A la oposición en Venezuela, en los últimos diecisiete años,
le ha tocado un camino casi imposible de quebrar, el de un chavismo desbordado
y la idolatría por uno de los hombres más poderosos de Latinoamérica: Hugo
Chávez Frías, militar que no sólo dejó un legado de su doctrina al pueblo
venezolano, sino que la exportó a varios países del mundo hasta llegar a
España, así su poder; y decimos militar porque en Venezuela el poder hasta el
momento sigue manejado casi en su totalidad por él mismo. Bastaría con analizar
las declaraciones del ministro de poder popular de la Defensa, Padrino López,
negando casi con fervor los rumores sobre presiones militares para reconocer
resultados electorales del pasado 6 de diciembre. Ciertos o no, eso nos da una
clara visión de los conflictos actuales que vive el país vecino, sabemos que
cuando el militar de un país toma tribuna no se puede tomar a la ligera y que
sus mensajes están llenos de afirmaciones que pueden tornarse en advertencias
de una manera rápida para todos los actores políticos en juego.
La victoria aplastante por parte de la oposición es un
claro e inequívoco mensaje de parte de los venezolanos hacía el régimen
heredado por Maduro: escasez de productos básicos, muertes por falta de
medicamentos, inseguridad como política de Estado (cada treinta minutos muere
un venezolano)… acabar con el aparato productivo de una manera planificada y
calculada por parte del régimen, teniendo como resultado un voto de castigo que
lleva a la oposición a la responsabilidad de analizar y “escuchar” si
esos votos son simpatizantes de su proyecto político o sencillamente del
deterioro de una país rico en quiebra económica y social.
“Los ciudadanos no sólo están desinteresados, sino
profundamente hartos de la política y de sus políticos; de las confrontaciones
y de los pleitos de sus representantes”, escribe José Adolfo Ibinarriaga
en “El arte de la guerra electoral” (Grijalbo, 2012). Tomando como
referencia esta afirmación, la oposición tendrá que entender varios aspectos
que les tocará enfrentar, la gente desea que sus necesidades básicas estén
cubiertas a la brevedad, la hostilidad entre los actores políticos poco les
interesará cuando la desidia es su primer problema diario. No deben olvidar que
Venezuela vive en todos sus niveles socioeconómicos la peor crisis de su
historia contemporánea. Por otra parte, se debe entender que esto es una
transición de un cambio de “sistema”, no es un país en democracia,
aunque se celebren elecciones. Existe una gran diferencia en ganar una elección
en democracia —la Argentina—, que en un régimen con casi dos décadas de
autoritarismo; evadir un hecho tan contundente sería casi perder todo lo que la
oposición ha ganado el pasado 6 de diciembre. El presidente Maduro en estos
momentos es un animal herido al cual no se le puede dar la espalda y que estará
dispuesto a hacer lo que sea necesario —como él mismo afirma— para continuar y
radicalizar la revolución “como sea”. Esperemos que la oposición haya
madurado políticamente y que la embriaguez de los que se creen vencedores no
los haga olvidar que las transiciones de un sistema dictatorial a una
democracia no se logra en un día de victoria.
No obstante, “será muy difícil que el chavismo
sobreviva”, opina el influyente catedrático venezolano Erik del Búfalo en
esta entrevista. Del Búfalo estudió filosofía en la Universidad Central de
Venezuela y luego, en Francia, se recibió como doctor en Filosofía por la
Universidad de París X. Es profesor asociado de Filosofía en la Universidad
Simón Bolívar y se dedica principalmente al campo de la filosofía
contemporánea, ética, estética, teoría crítica y pensamiento político. Ha
publicado “Deleuze et Laruelle. De la schizoanalyse à la
non-philosophie” (París, Kimé, 2003) y “El rostro, lugar de nadie: erotismo,
ética y umbral en la obra de Alí González” (Fundación Mercantil, 2006),
así como diversos artículos en reconocidas revistas nacionales e
internacionales.
—¿Qué será ahora
del chavismo?
—Pienso que será muy difícil que el chavismo sobreviva
como un movimiento unitario de lograr la oposición una victoria final. El
chavismo no es un movimiento orgánico, es esencialmente una montonera guiada
por un líder carismático y subsidiada por un barril de petróleo de más de 100
dólares, y ahora ninguna de estas dos condiciones existe. Chávez aglutinó a
su alrededor fuerzas y corrientes muy disímiles, además de una gran cantidad de
oportunistas. Aquello que unía estas fuerzas era el poder; perdido el poder, se
diseminarán y serán reabsorbidas por otras fuerzas políticas de diverso signo.
