“Yo la asesiné, ¿y qué?”

La combi con número económico 244 frenó en la calle Ignacio Allende, de la colonia Carlos Hank González, en el municipio de Ecatepec. Dos de los tres sujetos que la abordaban bajaron apresurados y, ambos con pistola en mano, amagaron a la pareja de novios que charlaba a un costado de la casa de ella, Dulce Cristina, quien esa noche del domingo 15 de enero de 2012 terminaría asesinada de manera brutal, a golpes y puñaladas.

Ella y su novio, Domingo, acercaron sus cuerpos como intentando protegerse.

—No hagan ningún movimiento porque los matamos. ¡Dennos sus cosas! —gritaron los hombres armados.

—¿Te gusta la muchacha para el coto? —preguntó uno de ellos a su cómplice.

—Vamos a llevarnos a los dos.

Dulce Cristina y Domingo fueron empujados al interior de la combi. El vehículo arrancó a las nueve y media de la noche.

Abigaíl, hermana de ella, atendía el negocio de discos instalado en el zaguán, apenas a un metro de donde había ocurrido la acción. Alarmada, corrió hacia el patio de su casa e ingresó en la sala, donde sus padres, Pedro Enrique Payán y María Guadalupe Urbano, veían un partido de fútbol.

—¡Papá, corre, se llevaron a mi hermana! —gritó horrorizada la joven de veintidós años.

Enrique y su suegro Rubén corrieron. “¡Se fueron por la calle de atrás!”, avisaron un par de niños de doce o trece años, amigos de la joven.

Padre, hermana, abuelo y amigos corrieron hacia aquella dirección. En ese momento, Domingo apareció ante sus ojos.

—¿Y mi hija? —preguntó Enrique, visiblemente asustado.

—¡Esos desgraciados se la llevaron, nomás me bajaron a mí! —explicó el joven, agitado. Enrique y su hija mayor sintieron desvanecerse, cuentan ahora.

Familiares, amigos y vecinos comenzaron la búsqueda que se prolongaría durante horas. La mamá de Dulce Cristina permanecía en casa. Angustiada, caminaba de un lado a otro, aún incrédula.

Enrique llamó al 066.

—¡Dos personas con armas se llevaron a mi hija de diecisiete años!

—¿No fue su novio? —dijo la voz femenina al otro lado.

—No, él no fue.

—Bueno, regrese a su casa. Si es un secuestro van a llamar. Ahorita aviso a las patrullas para que rastreen.

El grupo se separó. Enrique y su hija caminaron sin rumbo, atentos a encontrar la combi con el número 244. Llegaron a San Andrés, una colonia también peligrosa. Ahí se encontraron a Domingo y varios amigos. Nada.

Detuvieron a una patrulla.

—Secuestraron a mi hija, señor patrullero.

—Ya no se preocupe, ya nos dieron aviso por radio, estamos en eso —respondió el agente, y se fue.

Enrique regresó a su casa y, cinco minutos después, una patrulla llegó al domicilio.

—¿Ustedes pidieron apoyo por un secuestro?

—Sí, sí, sí —respondió Enrique—. Soy el papá de la muchacha.

—A ver, súbase, vámonos a San Andrés, lo vamos a llevar a donde nosotros sabemos que tiran los cuerpos de las personas.

El expediente del caso dice que, mientras tanto, Dulce Cristina se defendía. Luis Bautista Rodríguez la forzó a entrar en el cuarto de vecindad que alquilaba, a una distancia de diez minutos en automóvil de la calle Ignacio Allende. El forcejeo, los gritos de ayuda y los golpes se escucharon por al menos una hora en las casas de los vecinos. Nadie pidió auxilio.

***

Para llegar a la colonia Hank González, la más peligrosa de Ecatepec, basta con abordar un camión en el paradero de la estación del metro Indios Verdes. El transporte ingresa en el Estado de México, rumbo al norte. Media hora después, dependiendo del tránsito, arriba a la zona. El vehículo entra por calles más o menos angostas que dificultan la circulación de automóviles. Las viviendas son, en su mayoría, de una planta o un piso, modestas.

