Smith iba a ser ejecutado. El león ya había sido castrado, desgarrado y separado de su pareja, Amazonas,y se encontraba enjaulado con las crías de otro macho. Estaba muy agitado. Luego, un día de agosto de 2014, durante un espectáculo circense en Perú, sentado en un pedestal sobre la cabeza de una espectadora, quien se había agachado exponiendo su cuello, el domador ordenó a Smith que saltara y su instinto natural se impuso. Se abalanzó sobre la mujer, la sujetó con sus fauces y la arrastró por la pista hasta que un manejador lo golpeó y consiguió someterlo, forzándolo a regresar a su jaula.
La espectadora sobrevivió, pero el incidente provocó un escándalo exigiendo que sacrificaran al león, dice Tim Phillips, vicepresidente de Animal Defenders Internacional (ADI). Su grupo respondió señalando que fueron las personas, no el animal, quienes actuaron imprudentemente y violaron una ley que prohibía los animales salvajes en los circos. ADI defendió exitosamente la vida de Smith ante las autoridades peruanas y, con la ayuda de la policía, pocos días después el grupo regresó para incautar al león al Circo de Mónaco. “El mundo debiera estar horrorizado si asesinaran a un león por hacer algo natural, cuando fueron humanos y el circo los que hicieron algo completamente irresponsable y estúpido”, dijo Phillips.
El año pasado, además de Smith, la Operación Espíritu de Libertad de ADI recuperó 32 leones y unos sesenta animales en diversos circos de Perú y Colombia como resultado de la prohibición para usar animales en los circos de esos países. En algunos casos, la organización y el gobierno peruano trabajaron juntos para recibir y reubicar los animales recuperados, pero en otros tuvieron que liberar a los animales en circos que se negaron a entregarlos. Las operaciones de rescate, que tuvieron un costo de casi 1.7 millones de dólares, concluyeron en julio.
Sin embargo, la libertad no basta. Esos animales necesitan un lugar adecuado donde pasar el resto de sus vidas y no es en “la selva”. Activistas animales enfrentarán este desafío con creciente frecuencia conforme los gobiernos sigan suprimiendo el uso de animales en los circos; hasta ahora, cuarenta países han proscrito la práctica en algún grado (en Estados Unidos los circos pueden usar animales salvajes en sus actos, aunque la Ley de Bienestar Animal de 1966 condiciona estándares mínimos de atención para los animales en exhibiciones itinerantes). Hay mucho en juego: si un grupo de rescate como ADI no dirige la logística, esos animales seguramente serán sacrificados o entregados a zoológicos carentes de infraestructura para acomodarlos, o bien, las prohibiciones no serán implementadas por las abrumadas autoridades.
Phillips y su esposa, Jan Creamer, fundaron ADI en 1990. Mas la pasión de Creamer por los derechos de los animales nació en la década de 1970, cuando vio un folleto sobre investigadores que forzaban perros a fumar cigarrillos en experimentos de laboratorio. Más tarde, fue directora ejecutiva de la Sociedad Nacional contra la Vivisección en Estados Unidos, organismo que combate el uso de animales para pruebas de productos e investigaciones científicas. Creamer ha filmado el maltrato de animales en entretenimiento, circos, laboratorios y mataderos. En cuanto a Phillips, después de ver el documental de 1981 The Animals Film, renunció inmediatamente a su empleo bancario, se hizo vegetariano, compró una cámara y comenzó a documentar el maltrato.
Hace como una década, organizaron un equipo encubierto para infiltrar circos en toda Sudamérica. Sus filmaciones clandestinas revelaron espantosos casos de animales golpeados y aturdidos con pistolas paralizantes, encadenados, malnutridos, viviendo en condiciones deplorables, tuertos y desdentados. A la larga, el trabajo condujo a que, en 2009, Bolivia prohibiera el uso de animales salvajes y domésticos en circos. Mas no todos obedecieron y así comenzó la Operación “El arca del león”.Los equipos de ADI rastrearon circos itinerantes ilegales por toda Bolivia y rescataron veintinueve leones (así como otros animales) y transportaron por aire a veinticinco de ellos hasta el Santuario de Animales Salvajes, cerca de Denver.
Los animales residentes en el santuario de trescientas hectáreas —el más grande de Estados Unidos— son representativos de los que viven en refugios similares de todo el mundo. La mayoría de los casi cuatrocientos animales de gran tamaño fueron rescatados de personas que los tenían ilegalmente como mascotas o en situaciones de abuso. Un taxidermista crió dos osos negros con la intención de matarlos, montarlos y venderlos. Una leona de montaña fue confiscada cuando quien la mantenía como mascota la dejó inconsciente golpeándola con un bate de béisbol sólo porque el animal jugó con demasiada rudeza. Dos lobos fueron criados por una pareja que después se divorció y el marido, para vengarse de la exesposa, contrató a alguien para matar a los animales. En vez de hacerlo, el tirador contactó al santuario.
