Prueba de choque para Putin

Para la mayoría de los rusos, las primeras cuatro semanas de la guerra aérea de su país en Siria se parecía más que nada a un videojuego de alta tecnología. Los canales de la TV estatal mostraban bombas de precisión golpeando objetivos en las pantallas de cabina, mientras que sofisticados gráficos por computadora representaban áreas controladas por el grupo miliciano Estado Islámico (EI) reduciéndose milagrosamente gracias a los constantes bombardeos rusos. Hasta que, por supuesto, la realidad se entrometió y el vuelo 9268 de Metrojet cayó del claro cielo desértico el 31 de octubre, derramando los cuerpos de 224 turistas rusos de clase media y tripulantes a través de las 20 millas de la península del Sinaí poco después de despegar del centro turístico egipcio Sharm el-Sheikh en el mar Rojo.

Miles de rusos comunes acudieron espontáneamente a presentar sus respetos a las víctimas. En San Petersburgo –de donde eran originarios muchos de los pasajeros–, la plaza enorme enfrente del Palacio de Invierno se llenó de ciudadanos con velas en una vigilia por los muertos. Un internado exclusivo en Moscú ofreció lugares gratuitos para los niños huérfanos por el avionazo. E incluso los pasamanos en la embajada de Rusia en Kiev se llenaron de flores, juguetes y velas colocados por ucranianos expresando su solidaridad con sus vecinos desconsolados. “Nuestros medios nos dicen que ucranianos y rusos deberían odiarse mutuamente”, publicó Oksana Medvedeva, estudiante de medicina de 19 años de edad, bajo una foto en Twitter de su tributo floral en Kiev. “Pero vean cómo el odio mató inocentes. Lloramos con ustedes, hermanos y hermanas”.

Mientras los rusos y otros se dolían, también hacían una pregunta clave: ¿el avionazo fue un accidente, o una rápida represalia del Estado Islámico, el cual reivindicó su responsabilidad por el ataque y lo llamó una venganza por el bombardeo del presidente Vladimir Putin en Siria? Aun cuando aumentaba la evidencia de que una bomba fue la culpable –desde información satelital mostrando un destello de calor poco antes de que cayera el avión hasta fotografías que aparentemente muestran que el fuselaje estalló hacia afuera por metralla voladora–, los funcionarios rusos se apresuraron a negar la participación de los extremistas.

“No hay conexión entre la operación rusa de bombardeos en Siria y el avionazo del vuelo 9268 de Metrojet”, aseguró Dmitry Peskov, portavoz del Kremlin, a los televidentes rusos tres días después del incidente. El presidente egipcio Abdel-Fattah el-Sissi tomó la misma línea, diciendo: “Cualesquiera reportes propagandísticos de que el avión fue de alguna manera derribado por terroristas tienen la intención de desestabilizar la región y manchar la imagen de Egipto”. Y cuando el Reino Unido suspendió todos los vuelos de pasajeros a Sharm el-Sheikh y organizó vuelos espaciales para repatriar a 20 000 británicos –con su equipaje enviado en un avión de carga diferente porque los expertos en seguridad lo consideraron demasiado vulnerable a sabotajes–, los funcionarios rusos inicialmente tildaron la prohibición de vuelos como política.

“Hay una oposición con motivos geopolíticos a las acciones de Rusia en Siria”, advirtió Konstantin Kosachev, presidente del Comité de Asuntos Internacionales de la Cámara Alta del Parlamento, desdeñando a aquellos que querrían culpar del desastre a una respuesta yihadista sin la evidencia apropiada. No obstante, una semana después de la tragedia, Putin aceptó el consejo de Alexander Bortnikov, director del Servicio Federal de Seguridad, y suspendió todos los vuelos de Rusia a Egipto hasta que se haya aclarado la causa del avionazo. Finalmente, cuando autoridades egipcias confirmaron el 9 de noviembre que estaban “90 por ciento seguros” de que una bomba derribó el avión, Dmitry Kiselev, de la emisora bajo control estatal Rossiya-1, presentó un programa de noticias dedicado a la teoría de que Estados Unidos había sellado un trato con el EI para hacerse de la vista gorda a los ataques contra aviones rusos a cambio de dejar en paz los aviones estadounidenses y británicos. Kiselev citó a Ash Carter, secretario de defensa de Estados Unidos, advirtiéndole a Rusia que su campaña en Siria llevaría a ataques extremistas. “¿Los comentarios de Carter fueron simplemente de mal gusto?”, preguntó Kiselev. “¿O él sabía algo de antemano?”

Hasta la caída del vuelo 9268, el mes de campaña rusa de bombardeos en Siria no dio más que cosas positivas para el Kremlin. En casa, los índices de aprobación de Putin han aumentado a niveles inauditos, con un máximo de 88 por ciento en una encuesta de octubre, incluso cundo las exportaciones rusas cayeron 38.8 por ciento, y las reservas del Banco Central cayeron en 160 000 millones de dólares a escasos 350 500 millones de dólares. Internacionalmente, Putin aprovechó la oportunidad para presentar a Rusia como una fuerza indispensable para el bien de Siria, atreviéndose con lo que a Occidente le ha dado miedo hacer.

