Marsopa accidental

Una pequeña lancha de fibra de vidrio se mece en la superficie del agua a unos cientos de metros de una playa de Baja California, ubicada como a 160 kilómetros al sur de la frontera de Estados Unidos y México. Dos hombres con impermeables amarillos y botas de goma están parados en la embarcación y tiran de una holgada red agallera sumergida en el agua. Enredada en ella hay cuatro peces de color plateado opaco, de casi 1.5 metros de largo, cada cual con un peso de más de 45 kilos. Llamados totoaba, los peces son endémicos del Alto Golfo de California y se consideran una especie en peligro de extinción por la Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza (IUCN), México y Estados Unidos. Desde 1976, su comercio fue prohibido bajo la Convención sobre el Comercio Internacional de Especies Amenazadas de Fauna y Flora Silvestres (CITES).

Y, no obstante, los pescadores abren cada pescado, retiran las vejigas natatorias —órgano lleno de gas que permite al pez controlar la profundidad— y tiran los restos al mar. Podrían cosechar hasta cien vejigas de totoaba en un noche y ganar alrededor de 3000 o 10 000 dólares, dependiendo del valor vigente en el mercado.

Los compradores secan los órganos y los envían a mercados de Hong Kong, donde el precio de la vejiga plana, amarillenta, del tamaño de un plato, puede elevarse a seis cifras. Los chinos las adquieren como obsequios para concretar relaciones de negocios, usarlas en platillos de banquetes tradicionales o consumirlas por sus supuestos beneficios médicos y nutricionales. Las vejigas de totoaba sustituyen las de la corvina amarilla gigante (también llamada bahaba chino), llevado casi a la extinción, hace décadas, por la pesca excesiva.

Esa noche, la red agallera de Baja California también contiene un mamífero pequeño y liso, de boca negra y ojos oscuros, una marsopa de la bahía del Golfo de California, mejor conocida como vaquita marina. La especie sólo vive en esas aguas y es posible que su población nunca haya sido muy numerosa. El primer estudio oficial, de 1997, calculó que había 567 individuos, cifra que, en opinión de los científicos, ya reflejaba una importante mengua debida a los cambios en la afluencia del río Colorado y la actividad pesquera. La IUCN considera que la especie está en peligro crítico de extinción, y Estados Unidos la inscribió en su lista federal de especies en peligro desde 1985. La amenaza principal es la pesca de totoaba, pues las vaquitas se enredan y ahogan en las redes agalleras tendidas para aquellas. En los últimos tres años, al incrementarse la pesca ilegal, lo mismo ha ocurrido con la tasa de disminución de sus poblaciones, con 30 a 85 individuos que mueren en las redes cada año.

En 2008, un estudio del Comité Internacional para la Recuperación de la Vaquita (CIRVA) calculó que la población de este mamífero marino era de 245 animales. Análisis contemporáneos de monitoreos acústicos y tendencias a largo plazo sitúan la cifra oficial actual en menos de cien individuos, aunque muchos científicos consideran que la cantidad real podría ser inferior a cincuenta. Durante octubre y noviembre, científicos del Centro de Ciencias Pesqueras del Suroeste de la Administración Nacional Oceánica y Atmosférica de Estados Unidos y del Instituto Nacional de Ecología y Cambio Climático de México estarán realizando otra investigación para tratar de establecer la cifra poblacional real.

Esta noche habrá que restar uno a la población. Aunque los pescadores de Baja California no pretendían capturar a la vaquita, el animal se ahogó en su red y, simplemente, arrojaron el cadáver al mar.

Los esfuerzos para salvar a las totoabas y las vaquitas se extienden desde las poblaciones pesqueras mexicanas hasta los cruces fronterizos y los puertos estadounidenses, así como a los aeropuertos, muelles y mercados de Hong Kong. Es una labor intimidante que desarrollan organizaciones como Greenpeace, científicos de CIRVA y los gobiernos estadounidense y mexicano. En 2005, México estableció un refugio para vaquitas, un área del Golfo donde está prohibida la pesca con redes agalleras. En abril pasado, el presidente mexicano Enrique Peña Nieto expandió la exclusión de dichas redes a una zona de 13 000 kilómetros cuadrados, durante un periodo de dos años. En ese tiempo, científicos y pescadores esperan desarrollar aparejos de pesca que sean seguros para las vaquitas, como pequeñas redes de arrastre, en tanto que las dependencias gubernamentales buscarán alternativas para que los lugareños generen ingresos.

Con todo, es ampliamente reconocido que impedir el lucrativo tráfico de totoaba es la única acción decisiva que puede salvar a la vaquita marina. En febrero y abril, operativos encubiertos de Greenpeace en unas setenta tiendas de productos marinos secos en Hong Kong confirmaron que, al menos, trece de ellas vendían vejigas de totoaba procedentes de México. Los investigadores pasaron mucho tiempo estableciendo relaciones con los propietarios de los negocios, informa Gloria Chang, líder de proyectos de Greenpeace en Hong Kong y coordinadora del esfuerzo. “Nos mostraron el producto de inmediato. Cuando preguntamos si podían ayudarnos a introducirlo en China continental, lo que sería un acto de contrabando, dijeron que había manera de hacerlo. Fue evidente que los comerciantes no tenían el menor problema con las regulaciones”, comenta. “Sabían que era ilegal y que provenía de una especie en peligro de extinción, y dijeron que a eso se debía el alto precio. Pero también sabían que las regulaciones del gobierno son muy relajadas, que el gobierno rara vez investiga”.

