Este probablemente no sea el Vermont que usted conoce, las partes pintorescas o a la moda con caramelos artesanales de maple y neoyorquinos trasplantados en graneros convertidos en hogares de lujo. Aquí las casas (muchas modestas, algunas en ruinas) y los caminos (en gran medida llenos de baches) se parecen más a la accidentada Virginia Occidental que a la pintoresca Nueva Inglaterra. Estoy en casa del padre de Owen Labrie, un paisajista vivaz, músico y corrector de estilo quien nos prepara un excelente estofado de res para almorzar en una tarde fría de noviembre. La casa está atestada de libros y tiene una única televisión, voluminosa y descompuesta, que parece no haber visto alguna acción en años. La novelista Annie Proulx, famosa por Brokeback Mountain, alguna vez vivió allí, lo cual en cierta forma parece apropiado. Labrie ahora tiene algo de la soledad y desesperanza características de los personajes en los libros de ella, que llevan cargas pesadas en climas gélidos.
“Podemos quedarnos fuera un poco más”, me dice Labrie después de almorzar. Con sus gafas, camisa de fuera y un suéter, el joven de 20 años tiene la apariencia informal de un estudiante universitario, pero Labrie no está en la escuela. Se supone que cursaría el segundo año en Harvard. Más bien, está en una especie de libertad condicional, con un toque de queda estricto. Otrora una superestrella en la preparatoria, fue sentenciado previamente este año bajo cargos de fechoría y delitos sexuales que involucran a una muchachita, y tiene que ir pronto donde su madre, o estará sujeto a que lo arresten. Me preocupa que lleguemos a tiempo. El sol se aproxima al horizonte, pero él en verdad quiere mostrarme más de su capilla, la que está construyendo.
Sí, una capilla. Labrie iba a ser un estudiante de la divinidad si entraba a Harvard. En la Escuela St. Paul, los primeros textos cristianos lo electrizaron, y antes de que su mundo se derrumbara, él había imaginado una vida como pastor rural. “Una esposa, algunas ovejas, algunos hijos”, me dijo Labrie un día antes, mientras nos sentábamos en la casa llena de curiosidades de su madre, con una estufa de leña rugiendo. Esa visión ahora parece poco probable, ya que la mayoría de los registros de criminal sexual prohíben algunas cosas como el enseñar en la escuela dominical. Su capilla al momento sólo es una colección de vigas talladas con tal precisión que apenas se necesitará un clavo para ensamblarlas cuando las erija como un granero. Aun cuando se vea como una capilla, será mitad cabaña, mitad estudio donde pueda escribir y trabajar. “Es una ofrenda”, dice él. (Las autoridades se mofaron de ello como una acción para sugerir piedad y motivar simpatía.) No puedo evitar pensar que, con sus 12 por 16 pies, tal vez tenga el doble de tamaño que una celda en prisión.
En junio de 2014, Labrie, por entonces de 18 años, fue acusado de abusar sexualmente de una compañera de clase de 15 años en la Escuela St. Paul en Concord, Nueva Hampshire, una acusación que él sigue negando. (Los medios noticiosos han cumplido con la costumbre de no publicar el nombre de una víctima de abuso sexual.) El caso tenía todo lo que podían desear los medios de comunicación. St. Paul, posiblemente el mejor internado de EE UU, era –nos recordó la prensa constantemente– una fuente de poder, privilegio y prestigio. (Todos los reportes de prensa que leí usaron por lo menos una de las palabras. La mayoría usó dos.) Es el alma máter de los Vanderbilt, así como de John Kerry, el secretario de Estado, y alguien que ocasionalmente llama la atención, como Judd Nelson, de El club de los cinco. Las circunstancias del caso de Labrie eran oro para los tabloides y no siempre consideraban bien al aspirante a pastor. Hubo gran cantidad de correos electrónicos que evidenciaban a Labrie rondando a la muchacha, luego presumiendo que se la había “tirado”. En la corte, él insistió en que dicho “tirado” era mera fanfarroneada, pero de todas maneras fue un contraste chirriante con la apariencia de joven predicador que Labrie proyecta. La jovencita testificó que fue por propia voluntad a verse con Labrie en un edificio académico después de hora y se desnudó hasta quedar en ropa interior pero luego le insistió que parara, y él se negó. Después, ella testificó que esto la dejó petrificada y suicida, y ella insistió en que sus notas amistosas e insinuantes con Labrie después del encuentro indicaban su propio miedo, no su consentimiento.