En la avenida Camino a San Andrés, la principal, está la gasolinera. A un costado se encuentra la Preparatoria Oficial 128 General Francisco Villa, la primera que se construyó en la zona, por iniciativa de la comunidad. Ahí estudian 550 alumnos.

La directora de la preparatoria, Leticia Fragoso Martínez, cuenta que esta escuela “ha ayudado a algunos a ver las cosas de otra manera, quizá pocos. Cuando salen, algunos aplican el examen para la universidad una y otra vez, sin suerte. Otros trabajan para pagar alguna de 1200 pesos, la mínima”.

“En esta y otras escuelas se han metido a robar. La marginación y violencia se vive cotidianamente, y ahora más. A veces, desde casa, los padres se agreden, hay sometimiento: el machismo se va reproduciendo. Hay temor de salir por los asaltos. En San Pedro ha habido linchamientos, asesinatos, descabezados, cosas que no se veían hace algunos años”.

—¿Cuál es el pensamiento de las mujeres estudiantes?

—La valía de la mujer es baja. Lo noto en ellas, hay temores. Ha habido jóvenes asesinadas de manera cruel, desaparecidas. Les hemos dicho que esa forma de tratar no es normal, que deben defenderse. Hay talleres que nos permiten dar elementos y, en algunos casos, las chicas se empoderan y se defienden. Otras me dicen: ‘Me voy porque estoy embarazada y mi pareja se va si no dejo la escuela’.

“A alumnas de generaciones pasadas intentaron llevárselas. Es tanta pobreza que, a veces, los papás no dimensionan los problemas de sus hijos. Se naturaliza la violencia”.

—¿Los alumnos se involucran en narcomenudeo?

—Que consumen drogas, algunos sí, hay un número mayor. Otros la venden. Actuamos meticulosos porque no podemos contra las bandas organizadas.

—¿Qué hace la policía?

—En cuanto al narcomenudeo, ha vigilado el Ejército, la Policía Federal, estatal y local. Arrestan a veces a inocentes, pero deben argumentar la eficacia de su operativo. No hay investigación efectiva para que las bandas criminales no proliferen. A veces son salvaguardadas por las mismas fuerzas judiciales.

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“El gobierno abandonó y creó esta precariedad en la zona”, dice al inicio de la conversación el profesor de la preparatoria Francisco Villa, Manuel Amador, sociólogo y maestro en Derechos Humanos y Democracia.

“La violencia y grupos criminales se han asentado porque se puede: existe una permisividad por la ausencia de la autoridad que, en diferentes mandos, está coludida con el crimen. Los bajos índices de pobreza en las zonas donde hay más feminicidios son clave, pero más esa ausencia de políticas públicas”, argumenta Amador, quien además coordina el grupo civil Red de Denuncia de Feminicidio en el Estado de México.

“Aquí no hay salarios bien remunerados, a veces ni siquiera empleo. El comercio informal y la ilegalidad son temas cotidianos. Hay asaltos en autobuses. En agosto, las personas fueron despojadas incluso de su ropa, aquí en la Hank González. Han comenzado a defenderse. En San Cristóbal, los usuarios picaron los ojos de un asaltante con una varilla. Esta semana, un ratero murió tras la golpiza que le dieron los vecinos. Algunas personas delinquen para comer. No se justifica, pero es la realidad.

“En los círculos de pobreza se visualizan los estragos del modelo económico: la cultura machista y misógina se acrecientan por la criminalidad. El impacto del neoliberalismo en las periferias tiene rostro de comercialización de mujeres, crimen organizado y venta de droga. El narco y narcomenudeo se han estructurado en estos corredores. Los jóvenes son enganchados para vender. Ahora también las mujeres, quienes después son desechadas y asesinadas. Ya son muchos casos en Ecatepec.

“Las autoridades siempre dicen: ‘Ajuste de cuentas’. A principios del año, en la colonia El Gallito, cerca de Hank González, a dos chicas las bajaron de un vehículo y les dispararon. Aquí se puede desechar a las mujeres con esa facilidad”.

—Cada vez son más terribles los asesinatos.

