La guerra terminó… si lo permiten

Me opongo al aborto. Creo que las mujeres tienen el derecho de decidir. Esto no es una contradicción.

Por desgracia, en un país dividido por absolutistas, la guerra del aborto está trabada en un impase brutal. Los dos argumentos están infundidos de hipocresía, y nadie piensa en las consecuencias mientras prevalece la lógica de calcomanía. Los políticos empeoran las cosas usando el aborto como carnada confiable para sus simpatizantes –tanto liberales como conservadores-, batiendo los mismos tambores que Estados Unidos ha escuchado durante décadas.

Los intentos para cortar este nudo gordiano suelen ser descartados sin más, atacando el mensaje sin pensar en la validez de los argumentos. Con frecuencia –y a menudo, con razón- los defensores pro-derecho acusan a los comentaristas masculinos de “mansplaining”, término que significa que los hombres dicen a las mujeres qué pensar. Cualquiera que defienda el otro lado del argumento se considera un asesino de bebés, aunque semejante hipérbole derive en asesinatos como los cometidos, el mes pasado, en Planned Parenthood. Sin embargo, la realidad es que ninguno de los frentes busca una solución; simplemente han caído en un sensiblero ping-pong intelectual, donde intercambian las mismas afirmaciones, año con año. Los pro-derecho creen, acertadamente, que todas las personas tienen derechos sobre sus cuerpos. Según esa lógica, un embrión o feto es parte del cuerpo de la mujer, y ella conserva el derecho de tomar la decisión de llevar a término o no su embarazo. Por el bando contrario, los proponentes del aborto argumentan que, como cada persona viva ha recibido el derecho de nacer, quienes argumentan que debe negarse a otros el derecho a la vida mediante el aborto están violando esa regla de oro.

No obstante, la política pública no es una lección de filosofía. Décadas de escuchar a los activistas desgañitándose, solo demuestran que jamás encontraremos una respuesta en ellos. Por el contrario, el punto medio racional tiene que analizar la hipocresía y los defectos de las posturas de dichos activistas, y poner fin a esta guerra.

¿MATAR AL VIOLINISTA FAMOSO?

El edificio está en llamas. En un piso, hay cinco bebés sanos en sus cunas. En otro, 10,000 embriones en cajas de Petri, desarrollándose para implantarlos en 10,000 mujeres (nuevos adelantos científicos aseguran que todos los embriones sobrevivirán hasta el nacimiento). Debido al rápido avance de las llamas, solo tienes tiempo para evacuar un piso: morirán cinco bebés o 10,000 futuros humanos serán destruidos. ¿Cuáles elegirías?

Ojalá que la respuesta sea evidente. Porque cualquiera que opte por rescatar bultos de células en vez de bebés vivos y sintientes, es un monstruo. Sin embargo, esta situación hipotética pone de manifiesto lo absurdo de la afirmación de que las mujeres que eligen el aborto están “asesinando” bebés o que un ser humano comienza a existir en la concepción, porque un cigoto o un embrión no es más sintiente [JR1]que un espermatozoide.

Ahora, cambiemos las cifras. Tres bebés y 1,00 fetos de 21 semanas de gestación. De nueva cuenta, todos los fetos sobrevivirían hasta el nacimiento. ¿Cuáles elegirías, los tres bebés o los 1,000 fetos? ¿Qué tal dos bebés y 40 fetos de 32 semanas, cuando tanto los bebés como los fetos pueden sentir dolor? Un último cambio: un bebé sano o cinco fetos a término, de 40 semanas. Ahora, ¿a cuál eliges?

PRO ALGO DE VIDA: Robert Dear, acusado de un tiroteo en una clínica Planned Parenthood de Colorado Springs, en noviembre, donde dejó un saldo de tres muertos, se declaró un “guerrero de los bebés”. FOTO: WIN MCNAMEE/GETTY

Este escenario demuestra cómo se transforman los temas morales que rodean al aborto conforme el cigoto crece de embrión a un feto no viable, luego a un feto viable, y después, a un ser consciente que puede nacer en cualquier instante. La balanza moral cambia a la vez que el feto evoluciona, es por ello que la viabilidad fue el estándar adoptado en el caso señero de Roe vs. Wade, que reconoció el derecho de las mujeres al aborto.

