La obesidad, las cardiopatías y la
diabetes, todas ellas relacionadas con un alto consumo de azúcar, son problemas
cada vez más graves en todo el mundo. La situación ha sido particularmente peligrosa
en Estados Unidos, pero es incluso peor en México, donde 70 por ciento de los adultos
tienen sobrepeso u obesidad, y donde la diabetes y las cardiopatías son las principales
causas de muerte.
En general, los impuestos a los refrescos y
otras bebidas azucaradas no han tenido buenos resultados. Varios países y
ciudades de Estados Unidos como Filadelfia y San Francisco los han probado y
han fracasado, debido en gran medida al cabildeo, a las contribuciones políticas
y a las protestas por parte de la industria refresquera. Aunque los expertos en
salud están de acuerdo en que los estadounidenses y los habitantes de muchos
otros países consumen demasiada azúcar en general, gran parte de ella en forma
de bebidas como los refrescos, hasta la fecha existen pocas pruebas de que los
impuestos a estos productos logren hacer que las personas dejen de consumir bebidas
azucaradas.
El 1 de enero de 2014, se promulgó en México
un impuesto de 10 % a las bebidas azucaradas, uno de los primeros y más altos de
su tipo. Un estudio publicado el 6 de enero en BMJ muestra que durante el año
posterior a la aplicación del impuesto, el consumo de refrescos y bebidas
azucaradas gravadas fue, en promedio, 6 % menos de lo esperado durante el
transcurso del año. Este porcentaje aumentó conforme transcurrió el año y, para
diciembre, los consumidores adquirían estas bebidas con un índice 12 % menor
que lo esperado.
La reducción en el consumo fue mayor entre
las personas con menos ingresos, y parece estar elevándose con paso del tiempo
conforme cambian los hábitos de las personas, señala la coautora del estudio, Arantxa
Colchero, economista del Instituto Nacional de Salud Pública de México.
Corinna Hawkes, investigadora del Centro
de Política Alimentaria de la Universidad de la Ciudad de Londres que no
participó en el estudio, se mostró inicialmente escéptica acerca de que este
impuesto pudiera reducir el consumo en el corto plazo. Pero el artículo, que es
“realmente el primer estudio de alta calidad en el que se ha analizado el
impacto del impuesto sobre las ventas” de los refrescos, la ha hecho
cambiar de opinión. Este artículo “muestra que los impuestos mueven las cosas
en la dirección correcta”, dice Hawkes.
El estudio muestra que las personas
cambian su conducta ante un impuesto como este, como se ha visto con otros
productos como el tabaco, que se consumen cada vez menos conforme los impuestos
aumentan. Pero este tipo de impuestos también son positivos debido a que ayudan
a poner el tema en el ruedo político, lo cual da como resultado discusiones de
alto perfil y educación pública sobre los peligros de consumir demasiada azúcar,
señala Hawkes.
En términos generales, las actitudes sobre
las bebidas azucaradas han cambiado en los últimos años. Ya no son vistas bajo
la misma luz favorable que hace algunas décadas, y las personas las consumen
menos en muchos países. Por ejemplo, durante las dos últimas décadas, las
ventas de refrescos comunes (es decir, no bajos en calorías) en Estados Unidos
se han reducido 25 por ciento.
Frank Chaloupka, economista de la
Universidad de Illinois en Chicago que no participó en el estudio, dice que el
impuesto se debe aplicar en otros rubros, y que mejoraría la salud al fomentar un
menor consumo de azúcar. “Creo que los impuestos a las bebidas azucaradas
deben ser una parte importante de un enfoque exhaustivo para promover tipos de
limitación más saludables y reducir la obesidad”, dice. “Las
experiencias en México demuestra su eficacia en modificar el comportamiento del
consumidor, lo cual, casi indudablemente, se mostrará al final” como una reducción
en los índices de obesidad, añade.