Los carnívoros nacidos en cautiverio tienen “una visión muy desvirtuada de la vida”, explica Pat Craig, director ejecutivo del Santuario de Animales Salvajes. “La mayoría ni siquiera sabe cómo funcionar en un ambiente familiar, no tiene los músculos ni la coordinación para correr o jugar en espacios abiertos”. De suerte que una vez que el animal es rescatado, es muy probable que necesite mucha rehabilitación, cosa que sólo puede recibir en santuarios con suficiente dinero para construir recintos con espacio para merodear, y personal capacitado para desarrollar sus destrezas musculares y motoras, atender problemas médicos como mala dieta y pérdida de dientes, y enseñarlos a utilizar sus instintos naturales.
Una vez reubicados los animales de “El arca del león”, fue tiempo de pasar a otro país: Perú, que aprobó su prohibición en 2011. La Operación “Espíritu de libertad” inició a principios de 2014, cuando ADI y las autoridades peruanas empezaron a buscar circos y zoológicos itinerantes. “Si consideras que Perú es del tamaño combinado de Texas y California, y está dividido por los Andes, tendrás una idea de la magnitud del problema de rastrear un pequeño circo con dos leones, que podría estar en cualquier parte”, dice Phillips. Y una vez que los encontraban, a menudo tenían que enfrentar la oposición hostil de los trabajadores circenses. Algunos golpeaban las jaulas para excitar a los animales, causando caos durante las redadas. En otra confrontación, la familia propietaria del circo escondió a un puma en la cama de carga de un camión, entre el equipo y las herramientas, negándose a obedecer y argumentando que si entregaban al animal se acabarían sus medios de subsistencia.
Para obtener a Smith, Creamer entró con policías en el circo —un negocio itinerante, localizado entonces en Cusco— y se desató un enfrentamiento de varias horas. Según Phillips, los manejadores amenazaron con soltar a los animales salvajes en las calles si los rescatadores no retrocedían. Después de muchas negociaciones, los rescatadores se retiraron con tres leones, dejando a dos cachorros, Smith y un mono araña llamado Pepe. Pocos días más tarde (luego de que Smith atacara a la espectadora), los rescatadores regresaron para expropiar a los animales acompañados de policías con equipo antidisturbios. Y después tuvieron que viajar 35 horas hasta Lima. “Pasamos un infierno para rescatar estos animales”, recuerda Phillips.
Al final, recuperaron cerca de noventa animales en Perú y Colombia —incluidos leones, monos, kinkajús, un tigre y una tortuga— y los depositaron en una instalación de contención de Lima hasta que pudieran reubicarlos en hogares permanentes. Brenda Lee, residente de Colorado, trabajó como voluntaria en la instalación durante dos semanas, ayudando a alimentar, limpiar y vacunar a leones y monos. “Era fácil saber cuáles estaban muy traumatizados”, dice; se asustaban con mucha facilidad.
Gran parte del dinero se dedicó a construir hábitats y reubicar 39 monos y otros animales en sitios próximos a Iquitos, Perú: la ciudad inaccesible por carretera más grande del mundo, de modo que el esfuerzo requirió de numerosos viajes con un calor inclemente y bajo la lluvia torrencial del bosque tropical amazónico, experiencia que Phillips compara a trabajar en un “auténtico lodazal”. En abril de 2015, un gran grupo de animales voló 960 kilómetros en un avión de la Fuerza Aérea peruana y siguió por tierra hasta una base naval, donde abordó barcos que navegaron río arriba hasta su destino final, los hábitats selváticos de semicautiverio construidos por ADI, muy lejos de la gente.
A fines de octubre, Smith y los 32 leones restantes viajarán en un Boeing 747 alquilado, desde las instalaciones de contención en Lima a Johannesburgo, y de allí continuarán al Santuario de Grandes Felinos de Emoya, instalación de 4800 hectáreas donde intentarán reintroducir a Smith y su excompañera, Amazonas. Según los organizadores, será el puente aéreo más grande de su tipo. El santuario se localiza en una propiedad privada de Limpopo, provincia en el extremo norte del país y cerrada al público, donde también impera una política de no reproducción. El siguiente paso: construir grandes hábitats naturales y recintos para estos leones, otro desembolso importante. Phillips dice que todos los desafíos para rescatar y reubicar a los animales han valido la pena. “Cuando ves a Smith tan juguetón, piensas que de haber tomado la salida fácil, su vida habría terminado en aquella jaula de circo”.
Publicado en cooperación con Newsweek/ Published in cooperation with Newsweek.