Putin ve espías en todas partes

Cuando Alexei Svyatin, un oficial retirado del Ejército
ruso, salió este verano de un abotargamiento por vodka para encontrar a sus
pies el cuerpo apaleado y muerto del marino mercante Sergei Karelsky, de
inmediato telefoneó a la policía para reportar que había neutralizado a un
“espía”. Sus sospechas, dijo él a los oficiales sorprendidos en Bykhovskaya, un
poblado pintoresco a unas 160 millas de Moscú, se despertaron por las historias
de Karelsky sobre frecuentes viajes de trabajo al extranjero. Alrededor de
cinco meses después, el 17 de noviembre, un hombre de 76 años en la región
central rusa de Kaluga mató a puñaladas a un conocido después de una
borrachera. ¿Su explicación? Su invitado había anunciado –en lo que parece
haber sido un chiste mal planteado– que trabajaba “para Obama y le diría todo
sobre ti”. Furioso, el anciano ultra patriota gritó: “¡Ah, eres un agente
estadounidense!” y tomó un cuchillo, según medios de comunicación rusos. En
ambos casos, los atacantes han sido acusados de asesinato.

El vodka, para parafrasear al autor ruso Anton Chejov,
puede hacer que el hombre haga las cosas más extrañas. Pero los pueblerinos y
ancianos agobiados por el alcohol no son los únicos que ven traidores y agentes
extranjeros en todas partes en la Rusia de hoy día. Desde que Occidente le
impuso sanciones al Kremlin por la anexión de Crimea en marzo de 2014, un pico
en casos de traición ha tentado a un grupo diverso que incluye a una madre con
siete hijos, un controlador de tráfico aéreo, un funcionario de la iglesia
ortodoxa rusa, empresarios y un ex empleado de inteligencia militar. Hubo 15
sentencias por traición al estado en Rusia el año pasado, un aumento de casi
cuatro veces en relación con 2013. Aun cuando no hay estadísticas oficiales
para 2015, abogados y defensores de los derechos humanos dicen a Newsweek que
la cifra de este año ya está acercándose a las dos docenas.

“Absolutamente todos pueden ser acusados de traición
ahora, incluso personas sin acceso a secretos de estado”, dice Zoya Svetova,
periodista de oposición y activista por los derechos humanos, quien ha conocido
algunos de los sentenciados por dicho cargo. “Los juicios se realizan a puerta
cerrada, y a menudo sólo nos enteramos de ellos después de que se han dictado
las sentencias”. Como menos de 1 por ciento de los juicios penales en Rusia
terminan en una exoneración –una cifra que es todavía menor a aquella durante
el Gran Terror del dictador soviético Josef Stalin–, Svetova sugiere que la
gente acusada falsamente de traición por lo general se declara culpable con la
esperanza de recibir menos años en prisión.

Este aumento en la cantidad de rusos que son acusados de
traicionar a su patria deriva de una legislación controvertida introducida por
el Presidente Vladimir Putin en 2012. Según la ley redactada con vaguedad,
cualquiera que provea información “dirigida contra la seguridad de Rusia” a una
organización extranjera o internacional puede ser acusado, incluso si esa
información proviene de fuentes abiertas. Los acusados, junto con sus abogados,
a menudo son mantenidos a oscuras sobre la naturaleza exacta de sus supuestos
crímenes. Muchos de estos casos de traición están vinculados con Ucrania, cuyo
gobierno pro-occidental es acusado por funcionarios rusos de ser un títere de
EE UU.

Entre los casos de más alto perfil está el de Svetlana
Davydova, de 37 años y madre de siete pequeños. Ella llamó a la embajada
ucraniana para reportar que había oído a soldados de una base local discutir su
despliegue secreto en el otrora estado soviético abatido por la guerra, porque
ella estaba en contra de la guerra y quería evitar bajas. Aun cuando el Kremlin
niega que tropas rusas estén activas en Ucrania, oficiales armados del Servicio
Federal de Seguridad (FSB) irrumpieron en el apartamento de Davydova y la
acusaron de traición.

“Esto se pensó para asustar a la gente, para mostrarles
que incluso una madre amamantando puede terminar en una celda si ello está en
el interés de los servicios especiales”, dice el abogado Ivan Pavlov, quien
representó a Davydova, así como a otros acusados de traición. Previamente este
mes, Pavlov y otros abogados preocupados por la cantidad creciente de casos de
traición publicaron una guía de asesoría legal en línea titulada “Qué hacer si
vienen por usted”.

