El rey de las comunidades virtuales también es mexicano

APENAS TENÍA TRECE AÑOS, cursaba la secundaria. Nunca antes había tenido en casa un artefacto tecnológico de este tipo. Los había visto en oficinas, nada más. Y ahí estaba: una computadora con monitor monocromático verde y sistema operativo DR-DOS, similar al MS-DOS de Microsoft.
Apenas unas semanas antes, él y uno de sus amigos habían participado en un concurso de innovación del Conacyt y ganaron gracias a la idea de un bote que comprimía la basura. El trofeo, aquella computadora.

Así comenzó su inclinación por lo tecnológico, pero Andrés no imaginó que, alguno años después, se convertiría en estudiante de doctorado en el Massachusetts Institute of Technology (MIT) y, más tarde, en investigador en Microsoft Research y afiliado al Berkman Center for Internet and Society de la universidad de Harvard. Estaba ajeno a que sería el creador de Narcotuits y otras tecnologías enfocadas en participación ciudadana que lo situarían como uno de los mexicanos jóvenes más destacados.

Hoy tiene 36 años. “Mi interés hacia la ciencia y tecnología diferenciaba del enfoque familiar, pero terminé involucrándome”, comparte Andrés en entrevista telefónica desde Estados Unidos.

Sus papás eran activistas políticos en la década de 1980. Cuando Andrés nació en la Ciudad de México, estaban afiliados al Partido Socialista Unificado de México y simpatizaban con otras organizaciones de corte social; participaban en las brigadas que recorrían de norte a sur el país. Su propósito, crear conciencia social.

Visitaban las fábricas y difundían entre los obreros sus derechos laborales y tratados comunistas. “Es necesario un cambio radical en el país”. Esa era su bandera. “Buscaban un cambio político en épocas donde la democracia no era tema común en México”, comenta el joven investigador.

Desde entonces, Andrés cuestionaba la política del país. En la primaria, se preocupaba por la deuda externa como si se tratase de un problema personal.
Su infancia fue distinta a la de sus compañeros de la primaria. Recuerda: “No teníamos televisión. Mis papás –estudiaron letras en la Universidad Autónoma de Coahuila– llevaban a casa literatura china y rusa, a Dostoyevski, por ejemplo, o libros que hablaban del bienestar social y común, recuerdo el Libro rojo de Mao Tse Tung”. Andrés prefería leer a Sherlock Holmes o El aleph de Borges.

Aquel estilo de vida con los años se fue desvaneciendo, pero marcaría la infancia de Andrés, quien ya simpatizaba con las matemáticas y la ciencia. Por algunos años intentó alejarse de cuestiones humanistas. Decidió estudiar ingeniería geofísica en el Tec de Monterrey. Cuando tomó clases de ciencias computacionales optó por cambiarse a la ingeniería en sistemas electrónicos. Eso era realmente lo suyo. Algunos años la participación ciudadana.
Al otro lado de la línea, Andrés se escucha seguro de sí. Recuerda que, al concluir la ingeniería, comenzó a buscar trabajo y recibió varias ofertas. Su atención se fijó en una compañía de software israelita con oficinas en Boston. Se mudó a esa ciudad.

Quería descansar de lo académico. No tenía intenciones de realizar posgrados. “Mi meta era hacer sistemas útiles para la gente”, comparte. Pero luego de tres años de trabajo en la empresa, la maestría comenzó a atraerle.

Acudía a Harvard por las tardes. Consciente de su ambición por la investigación científica, buscó universidades. El MIT era la mejor opción. Durante un tiempo estuvo en lista de espera. Un día le informaron que había sido aceptado. Ahí estudiaría ambos posgrados.

Su departamento académico se especializa en lo digital, en la interacción entre humanos y computadoras. Estudia las tecnologías que impactan a los seres humanos, sin dejar de lado el ámbito social.

