Inquietos en Rusia

Predecir una próxima revolución rusa ha sido el pasatiempo favorito de los observadores de esta nación por años. Desde que el presidente Vladimir Putin se anexó Crimea en marzo de 2014, la retórica catastrofista se ha intensificado conforme el desplome en los precios del petróleo y las sanciones económicas de Occidente causan estragos en la economía rusa. Pero aun cuando el rublo ha perdido más de la mitad de su valor, la inflación ha aumentado de 5 a 16 por ciento y el poder adquisitivo de los rusos ha caído a los niveles de la década de 1990, los índices de popularidad de Putin hasta ahora se han mantenido cercanos a un casi milagroso 80 por ciento, gracias a una mezcla estimulante de aventuras militares y un torrente de propaganda patriótica.

No obstante, hay señales de que el Kremlin está reforzándose para un posible fin de este periodo de unión nacional y se prepara para una posible oleada de agitación. “Si 2014 fue el año en que Rusia se volvió rebelde, 2015 fue el año en que los costos de ese rumbo se volvieron evidentes”, escribió Brian Whitmore recientemente en el influyente blog The Power Vertical, patrocinado por Radio Liberty, de Estados Unidos. “Y el próximo año debería ser cuando sepamos si el régimen de Vladimir Putin será capaz de soportar esos costos”.

En diciembre, la Duma rusa aprobó a toda prisa un proyecto de ley que les permite a oficiales de seguridad del Estado dispararles a mujeres (excepto, extrañamente, si “parecen embarazadas”), niños y personas discapacitadas “en casos de un acto terrorista o ataque armado”. La ley también les da el derecho a entrar en propiedad privada para “mantener la seguridad pública en situaciones de emergencia y durante una agitación civil masiva”. La policía antimotines OMON, desplegada por decenas de miles durante las protestas masivas en contra del regreso de Putin a la presidencia en 2011, ha visto protegida la asignación de su presupuesto, mientras que el resto de la policía hace recortes de personal en 10 por ciento. Al mismo tiempo, el Ministerio del Interior de Rusia ha quintuplicado su orden de una versión nueva del lanzagranadas RGS-50M, que fue diseñada durante los últimos días del régimen soviético en 1989 para disparar gas lacrimógeno y balas de goma. “Son baratos de producir y efectivos de usar”, dijo un entusiasta portavoz de la fábrica Degtyarev a la agencia noticiosa rusa TASS, la cual cubrió la noticia prominentemente.

El 15 de diciembre, una nueva verja de alambre de púas se instaló alrededor de Ostankino, el estudio de TV central de Moscú, para dificultar a las multitudes el entrar a la fuerza, como lo hicieron durante las protestas contra el Kremlin en octubre de 1993. Las autoridades también cambiaron los guardias de seguridad regulares del estudio por tropas de élite de la agencia sucesora de la KGB, el Servicio Federal de Seguridad. La televisión ha sido fundamental para crear la oleada de fervor patriótico que ha mantenido popular a Putin incluso mientras aumentan los precios y se deterioran los estándares de vida, lo que los rusos llaman la batalla entre la televisión y el refrigerador. Al momento, el refrigerador parece estar ganando: según una encuesta reciente del independiente Centro Levada en Moscú, la confianza de los rusos en las noticias por TV ha caído de 79 por ciento en 2009 a sólo 41 por ciento hoy.

“Por supuesto, [el Kremlin] entiende que este va a ser un año difícil, política y económicamente”, dice Anton Krasovsky, un bloguero y expresentador de la televisora NTV en Rusia que fue despedido el año pasado después de anunciar que era VIH positivo. “Ya no hay dinero para gasto social, nada de dinero para aumentar los salarios a profesores, médicos, bomberos… Pero la prioridad es preparar la manera en que Putin se mantenga como presidente después de [las elecciones] en 2018”.

Hasta ahora, el Kremlin ha mantenido el descontento a raya con el recurso antiguo de proveer una dieta constante de enemigos a los cuales culpar de los problemas de Rusia: los estadounidenses, los ucranianos y, ahora, los turcos.

Tres cuartas partes de los rusos todavía culpan a Occidente por sus penurias económicas, según un estudio reciente del Instituto de Sociología, parte de la Academia de Ciencias de Rusia, pero los autores advierten que dentro de un año a dieciocho meses este engaño colectivo probablemente se disipe, y la gente podría empezar a culpar a sus gobernantes. Sesenta por ciento de los encuestados reportó que su estándar de vida había disminuido durante el último año, y sólo 38 por ciento dijo que estaba dispuesto a “hacer más sacrificios para derrotar a los enemigos de Rusia”.

En las últimas semanas ha habido cada vez más indicadores de descontento. Los camioneros se pusieron en huelga en diciembre para protestar por los nuevos peajes administrados por amigotes de Putin, parando por completo el tránsito en Moscú. Médicos y profesores también se pusieron en huelga por la paga y las condiciones en Rusia central. Alegaciones escandalosas sobre un imperio empresarial del hijo de Yury Chaika, fiscal general de Rusia y aliado cercano de Putin, circularon ampliamente en internet. Y durante el Foro Económico de Moscú, una reunión anual de los principales líderes empresariales de Rusia, el eminente empresario Dmitry Potapenko acusó públicamente a burócratas estatales protegidos por el Kremlin de estrangular negocios a través de una corrupción enorme.