—En este panorama, en los últimos meses los feminicidios son más crueles. Ellas, en la escala social, son lo último. Se les ha cancelado como personas por hombres que a su vez son desechados por un sistema económico. Lo veo en la prepa. Hemos tenido casos de todo. Los jóvenes llegan con el pensamiento de conseguir un certificado para trabajar y cumplir. No hay un proyecto de vida claro en esta situación de feminicidios, criminalidad y precariedad.

Amador ofrece un recuento de lo cotidiano en la zona:

“Los asaltos a alumnos e intentos de violación suceden a diario —dice—. Las calles son muy inseguras, no hay alumbrados. Ellos me cuentan que deben correr. Quién sabe dónde está el recurso gubernamental.

“A una chica y a su papá los asesinaron a principios de junio. Iban rumbo a la escuela. ¿Cómo llegan las armas a la zona? Los grupos criminales operan. Ese mismo mes, Gabriela Berenice salió de su casa por la leche. Unos tipos la levantaron. A las tres horas apareció quemada, aún viva, en un terreno en Ciudad Cuauhtémoc. Las familias no denuncian porque saben cómo son las autoridades. Si traes dinero, te va a salir en tanto”.

—Pareciera que no le importa a nadie.

—La criminalidad es negocio. ¿Por qué desaparecen en Ecatepec, Tecámac, Tlalnepantla y no otro lugar? Porque ahí no pasa nada. Es la impunidad.

—¿Desde cuándo se dispararon los feminicidios?

—La desaparición de chicas sucede desde siempre, aunque desde el 2009 para acá ha incrementado el negocio. Me tocó en 2008, intentaron llevarse a dos chicas de la prepa, seguramente para violarlas. Ya en 2011 era, es, una situación terrible.

***

La última vez que sus padres la vieron, Dulce Cristina llevaba puesto un pantalón azul de mezclilla, sudadera blanca y tenis blancos con franjas azules. Traía, como siempre, el cabello suelto. Ella medía 1.70 metros y pesaba unos 75 kilos. Su tez era blanca.

Por esa razón, cuando Enrique llegó con los policías al terreno baldío en la colonia Las Torres, buscaba encontrar un cuerpo con esas características. No dejaba de pensar en lo que dijo Domingo.

—Van a valer madre, pero antes nos vamos a divertir con esta vieja —decían ellos, mientras la pareja iba boca abajo en el piso de la combi.

Los policías alumbraban con una lámpara el terreno oscuro. Enrique reaccionó.

—Sí, señor. Lo trajimos aquí porque es donde tiran los cuerpos —insistían ellos, pero él esperaba encontrar a su hija con vida.

La búsqueda siguió en otros lugares donde los policías informaron que también arrojaban cuerpos, incluso en un panteón. Ya era la madrugada del lunes.

—Bueno, ya hicimos todo, usted vio, porque luego dicen que no hacemos nuestro trabajo —le dijo el agente.

Enrique recibió una llamada. Era el primo de su esposa. “¿Sabes qué? Ya encontramos la combi, en el puente de San Andrés”. Enrique había estado ahí horas antes. El primo, una sobrina y el suegro de Enrique identificaron el vehículo por el número. Lo siguieron varias calles, pero arriba sólo iban dos personas.

Enrique informó a los patrulleros y se trasladaron al lugar. Ahí estaba la combi estacionada.

Los policías se acercaron y revisaron a los sujetos. Abajo del asiento del chofer estaba una de las armas, calibre 44. Los pusieron contra el suelo. Al lugar ya habían llegado Abigaíl, Domingo y el resto.

—Son ellos, estoy seguro, pero faltan mi novia y el otro que nos amagó —dijo el joven, apenas se acercó. Los delincuentes actuaban como si nada sucediera.

Varias combis de la empresa Trasportes de San Pedro Xalostoc, a la que pertenecía la combi utilizada para el secuestro, comenzaron a llegar. Los conductores preguntaron qué pasaba.

Más patrullas arribaron para llevarse a los detenidos. “Oiga, ¿por qué no los interroga? Pregúnteles dónde dejaron a mi hija”, dijo Enrique a uno de los policías. “Usted no se meta, sabemos qué hacemos, ¿tú quién eres?”. “Soy el papá, fui policía del gobierno del DF y sé cómo es esto, puede interrogarlos ahorita”. Ninguno de los policías respondió.

