Según el último reporte del Inegi, la inflación para este año se ubicó en 2.47 por ciento anual, cifra que nuevamente representa un mínimo histórico para el país. Si partimos de que el Banxico trabaja para mantener este indicador económico en una tasa objetivo de 3.0 por ciento, podemos explicarnos por qué nuestro banco central observa dicho dato con buenos ojos, y por qué nuestros gobernantes lo festejan como símbolo importantísimo de un óptimo desempeño económico. Por supuesto que tal porcentaje no da para tanto, pues la situación económica o financiera de cualquier entidad, no se diga la de una país, jamás podrá evaluarse objetivamente con un solo dato, sino a la luz de agrupar y contrastar un cúmulo de ellos. Pero así son los políticos: si se les atraviesa una escalera, ellos se suben.
Durante el año hemos apreciado una trayectoria descendente de la inflación, pues en términos de proyección para el cierre del año, de abril a la fecha ha disminuido en más de 20 por ciento. A bote pronto, podríamos suponer que siempre será mejor que la inflación sea baja y no alta, para que la gente podamos comprar más y no menos; empero, en economía las cosas no siempre son tan lineales, sino que conllevan efectos colaterales.
Sucede que una baja inflación, y de tendencia a la baja como es el caso, también puede significar que existe una apatía generalizada para el consumo de bienes y servicios, lo que se desprendería de una falta de confianza en las expectativas económicas por venir. El punto no tiene desperdicio, sino que en opinión de su escribidor, no hace más que venir a reafirmar lo que ya mucho se ha comentado: que México padece desde hace años una anemia de crecimiento económico, lo que en la coyuntura global de bajos precios del petróleo, y en la nacional de inevitables recortes al gasto público, nos tiene inmersos en una crisis de certidumbre sobre lo que viene.
Cuando la gente tiene miedo del rumbo económico para el siguiente año, aunque posea algo de solvencia y el mercado le ofrezca buenas opciones para consumirla, prefiere guardar su liquidez y estacionarse en espera de mejores panoramas. Con sus debidas proporciones, ya lo observamos en el mercado estadounidense a raíz de la crisis de 2008.
En textos previos le he compartido mi visión de que 2016 será un año bastante difícil para la economía mexicana, pues aun y cuando el gobierno federal logre manejar con cierta destreza los temas macroeconómicos, la realidad es que tanto estados como municipios sufrirán bastante por la liquidez, y con ellos todas las economías regionales de la nación. Recordemos que sin gasto público no existe detonante para la actividad económica de las empresas, y que nuestra economía funciona a base de fragilísimas pymes que muy pocas semanas pueden aguantar ante una sequía de flujo de efectivo. La mayoría de estas empresas, al igual que las familias de sus trabajadores, viven prácticamente al día.
Precisamente por este escenario dificultoso es que le comento que las empresas y familias están resguardadas y en espera de mejores señales para salir a consumir. Incluso las que puedan poseer algún capital prefieren guardarlo o liquidar pasivos, en lugar de aprovechar oportunidades de inversión. Por ello tenemos una inflación mínima histórica, por la cautela, porque el mercado no se está moviendo. Es un indicador interesante de que, en términos de crecimiento económico, estamos empezando a caminar aún más despacito.
En óptica de su opinador, se trata de un escenario tan preocupante como simpático. Preocupante por el nuevo deterioro que implica para nuestra ya lastimada economía, y simpático porque los políticos expresan que todo ello se debe a un excelente desempeño de la economía nacional, como si fuera una fiesta pues. Quizá y sólo por abonar a la picardía que como sociedad nos distingue, deba agregarse que también representa una situación bastante triste, puesto que ni lo preocupante ni lo simpático tienen remedio alguno.
Para infortunio de todos, hay una regla básica que sí funciona de manera lineal: cuando a las finanzas públicas les va mal, las finanzas de los negocios y de las familias sufren las consecuencias. A ver qué nos toca en 2016.
Amable lector, recuerde que aquí le proporcionamos una alternativa de análisis, pero extraer el valor agregado le corresponde a usted.