Líbano siempre ha sido el patio de recreo de los ciudadanos ricos de austeros países árabes, pero aun los mundanos libaneses se sorprendieron el 26 de octubre, cuando agentes de seguridad arrestaron a un príncipe saudí de veintiséis años, Abdel Mohsen bin Walid bin Abdel Aziz al-Saud, bajo sospecha de llevar consigo dos toneladas de anfetaminas en un jet privado con destino a Riad, la capital saudita. La policía libanesa también arrestó a otros cuatro saudíes en el Aeropuerto Internacional de Beirut, en lo que la agencia noticiosa estatal describió como el operativo más grande en la historia de la terminal aérea.
El arresto del príncipe ha vuelto la atención hacia las famosas redes de narcotráfico libanesas y su capacidad para cruzar las divisiones políticas y sectarias de Oriente Medio. Combatientes de la guerra civil siria, civiles de la región devastada por el conflicto y ciudadanos pudientes de las naciones del Golfo han desarrollado un apetito creciente por drogas “duras”. Y, a su vez, esa demanda ha generado nuevos ingresos para barones de las drogas y milicias que ahora se convierten en aliados por conveniencia, como antes hicieron en las guerras de Colombia, Afganistán y otras regiones.
Los analistas dicen que la guerra en el territorio vecino ha requerido de la intervención de muchos agentes de seguridad libaneses quienes, de lo contrario, estarían combatiendo narcotraficantes; muchos están ocupados en monitorear las volátiles áreas fronterizas, así como las zonas yihadistas que se extienden a ambos lados de la frontera y que simpatizan con grupos sunitas extremistas implicados en la guerra siria. Mas la escasa atención policiaca y militar en las regiones productoras de drogas ha impulsado el crecimiento del comercio de anfetaminas.
Los productores libaneses de hachís señalan que, en los últimos dos años, la limitada presencia de las fuerzas de seguridad, sobre todo en el Valle de Bekaa, ha contribuido a un suministro casi interrumpido de marihuana, el cual ha reducido el precio de venta en las calles e incidido en las ganancias. Esa caída en las utilidades y el creciente atractivo de las anfetaminas en Oriente Medio ha creado un incentivo para que los traficantes de hachís produzcan más anfetaminas. En años recientes han surgido laboratorios improvisados en aldeas libanesas y junto a la frontera con Siria. En esos laboratorios se fabrica una imitación de Captagon, nombre comercial de la fenetilina, una anfetamina sintética prohibida; la misma que la policía dice haber encontrado en el avión del príncipe saudita.
Narcotraficantes del Valle de Bekaa afirman estar acostumbrados a tratar con clientes de los estados del Golfo. “Los saudíes y otros ciudadanos del Golfo son los mayores compradores de Captagon”, revela Abu Hussein, narcotraficante libanés de una aldea situada a varios kilómetros de la frontera siria. “Creen que les confiere poderes especiales para el sexo”, agrega, con una sonrisa maliciosa.
La sustancia no sólo es popular por ese presunto beneficio; los combatientes de todos los bandos del conflicto sirio usan los rápidos efectos de la pastilla para permanecer alertas durante largos periodos en el campo de batalla. Esfuerzos propagandísticos rivales suelen afirmar que han descubierto pastillas de Captagon en enemigos muertos y capturados. Y es que, para las fuerzas de Hezbolá y el gobierno sirio, el alegato de que sus enemigos consumen drogas refuerza el argumento de que luchan contra “terroristas” no creyentes.
La guerra de Siria ha incrementado tanto la oferta como la demanda. En 2013, el suministro de Captagon en la región aumentó después de que los rebeldes sirios perdieron la ciudad de Qusayr ante los combatientes de Hezbolá, respaldados por el ejército sirio. Desde entonces, Qusayr se ha transformado en un centro de producción y distribución de la sustancia, y en escondite de notorios traficantes chiitas libaneses, algunos de los cuales tienen órdenes de arresto en su contra por cargos de asesinato, secuestro y falsificación de moneda, informa Abu Hussein. La ciudad, que antaño albergara alrededor de 60 000 residentes, eminentemente sunitas, yace en una ruta estratégica que conecta Damasco con el bastión del régimen sirio en la costa mediterránea. Hoy, según Abu Hussein y quienes han viajado recientemente a Qusayr, la ciudad es más que nada un punto de tránsito, y una guarnición de Hezbolá y sus aliados de las milicias sirias.
Los límites entre el barón de las drogas y el caudillo se borran por momentos. En septiembre, el narcotraficante más extravagante de Líbano, Noah Zaiter, fue filmado con combatientes de Hezbolá que sitiaban la población montañesa siria de Zabadani, controlada por rebeldes. Tocado con su característico sombrero de vaquero, Zaiter juró destruir al grupo militante Estado Islámico, también llamado ISIS, en nombre de Hassan Nasrallah, secretario general de Hezbolá.