Aunque es difícil de creer, dadas las constantes disputas sobre los abortos de tercer trimestre y el latido cardiaco fetal, casi 90 por ciento de los abortos ocurre en las primeras 12 semanas de la gestación, mientras que 1.3 por ciento se lleva a cabo después de la semana 21. Y ese 1.3 por ciento incluye circunstancias extremadamente complejas, como cuando el feto tiene una enfermedad espantosa e incurable, o la madre corre el riesgo de morir.

Una situación hipotética diferente –ideada por Judith Jarvis Thomson, importante filósofa moral y profesora emérita de MIT- llega al meollo de otro tema crítico de este debate. Imagina que una mujer sale de noche y un desconocido la golpea, dejándola inconsciente. Cuando despierta, encuentra que está conectada con un violinista famoso quien depende de ella para darle soporte vital. La mujer fue puesta en esa situación sin su consentimiento. Thomson argumenta que la mujer tiene el derecho de desconectarse cuando quiera, aunque al hacerlo cause la muerte del violinista famoso.

Por supuesto, la situación imaginaria aborda el tema de la violación. Si una víctima de violación queda embarazada contra su voluntad, la ley la obliga a conservar el feto, y luego la obliga a continuar con la maternidad, situaciones nada distintas de forzar a la infortunada mujer a permanecer conectada con el violinista contra su voluntad. El cuerpo de la mujer es utilizado para dar sustento a otro ser sin que ella pueda participar en la decisión; mas la decisión de lo que debe hacerse –con el violinista o el embarazo resultante de la violación- es solo de la mujer.

Hay un motivo para usar situaciones hipotéticas en debates emocionales como el del aborto: los contrincantes intelectualmente sinceros no pueden recurrir a argumentos estándares. Las afirmaciones amplias y generales, como declarar que los embriones son bebés, quedan expuestas como simples exageraciones cuando una situación hipotética las aplica de manera literal. Así que, aquí va otra. Una mujer embarazada se opone al aborto y quiere al niño. Pero su fuente se rompe a las 22 semanas, lo que significa que no tendrá suficiente líquido amniótico para que se desarrollen los pulmones del feto. Ese bebé inocente no tendrá posibilidades de vivir y sufrirá una espantosa agonía durante 15 minutos, antes de morir. ¿Qué harías, abortarías o aceptarías la terrible muerte del recién nacido?

Mentí. No es una situación hipotética. Le ocurrió en 2010 a Danielle Deaver, residente de Grand Island, Nebraska. Para su desgracia, Nebraska aprobó una legislación que declaraba ilegal todos los abortos después de las 20 semanas, así que no le permitieron decidir qué era mejor para su hija. Como inducir el parto se consideraba un aborto, Deaver fue obligada a conservar su bebé condenado durante otros 10 días. Después del parto, Deaver abrazó a Elizabeth, su hija, mientras la bebé se asfixiaba, una de las muertes más espeluznantes y terribles que cabe imaginar.

Los activistas antiaborto, que jamás han visto a los Deaver, manifestaron pesar por la pérdida, pero celebraron haber impuesto su decisión a una mujer que no conocían. “¿No es más humano que la bebé haya muerto de una manera amorosa, con el consuelo, el cariño y en los brazos de sus progenitores, en vez de sufrir la muerte dolorosa e intencional del aborto?”, dijo en su momento Julie Schmit-Albin, directora de Nebraska Right to Life. En otras palabras, perfectos extraños (quienes revelaron su absoluto desconocimiento de la medicina al pasar por alto la ciencia que demuestra que un feto de 22 semanas no siente el dolor del aborto, y proclamar que la muerte agonizante de un bebé que se asfixia fue un “consuelo”) se sintieron justificados de utilizar la ley para decidir qué era mejor para Elizabeth, sin considerar los deseos de la madre.

El trauma transformó a Deaver de una opositora del aborto en una proponente de la decisión de las mujeres. Envió una carta relatando su historia a legisladores y gobernadores de estados que están evaluando una prohibición para el aborto después de 20 semanas. “Al preguntar por mis circunstancias, el autor de la legislación de Nebraska dijo que funcionó como debía”, escribió. “Esto no es un asunto de política, sino de dejar el ejercicio de la medicina a los médicos y más importante, de confiar en que las mujeres tomen las mejores decisiones para ellas y sus familias”.

Y añadió: “Si mi embarazo terminó, la decisión fue de Dios. La manera de manejar el fin de mi embarazo, debió ser privada”.

¿MATAR A LOS POBRES?

Jamás acabará el aborto. Ese es uno de los hechos indiscutibles del debate.