“Se enfoca mucho en generar y apoyar comunidades en línea, esa área de computación social fue mi dirección en los posgrados”. Ahí nació Narcotuits: una necesidad de Andrés de ayudar a la sociedad y comprender el comportamiento humano en el uso de las tecnologías. “Forma parte de un plan mayor en el que investigamos la acción colectiva. Queremos entender cómo lo digital permite que muchas personas logren un objetivo común y organizarse”, explica.
Narcotuits nació de la necesidad de ayudar a la sociedad y comprender el comportamiento humano en el uso de las tecnologías. FOTO: LUIS BLACKALLER.
En el doctorado, Andrés le dedicó buen tiempo a un proyecto educativo. Creó en 2007 Scratch, un sistema que enseña programación a niños. Les permite crear animaciones y videojuegos, por ejemplo. “Es una comunidad en línea donde la gente puede compartir sus creaciones y descargar las de otros. Aprenden”. Scratch tiene hoy alrededor de diez millones de usuarios. Es la comunidad web más importante en el mundo para aprender programación.

“Así fui involucrándome. Entendí cómo estas comunidades pueden hacer más que una sola persona, con ayuda de la tecnología. Comencé a investigar otros escenarios donde sucedía lo mismo. Al mismo tiempo me llegaban noticias de la violencia en México y trataba de entender qué pasaba, pero no había suficiente información en los medios.
“Encontré que, en las redes sociales, los ciudadanos en conjunto, gracias a la tecnología, tomaban el rol de los medios, informaban, advertían a otros sobre lo que ocurría en distintas ciudades de México en tiempo real”, dice Andrés, confirmando el comportamiento ciudadano que advirtió.

Con un tuit o imagen, algo pequeño, las personas contribuyen a algo mayor, comprobó en aquel momento. “Son microcontribuciones –define–. Ya lo había visto en Scratch. Niños diseñaban algo pequeño, pero en conjunto se convertía en un sistema operativo.

Los Narcotuits fue el proyecto que me fascinó, era un tema que me interesaba mucho. Entender cómo la tecnología facilita conocer sobre un fenómeno tan complejo”.

–¿Qué concluiste?

–El objetivo fue tratar de entender la computación social. La violencia en México es uno de los varios fenómenos que he estudiado. Mi propósito es conocer el papel de la tecnología para facilitar colaboraciones ciudadanas a gran escala, los medios cívicos. Influyó mucho en mis siguientes proyectos. Cuando estaba estudiando los narcotuits, vi el surgimiento de este nuevo papel ciudadano. Gente que se dedicaba a leer y a escribir en Twitter lo que sucedía en sus ciudades.

“Con el equipo empezamos a pensar qué tipo de herramientas podríamos construir para ayudar a esas personas. Creamos un sistema que permite hacer algo similar a través de algoritmos automáticos que, digamos, analizan los mensajes.

Eso permite resumir lo que sucede en un vecindario específico. Nuestro objetivo final sería responder a la pregunta de si es posible reemplazar los medios tradicionales a través de la combinación humano-computadora. Y esto ya lo estamos viendo en muchos sistemas”.

–¿Qué te genera la situación violenta en México?

–Hay muchos sentimiento mezclados. Siento frustración, pero algunas cosas que ocurren también me dan esperanza. Desde que salí del país la comunidad tecnológica ha cambiado. Es más fuerte de lo que eran antes, desde empresas hasta la aplicación de internet en la sociedad. Los problemas en México son más estructurales, van más allá de la tecnología. Cambiar esa estructura es el paso grande: las políticas públicas y de educación.


–Un tema recurrente es la fuga de cerebros, jóvenes que, como tú, buscan oportunidades en otros países.

–Opino que debería ser lo opuesto. Otros países lo ven distinto. Por ejemplo, Israel, uno de los más avanzados en tecnología. Tiene científicos, académicos, etcétera, en varias partes del mundo. Y no lo ven como una fuga, sino como expansión y conexiones.

–Pero la visión del gobierno mexicano no va en ese sentido, al parecer.

–Estoy de acuerdo. Se ve como una fuga desde la sociedad en general y la gestión política. Aunque ojalá que en el futuro sea diferente. Quizá la solución no sea la política, sino a escala institucional. Me refiero a las universidades, compañías. Esa podría ser una oportunidad.