En ambos lados de la frontera, los profundos lazos familiares —así como las milicias y las organizaciones de contrabando de drogas— aseguran que el tráfico de narcóticos, armas y milicianos no sufra interrupciones. La mayor parte de las drogas pasa por el Valle de Bekaa, una estrecha cuenca fértil paralela a la frontera oriental de Líbano con Siria y, posiblemente, el principal centro de producción de anfetaminas de imitación en Oriente Medio. Enmarcada por dos cordilleras, la pintoresca llanura siempre ha tenido fama por la producción y el tráfico de narcóticos, mayormente la fabricación local de hachís y la cocaína introducida de América Latina y África Occidental.
“Bekaa es un territorio tribal, gobernado por clanes de hombres armados e involucrados en el comercio de drogas”, informa Timur Goskel, exoficial de operativos de pacificación de la ONU en Líbano y actual editor del sitio noticioso Al-Monitor. “La policía es prácticamente inexistente en ese valle”, agrega. “La estructura del Estado libanés ha permitido que esto suceda”.
En febrero, el Ejército y la policía de Líbano prometieron tomar medidas enérgicas contra la actividad criminal del Valle de Bekaa, pero luego de nueve meses los políticos libaneses consideraron que a nada habían llegado. El mes pasado, un parlamentario de Hezbolá declaró que el proyecto fue “un fracaso total” y el ministro libanés del Interior, Mohammad Machnouk, integrante del bloque político opuesto a Hezbolá, se mostró de acuerdo al decir a la prensa, en octubre, que las medidas enérgicas no fueron más que “promesas vacías”. Un portavoz de la policía dijo que las fuerzas de seguridad del país están preparando un nuevo plan.
Bekaa es el patio trasero, campo de entrenamiento y cuna de Hezbolá, que surgió hace más de tres décadas entre las filas del Cuerpo de Guardias Revolucionarias de Irán. En Bekaa, el único edificio en el extenso sembradío de altas plantas de hachís, próximo a la aldea de Taraya, es una pequeña mezquita verde y blanco. La estructura cuadrada, que se alza sola en una encrucijada, ondea la bandera verde y amarilla de Hezbolá, así como banderines negros estampados con apremios religiosos.
Hezbolá y los prominentes clanes chiitas de narcotraficantes locales están aliados por interés. Ambos se ofrecen protección mutua: hace poco los clanes ayudaron a que Hezbolá asegurara líneas de suministro para sus fuerzas en Siria, mientras que el grupo, supuestamente, proporciona amparo político a los principales miembros de los clanes durante las ocasionales redadas policiacas cerca del territorio.
Varios de los traficantes más importantes de la zona minimizaron el papel del comercio de Captagon en la guerra de Siria. Al entrevistarlos, la mayoría citó la estrepitosa caída del precio de mayoreo, el alto costo del equipo militar en el mercado negro y la masiva afluencia de capital extranjero, como causas de que incluso las grandes ventas del económico narcótico no influyan grandemente en el curso del conflicto armado.
Abu Hussein y su familia han hecho fortuna cultivando y vendiendo hachís en esta región del país durante décadas, y también desplazando cargamentos de cocaína. Explica que el Captagon es tan barato y fácil de producir, que el apetito insaciable de esta droga en el Golfo le llevó, hace años, a la conclusión lógica de participar en el negocio. Las prensas chinas para pastillas cuestan entre 700 y 2000 dólares y los químicos utilizados en la fabricación son igualmente económicos y fáciles de adquirir, casi siempre en las rutas de contrabando procedentes de Turquía.
El Captagon es uno de los narcóticos más baratos de Oriente Medio. La pequeña población oriental de Baalbek, famosa por sus ruinas romanas y las décadas de virtual anarquía, cuenta con muchos laboratorios pequeños. Allí, una pastilla cuesta entre 1 y 2 dólares en la calle; en Beirut, el precio promedio es de 10 dólares la pieza. Algunos libaneses traficantes de cocaína reconocen que, a veces, mezclan el producto con Captagon porque es muy económico y fácil de obtener. La Oficina contra las Drogas y el Delito de la ONU (UNODC) informa que la droga de elección en Arabia Saudita es la anfetamina; habitualmente, alguna forma de Captagon. Según cifras de la UNODC, casi 40 por ciento de las incautaciones mundiales de anfetaminas, durante 2009, se hicieron en Oriente Medio. De ellas, la mitad ocurrieron en Arabia Saudita, donde los cargos por drogas suelen llevar la pena de muerte.
“Es una droga basura, pero barata”, dice Marwan, especialista IT de 31 años, originario de Bekaa, quien usa Captagon varias veces por semana. “Sólo podemos costear la cocaína para ocasiones especiales”.
Pese a que el arresto del príncipe saudí ha centrado la atención en el problema del contrabando de drogas en la región, Abu Hussein dice que no le preocupa una posible ofensiva contra productores y traficantes. “El Ejército seguirá con sus amenazas y la policía se mantendrá alejada, como siempre”, asegura. “Arrestarán a unos cuantos primos una vez al año, sin presentar cargos. No existe un Estado libanés”.
Publicado en cooperación con Newsweek/ Published in cooperation with Newsweek