Enrique se dirigió a los delincuentes: “¿Dónde está la muchacha?”. Ellos callaron. La policía insistió: “No te metas”. “Interroguen, por favor, ellos se llevaron a mi hija”, suplicaba el hombre. “Hágase a un lado, señor”.

Enrique golpeó al delincuente. No respondía. Parecía ido. Enrique rogó: “No voy a levantar denuncia, sólo dime dónde está”. Varios curiosos llegaron al lugar. El ambiente se tensaba. Las patrullas se retiraron.

Eran las cuatro de la mañana. En el ministerio público, el comandante dijo a Enrique que no había servicio, que debía regresar más tarde. “No hay elementos para dar apoyo, regrese a las ocho”. “Por favor, vaya a los separos a interrogar a esos hombres”. “Vete a tu casa a descansar. No podemos hacer nada ahorita”.

Enrique encontró en la delegación al menos a dos mujeres acompañadas de familiares. No sabe cómo, pero reconocieron a uno de los sujetos que secuestró a su hija como el hombre que las había violado. Pero el papá de Dulce Cristina estaba exhausto, cansado de insistir, y regresó a casa en compañía de familiares. Al llegar, el resto de la familia estaba ahí.

“Nada, que tenemos que ir al rato”, comunicó a las cinco de la mañana.

María Guadalupe lloró toda la noche. La familia rezaba para que Dulce Cristina regresara con vida, pero ella ya había sido asesinada horas antes. Luis golpeó y desfiguró su rostro con un reproductor de música y la acuchilló en distintas ocasiones. La cuchillada en la yugular acabó son su vida.

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El 28 de julio pasado la Secretaría de Gobernación emitió, por primera vez, una alerta de género en los municipios de Ecatepec, Nezahualcóyotl, Tlalnepantla, Toluca, Chimalhuacán, Naucalpan, Tultitlán, Ixtapaluca, Valle de Chalco, Cuautitlán Izcalli y Chalco.

Y en eso se quedó, en una alerta: el Observatorio Ciudadano Nacional del Feminicidio ha denunciado que en el Estado de México son desaparecidas hasta dos mujeres al día por los criminales y bandas organizadas dedicadas a la trata de personas, con focos rojos en los municipios de Ecatepec, Chimalhuacán y Chalco.

La información de la procuraduría estatal dice que de 2011 a 2013 se registraron 840 asesinatos de mujeres en la entidad. Sólo 145 fueron investigados como feminicidios. Entre 2011 y 2012 desaparecieron 1258 mujeres. Más del 50 por ciento tenía entre diez y diecisiete años de edad.

El Observatorio Nacional Ciudadano (ONC) reportó hace poco que las cifras preliminares indican que durante 2014 se iniciaron 489 averiguaciones previas por feminicidio en el país. Las tres primeras entidades federativas que superaron la media nacional del feminicidio durante ese año son Oaxaca, Estado de México y Distrito Federal. La entidad con mayor cantidad de averiguaciones fue el segundo: el 14.6 por ciento ocurrió en Toluca y el 8.3 por ciento en Tlalnepantla.

Las cifras, sin embargo, quedan rebasadas por lo que realmente sucede, de acuerdo con Francisco Rivas, director del ONC. Aunque haya extrema violencia, dice, las autoridades lo clasifican como simple homicidio de una mujer.

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Cuando el gobierno de Eruviel Ávila perdió el amparo que interpuso ante la Suprema Corte para que no se emitiera la alerta de género en el Estado de México, el activista David Mancera informó que el máximo tribunal tomó la decisión “por las pruebas, testimonios y carpetas de investigaciones de feminicidios y desapariciones forzadas” presentadas por su organización.

Mancera, presidente de la organización Solidaridad por las Familias, aprovechó la ocasión para denunciar que en el estado están documentados cuatrocientos casos de niñas y adolescentes desaparecidas de 2010 a la fecha.

Tan sólo en los municipios de Coacalco, Tecámac y Ecatepec, indicó, existen 160 casos, donde la mayoría de las víctimas fueron enganchadas a través de las redes sociales.

