él. Aquí empieza el lado B del debate mexicano: “Todos los periodistas sentimos envidia”, manifestó también en Facebook el director del portal Animal Político, Daniel Moreno, quien continuó: “Pero eso no significa necesariamente que la hubiéramos aceptado en las mismas condiciones”.

“QUE TRABAJE EN SINALOA”

Según Penn, en el comienzo del asunto está el interés del Chapo y de Kate por hacer una película sobre el primero. Varios periodistas han revelado que fueron contactados, en distintos momentos, por personas que querían arreglar que escribieran la biografía del narco. Una biografía autorizada. Es decir, una en la que se diga lo que el biografiado estime conveniente. No se ha dado a conocer quién le iba a pagar a Del Castillo por la producción cinematográfica. En cualquiera de estos casos, sin embargo, las condiciones estaban claras: el Chapo tendría el control.

Sean le envió las preguntas por Blackberry. En inglés. Uno de los hombres del Chapo las tradujo al español, y él o el jefe mafioso pudieron escoger las que iba a responder, en un video amateur grabado con un teléfono móvil. Después, según reconoce Rolling Stone, la revista que publicó el texto de Penn, Guzmán Loera tendría poder de veto sobre el texto final. Que no ejerció, afirman los editores: “No pidió ningún cambio”.

El alarde de arrojo que hace el actor en su texto no convenció a muchos más mexicanos. En el diario El País, Javier Garza, un periodista que se hizo un nombre dirigiendo El Siglo de Torreón, un diario local que ha sido objeto directo de ataques violentos en una zona especialmente afectada por el narco, recordó que en cuatro estados con fuerte influencia del Chapo—Sinaloa, Sonora, Durango y Chihuahua— habían sido asesinados diecisiete periodistas en diez años, y que a la comida de carne asada y tequila con la que agasajó a los artistas, estos tuvieron el privilegio de ir por voluntad propia y con seguridad; en contraste, otros reporteros son llevados a fuerza a eventos en los que hay más en el menú de lo que uno quisiera, como “una amenaza muy específica sobre lo que los periodistas pueden publicar” y “una mención muy clara del precio que se paga si hay desobediencia”.

Es falsa, señala Javier Garza, la pretensión de Sean Penn de que corrió riesgos significativos: “Él pudo viajar por los mismos caminos, pero protegido por la misma gente que hacía peligroso que cualquier otro periodista se acercara”. Por eso, “si realmente quiere conocer el peligro de cubrir a los cárteles”, continúa, “podría conseguirse un trabajo en un periódico de Sinaloa o Durango” al lado de “decenas de valientes reporteros y editores”.

Sean Penn no hace preguntas que un reportero común hubiera considerado de interés prioritario: ¿quiénes lavan el dinero sucio del cártel en Nueva York?, ¿quién lo protege en México?, ¿hasta dónde se extienden sus redes de corrupción?, ¿a cuántos periodistas ha mandado asesinar…? León Krauze, conductor de noticiarios de Univisión en Los Ángeles, señala en El Universal lo que —en lugar de eso— comunicó el Chapo, con la mediación de Penn: “…es un hombre de familia que quiere a su madrecita, que cuida a sus hijos, que se volvió narco para sobrevivir, que no es violento, que sólo se defiende, que no busca problemas, que es caballeroso, da abrazos de compadre y sonríe casi todo el tiempo”. “Un acto perfecto de propaganda”, concluye, “un triunfo más”.

ALGUIEN MIENTE

“Describir la reunión del Chapo y Sean Penn como entrevista es un insulto épico contra los periodistas que murieron en nombre de la verdad”, sostuvo Alfredo Corchado, el corresponsal del Dallas Morning News que ha cubierto extensamente el crimen organizado y ha tenido que salir de México, en varias ocasiones, por amenazas de muerte. Lo hizo con un tuit que se convirtió en título de un reportaje de The Washington Post sobre esta misma discusión en Estados Unidos, en el que también incluyó la postura contraria:

“Yo y cualquier otro periodista hubiéramos aceptado (las condiciones del Chapo) y mucho más para conseguir esa entrevista”, expresó Danny Goldman, de la revista Vice; “cualquiera que diga algo distinto está mintiendo”.