En agosto, un jurado de Nueva Hampshire dio un veredicto mixto que aceptaba partes de cada una de las historias. El panel de nueve hombres y tres mujeres halló a Labrie inocente del delito de abuso sexual pero culpable de fechorías sexuales: básicamente, de un adolescente teniendo sexo con una menor algunos años más joven que él, el tipo de acusación que rara vez llega a juicio. (Ellos rechazaron la historia de Labrie de que él decidió que sería una mala idea tomar la virginidad de alguien tan joven. La fiscalía se mofó de su castidad súbita, y el juez llamó a Labrie “un muy buen mentiroso”.) Y el jurado hizo otra cosa además, algo que uno debería discutir con todo adolescente en su vida. Condenó a Labrie por infringir una ley penal computacional de Nueva Hampshire, una de tantas promulgadas alrededor de EE UU en la década de 1990, cuando internet pasó de ser una rareza a ser una necesidad y los padres empezaron a temer que los pedófilos sedujeran a sus hijos no sólo en el patio de juegos sino también en su PC.
Es una ley vieja que no se ha mantenido actualizada con los tiempos cambiantes. Como los estatutos en muchos otros estados, declara que solicitar sexo de un menor de edad usando servicios computacionales es un delito, incluso si eres un adolescente. Y, como la mayoría de los adolescentes, Labrie usó su computadora y su teléfono inteligente para buscar amor y sexo. De haber usado el correo normal, no habría delito. Llamada telefónica, no hay delito. ¿Mensaje de texto? No hay delito. ¿Internet? Hay delito.

HORAS FACTURABLES: Donantes generosos le dieron a Labrie un cuantioso fondo de defensa, pero él lo dilapidó en un abogado de altos honorarios. FOTO: GEOFF FORESTER/THE CONCORD MONITOR/AP
El abogado de Whitey Bulger
Pasé tres días con Labrie en Vermont y Nueva Hampshire este otoño. Comimos y pasamos el tiempo con sus padres, quienes se separaron amarga y contenciosamente cuando él era menor, dividiéndose los bienes pequeños y el tiempo de su hijo entre sus hogares a 10 millas de distancia. Labrie y yo hubiéramos visitado la Escuela St. Paul, pero él tiene prohibido entrar al campus y llamar a los estudiantes, ex alumnos o sus familias. Fue una medida que la escuela tomó antes de que Labrie fuera hallado culpable. Algunas de las familias de St. Paul se pusieron del lado de Labrie, dándole apoyo emocional y donativos para un fondo de defensa legal que alcanzó las seis cifras pero rápidamente se agotó cuando Labrie contrató al abogado penalista que defendió al gánster bostoniano Jame “Whitey” Bulger. La muchacha y su familia hallaron que la escuela no estaba dispuesta a tomar una acción más fuerte en contra de Labrie más allá de prohibirle entrar al campus. Ella se sintió relegada por acusar a un muchacho popular de un crimen horrendo y se retiró al año siguiente.
¿A quién creerle, ella o él? Esa división entre los estudiantes se hacía más clara durante los últimos días de Labrie en St. Paul en junio de 2014. Habían empezado a circular rumores de que algo había pasado entre Labrie y la muchacha. Labrie dice que él pensó que todo estaba bien; él y la muchacha habían intercambiado notas amables, las suyas deseándole que cuando ella perdiera la virginidad fuera con alguien maravilloso. No fue una buena señal para Labrie cuando él salió de un servicio especial en la capilla para alumnos a punto de graduarse y la hermana de la muchacha lo golpeó. Pocos días después, al vacacionar en casa de un amigo en Maine, recibió una llamada de la policía de Concord diciendo que querían hablar con él. Se siguió un interrogatorio. Labrie rechazó los ofrecimientos de pasar menos de un mes en la cárcel del condado y no recibir cargos relacionados con el sexo si se declaraba culpable. Más bien, el caso que sería ventilado a manos llenas en los noticiarios matutinos, tabloides y The New York Times se fue a juicio.