Una de las arrogancias más increíbles del movimiento antiaborto es la creencia de que, si se aprueban suficientes leyes, el aborto terminará. Es una teoría que apoyan personas demasiado ignorantes o demasiado desinteresadas para estudiar historia. Roe vs. Wade se decidió en 1973, lo que significa que solo los mayores de 60 años recuerdan cómo eran las cosas cuando el aborto era ilegal en Estados Unidos. Con base en encuestas, se calcula que en la década de 1950 se practicaron, anualmente, entre 200,000 y 1.2 millones de abortos ilegales –y a menudo, inseguros- en Estados Unidos, informa el Dr. David Grimes, ex director de la rama de supervisión de abortos en los Centros para Control y Prevención de Enfermedades, y autor del aclamado libro Every Third Woman in America. Según el Instituto Guttmacher, grupo de investigación en salud, en 2011 se realizaron cerca de 1.1 millones de abortos, menos que el cálculo más alto de abortos ilegales en los años cincuenta, pese a que, hoy día, el país tiene una población mucho más numerosa.

Esto nos dice que volver el aborto ilegal o más difícil de obtener no disminuirá, necesariamente, la cifra de embarazos interrumpidos. Según Texas Policy Evaluation Project –iniciativa de investigadores de la Universidad de Texas y otras tres universidades e instituciones de salud-, los datos internacionales demuestran que los países con reglas antiaborto más estrictas tienen las cifras más altas de procedimientos riesgosos e ilegales, y la cantidad de abortos no disminuye.

Además, el renacimiento religioso masivo tampoco cambiará las cuentas. A decir de Lifeway Research, que proporciona análisis a líderes religiosos, 70 por ciento de las mujeres que se han practicado un aborto, se identifican como cristianas; 3 por ciento dicen ser judías; y 4 por ciento son ateas. Casi la mitad de las cristianas encuestadas -36 por ciento del total de mujeres que han interrumpido sus embarazos- asistían a la iglesia una vez al mes o más.

El punto es que, a pesar del escándalo de los activistas antiaborto por lo que muchos denominan la cantidad de bebés “asesinados” desde Roe, no hay razón para esperar que las estadísticas fueran más bajas si el aborto hubiera seguido siendo ilegal. Y recuerda, ninguna de las estadísticas del aborto ilegal en la década de 1950 incluye a las mujeres ricas que viajaron a países donde el procedimiento era legal y seguro (lo mismo aplicaría si los abortos se volvieran ilegales mañana; porque cualquiera que pueda costear un viaje a México puede comprar misoprostol, que precipita un aborto temprano y puede conseguirse allá, sin receta).

MIL RECORTES: La cifra de clínicas de Texas que proporcionan abortos cayó de 40 en 2013 a 20, y se espera que disminuya a solo 10 para 2016. FOTO: MIKE STONE/REUTERS

No te equivoques: las leyes que prohíben el aborto matan a la gente. La investigación de Grimes demostró que durante la década de 1940, más de 1,000 mujeres morían cada año debido a las complicaciones de un aborto ilegal, si bien la cifra real era mucho más alta. Cada hospital grande tenía una “sala de abortos séptica” para mujeres infectadas por interrupciones incompletas.

Esto subraya porqué el movimiento antiaborto no puede llamarse pro-vida: sus miembros apoyan políticas que no muestran la menor consideración por los cadáveres que dejan a su paso. La prohibición del aborto no es la única legislación que mata; hasta los intentos modernos para restringirlo –a menudo basados en mentiras y tergiversaciones- han empezado a poner en peligro la salud de las mujeres. Por ejemplo, en 2013 Texas adoptó una ley que exige que las instalaciones que practican abortos tengan un médico del personal con privilegios de admisión en un hospital localizado a no más de 50 kilómetros de distancia, y obliga a las clínicas a reunir los estándares de “centros quirúrgicos ambulatorios”, los cuales incluyen onerosas reglas respecto de edificios, equipamiento y personal. El mes pasado, la Suprema Corte accedió a escuchar una demanda sobre la anticonstitucionalidad de dicha legislación.