Ahora la tragedia de Metrojet parece ser la primera entrega de una cuenta sustanciosa que el país podría tener que pagar por la primera intervención de Rusia en un conflicto de Oriente Medio desde la caída de la Unión Soviética. Una encuesta publicada en la víspera del avionazo por el Centro Levada independiente mostró una leve mayoría de los rusos –54 por ciento– apoyaba la campaña aérea en Siria, aunque un decisivo 66 por ciento se oponía a llevar tropas rusas a la zona del conflicto.

En una democracia occidental, un ataque de esta magnitud podría llevar a una crisis de confianza en la dirigencia del país. No es así en Rusia. Después de la decisión de suspender vuelos, los medios sociales rusos se llenaron con imágenes de algunos de los 45 000 rusos varados en centros turísticos egipcios del mar Rojo, presentándose en el aeropuerto de Sharm-el-Sheikh vestidos con camisetas de Putin. En el año y medio que ha pasado desde que Rusia se anexó Crimea, los canales de TV controlados por el Kremlin han “dicho a la gente que el mundo es hostil y que su líder defiende a los rusos de una mezcla asombrosa de enemigos, desde estadounidenses imperialistas hasta terroristas islámicos”, dice un productor de noticias avecindado en Moscú para un canal de TV controlado por el estado, quien pidió el anonimato al criticar al Kremlin. “Cuantos más enemigos alrededor, más gente siente la necesidad de ser protegida. Esta fórmula es tan vieja como la política”.

Ya los medios leales han presentado la campaña de Rusia en Siria como una lucha histórica entre la civilización y el barbarismo. “Hemos salvado a Europa por cuarta vez”, presumió Kiselev previamente este mes. “Primero, los mongoles; luego, Napoleón, Hitler, y ahora los hemos salvado del Estado Islámico”.

A juzgar por su actuar en el pasado, Putin es un líder que prospera con la política del miedo. Él ha sido puesto a prueba por el extremismo con anterioridad –muchas veces– y cada vez ha respondido a la violencia con violencia.

La reputación de Putin como un hombre de acción, duro y que no se anda con juegos, nació después de los ataques de 1999, cuando una serie de bombazos aún sin explicar en edificios de apartamentos moscovitas mataron a más de 300 personas. Putin, entonces primer ministro, ordenó una invasión de la república rebelde de Chechenia, lo cual lo catapultó a la presidencia al año siguiente. Sus primeros años en el poder estuvieron marcados por ataques violentos. Cada uno fortaleció en lugar de debilitar el apoyo al nuevo presidente. En 2002, milicianos chechenos tomaron por la fuerza un teatro en los suburbios de Moscú en un sitio que dejó 170 muertos, incluidos 133 rehenes, todos los cuales murieron por el gas somnífero usado para dominar a los atacantes. En 2004 –el año más sangriento del mandato de Putin hasta ahora– un bombardero suicida checheno mató a 51 personas en ataques dobles al sistema del metro de Moscú. Luego un par de estudiantes chechenas de Grozni se abrieron paso con sobornos hasta dos vuelos locales rusos del aeropuerto Domodedovo de Moscú en agosto de 2004 con equipaje lleno de explosivos, matando a 89 personas. Y el 1 de septiembre de ese año, un escuadrón suicida de combatientes chechenos tomó por rehenes a más de 1,100 personas en una escuela en la ciudad de Beslan. Después de una batalla con las fuerzas de seguridad rusas, 335 personas murieron, muchos eran niños.

La célebre respuesta de Putin a esos primeros ataques se convirtió en un distintivo de su dureza entrenada en la KGB, que linda en la brutalidad: “Los eliminaremos en el cagadero de ser necesario”, dijo él. Pero los rusos comunes se tranquilizaron. Ramzan Kadyrov, el líder que Putin instaló en Chechenia, de hecho trajo la paz a la región dificultosa mediante lo que grupos de derechos humanos han descrito como la aplicación indiscriminada del terror de estado, lo cual conmocionó a los liberales rusos pero le puso fin a los ataques.

La anexión de Putin en 2014 de la península de Crimea ucraniana, su apoyo a los rebeldes de Ucrania oriental y ahora su despliegue de aeronaves rusas en Siria sugieren que la visión del mundo de Putin sigue siendo la misma: que la violencia puede resolver los problemas geopolíticos de Rusia y mejorar su propia popularidad. “Combatiremos el terrorismo en Siria o en cualquier lugar”, dijo Putin en la televisión estatal tres días después del avionazo de Metrojet. “Nadie será capaz de aterrorizar al pueblo ruso”.

El problema es que si el Estado Islámico puso la bomba en el avión de Metrojet, la reacción natural de Putin será reforzar su campaña siria. Y la campaña del Kremlin a distancia, cual videojuego y a control remoto posiblemente escale a un embrollo peligroso de guerra asimétrica contra un rival más numeroso, despiadado y homicidamente inventivo que incluso los chechenos.

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Publicado en cooperación con Newsweek/ Published in cooperation with Newsweek