Las entrevistas de Labrie con Newsweek fueron las primeras desde su arresto, una oportunidad de explicar su vida, su dolor, sus esfuerzos por reconstruir. “Lo haría exactamente de la misma manera”, dice él sobre el rechazar los ofrecimientos de culpabilidad. “Fue lo único que me sostuvo, saber que había dicho la verdad. Había hecho lo correcto. Salí de la corte con la frente en alto”. Podría parecer que sus palabras rebasan la credulidad, ya que se enfrentaba a solo tres semanas en prisión leyendo libros, pero él insiste en que “no ceder” fue una de las cosas que lo mantuvieron de pie.
Ni la víctima ni su familia quisieron dar una entrevista oficial, pero otros en la comunidad de St. Paul y en Concord fueron más abiertos con respecto al caso.
Aun cuando Labrie se contuvo en lo que dijo sobre el incidente –su caso está siendo apelado en la Suprema Corte de Nueva Hampshire–, él se abrió con respecto a su paso de superestrella becada a adulto joven desempleado viviendo con su madre, con su sentencia suspendida pero sujeto a condiciones como el toque de queda. “No podemos tener a un violador trabajando aquí”, le dijo un empleador el verano de 2014 en que lo arrestaron. A veces, el odio lleva a la locura: Labrie y yo vimos un video de YouTube que lo retrata como parte de los Illuminati, y al observatorio abovedado del edificio de ciencias de la escuela, donde ocurrió el incidente, como una mezquita. Hay poemas feministas dedicados a su deceso y sitios de “hermanos” que lo aplauden por tirarse a esa “mujerzuela”. En medio de los turbulentos debates nacionales sobre la cultura de la violación y las tensiones locales entre Concord y la adinerada St. Paul, todo se fusionó en un juicio que se trató del comportamiento de Labrie pero también fue una oportunidad de ver cosas más importantes que un muchacho desgarbado y su ascensión hasta entonces notable.
Teoría del caos y sexo sin penetración
Los errores nunca parecieron ser una parte importante de la vida de Labrie antes de mayo de 2014. Fue hijo de una pareja con poco dinero pero mucha educación. Su mamá asistió a la escuela de posgrado en Brown, donde conoció a su padre, quien había hecho la preparatoria en Phillips Andover, el internado famoso por ser favorecido por la familia Bush. Ella es una profesora de escuela pública con una calidez maternal normal y una fragilidad proclive a las lágrimas; él abandonó la academia y tiene un tono pícaro y provocador.
Labrie, un muchacho brillante y muy cortés, estaba en noveno grado, asistiendo a una escuela diurna privada, cuando se enteró de que el dinero de su beca estaba en riesgo. La noticia temida se dio justo cuando se acercaba la fecha límite para la admisión en escuelas privadas. Labrie se apresuró a solicitar su ingreso en varias, incluida St. Paul, donde encantó durante una entrevista arreglada con precipitación, conversando con facilidad con su entrevistador afroestadounidense sobre los escritos de Richard Wright. Ellos le dieron una beca completa.
“Escondí mi franela de Vermont el primer año”, me dice él, refiriéndose a las ropas silvestres que lo hubieran marcado como un muchacho rural de la parte no tan bonita del estado de la Montaña Verde. Pero Labrie prosperó en St. Paul, una de sus estrellas más brillantes, que ya es decir. Es el tipo de lugar donde muchachos hiperambiciosos pasan los veranos en campamentos de inmersión en mandarín y desparasitando huérfanos en Sudán, con un par de semanas en Nantucket, y lo hacen parecer tan fácil. Como la escuela es tan adinerada, puede costearse el becar a muchos estudiantes, por lo que la crianza humilde de Labrie era notoria pero no inusual, dicen ex alumnos de St. Paul.