EL DINERO MANDA: El rublo ruso ha perdido más de la mitad de su valor desde la anexión de Crimea en 2014, lo que suscitó sanciones de Europa y Estados Unidos. FOTO: Eduard Korniyenko/Reuters

“Puedes esperar una visita de hombres en uniforme al momento que tu negocio despega”, dijo Potapenko, quien dirige una cadena de supermercados y una fábrica de tapetes. “Ahora hay menos dinero, y el presupuesto tiene que ser tapado con algo. [Funcionarios estatales] ya se metieron a la fuerza en las propiedades hace mucho tiempo. Ahora todo lo que queda son los negocios en la industria de servicios”. Casi dos millones de espectadores vieron este discurso en línea.

Ese tipo de disentimiento público parece haber inquietado al Kremlin, y el Kremlin parece estar respondiendo. En diciembre, el Servicio Federal de Guardias —la guardia pretoriana personal de Putin— fue readaptada y desplegada a todas las provincias de Rusia para actuar como un sistema de alerta temprana para la agitación social. Irina Makiyeva, una exejecutiva bancaria estatal, ha sido reclutada para encabezar un equipo de trabajo para identificar potenciales puntos problemáticos de agitación industrial a lo largo y ancho de Rusia. El servicio llevará a cabo encuestas para evaluar el nivel de descontento de los ciudadanos, dijo Makiyeva al gabinete ruso en una sesión televisada: “Estamos listos para que las cosas empeoren en algunos sectores. Realizamos un monitoreo constante, en especial en las ciudades problemáticas”. El equipo de Makiyeva ha desarrollado un sistema de clasificación verde, amarilla y roja para identificar agitación potencial. También ha ideado un paquete de guante de terciopelo-puño de hierro de ayuda económica de emergencia y dura acción política para identificar y arrestar agitadores si surgiera alguna protesta.

“Toda acción de Vyacheslav Volodin [jefe de gabinete del Kremlin] se basa absolutamente en este supuesto sondeo cerrado”, dice Mikhail Zygar, exeditor en jefe de la opositora Dozd TV y autor del éxito de ventas Todos los hombres del Kremlin, un estudio del régimen de Putin. “Estas encuestas confirman que todo lo que están haciendo es correcto, que Putin es popular y la gente lo ama. Y las encuestas son absolutamente consistentes. [El Kremlin] está seguro de que no habrá agitaciones”.

Si ello es cierto, ¿por qué el Kremlin está tomando tantas medidas preventivas de seguridad? Mark Galeotti, un experto en Rusia de la Universidad de Nueva York, argumentó en un artículo reciente en Russia!, la revista independiente en línea, que el propósito verdadero del Kremlin es crear un “teatro de tiranía. Un estilo de gobernar que fomenta activamente la apariencia de ser más duro y desagradable de lo que en realidad es y, al mismo tiempo, telegrafía entusiastamente que podría ser todavía más duro y desagradable. Así como la política exterior de Rusia en Siria, por ejemplo, se trata de proteger la crueldad y el estatus de gran potencia mediante el uso de una diminuta fuerza militar, también su política local se trata de intimidar las protestas antes de que sucedan. “Ambas dependen de hacer que Rusia parezca no sólo más fuerte de lo que en realidad es, sino más cruel, impredecible y, de plano, loca, para que parezca más fácil amoldarse que desafiarle”, escribió Galeotti. “Y funciona muy bien”.

Teatro o no, algunas víctimas muy reales han servido de chivos expiatorios para desalentar protestas futuras. Un puñado de activistas arrestados en protestas masivas en 2011 y en manifestaciones aisladas desde entonces ha sido sentenciado a penas de cárcel que van de dos a cuatro años. Y por si acaso el oligarca exilado Mikhail Khodorkovsky hubiera planeado crear problemas en Rusia, los fiscales lo acusaron de asesinato el mes pasado, y se aseguraron efectivamente de que no regresará a su patria.

Pero para que el Kremlin suprima verdaderamente cualquier posibilidad de agitación de una vez por todas Rusia tendría que ser próspera de nuevo. En una época de bajos precios del petróleo ello significaría volverse competitivo, lo cual requeriría de que el Estado creara un sistema judicial funcional y justo y suprimiera los instintos predatorios de la clase burocrática y securocrática. Pero ello significaría desmantelar la mismísima base del sistema cleptocrático que Putin ha construido. Así que al presidente ruso le quedan dos herramientas básicas: la represión y el fervor patriótico. Estas le han servido bien hasta ahora. La cuestión es si el pueblo continuará creyendo en la televisión después de que los refrigeradores se vacíen.

Publicado en cooperación con Newsweek / Published in cooperation with Newsweek