Mancera afirma en la charla que desde el 2006 “vimos similitudes entre los asesinatos de mujeres de Cd. Juárez y el Estado de México. Las desaparecen, se las llevan a la trata. En muchas ocasiones son escogidas por el mismo narcotráfico. Las zonas pobres son más propensas. No hay vigilancia. Más mujeres salen a trabajar y se da el mismo fenómeno que en Juárez. Algunas chicas son delgadas, morenas, de cabello corto. Hay una cuestión grave de misoginia que no permite que ellas vivan una vida libre de violencia”.

Hasta ahora, lo que hacen las autoridades es llevarse los cadáveres, y se acabó, sintetiza el profesor Manuel Amador.

Cita ejemplos:

En la Hank González, en febrero, a una chica la asesinaron en su casa. Entró corriendo porque se la querían llevar. En esa misma semana, encontraron el cuerpo de una chica en un camión de basura. Tenía diecinueve años. Se juntaba con unos chavos, bebieron, la drogaron, la violaron, la mataron y la echaron en el camión de basura.

“Después el cuerpo de una chica apareció en el canal. Días más tarde encontraron en bolsas a una joven descuartizada, atrás del Walmart. Nadie dijo nada. Esto no sale en las noticias. ¿Quién va a cubrirlo? Se omite la realidad y no se atiende. Este año en la colonia Tulpetlac, una chica fue asesinada y apareció casi a 500 metros de donde está el módulo de los militares. ¿Cuáles son los resultados del Ejército que llegó en febrero del año pasado a Ecatepec? Es la misma violencia, más fuerte, más temible y terrible”, se lamenta el profesor.

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“¡Don Enrique, anda por aquí el que mató a mi novia!”. Domingo ingresó en la casa de su suegro alrededor de las ocho de la noche e informó que unos minutos antes había visto caminando en la calle a Luis, quien dos meses antes había asesinado a Dulce Cristina.

Luis, de veintidós años, esbelto y estatura media, había desaparecido. La policía no hizo un retrato hablado de él a partir de los detenidos. Enrique acudía prácticamente todos los días de ese par de meses al ministerio público a preguntar qué arrojaban las averiguaciones. Quería encontrar al asesino. “No sabemos nada”, comunicaba el comandante, a veces de manera prepotente.

Los dos detenidos fueron sentenciados a poco más de tres años de cárcel por el delito de robo a mano armada, pero quien conducía fue liberado una semana después del asesinato. Su papá, el dueño de Trasportes de San Pedro Xalostoc, logró su liberación mediante una fianza y el delincuente desapareció.

Enrique conocía a los papás de una de las, al menos, dos jóvenes que Luis había violado. Corrió a su casa. “Ya vieron al güey. Va caminando”, informó al papá. “¿Sí? Vamos”. “¿A dónde vas, Efraín?”, preguntó la esposa. “Ya vieron al violador, pásame la pistola”.

Luis caminaba sobre la calle José María Morelos y Pavón, una de las principales de la colonia, cuando uno de los hermanos de Enrique lo alcanzó en bicicleta y le cerró el paso. Con ayuda de su hijo lo arrojaron al suelo. Cuando Enrique llegó, preguntó: “¿Dónde está?”.

La multitud que llegó al lugar comenzó a golpear a Luis, quien no hablaba. Enrique levantó su cara y preguntó a Domingo: “¿Es él?”. “Sí, es él”. Enrique lo golpeó más fuerte. Otras personas lo pateaban, entre ellas un hermano de la joven violada. “¡Lo voy a matar, lo voy a colgar!”, gritaba Enrique. “No hagas tonterías, que venga la patrulla”, dijeron sus hermanos.

El suegro, cuñados y un amigo de Luis llegaron a defenderlo. “¿Por qué se meten? ¿Supieron lo que hizo a mi hija? ¡La asesinó!”.

La joven violada llegó con su papá. Luis ya estaba bañado en sangre. Cuando ella lo vio, dio un paso atrás, y gritó: “¡Es él!”. Los golpes continuaron.

