Para los habitantes de la Ciudad de México el Templo Mayor es una estructura cotidiana, como la Catedral Metropolitana o Palacio Nacional, algo que siempre ha estado ahí. Y sí, desde los cimientes de la ciudad ahí estuvo, pero durante siglos nadie lo recordó, hasta que a finales de la década de 1970 del siglo XX fue redescubierto. Desde entonces, Eduardo Matos ha estado al frente del proyecto que recién se revitalizó debido al hallazgo del gran Tzompantli de México-Tenochtitlán, un galería de cráneos humanos con fines rituales, que de acuerdo con las crónicas del conquistador Andrés de Tapia, llegaron a tener 136 000 cabezas.
Gracias a este nuevo descubrimiento el Templo Mayor extenderá sus excavaciones hacia lo que era el antiguo gran recinto ceremonial de la cultura mexica, según informó el director del Templo Mayor, Eduardo Matos, luego de recibir un reconocimiento a su labor en la Feria Universitaria del Libro, FUL 2015, de la Universidad Autónoma del Estado de Hidalgo (UAEH).
Semanas antes Matos platicó con Newsweek en Español sobre lo que representa la muerte en el México Prehispánico, que es el tema recurrente en la bibliografía de este arqueólogo.
—¿Cuál fue su primer gran descubrimiento?
Eduardo Matos contesta sin pensarlo: “Fue cuando nací y vi la vida”.
Sin embargo, cuando uno ve por primera vez a este hombre de 75 años, corriendo por todas partes, investigando y atendiendo decenas de citas cotidianas, lo primero que viene a la mente es que, en realidad, su gran descubrimiento fue la fuente de la eterna juventud. Una de sus asistentes asegura que su vitalidad se debe a que trabaja mucho y eso lo mantiene fuerte.
Matos, quien lleva por segundo apellido el de emperador azteca, Moctezuma, es la cabeza de uno de los proyectos arqueológicos más importantes de México y el mundo. Desde 1978 dirige el proyecto del Templo Mayor de los mexicas en la Ciudad de México, año en que se iniciaron las excavaciones y los trabajos para su restauración. “Quizás este sea el proyecto arqueológico sobre el que más publicaciones se han hecho”, asegura.
Los primeros vestigios de lo que fue uno de los mayores centros ceremoniales de Mesoamérica y centro del poder religioso del Imperio Azteca fueron encontrados en 1914 por el arqueólogo Manuel Gamio, a quien Matos le dedicó cuando menos media docena de artículos. En aquel entonces Gamio sólo estableció la hipótesis de que ahí se podría encontrar el templo, pero no fue sino hasta el 21 de febrero de 1978 que una cuadrilla de electricistas descubrió una piedra redonda. “Estaban excavando y algo se les interpuso en el camino, no sabían qué era, pero decidieron llamar al Instituto Nacional de Antropología e Historia. Fue un verdadero milagro que no lo hayan roto con los martillos eléctricos, era una piedra que les estorbaba, lo fácil era romperla y seguir con su trabajo.”
Hasta el lugar llegó un grupo de pasantes de la universidad que validaron la existencia de una pieza arqueológica, luego uno de ellos narraría lo maravillado que quedó al ver el esplendor de la pieza y la profunda emoción que sintió. Eso era mentira, lo único que vio fue una piedra redonda y labrada llena de tierra y lodo. Tuvo que pasar casi un mes para que Felipe Solís determinara que se encontraban frente a uno de los mayores descubrimientos arqueológicos del siglo XX. El monolito era una representación de la diosa de la luna Coyolxauhqui, quien se encuentra desmembrada, con la cabeza, brazos y piernas separados alrededor de su cuerpo. Las crónicas indicaba que esta pieza se encontraba en la base del Templo Mayor.
Este templo está vinculado con la muerte, nos explica Eduardo Matos, en él hay dos adoratorios, uno dedicado a Tláloc que representa el ciclo del agua y, por ende, es un referente de la vida y la fertilidad; el otro, dedicado Huitzilopochtli, señor de la guerra y hermano de Coyolxauhqui, de hecho es él quien la descuartiza para defender a la madre de ambos, pues la deidad de la luna y sus cuatrocientos hermanos planeaban matarla.
—Cuando vemos en el México actual miles de asesinatos y fosas comunes con decapitados y descuartizados es difícil no pensar en los actos de barbarie que describían los cronistas y conquistadores a su llegada a esta ciudad. ¿Es algo que está en la cultura del mexicano? —le cuestiono.
—No, hombre, esas son tonterías —contesta Matos indignado, pero sin elevar la voz—. En primer lugar el desmembramiento de Coyolxauhqui obedece a rituales específicos dentro de un contexto específico y es una lucha donde ella va a perder contra el sol. Toda esta barbarie que estamos viviendo actualmente es algo totalmente diferente que tiene que ver con drogas, corrupción y crimen internacional. Entonces no hay tal cosa, aquello era otra forma de pensamiento con sus relaciones sociales, otra economía, lo que estamos viviendo obedece a una cultura totalmente occidental. No se vale querer traer del pasado algo hacia el presente cuando eran sociedades diferentes, con contextos totalmente diferentes al presente.