Labrie fue capitán del equipo de fútbol, remaba en equipo e inició un club de hockey en estanque, renovando el interés por la versión pobretona del juego en una escuela con dos pistas de hielo techadas de calidad profesional. Sus calificaciones eran asombrosas. Después de mostrar su genio en las clases de matemáticas avanzadas, tomó un estudio avanzado de teoría del caos. “Básicamente trata de hallarle sentido a por qué pasan las cosas”, dice él, sentado en el sofá de su madre, haciendo notar que parece un tópico apropiado, dado el problema en que está metido. Pero la religión “respondía más preguntas” que las matemáticas. Le encantaba Ralph Waldo Emerson, quien tuvo sus propios problemas con Harvard, rehuyéndolo por 30 años a causa de una charla tildada de blasfema.
A pesar de una especie de actitud nerd, Labrie era delicado con las muchachas. Una persona de St. Paul notó que muchas muchachas mayores se interesaron en él casi desde el día en que llegó. Una ex novia le escribió una nota al juez que sentenció a Labrie, pidiendo indulgencia, y los padres de ella donaron dinero a su fondo de defensa.

ACCIÓN COLECTIVA: St. Paul de inmediato rechazó a Labrie cuando surgieron las acusaciones, pero el campus también pareció ponerse en contra de la acusadora, quien se transfirió al siguiente semestre. FOTO: JIM COLE/AP
Conforme se acercaba la graduación, Labrie ya había sido admitido en Harvard, y obtuvo el máximo honor de su escuela, el Premio del Rector (luego anulado). En sus últimos días en St. Paul, Labrie participó en un ritual informal llamado el Saludo de los Mayores. No está del todo claro cuando esta tradición de nombre cursi pero profundamente perturbadora comenzó y qué involucra. Los recuentos varían, pero la idea básica es que durante las últimas dos semanas de escuela, los estudiantes próximos a graduarse (muchachos y muchachas) les piden una cita a compañeros de clase más jóvenes con los que tal vez fueron demasiado tímidos o estaban demasiado ocupados para cortejar. A veces esas citas son carnales. A veces son castas. Labrie tenía los ojos puestos en una muchacha bonita de 15 años. En una lista escrita de las muchachas que le interesaría ver, su nombre estaba en mayúsculas.
Labrie cortejó a la muchacha por semanas con frases románticas como “Pensar en mi nombre en tu buzón de entrada me hace sonrojar”. Ella puso reparos al principio, citando la manera en que él coqueteaba con las muchachas más jóvenes y señalando que él había salido con su hermana (la que le dio el golpazo). Pero ella al final aceptó verse con él en el edificio de matemáticas y ciencias, para lo cual él se las arregló para conseguir una llave. En esto concuerdan los dos: se besaron en el ruidoso y definitivamente poco romántico cuarto mecánico y se acostaron en ropa interior sobre el suelo. Ella arqueó su espalda para que él pudiera quitarle los pantaloncillos y levantó los brazos para que él pudiera quitarle la blusa pero, según testificó ella después, fue enfática en que no quería ir más allá. “Déjalo hasta aquí”, ella recordó que le dijo, pero ella sostiene que Labrie la penetró con sus dedos, pene y lengua, y el jurado estuvo de acuerdo. Él dice que no hubo penetración, sólo restregamiento sin penetración, y que él decidió, después de ponerse un condón, que debía detenerse porque ella era demasiado joven.
¿Romeo y Julieta o violación?
La evidencia en el juicio favoreció y puso en duda a ambos. Las palabras desagradables de Labrie a sus amigos –él citó a un comediante usando la palabra “cubeta de venida” – lo hicieron ver como un canalla, si no es que un predador. Que la muchacha hubiera platicado amigablemente con él en los días después del encuentro, argumentó el abogado de Labrie, era prueba de consentimiento. La evidencia física no fue concluyente. El ADN de Labrie estaba en la ropa interior de ella, pero eso era consistente con la historia de él y de ella. Nueva Hampshire es uno en una minoría de estados progresistas que no exigen que la mujer se defienda para demostrar la violación, así que la falta de moretones sustanciales no ayudó a Labrie. Los fiscales argumentaron que una abrasión vaginal fue provocada por penetración forzada. La defensa respondió que fue parte del restregamiento sin penetración. La defensa trató de usar el hecho de que la muchacha se rasuraba el vello púbico como prueba de que estaba ansiosa de tener sexo y citó, como exculpatorio, a una amiga quien testificó que había oído a la víctima decir que tal vez le haría sexo oral a Labrie o le permitiría penetrarla con su dedo. La víctima negó haber hecho esas declaraciones.