Veo claramente al menos tres grandes grupos irreconciliables, ahora cada vez
más críticos: en primer lugar, la burocracia ilustrada de Giordani, Navarro,
Marea Socialista, “la vieja guardia”. En segundo lugar, la casta militar (Arias
Cardenas, 4F, ya prácticamente desaparecido como agente político, y el
movimiento de militares que se sumaron después) y, por último, un grupo que yo
llamaría “los jacobinos huérfanos”, representado en figuras como Roberto Duque,
El Cayapo, Misión Boves, colectivos, organizaciones populares, etcétera, y que
conforman el grueso de esa multitud que se siente perdida sin Chávez y nunca
aceptaron realmente el liderazgo de Maduro. Este grupo es el más inefectivo
políticamente, pero el más peligroso socialmente porque no acepta de buen grado
los principios de la democracia representativa.
—¿Qué se debe hacer
con la victoria opositora?
—En principio, lo lógico es que la nueva Asamblea convoque
en abril a un referéndum revocatorio, previsto en la Constitución, para sacar a
Maduro del gobierno. Creo que incluso muchos chavistas, que se cuentan por
cientos de miles, están agotados de la situación a la que los llevó un régimen
absolutamente descompuesto, tanto en lo moral, como en lo político y lo
económico. Hay un consenso implícito en la sociedad de que este gobierno no
debe seguir destruyendo a Venezuela. El problema es que la MUD no es un
partido, sino un conglomerado de partidos que tienen cada uno su propia agenda.
Hay, de hecho, posibilidades de que algunos de estos partidos prefiera negociar
con el gobierno, mientras logra reposicionar a su candidato en vista de unas
elecciones presidenciales adelantadas. Dentro de la MUD lamentablemente hay
muchas mezquindades y ambiciones cortoplacistas.
“En mi opinión, dominar este poder tan importante,
pone al la nueva Asamblea en un dilema profundo: no pude precipitarse, pues el
resto del Estado se encuentra en manos del régimen chavista; pero no puede
tampoco esperar mucho, pues entonces se convertiría en cómplice del statu quo
imperante y el costo político para las fuerzas democráticas sería catastrófico.
Yo creo que la Asamblea debe navegar más cerca de Escila que de Caribdis, como
le recomendó la Circe a Odiseo; es decir, “es preferible que se pierdan
por ahora algunas ambiciones personales a que la nave de la democracia
naufrague en su totalidad. Pero ello dependerá de la altura y la visión
trascendente de los navegantes y de la astucia de la sociedad civil para saber
mantener la presión a sus políticos. Debemos recordar que este triunfo de las
fuerzas democráticas se debió mucho más a esperar el desgaste del chavismo que
en la confianza de su propio talento. Lo cual, por cierto, implicó un costo muy
grande para la vida de los ciudadanos que padecen aún la inflación, la escasez,
la violencia y el envilecimiento general de la sociedad”.
—¿Cuál es el modelo
de país que puede desprenderse del triunfo de la MUD?
—Siento decirlo, pero por ahora el modelo parecería ser el
usufructo rentístico del enorme petroestado que es Venezuela. Todas las fuerzas
democráticas siguen de algún modo propiciando que no se supere este paradigma,
donde el gobernante es poco más que el capataz de una plantación que reparte la
comida y los castigos. Estamos muy lejos aún de una verdadera democracia, donde
la sociedad tenga más poder que el Estado. Dicho esto, es obvio que a partir de
ahora habrá muchos más espacios de libertad y relaciones políticas más
civilizadas. Volvemos a la modernidad, con un gran retraso entramos por fin al
siglo XXI.
—¿Es viable la
convivencia democrática entre ambas visiones de país?
—De lo anterior puede desprenderse que en realidad no hay
dos visiones de país, sino grados más o menos democráticos de una misma visión:
la repartición de la renta petrolera. Ahora bien, estos grados son
incompatibles; no puede convivir un Estado más o menos liberal, institucional o
democrático con la visión más autoritaria del populismo radical que fue el
chavismo. Podría decirse que, más que convivir, un modelo es el fracaso del
otro.
—¿Cuáles son las
condiciones mínimas para lograr un cambio institucional en Venezuela?
—En realidad, que exista una nueva Asamblea ya implica un
cambio institucional, pero este cambio debe propagarse a todos los demás
poderes del Estado, que en Venezuela son cinco, el electoral y el ciudadano,
además de los tres poderes clásicos. Estos poderes, elegidos
inconstitucionalmente o bajo procedimientos espurios bajo el chavismo, deben
ser cambiados por la nueva Asamblea. Ello, inevitablemente, implicará un
“choque de poderes”. Si este choque de poderes no se da es porque ha ocurrido
algo peor, una negociación entre élites políticas a espaldas de los ciudadanos.
No sé hasta qué punto este escenario sea plausible, pero es un temor que
tenemos muchos. Temor que se irá disipando o agravando según se den las cosas
en los próximos meses.