—¿Te acuerdas de mí? ¡Tú mataste a mi novia!

—Sí, yo fui, yo la asesiné, ¿y qué? —retó el feminicida.

Más golpes. Las patrullas llegaron. “Llévenselo, este señor lo va a matar”, gritaban las personas. “No se metan, este hijo de la chingada tiene que pagar”, insistía Enrique. Los patrulleros no querían llevarse al asesino. “¿No se lo quieren llevar? Pues yo lo mato”. Cuando lograron subir a Luis al vehículo, Enrique lo abordó también porque sospechó que sería liberado algunas calles adelante.

En otra patrulla iba el suegro de Luis. El señor se retiró más tarde, cuando al ministerio llegaron mujeres que acusaban a su yerno de violación. “¡Este cabrón quería violarme, pero me le escapé!”, gritaba una de ellas.

El comandante habló con las víctimas. “¿Están seguros de que es él? ¿Lo conocen?”. “Yo no, pero lo reconocieron mi yerno y estas muchachas”. “Te voy a decir la verdad. Aquí las leyes valen pura madre. Como no lo agarramos in fraganti, puede salir”. “¿Qué quieres? ¿Que las violen de nuevo para que ustedes lleguen, o que mate a otra?”.

“Así son las leyes aquí”. “Comandante, él me violó a mí y a otras chavas. Es él”. “No podemos hacer nada”.

La insistencia se extendió. Para argumentar su detención, el comandante decidió que a Luis se le culparía de portar un arma punzocortante. Sólo así podría iniciar una averiguación. “Si no le encontramos nada, lo sentimos, pero va a salir libre”, advirtió.

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El psicólogo, maestro en Medicina Sexual y doctor en Medicina Conductual, Sergio Rueda, inició con un grupo de personas las investigaciones científicas sobre los feminicidios en Cd. Juárez.

“Encontramos patologías de carácter sexual, las parafilias. Atamos cabos respecto a que las mujeres asesinadas tenían lesiones específicas, mutilación de partes del cuerpo. Eran morenas, delgadas, de estatura baja”, indica el también director del programa integral de adicciones del Instituto de Medicina y Tecnología Avanzada de la Conducta.

Una de las conclusiones fue la erotofonofilia. Explica: “Esta parafilia consiste en que la persona compulsiva, permanente, regular y conscientemente sacrifica a la víctima para obtener placer sexual. Está en su mapa sexual relacional. Encontramos una presencia epidemiológica en cada población. Independientemente de otros factores que puedan causar la violencia hacia la mujer, como la familiar, hay una enfermedad específica en cada comunidad”.

Esta teoría también podría dar una explicación a lo que ocurre en el Estado de México: “Los perfiles de los asesinos de mujeres, en particular sus patologías individuales, sexológicas, psicológicas o psiquiátricas, inician en etapas tempranas”.

La violencia de género del hombre a la mujer, explica, “es algo altamente epidemiológico en cualquier comunidad. En nuestra cultura está predeterminado que él tiene la autoridad de violentarla. Cuando una mujer es asesinada por su pareja es porque ha atravesado una violencia terrible en el contexto familiar. Esto impera en las colonias humildes.

“La pobreza, la miseria y la ignorancia contribuyen a la sumisión de la mujer, y también conllevan a un estrés intrafamiliar alto. El predecesor de la agresión es la ansiedad, el estrés. En el hombre se genera mayormente. Tiene problemas económicos, falta de oportunidades educativas. Cuando crece el estrés, es más violento en el hogar. Y en México hay un deterioro terrible en los últimos tres gobiernos. Hay más de diez millones más de pobres”.

—Hay una gran diferencia entre nalguear a una mujer y secuestrarla y matarla.

—Esto tiene que ver con la programación a escala inconsciente. Este es amoral, instintivo, te dice que tengas relaciones con la mujer que va pasando, pero el superego te lleva a atacarla. Aunque no se ataca sólo porque sí, debe haber algo que incentive el delito.

“Por ejemplo, una persona necesita cierto alcohol para que libere el inconsciente, el instinto, y entonces comete el crimen, un asesinato. Las drogas pueden facilitar esto, el estado alterado de conciencia. Pero hay una predisposición de personalidad programada”.