En 2013 la aduana estadounidense interceptó cerca de 320 kilogramos de vejigas secas que ingresaron al país procedentes de México en la frontera de Calexico, California. Sin embargo, Andy Read, biólogo marino de la Universidad de Duke, dice que será muy difícil eliminar un comercio tan lucrativo. Hay especies que los pescadores mexicanos pueden capturar legalmente, sin recurrir a las redes agalleras, explica, “pero desde la perspectiva de un pescador mexicano, hay un enorme incentivo para tender redes ilegalmente”.

Por ello, no sorprende que durante la patrulla de diez días, en julio, el barco Esperanza de Greenpeace localizara diez redes agalleras ilegales a lo largo de ochenta kilómetros de la costa del Alto Golfo de California. Las redes, fáciles de detectar por los observadores de la embarcación, fueron retiradas por la Procuraduría Federal de Protección al Ambiente, la fuerza de policía ambiental de México.

Activistas ambientales aseguran que esta patrulla independiente demuestra que los esfuerzos del gobierno mexicano para hacer cumplir la ley son insuficientes. Silvia Díaz, administradora de campañas de Greenpeace México, dice que si bien dichos esfuerzos tienen buen aspecto en teoría, muy poco ha cambiado en tierra o el mar. “El gobierno mexicano anunció un montón de medidas, usando drones y lanchas rápidas de la Armada para decir al mundo y los medios que es importante proteger a la vaquita”, señala. “Pero sólo hay dos personas patrullando trece mil kilómetros cuadrados. Dos personas no pueden hacer ese trabajo”. El Esperanza encontró redes tendidas durante el día, lo que demuestra que los pescadores infractores no toman en serio al gobierno, asegura Díaz.

Como las redes agalleras se usaron antes para capturar camarones y otros peces legalmente, el gobierno mexicano comprometió más de 30 millones de dólares para compensar a los pescadores afectados por la prohibición. Cada cual recibe cerca de 460 dólares mensuales. Ramón Franco Díaz, presidente de una cooperativa pesquera de San Felipe y pescador desde hace más de cuarenta años, dice que la compensación gubernamental no alcanza para sostener a su familia y ha tenido que abandonar la pesca. Los líderes de varias otras cooperativas también aceptaron la prohibición, comenta, pero las redes halladas durante la patrulla indican que la captura ilegal de totoaba continúa.

Tal vez sería más fácil atacar por el otro lado. “Hablamos de un negocio ilegal, no de algo que opera en una zona gris”, dice Chang, de Greenpeace, y enumera las formas de poner fin al tráfico de totoaba: más inspecciones en el nivel de mercado —los mercados de productos marinos secos y otros lugares probables— para indicar a los traficantes que el gobierno está observándolos; cooperación internacional para atacar a los grupos de traficantes; y acabar con el ambiente desregulado de Hong Kong. “Es un puerto de comercio excesivamente libre, donde cualquier producto puede entrar y salir fácilmente”, dice. “Los funcionarios del gobierno [local] no quieren que la comunidad comercial internacional crea que Hong Kong impone demasiadas regulaciones y aduanas al comercio, pero tienen que entender que los traficantes abusan de esa atmósfera”. Las vejigas de totoaba no son los únicos productos animales traficados en Hong Kong; el tráfico de marfil y cuerno de rinoceronte también es muy importante.

Agrega que desde que se publicaron los resultados de la investigación de Greenpeace, el Departamento de Agricultura, Pesquerías y Conservación de Hong Kong ha realizado inspecciones y enviado evidencias a su Departamento de Justicia. Chang confía en que esas averiguaciones darán origen a procedimientos legales. “Cuando un traficante sea procesado por contrabandear vejigas, los demás entenderán la señal”.

“Las autoridades de Hong Kong tienen el poder para cerrar este mercado”, agrega Chang. “Si no lo hacen, serán responsables de la extinción de la vaquita”.

Díaz, de Greenpeace México, dice que la pérdida de la especie sería una tragedia para todo México, un país famoso por su rica biodiversidad. “Es el mamífero marino más encantador del mundo, la marsopa más pequeña y en mayor peligro de extinción. Para México sería motivo de orgullo protegerla y salvarla; de lo contrario, su extinción será causa de vergüenza”.

El crucero para el estudio poblacional de la vaquita terminará el 3 de diciembre. Después, la CIRVA analizará los datos y emitirá un cálculo de la población el 1 de mayo de 2016. No obstante la cantidad, Read, de la Universidad de Duke, mantiene su optimismo, en parte porque las poblaciones de otros mamíferos se han recuperado pese a sus bajas cifras. “En determinado momento, hubo apenas veinte focas elefante y ahora tenemos infinidad de ellas”, señala. “Pudieron recuperarse gracias a los grandes esfuerzos de México y Estados Unidos. Espero que pase lo mismo con la vaquita, al final de la novena, con dos hombres fuera y dos strikes”.

Publicado en cooperación con Newsweek/ Published in cooperation with Newsweek