Buscar el impacto a cualquier costo debilita las normas editoriales bajo la “lógica implacable de los mercados competitivos”, tuiteó Christopher Hayes, de MSNBC, quien reconoció que el texto de Penn “generará un enorme tráfico” de internet. De cualquier forma, consideró que “es obvia y claramente indefendible darle al sujeto de una entrevista la última palabra”. Aun si no le hizo cambios, porque se asume que el autor trabajó con el afán por ganar la aprobación del entrevistado, omitiendo o añadiendo datos a su gusto.

Este es un argumento especialmente sensible para la revista Rolling Stone, a la que en estos días le han recordado un vergonzoso episodio de noviembre de 2014: el de un reportaje en el que daba detalles de una violación en la Universidad de Virginia que nunca tuvo lugar, y por el que no han acabado de ser aceptadas sus disculpas y promesas de enmendarse. El texto sobre el Chapo ha sido señalado como muestra de que no las cumplirá.

RELATO CONMOVEDOR: La narración en primerísima persona de Penn, que al viajar a los dominios del Chapo expresa el temor que tiene de morir en un enfrentamiento o de que le mutilen su instrumento de micción, logró admirar a muchos mexicanos. ILUSTRACIÓN: THE NEW YORKER

EL EGO MÁS GRANDE

El hecho de que Sean Penn se asume como periodista frente a un asesino de periodistas, sin preguntarle por ellos, también generó cuestionamientos entre los colegas estadounidenses. Cuatro semanas antes, el mismo The Washington Post había publicado una investigación titulada “Censúrate o muere: la muerte de la prensa mexicana en la era de los cárteles de la droga”, en la que revela cómo la frontera noreste de México se ha convertido en una zona de silencio en donde los mafiosos dictan qué se puede decir y qué no, con el castigo de la muerte brutal para todos los que desobedezcan, desde la prensa hasta los tuiteros. “Mientras Penn bebía tequila con el Chapo, esto es lo que les ocurre a los periodistas de verdad”, tuiteó Stephen Losey, reportero del Air Force Times.

El portal InsightCrime, en el que trabajan reporteros que sí conocen los riesgos de revelar la información que molesta a los delincuentes, le dedicó en Twitter un sonoro “Fuck you!” a Penn, y un texto que enlista sus cinco fallas: que se hizo pasar por periodista sin serlo; que confunde valor con ego; que ajusta al Chapo a su propia versión de la realidad, sin mencionar uno solo de sus crímenes; que “no nos dice nada que no sepamos”; y que, finalmente, no se trata de una historia sobre el capo, sino sobre él mismo: “No se sabe de quién es el ego más grande, el del Chapo o el de Penn”.

El actor se comportó como un “ugly American”, como lo peor del estereotipo del estadounidense que viaja a otros lugares sin entender que son diferentes, queriendo que todo sea como en su país y reproduciendo prejuicios mientras se siente todo un explorador. Así lo describió Everard Mead, director del Trans-Border Institute, de San Diego, y explicó por qué: en México tiene que haber tequila y el Chapo se lo da; también cervezas, y tras “unas cuantas”, dice Penn, ya entiende español; después sigue hacer comparaciones con personajes latinos mafiosos de película, y se sorprende cuando no ajustan.

En contraste con la incomodidad que causó el hollywoodense, no han faltado medios que han preferido tomárselo con sentido del humor. El semanario The New Yorker publicó una caricatura en la que dos policías detienen al Chapo y le dicen: “Además de las otras acusaciones, usted se dejó utilizar por Sean Penn en sus crímenes contra el periodismo”.

En Londres, The Independent le dio a un texto este título: “¿Qué aprendimos de la entrevista de 11 000 palabras de Sean Penn con el Chapo? Cómo no debemos escribir”.

Con mayor extensión, en una pieza satírica que ha provocado carcajadas por el ciberespacio, la revista Slate aseguró que, a pesar de que Rolling Stone lo negó, el Chapo sí le había hecho cambios al artículo de Sean Penn, en una edición de tipo profesional en la que el entrevistado supuestamente tacha párrafos completos, explicándole al entrevistador que la historia es sobre el gángster magnífico, no sobre el actor metido a periodista y, al final, termina echando a la basura el artículo completo: “Dudo que hayas entendido ni un poquito de quién soy. Estoy empezando a pensar que tendremos que matar el texto”.

Para tranquilidad de Sean Penn, el Chapo aclara: “Sólo el texto”.