Los cargos en contra de Davydova finalmente se retiraron,
después de que miles de personas, incluida la viuda del Premio Nobel y autor
ruso Alexander Solzhenitsin, lo solicitaron al Kremlin en nombre de ella. Pero
la mayoría de los acusados no han sido tan afortunados.

En septiembre, Gennady Kravtsov, quien trabajó como
ingeniero de radio para la inteligencia militar rusa de 1990 a 2005, fue
encarcelado por 14 años después de enviar su currículum a una compañía sueca.
El FSB acusó a Kravtsov de revelar información “ultra secreta” que amenazaba la
seguridad de Rusia, aun cuando el sistema de vigilancia por radio que era su
área de conocimiento no se había usado desde 2000. Las restricciones a Kravtsov
para trabajar en el extranjero, impuestas por los militares debido a la
naturaleza sensible de su empleo previo, terminaron en 2010. En noviembre,
Maxim Lyudomirsky, un físico involucrado previamente desarrollo de armas, fue
sentenciado a nueve años en una colonia penal de máxima seguridad por
acusaciones de que había transferido información a un país no nombrado.

“La propaganda estatal retrata al resto del mundo como una
amenaza a la seguridad nacional de Rusia”, dice Lev Shlosberg, un político de
oposición. “Para convencer a la gente de este mito, son necesarios agentes
enemigos. Los servicios especiales cazan a gente que tiene tratos con
extranjeros y presenta esto como espionaje”.

El FSB no respondió a la solicitud de comentarios para
Newsweek. Alexander Sidyakin, un legislador de línea dura del partido
gobernante Rusia Unida de Putin, niega que haya un motivo político tras los
arrestos. “Es muy simple”, dice él. “Los servicios especiales de Rusia han
empezado a trabajar con más eficiencia, y los servicios especiales occidentales
han empeorado mucho”.

Putin, un ex oficial de la KGB, nunca ha manejado en
secreto sus sospechas de los extranjeros. En abril de 2000, en su primer
discurso ante el parlamento, él advirtió que funcionarios del gobierno,
legisladores, líderes de partidos políticos o “cualquier otro ciudadano ruso”
enfrentaría cargos criminales si se descubría que “mantenía contactos con
representantes de gobiernos extranjeros” fuera de sus deberes oficiales. De hecho,
no había –y nunca la ha habido– semejante ley en los libros.

No son sólo individuos quienes son acusados de traicionar
a Rusia. Según otra ley aprobada por Putin en 2012, las organizaciones no
gubernamentales financiadas en el extranjero y comprometidas en “actividad
política” están obligadas a declararse públicamente como “agentes extranjeros”
o arriesgarse a un cierre. Cierta cantidad de grupos cesó sus labores en vez de
aceptar la designación, la cual denota claramente espionaje. Memorial, un grupo
de derechos humanos que investiga crímenes cometidos por autoridades de la era
soviética, es la organización más reciente a la que se ha colgado la etiqueta.

Las autoridades rusas también buscan cada vez más el
desalentar a la gente común de que viaje al extranjero. El Ministerio del
Exterior ha advertido en repetidas ocasiones que agencias de inteligencia de EE
UU están comprometidas en una “cacería” mundial de ciudadanos rusos y
recomienda evitar viajar a países que tengan un tratado de extradición con Estados
Unidos. A principios de noviembre, Vadim Solovyov, un legislador del Partido
Comunista que es el presidente adjunto de un comité parlamentario sobre ley
constitucional, dijo que había discusiones en marcha para introducir “visas de
salida” al estilo soviético. Él luego afirmó que lo había entendido mal. Sin
embargo, pocos días después, un funcionario del Ministerio del Exterior de
Rusia dijo que se “estaba resolviendo” una posible prohibición a que los rusos
viajen a países de la Unión Europea.

Esta atmósfera de sospechas ya ha hecho que muchos rusos
de inclinación occidental dejen el país. Marat Guelman, un ex asesor del
Kremlin convertido en partidario de la oposición, cree que al Kremlin le
encantaría ver al resto empacar sus cosas. “Pienso que están presionando a ese
14 por ciento que no está de acuerdo con las políticas de Putin para que
abandone [Rusia] tan pronto como puedan”, escribió Guelman, en una publicación
en línea. “Ellos dicen: ‘¿Por qué retrasan las cosas? Aquí no hay nada para
ustedes, y mañana despertarán, y las puertas estarán cerradas’”.

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Publicado en cooperación con Newsweek/ Published in cooperation with Newsweek