Fumé una cajetilla de
cigarrillos al día por casi una década. Traté de dejarlo, pero nada funcionó.
El parche me dio sarpullido. Nicorette me daba un hipo incesante. Y ninguno de
los dos redujo mi ansia de un cigarrillo.
Chantix, que me recetó mi
médico, funcionó, por lo menos hasta que fui al hospital con una severa
reacción alérgica. Finalmente, lo único que me ayudó a dejarlo para siempre fue
una droga ilegal que me habían enseñado a temer tanto como a la heroína. Esta
droga fue el LSD.
Y lo en verdad extraordinario
es que mi experiencia no fue una chiripa. No soy la excepción. En un estudio
piloto reciente en Johns Hopkins, 80 por ciento de los participantes estaba
libre de nicotina seis meses después de dos o tres sesiones de psilocibina. Y
otra investigación promisoria muestra la eficacia de los psicodélicos para
tratar el alcoholismo e incluso la adicción a la cocaína.
Esto parece un milagro. Pero,
por supuesto, no lo es. Como ateo, y alguien que pasó cuatro años estudiando
física en Princeton, creo en la ciencia. Los psicodélicos no son magia; son una
medicina en el marco adecuado. Y las medicinas obedecen las leyes de la
naturaleza, de la causa y efecto.
Entonces, ¿qué pasa aquí con
exactitud psicológicamente?
Después de mi experiencia, me
dejé atrapar por la literatura psicodélica. Leí docenas de libros sobre estas
drogas poderosas, buscando la respuesta de lo que me había sucedido. El
problema era que estaba buscando en el lugar equivocado. Estaba aprendiendo
mucho sobre los psicodélicos, neurociencia e incluso religión, pero ni
remotamente lo suficiente sobre adicción.
Y luego leí el nuevo libro de
Johann Hari, Chasing the Scream: The First and Last Days of the War on Drugs, y
por primera vez hallé un sentido. Hari argumenta que la adicción no es una
función del químico, es una función de tu jaula. Y tal vez lo que mi
experiencia había hecho fue mejorar las condiciones de mi jaula para que ya no
quisiera escapar de ella con nicotina.
Algunos antecedentes en el
libro de Hari (y un video publicado recientemente resumiendo su tesis) serían
instructivos aquí. En el experimento de la jaula de ratas que se hizo famoso
por las campañas “Solo Di No” en las décadas de 1980, a las ratas se les dio a
elegir entre agua común y agua aderezada con heroína, y casi todas las veces
bebían el agua con droga, volviéndose adictas y al final sufriendo sobredosis.
El problema con este estudio y
el modelo de adicción que soporta fue que ignoraba el hecho de que estas ratas
estaban en una jaula vacía. Un estudio siguiente remplazó la jaula vacía con
algo que se asemejaba un parque de ratas (o cielo de ratas) lleno de otras
ratas con las cuales tener sexo, bolas para jugar y objetos coloridos que ver.
Esta vez, las ratas rara vez bebieron el agua con droga y nunca se volvieron
adictas.
Y esta teoría de “la jaula” de
la adicción al parecer se reproduce en los seres humanos. Durante Vietnam,
alrededor de 20 por cientos de los veteranos que regresaban tenían una
dependencia al opio. Pero un año después de su regreso, 95 por ciento estaba
libre de drogas. Si se remplazaba el miedo constante a morir en una guerra
selvática con una vida apacible llena de amigos y familiares, la adicción
desaparecía.
Lo que es interesante y
diferente de mi ejemplo es que los psicodélicos no cambiaron los parámetros
físicos de mi jaula. Al contrario del veterano de Vietnam, nada cambió
materialmente en mi vida, tampoco en términos de con qué personas pasaba mi
tiempo, o qué hacía cada día. Entonces, ¿qué da?
Los seres humanos ansían estar conectados.
Y Hari señala que en ausencia de conexiones humanas significativas, recurrimos
a accesorios menos productivos, desde nuestro iPhone y Twitter hasta
cigarrillos e incluso heroína.
Y personalmente, siempre había
batallado con crear y sostener conexiones humanas satisfactorias; simplemente
era demasiado defensivo y criticón. Incluso entre mis amigos íntimos, siempre
había algo que criticar. En otras palabras, cuando miré dentro de mi “jaula”,
vi algo roto, una serie de cosas que habían salido mal. ¡Con razón quería fumar
un cigarrillo cada 30 minutos!
Pero después de tomar LSD, mi
visión del mundo cambió. Mientras que antes veía la vida como una especie de
competencia entre yo y el mundo, ahora me sentía como una parte de un todo
mayor. Siempre he tenido la capacidad de sentir empatía, pero había reservado
esos sentimientos a unos pocos selectos que lo “merecían”. Mi experiencia
psicodélica me obligó a considerar que quizá todos la merecemos. Y a cambio,
mis relaciones con otros han florecido.
Renuncié al tabaquismo con
“abstinencia” antes de tomar LSD. Pero las perspectivas de mi “viaje” han
sostenido esa decisión inicial y me han mantenido lejos de la nicotina desde
entonces. Antes de mi experiencia, había una lucha todos los días entre mi voluntad
de renunciar y un deseo por mi viejo amigo “el cigarrillo”. Esto era a la par
desagradable y, créanme, insostenible.
Pero después, solo fue fácil.
No había lucha porque ya no deseaba los cigarrillos. Una de las participantes
en el estudio para dejar de fumar de Johns Hopkins fue citada en un artículo
del New Yorker diciendo: “Fumar parecía irrelevante así que lo dejé”.
Dicho de otra manera, dada su
nueva perspectiva, ella tenía cosas mejores que hacer en su jaula de ratas que
fumar cigarrillos. O por lo menos, así es como yo lo sentí. Los psicodélicos me
dieron una serie de opciones espirituales y emocionales y una capacidad para
relacionarme con otros que eran mucho más preferibles a esa descarga de
nicotina.
La ciencia detrás de mi
experiencia se ha vuelto más clara a cada día. Científicos de Johns Hopkins, la
NYU, la UCLA y el Imperial College de Londres creen que los psicodélicos pueden
inducir profundas perspectivas espirituales al apagar o disminuir temporalmente
la Red de Modo Predeterminado, la parte del cerebro responsable de nuestro ego
y sentido del ser.
Esto ciertamente se adecua a mi
experiencia personal, y a los resultados de los estudios científicos. Pero de
alguna manera, la ciencia es irrelevante. Después de tomar LSD, soy mucho más
compasivo y empático, y menos retraído de lo que solía ser. E igual de
importante, estoy libre de tabaco. Los cigarrillos todavía me parecen
“irrelevantes”.
Tenemos evidencia sólida de que
tomar un psicodélico solo una o dos veces puede tratar efectivamente si no
curar la adicción. No deberíamos tener miedo a aprovechar este conocimiento con
el fin de combatir una de las enfermedades más intratables que afectan a
nuestra sociedad hoy día.
Y tal vez esto sea todavía más
grande que aquello. ¿No podríamos usar todos nuestro pequeño cielo de ratas?
Después de todo, ¿no somos todos adictos a algo?
Daniel Miller es abogado y
fundador de La Sociedad Psicodélica de Brooklyn.
Publicado en cooperación con Newsweek / Published in cooperation with Newsweek