Los proponentes mienten afirmando que la regla fue diseñada para garantizar que las mujeres reciban la mejor atención médica, aun cuando los abortos se cuentan entre los procedimientos médicos más seguros de Estados Unidos. Según un estudio de 2012, publicado en la revista Obstetrics and Gynecology, 9 de cada 100,000 mujeres murieron en el parto, contra 0.6 fallecidas por un aborto inducido. La taza de complicaciones graves es inferior a 0.5 por ciento. Compárala con la de los suplementos de testosterona: según JAMA, la revista de la Asociación Médica Estadounidense, los hombres tienen 29 por ciento más probabilidades de morir, o sufrir un infarto cerebral o cardiaco, después de usarlos solo tres años. Sin embargo, puedes comprar testosterona en línea o en la farmacia de tu barrio.

Así que, mientras los políticos texanos mienten sobre proteger la salud de las mujeres, cuya salud no está amenazada, están logrando su verdadero objetivo: hacer que sea virtualmente imposible que muchas mujeres obtengan un aborto legal. Desde 2013, a consecuencia de la legislación, han dejado de funcionar más de la mitad de las más de 40 instalaciones que brindaban atención abortiva en el estado. Si la Suprema Corte no la suprime, solo quedarán 10 instalaciones para fines de 2016, todas localizadas en grandes áreas metropolitanas. El resultado: más mujeres, seguramente, tratarán de inducirse el aborto por su cuenta debido a dichas clausuras, según Texas Policy Evaluation Project, que concluyó que hasta 250,000 texanas lo han hecho en los últimos años. Los investigadores hallaron que la autoinducción suele ser más común en mujeres latinas cerca de la frontera con México, y entre mujeres que enfrentan obstáculos para acceder a servicios de salud reproductiva.

Los opositores del aborto, ya sea por ignorancia u obsesión, se han acostumbrado a mentir para promover políticas o bloquear abortos, sin detenerse a considerar las consecuencias. Mientan sobre el deseo de mejorar la salud de las mujeres, fuercen el cierre de clínicas, y tendrán en sus manos las muertes de muchas más mujeres.

Luego tenemos la falsedad más reciente en torno de la clausura de las clínicas de salud femenina: vídeos grabados en secreto y editados para dar la impresión de que Planned Parenthood estaba vendiendo, ilegalmente, tejidos fetales para su beneficio; no lo hizo. Por el contrario, la organización preguntó a las mujeres que acababan de practicarse abortos si estaban dispuestas a donar muestras de tejidos para investigaciones médicas. Como dejan claro las grabaciones no editadas, Planned Parenthood recibía reembolsos por el costo en que incurrió para obtener los tejidos para investigadores. No obstante, políticos y activistas han abusado del desconocimiento del público en el tema de los tejidos fetales, proclamando falsamente que Planned Parenthood estaba vendiendo órganos y extremidades, aunque nadie puede explicar porqué alguien necesitaría el brazo o el cerebro de un bebé.

La verdad es mucho menos dramática. Investigadores médicos han utilizado tejidos fetales desde hace casi un siglo, y casi cualquiera en este país ha disfrutado de una vida mejor gracias a esa labor. Cualquiera que haya recibido una vacuna de rubéola, polio o varicela se benefició del trabajo médico con tejidos fetales. Esas investigaciones han salvado millones de vidas.

El sistema actual para recolectar y utilizar tejidos fetales surgió de un prolongado debate. En 1988, el presidente Ronald Reagan nombró al Panel para Trasplante de Tejido Fetal con la misión de analizar los problemas éticos de su uso. Las recomendaciones del panel se adoptaron legalmente en 1993, cuando el Congreso aprobó la Ley de Revitalización de los Institutos Nacionales de Salud. Dicha ley incluyó importantes requisitos de consentimiento, para distinguir entre la decisión de la madre de interrumpir la gestación y la decisión de donar tejidos fetales. Así mismo, criminalizó la venta o compra de tejidos, aunque autorizaba el reembolso de gastos para las instituciones que los recolectaban, almacenaban o transportaban. En otras palabras, los políticos y activistas están echando espuma por la boca debido a unas grabaciones que muestran a Planned Parenthood haciendo, justamente, lo que ordena el Congreso.

Ahora, los miembros republicanos del Congreso exigen que se interrumpan todos los fondos federales para Planned Parenthood, a causa de esos vídeos engañosos. Una vez más, están ignorando las consecuencias de tratar de poner alto al aborto. Según su informe anual 2013-2014, Planned Parenthood realizó 4.5 millones de pruebas para enfermedades de transmisión sexual durante ese periodo, proporcionó 3.6 millones de métodos anticonceptivos de distintos tipos (los que, por supuesto, previnieron millones de abortos potenciales), administró casi 1 millón de pruebas para detección de cáncer, y proporcionó más de 1 millón de otros servicios de salud. También practicó 328,000 abortos, equivalentes a 3 por ciento de su actividad total.