El veredicto reflejó la evidencia en conflicto. El jurado desechó el cargo por delito de abuso sexual. Lo cual fue una victoria enorme para Labrie, pero lo halló culpable de una serie de fechorías, en esencia de estupro, lo cual significa que los jurados parecieron creer que él tuvo relaciones con ella. Este es un crimen que rara vez es procesado, y cuando lo es, la ley lo ha tratado con delicadeza. La mayoría de los estados, incluida Nueva Hampshire, tienen leyes sensibles de “Romeo y Julieta”, como se las llama, para lidiar con jóvenes adultos que tienen sexo con menores. Estas leyes crean una distinción necesaria entre un caso inapropiado pero común de alguien de 18 años teniendo sexo con alguien de 15 años versus alguien de 40 años violando a un infante. Labrie fue hallado culpable de infringir las leyes de Romeo y Julieta, ofensas menores.
Labrie también fue hallado culpable de la Sección 649-B del código penal de Nueva Hampshire, que considera una fechoría el “seducir, solicitar, atraer o persuadir a un niño u otra persona que la persona cree que es un niño” para sexo o comportamiento lascivo en internet. Ello conlleva una sentencia de hasta siete años. La mayoría de los estados tiene una versión de esa ley. El problema para Labrie y el resto de nosotros es que se pueden derivar resultados problemáticos de ella. ¿Qué adolescente no usa internet hoy día para acostarse? “Si estás a dos puertas de distancia, usas Facebook”, dice el abogado de Labrie, Jaye Harcourt. “Es un resultado absurdo porque el crimen subyacente no era una fechoría”.
El juez le dio a Labrie un año en la cárcel del condado –un golpe de suerte para Labrie, ya que lo mantuvo fuera de la más dura cárcel estatal– y suspendió la sentencia de potencialmente muchos años por el cargo de internet. Pero Labrie todavía tendría que entrar en el registro de criminales sexuales de Vermont, una sentencia de por vida que podría afectar todo, desde dónde trabaje hasta dónde viva; en la mayoría de los estados, los criminales sexuales no pueden trabajar cerca de niños o vivir cerca de parques. El ex capitán de fútbol de St. Paul podría nunca entrenar al equipo de sus hijos. Esta letra escarlata de “criminal sexual” es parte de por qué Labrie está apelando ante la Suprema Corte de Nueva Hampshire, la cual podría tomarse otro año para dar su fallo. Podría anular parte de o todas sus condenas. Su equipo legal todavía tiene que afinar sus argumentaciones, pero lo básico y central posiblemente sea la doctrina del resultado absurdo: una ley bienintencionada había, por accidente, llevado a un cruel –e inusual– castigo.
El fiscal general de Nueva Hampshire seguramente peleará el caso, y las autoridades han insinuado que presentarían otros cargos en contra de Labrie si estos son desechados. (Ellos están viendo el momento en que él eliminó sus mensajes de Facebook, lo cual podría permitir a los fiscales presentar cargos por obstrucción de la justicia.)
Mientras tanto, los abogados que representan a la muchacha insinuaron fuertemente en el juicio que están listos para lanzar una demanda civil en contra de la Escuela St. Paul por consentir el Saludo de los Mayores.
Si el caso de Labrie suena como un alocado desastre legal, lo es. Los medios de comunicación se abalanzaron sobre él por la reputación de St. Paul, pero estamos en una era donde la tecnología y los adolescentes pueden chocar en incontables maneras erróneas en cualquier institución. En una preparatoria de Canon City, Colorado, los padres y funcionarios escolares descubrieron recientemente que los estudiantes habían intercambiado fotos de desnudos de sí mismos y sus compañeros de clase. La escuela y los padres llamaron a la policía y los fiscales.