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En las paredes de la casa de Dulce Cristina cuelgan varios retratos y selfies. Leyendas que dicen: “Te extrañamos, siempre estarás en nuestro corazones”. En enero se cumplen cuatro años de su asesinato.

Sus padres cuentan que ella terminó la secundaria y quería ser estilista. Nació en la Hank González y toda su vida fue aquí. Era una joven tranquila.

“¿Por qué a ella, si no le hizo daño a nadie? Esta herida sigue abierta, no se va a cerrar. Siento que pasó ayer. Siento rabia porque las autoridades no hicieron bien su trabajo. Yo me imagino que a mi hija intentaron violarla y ella se defendió: tenía raspados los nudillos, sus uñas estaban quebradas y con sangre”, recuerda Enrique, quien ahora se dedica a la venta de prendas femeninas en los tianguis.

“Si las autoridades hubieran interrogado, hubiera sido diferente”, agrega María Guadalupe.

Enrique retoma: “La policía está coludida. Unos policías vigilaban una casa aquí al lado, a veces les invitaba un taco porque yo fui policía y sé lo que es estar esperando. Me agarraron confianza, uno me dijo: ‘Te voy a decir cómo están las cosas. Llegaron unas camionetas al módulo. Pidieron hablar con el comandante. Le pusieron una maleta con dinero en el escritorio y le dijeron que era para él. Si los dejaba trabajar iba a recibir esa cantidad cada mes’. Según el policía, eran de la Familia Michoacana”.

Y sigue: “Uno de los policías me indicó que los narcos y secuestradores están en San Andrés, que cuando hay balaceras les avisan para que hagan tiempo. Después llegan a ver qué pasó. Una vez platicábamos y pasaron tres chavos en una motocicleta, llevaban armas a la vista. Les pregunté que si no los iban a perseguir, sólo se hicieron mensos”.

Es peligroso salir de casa cuando oscurece, cuenta la pareja. “A todas horas pueden robarte, en la calle, en el transporte, no pasan patrullas. Vivimos con miedo. Escuchamos una motoneta y corremos. Esto se descompuso desde hace unos seis años. La gente se droga y alcoholiza en las calles”, exponen.

“Tengo amigos de años y sé que se dedican al narcomenudeo. Aquí matan en cualquier lado. Apenas hace poco desaparecieron más muchachas. Es cosa de diario”, lamenta Enrique.

“Económicamente, la vamos pasando. La vemos difícil, pero hay que hacer la lucha”, añade María Guadalupe.

“Después del asesinato de Dulce, nuestra vida cambió, ya no somos alegres. Ya no vamos a fiestas, no festejamos nada en diciembre. Ella nos daba un poco de luz”.

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Apenas en septiembre, Luis recibió una condena de 47 años y seis meses por homicidio. Las autoridades no consideraron el delito de feminicidio.

Cumple su condena en el reclusorio de Chiconautla, en Ecatepec. Cuando se realizaron las investigaciones, su mamá y hermanos afirmaron que él era inocente, que estaba siendo confundido con alguien parecido a él. Las víctimas dijeron lo contrario. Una de las vecinas de la vecindad lo reconoció también.

Luis dio a las autoridades un nombre distinto al suyo y tenía una credencial con una identidad falsa. Eso les pareció sospechoso al ministerio. La averiguación procedió.

Él y su cómplice tenían antecedentes penales. Formaban parte de la estructura de la Familia Michoacana. Asesinaban y levantaban personas. Eran narcomenudistas en las colonias El Gallo y Las Torres. “Estaban amparados por un narco”, señala Enrique. “Por eso se sentían con poder”.

Ambos habían cometido varias violaciones. A una de las jóvenes la violaron atrás de un centro comercial y después le entregaron 20 pesos para que regresara en taxi a su casa. Por esos delitos, ambos fueron sentenciados a cuarenta años. Así que la condena de Luis rebasa los ochenta años.

El delito de violación se juzgó ese 2012. Casi cuatro después llegaría la sentencia para Luis por el asesinato de Dulce Cristina. Él impugnó el fallo en octubre.