Para sofocar ese 3 por ciento, los activistas antiaborto y los líderes políticos quieren destruir el 97 por ciento restante. Pero nadie dice adónde tendrán que ir los millones de pobres que dependen de Planned Parenthood para recibir atención médica.

EL MOVIMIENTO POSTPARTO

La “opción” es una mentira en este debate, y el aborto es un lujo que solo tienen los que pueden pagarlo.

La libertad de elegir un aborto también significa la libertad de elegir el parto. Por desgracia, Estados Unidos pierde tanto tiempo angustiándose en incentivos teóricos que podrían influir en la decisión de abortar de una mujer rica –como el altruismo de contribuir con tejidos fetales a la investigación médica-, que no presta la menor atención al sector que contribuye, más directamente, en la incidencia del aborto: los pobres.

Veamos las estadísticas: según el Instituto Guttmacher, la tasa de aborto disminuyó 8 por ciento de 2000 a 2008. Pero la cifra luce muy diferente si la analizamos por nivel financiero. La tasa de las mujeres pobres escaló 18 por ciento, mientras que las de alto ingreso registraron una caída enorme, de 24 por ciento. La incidencia de embarazos no intencionados –algo que puede limitarse con clínicas como Planned Parenthood, que ofrecen control de la natalidad- experimentó una división socioeconómica semejante: de 1994 a 2008, la cantidad de dichos embarazos entre mujeres pobres se disparó 55 por ciento; para las más acomodadas, cayó 24 por ciento.

Esto significa que una proporción creciente de mujeres pobres está quedando gestante sin querer, lo que sin duda contribuye a la elevada tasa de abortos. De hecho, 32 por ciento de las mujeres que decide terminar el embarazo gana menos de 10,800 dólares anuales, lo que les sitúa por debajo del nivel federal de pobreza para una soltera sin hijos; 7 de cada 10 mujeres que se practican un aborto, ganan menos de 22,000 dólares.

Mas eso no significa que todas esas mujeres optarían por un aborto en circunstancias económicas distintas. De hecho, la argumento más común para terminar el embarazo es una justificación financiera. En un estudio realizado en 2004, tres cuartas partes de las mujeres que eligieron el aborto, dijeron que lo hacían porque no tenían la capacidad económica para cuidar de un hijo. Tres cuartas partes también declararon que tener un bebé interferiría con su capacidad para trabajar, estudiar o cuidar de otros dependientes.

Pese a las encuestas y los sondeos sobre el aborto, ningún estudio importante ha investigado si la cifra de abortos disminuiría al eliminarse la razón primaria argumentada para interrumpir el embarazo. Pero no hay duda de que, si tres cuartas partes de las mujeres que han elegido el aborto lo han hecho por necesidad financiera, la cantidad de interrupciones se reduciría si se confrontara el problema.

Lo que nos lleva a una solución.

¿QUIEREN ACABAR CON LOS ABORTOS? GIREN CHEQUES

Paguen. Ese es el plan.

Los activistas de los dos frentes del debate tienen que soltar sus pancartas y abrir las billeteras. Es muy fácil marchar frente a una clínica de abortos, gritar a las pacientes, y luego regresar a casa para disfrutar una rica cena. Pero si les dicen que pueden prevenir los “asesinatos de bebés” pagando más impuestos y ofreciéndose como padres adoptivos, ¿cuántos de ellos lo harían sin chistar? Y si los defensores pro-decisión de veras creen que las mujeres deben tener la posibilidad de decidir sobre su embarazo sin presiones externas, ¿cuántos de ellos estarían de acuerdo en soltar más plata para que las mujeres pobres puedan tomar la decisión de conservar sus bebés?

Muchas mujeres que interrumpen sus gestaciones después de 12 semanas, informan que lo hicieron porque tardaron todo ese tiempo en reunir el dinero para hacerse el aborto. Ninguna persona razonable pensaría que una mujer, con semejante presión financiera, podría costear la atención prenatal completa, incluyendo vitaminas, revisiones médicas, ultrasonidos frecuentes y todo lo demás. Y tampoco es posible creer, racionalmente, que habría tenido dinero suficiente para pañales, fórmula láctea, cuna y juguetes –por no hablar de la ropa y la comida que necesitaría el niño al crecer-, al tiempo que conserva su trabajo y encuentra la manera de generar más dinero. Y aquí surge la interrogante de quién cuidará al bebé mientras la mamá sale a trabajar.