Esa maraña legal hace parecer sencillo al caso de Labrie. Los fiscales deben determinar si los estudiantes sujetos o los fotógrafos eran menores de edad o adultos, si las fotos se tomaron consensualmente y si fueron intercambiadas vía internet y/o vía mensajes de texto. ¿Se usaron para solicitar sexo o como chantaje? Y si algunas de las fotos terminaron en una computadora casera, ¿los padres están expuestos a cargos por porno infantil? No hay manera de escribir las leyes para que respondan a toda circunstancia, así que la mejor protección es la discreción procesal: la sensatez de saber qué criminalizar y qué se resuelve mejor en las familias y las escuelas.
Uno puede entender que los fiscales quieran usar los estatutos de predador por internet para ampliar el alcance de su investigación sobre Labrie. Ello les garantizaba citaciones más amplias. Era una herramienta en su caja, y la usaron. “Pero eso es un truco total”, dice Nancy Gertner, profesora de leyes en Harvard, candidata demócrata a la magistratura federal y abogada de los derechos de la mujer quien no es la única feminista preocupada por el caso de Labrie, especialmente en cómo comenzó con una oferta de tres semanas por culpabilidad y terminó como una felonía y toda una vida en el registro sexual. “Ellos tenían discreción”.
La última vez que veo a Labrie es en Lou’s, una cafetería muy querida cerca del campus del Colegio Dartmouth. Él usa una rompevientos de St. Paul. Me había percatado de que él usaba ropas de St. Paul y ocasionalmente la gorra de otra preparatoria. A veces, él parecía temer que ello facilitaría que la gente lo reconociera; otras veces, los usaba con actitud desafiante. Él vistió una camisa de St. Paul para su foto de prontuario allá en 2014, me dice él, como señal de que todavía estaba conectado con el lugar, aun cuando este trataba de borrar su recuerdo. Con un guiso vegetariano, le digo que yo pienso que la sentencia por fechoría vía correo electrónico, incluso con su condena de siete años generosamente suspendida por el juez, fue excesiva. Pero añado que no estoy seguro de qué creer sobre lo que pasó esa noche. Él parece decepcionado, pero mientras entramos en la pintoresca y neblinosa calle Ivy League, se anima cuando una mujer nos detiene y dice que cree en él.

SIN TIEMPO LIBRE: Labrie divide su tiempo entre los hogares de su madre y padre, y acaba de terminar de construir una capillita.
FOTO: COREY HENDRICKSON/GETTY FOR NEWSWEEK
Pocas semanas después, Labrie me envía un video de la erección de la capilla, la cual se dio pocos días después de que fue incluido formalmente en el registro sexual de Vermont. Labrie, su padre y unos cuantos vecinos usando sus músculos para erigir el pequeño marco contra un oscurecido cielo decembrino tal vez no sea la famosa escena de los amish erigiendo un granero en la película Testigo en peligro, pero es conmovedora, una búsqueda por la permanencia, aunque en medio de la vorágine que él propició. (Solo puedo imaginarme qué está haciendo la víctima para recuperarse.) Dominar el ensamblaje de un marco de madera tal vez no sea el mayor logro de Labrie, pero para un joven que podría estar en prisión dentro de un año, ofrece algo de catarsis.
Lo llamo para preguntarle cómo le va ahora que la capilla está erigida. “Espectacular”, dice él, mientras hablamos por teléfono alrededor de la medianoche. Él dice que está recibiendo un poco menos de correo de odio y menos señas obscenas. Pero principalmente haber convertido la capilla de “troncos Lincoln”, como dice él, en algo verdadero lo ha alegrado. Aun así, se abre con respecto a la deuda aplastante de su continuo caso legal. “Trato de ahorrar algo de dinero aquí y allá para la capilla”, dice él, señalando que los materiales cuestan alrededor de 1,000 dólares, y esa es aproximadamente la tarifa por hora de uno de sus posibles abogados en la apelación. Hacia el final de la llamada, “espectacular” se ha degradado a “muy bien”. Dados sus problemas, personales y legales, le creo eso.
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Publicado en cooperación con Newsweek / Published in cooperation with Newsweek