El sacrificio humano de los aztecas, explica Matos, tenía un fin religioso que no era necrofílico, sino biofílico, el ofrendar el corazón de alguien al sol era para que este no detuviera su andar y muriera todo. Por ello al sol se le ofrendaba lo más preciado, la vida humana. A quienes se escandalizan por esto, les recuerda que en pleno siglo XX los estadounidenses sacrificaron con una sola bomba a cien mil japoneses y no por razones de mantener la vida, sino que fue la muerte por la muerte misma; o bien el acto de barbarie de Hitler que acabó con seis millones de judíos. Ambas las perpetraron dos de las potencias más desarrolladas y con mayor tecnología, lo hicieron por un tema de racismo y no por alimentar al sol.
AMOR A LA PROFESIÓN
Cuando era adolescente un amigo suyo le prestó un libro llamado Dioses, tumbas y sabios, escrito por el alemán C. W. Ceram, todo un éxito de ventas que acercó al gran público con la arqueología, pues narraba diversos hallazgos importantes para esta disciplina. En el joven Eduardo Matos generó una fascinación tal que decidió su futuro: sería arqueólogo, ante el horror de sus padres.
Sus lecturas se ampliaron alrededor del primer capítulo del libro de Ceram: “Egipto, sus faraones y sus pirámides”. Ante tal determinación, su progenitora, como buena madre que era, intentó persuadirlo usando la empatía: “Hijo, qué bueno que ya decidiste, ¿pero no sería bueno que llevaras a la vez cursos en la escuela bancaria y comercial?”. No dijo tal cual, pero Eduardo entendió: “Con esa carrera te vas a morir de hambre”.
Preocupado, acudió a otro amigo. “Pensándolo bien puede que sí te mueras de hambre, pero te vas a morir muy contento porque hiciste lo que querías en la vida.” Ese fue el impulso que necesitaba.
Era el México de 1960, el país avanzaba hacia el futuro orgulloso de su pasado y sacaba grandeza de entre las piedras, desenterraba a sus ancestros indígenas y los conciliaba con el mestizaje hispano. “Al arqueólogo no le debe preocupar si con su trabajo se construye la mexicanidad”, asegura Matos, para él los documentos y los materiales están ahí, pero no basta con excavar, sino que hay que interpretarlos, no para reforzar identidades, sino para conocer un proceso. Ahora bien, si el trabajo del arqueólogo deriva en la construcción de un museo como el del Templo Mayor, es algo positivo, pero no es el objetivo principal.
La arqueología, nos explica, no sólo es parte de la historia, sino que aporta el 90 por ciento de esta; el historiador trabajará sobre épocas más recientes, digamos los últimos cinco mil años, y el arqueólogo excavará los antecedentes más lejanos, quizá cien mil años o más. Entonces entendida la historia como un continum que estudia al hombre desde que es hombre, el estudio de la arqueología va más lejos. Pero su trabajo no es una disciplina solitaria, se apoya de la biología, de la química y de otras ciencias.
SER ESPECIALISTA
Treinta y siete años es toda una vida, el proyecto del Templo Mayor le ha llevado mucho tiempo a Matos Moctezuma y justo ahora han empezado nuevas excavaciones, consciente de que es imposible desenterrarlo todo. La Nueva España fue construida sobre las ruinas de las culturas mesoamericanas. Una vez ganada la lucha militar, los españoles emprendieron una lucha ideológica que llevó a la destrucción de la antigua Tenochtitlán. Así es que el centro del DF es una ciudad construida sobre otra.
Por ejemplo, bajo la Catedral Metropolitana quedan restos del Templo Mayor, las construcciones de piedra se extienden por debajo de la estructura colonial, más o menos hasta la mitad de esta y estuvieron a punto de partirla a la mitad. La Ciudad de México se construyó sobre un lago, por ello se hunde entre ocho y 37 centímetros al año. Cuando se saca más agua del subsuelo, el hundimiento es mayor. La venganza de los dioses aztecas, según Matos, fue que las ruinas sirvieron como cimiento que evitaron que una parte se hundiera, mientras la otra cedía a la gravedad. Los ingenieros tardaron décadas para impedir que la sede de la iglesia católica en el país se partiera.
“En el país sólo hay un gran sitio arqueológico, se llama México”, nos dice Eduardo Matos Moctezuma, y hay mucho que no está excavado, por ejemplo la zona norte del país. Ahí faltan muchos arqueólogos, incluso a él mismo le hubiera gustado concluir el trabajo que inició como estudiante en la zona arqueológica de Tepeapulco, Hidalgo, a un par de horas de la ciudad y el proyecto al que le ha entregado toda una vida y por el que se le recordará después de su muerte.
Y es precisamente en Hidalgo donde, tras impartir la ponencia Excavaciones en el Templo Mayor, presentó un resumen de los logros alcanzados en 38 años de exploración. Le aseguró a un grupo de reporteros que él y todo su equipo de especialistas piensan que ahí abajo habrá todavía algunos hallazgos importantes. “En ocasiones, gracias a la fuente escrita, podemos prevenir qué tipo de vestigio habrá, pero en tanto no se excave, no podemos dar fe exacta de lo que encontraremos.”
De momento se le ve animado, con la voz firme que lo caracteriza, bromeando sin perder la seriedad y sin tomarse demasiado en serio su papel de leyenda viva de la arqueología. No cabe duda, de alguna manera Eduardo Matos encontró la fuente de la eterna juventud. Porque vida eterna nadie tiene.