El argumento convencional es que los conservadores cuidan al niño hasta el día que nace, pero hasta que todos mostremos más interés en el niño que en el feto, será imposible reducir los abortos, no obstante las leyes. Por su parte, los defensores de pro-derecho –a quienes representan como exclusivamente interesados en volver accesible el aborto- tienen que hacer el compromiso de ayudar a esas mujeres pobres que quieren tener a sus bebés.

Así que estos son los costos nuevos:

Habrá que incrementar el salario mínimo. Cada vez que se ha propuesto, los conservadores se quejan de que sacrificará empleos. Y sin embargo, los empleos crecen cada vez que aumenta el salario, porque la gente tiene más dinero para gastar, lo que a su vez se traduce en más negocios y más empleo. Las mujeres pobres estarían más dispuestas a dar a luz si tuvieran una mayor seguridad financiera.

Debemos ofrecer guarderías subsidiadas por el gobierno. En nuestro sistema actual, las mujeres pobres pasan apuros para encontrar lugares dónde dejar a sus hijos; y ahora, muchos empleos de bajo ingreso incluyen requisitos de “guardia”, lo que significa que el empleado puede recibir la orden de presentarse a trabajar casi en cualquier momento. Ninguna madre tiene semejante flexibilidad. Con las guarderías gratuitas, las mujeres pobres tendrían más apoyo si decidieran llevar a término un embarazo.

Cualquier mujer que quiera conservar a su bebé deberá tener asegurada la atención prenatal de calidad, sin costo. Todos los médicos estarían obligados a explicar la necesidad de dicha atención y a proporcionar educación adicional para incrementar la cifra de madres que reciban revisiones regulares y sigan las recomendaciones nutricionales prenatales. Este programa no sería costeado, necesariamente, por los contribuyentes. Para ello, se establecería una red nacional que vincule parejas que quieran adoptar –con suerte, muchas de ellas del movimiento antiaborto- con mujeres que decidan dar a luz. Esas parejas tendrían que aceptar el requisito de costear toda la atención prenatal y los gastos de hospital. Además:

Se fortalecerían las legislaciones para asegurar que los empleadores paguen un altísimo precio por cualquier intento de ahuyentar a una trabajadora embarazada.

Por último, basta de combatir Obamacare. En palabras de Charles Camosy, ético cristiano, la Ley de Atención Asequible es “el logro más importante desde 1992” para aliviar la carga de las mujeres embarazadas. No solo proporciona mayores beneficios de salud a las mujeres pobres, también ha demostrado que reduce la tasa de no asegurados. ¿Qué importa si nace un niño, cuando está destinado a morir de un ataque de asma porque no hay dinero para comprar el inhalador que necesita? Las estadísticas demuestran que muchas mujeres pobres temen su incapacidad para proporcionar una buena vida a sus hijos. Decir a una mujer gestante que su hijo no estará asegurado –y en consecuencia, que tal vez no podrá recibir atención médica adecuada- es suficiente presión para orillarla a optar por el aborto.

Parece que muchos defensores antiaborto que se oponen a Obamacare desconocen su contenido: la legislación incluye provisiones de la Ley de Apoyo para Mujeres Embarazadas, misma que estos activistas lucharon, durante años, para conseguir. También aumenta el crédito fiscal para adopciones, exige que las aseguradoras cubran la atención prenatal, otorga subvenciones a los estados para asesoría en embarazo y visitas domiciliarias de enfermeras, y establece una gama de beneficios adicionales para ayudar a las mujeres gestantes.

Estas medidas, humanas y sensatas, no acabarán con todos los abortos. El equilibrio complejo entre la autonomía de la mujer y la oportunidad de vida del feto plantea una interrogante imposible de responder, donde es necesario respetar los dos extremos de la ecuación moral. Sin embargo, estas medidas garantizarían que las presiones financieras lleven a menos mujeres a buscar el aborto, dándoles una verdadera libertad de decisión. No es un plan perfecto, pero es mejor que lo que tenemos ahora. Y si alguno de los bandos protesta por el incremento de los impuestos –o si los activistas antiaborto se niegan a adoptar bebés que, de lo contrario, habrían sido abortados-, al menos sabremos, finalmente, que todos estos años de protesta no fueron más que una farsa.

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Publicado en cooperación con Newsweek/ Published in cooperation with Newsweek